Hija de ceniza y hueso (Saga de cuervos y runas 1) Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

—Qué lástima. Parece que nunca te encuentro en el momento adecuado.

Sus ojos no se apartaron de los de ella.

Dio un paso adelante con la mirada clavada en ella, desafiándola a quedarse.

Decidió no morder el anzuelo. Pero algo en él tiraba de su memoria, una familiaridad que no lograba identificar.

—Me resultas familiar —se oyó decir antes de poder contenerse—. ¿Nos hemos visto antes, en algún otro lugar?

Su sonrisa apenas le llegó a los inusuales ojos dorados, que parecían atravesarla. Se inclinó hacia ella, como para susurrarle un secreto al oído.

—Quizás nos conocimos en otra vida.

El corazón de Alice se aceleró, alterado por su cercanía y por una inquietante sensación de reconocimiento.

Devlin sonrió más ampliamente mientras se enderezaba. Retrocedió un paso, pero sin apartar de ella aquella mirada intensa.

—O quizás somos dos almas condenadas a cruzarnos.

Alice tragó saliva con la garganta repentinamente seca.

—¿Condenadas? Curiosa elección de palabras.

Su risa baja y seductora le provocó un escalofrío.

—Simple licencia poética —dijo con ojos que insinuaban capas de significado.

—En fin —comenzó Alice, ansiosa por escapar de aquel inquietante intercambio—, de verdad que tengo que...

—Creo que tienes algo que no te pertenece —la interrumpió con un susurro ronco, mirándola fijamente a los ojos.

Alice sintió que el calor le subía al rostro.

—¿Qué quieres decir?

Él se inclinó más.

—¿Alguien te dio un talismán?

El encanto burlón había desaparecido, sustituido por un matiz de urgencia.

La confusión dio paso a un pavor helado que dejó paralizada a Alice: ¿cómo podía él saber eso?

—¿Un talismán? Yo... no sé de qué hablas —logró decir.

Él miró alrededor y luego volvió a mirarla.

—Vamos. Te enseño el mío si me enseñas el tuyo.

Su voz se endureció.

—No son simples baratijas, y no están hechas para alguien como tú.

Alice percibió la tensión; la presencia de él se imponía pese a las risas amortiguadas y la charla de los clientes que salían.

—No tengo nada de eso —insistió. Todos sus instintos le decían que fingiera ignorancia hasta entender a qué estaban jugando.

Devlin suspiró con un deje de impaciencia o desesperación en la voz.

—Sé que fuiste elegida, Alice.

Le daba vueltas la cabeza. Él sabía cómo se llamaba, aunque no se lo había dicho, y ¿cómo podía un objeto elegir a alguien?

—¿Qué quieres decir con elegida? —preguntó.

Devlin se inclinó hacia ella y su voz se convirtió en un susurro entretejido con el murmullo de la calle.

—Es complicado, pero...

Apartó la mirada un instante y luego volvió a mirarla; una tempestad se alzaba en las profundidades doradas de sus ojos.

Justo entonces apareció Tia e irrumpió en aquel tenso intercambio; su andar desenfadado cambió de inmediato el carácter del encuentro. Los hombros de Devlin se tensaron casi imperceptiblemente y un destello de incomodidad le cruzó el rostro. Se apartó de Alice, poniendo distancia entre ellos.

—¿Todo bien, Alice? —Tia miró a su amiga con gesto protector.

Devlin evaluó a Tia y luego volvió a mirar a Alice.

—Ya hablaremos, Alice.

Sin esperar respuesta, se giró y se fundió con la multitud. Desapareció como si ejecutara un acto bien ensayado: un momento estaba allí, vívidamente presente en su amenaza y misterio; al siguiente se había desvanecido, engullido por las sombras que proyectaban las tenues farolas.

La ruidosa calle se le antojó claustrofóbica, una maraña de miradas crípticas y susurros a medio oír que revoloteaban como buitres.

La mano de Tia en su hombro la devolvió a la realidad. Tia le escudriñó el rostro en busca de pistas sobre la conversación que había interrumpido. —¿Te estaba molestando?

Alice desestimó su preocupación con una sonrisa forzada. Se sentía más agradecida que nunca por la vigilancia de su amiga, aunque la asaltaban las dudas. Devlin Frost podría tener respuestas a sus preguntas sobre el colgante.

—No fue nada.

A Alice le tembló la voz.

—¿Quién es? —insistió Tia con la mirada intensa, su habitual picardía ensombrecida por algo más grave.

Sin apartar los ojos de Tia, dijo la verdad:

—No tengo ni idea.

Alice no tenía ni idea de quién era Devlin Frost, pero sabía que era más que un simple hombre. Era una tormenta.

La luz dorada de las lámparas colgantes bañaba el restaurante en una cálida atmósfera cuando Alice y Tia entraron.

El restaurante bullía con comensales satisfechos y el tintineo de los cubiertos, mientras los tentadores aromas del adobo con ajo y el sinigang ácido flotaban desde la cocina abierta, una llamada irresistible.

Alice y Tia se acomodaron en la barra elevada, cerca de la zona de recogida, y observaron los alrededores. El ambiente era innegablemente ecléctico.

Los paneles de bambú tejido y los pósteres vintage de películas filipinas creaban una mezcla única, hija de la nostalgia y la expresión artística.

Mientras revisaba el móvil a la espera de su pedido, Alice no podía dejar de pensar en el misterio de Devlin.

Su presencia persistía, magnética y enloquecedora, como una sombra insistente.

Con el recuerdo de Devlin aún acechándola, Alice consiguió esbozar una risa nerviosa.

—Tia, ¿Beckett te habló de nuestro plan de pedir comida para llevar?

—Sí —Tia sonrió y la atrajo hacia sí en un abrazo rápido—. Mencionó lumpias crujientes, y aquí estoy.

Alice se acercó más a Tia y bajó la voz a un murmullo cómplice para sugerirle los platos imprescindibles.

—Con el pancit no puedes fallar.

—¡Número 27! —llamó el cajero, interrumpiendo a Alice a media frase.

Alice se levantó de un salto y agarró una gruesa bolsa de papel rebosante de aromas divinos.

—Venga, pide tú. Te espero y lo compartimos en mi apartamento.

Supongo que la investigación tendrá que esperar , pensó Alice.

Bajo el cielo nocturno, Tia y Alice salieron a la calle con su aromática comida para llevar, sumergiéndose en el vibrante bullicio de la ciudad.

Una oscuridad aterciopelada cubría el cielo, salpicado de luces de farolas y ventanas.

Un frío sutil anunciaba la llegada del otoño. Las tiendas de la acera proyectaban un resplandor cálido, mientras los vendedores pregonaban con vigor dalias y crisantemos de colores vivos que destacaban contra la humedad.

La música del trío de jazz se derramaba en la noche: el ronroneo profundo del bajo, una trompeta coqueta y un saxofón de pura poesía que pintaba el lienzo de la ciudad con pinceladas azules.

La magia del momento las dejó clavadas en el sitio.

Entonces Alice vio a Devlin.

Estaba apoyado con aire despreocupado junto a un viejo coche negro, al otro lado de la calle, bañado por el resplandor de una farola antigua.

Sus ojos chispeaban como hielo ardiente, fijos en ella.

Se le contrajo el pecho, el pulso le martilleó en las sienes y sintió el latido en la garganta. Agarró a Tia del brazo y la arrastró hacia delante sin mediar palabra, con los dedos blancos de tanto apretar.

Tia tropezó a su lado, ajena al depredador del otro lado de la calle, cuyos ojos le quemaban la espalda a Alice, siguiendo cada uno de sus movimientos como un lobo que acecha a una presa herida.

Un sabor metálico a sangre le inundó la boca —se había mordido la mejilla sin darse cuenta— mientras la adrenalina le recorría el cuerpo gritándole una sola palabra: Corre .