Hija de ceniza y hueso (Saga de cuervos y runas 1) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Otro encuentro

Al amanecer, Beckett salió del apartamento de Alice, todavía con la ropa arrugada de la noche anterior. Tenía los ojos caídos por la falta de sueño y el pelo rubio revuelto en todas direcciones, sin peinar.

Después de que él se fuera, ella se vistió para ir a trabajar. Habían quedado en verse más tarde para seguir investigando el misterioso colgante.

De vuelta en Polymor, apuraron el café quemado que quedaba en la cafetera del departamento, casi vacía. Pese a ir sobrecargados de cafeína, ambos sentían los tentáculos de la fatiga arrastrándolos.

Alice se sentó en su cubículo, con las gafas de seguridad reflejando el brillo de la pantalla mientras abría la bandeja de entrada. Intentó responder a los correos, tecleando con diligencia, pero cada intento se perdía en repeticiones.

Tenía la mente embotada, cada pensamiento envuelto en niebla, negándose a tomar forma. Aun así, seguía tecleando, intentando desterrar de su cabeza el misterioso medallón que la obsesionaba.

Sin embargo, la mirada la traicionaba, desviándose hacia el teléfono junto a la taza de café.

Esperaba una notificación, un mensaje, una pista del bufete de abogados, cualquier cosa que resolviera el misterio que la consumía.

¿De dónde había salido el bracteato? ¿Se habría dado cuenta su pariente de su importancia?

Intentó concentrarse en el trabajo, pero los extraños acontecimientos de los últimos días la distraían.

En su propio cubículo, Beckett permanecía encorvado sobre el teclado, rodeado de papeles y tazas medio vacías. Normalmente se concentraba sin problemas, produciendo informes con precisión mecánica, pero hoy sus pensamientos vagaban a kilómetros de distancia, preocupado por la situación de Alice.

Cada pocos minutos miraba el reloj, cuyas manecillas parecían burlarse de su impaciencia con su lento avance.

Volvía a revisar el teléfono, desplazándose por los mismos mensajes, esperando uno nuevo.

Cada minuto se estiraba hasta convertirse en una hora; el silencio en la pantalla amplificaba las preguntas que le daban vueltas en la cabeza.

La ausencia de respuestas lo carcomía, un dolor persistente.

Ambos sentían la misma inquietud y expectación.

Cada zumbido o timbre de sus teléfonos los hacía dar un respingo, medio esperando noticias sobre su investigación, pero solo recibían correos del trabajo y las exigencias habituales de la oficina.

Tia entrecerró los ojos, observando a Beckett y Alice. Tenían un aire de urgencia, y fuera lo que fuese, no se trataba de un asunto trivial. A juzgar por sus expresiones y miradas esquivas, estaba claro que no querían que ella se involucrara.

—No mucho. Anoche vimos The Walking Dead en maratón y nos dejamos llevar intentando terminarlo —Alice apenas podía contener los bostezos.

—¿Un lunes por la noche? —Tia arqueó las cejas.

—Sí, entre semana, mamá —Alice se rio.

—Tienes suerte de que no soporto a los zombis, así que no me molesta que olvidaras invitarme —Tia hizo una mueca y luego cambió de tema—. Por cierto, ¿qué pasa con ese colgante? Todavía lo tienes, ¿verdad? —Tia bajó la voz, ya que Alice aún no quería que nadie supiera que tenía el artefacto.

Alice se removió inquieta, mirando a su alrededor antes de responder.

—Por ahora, sí. Nadie me ha contactado para decirme que la carta fue un error —se encogió de hombros.

Mientras Beckett caminaba hacia la sala de descanso, alargó la mano hacia la taza de Alice, rodeó el asa con los dedos y la levantó con una naturalidad que sugería que sabía que estaba allí desde el principio.

Alice asintió en agradecimiento, aunque con los ojos tan cansados, la expresión probablemente parecía más una mueca.

—Oye, este es su quinto viaje a por café. ¿Estáis metidos en una relación secreta y extraoficial de la que no sé nada? —preguntó Tia—. Porque pensaba que habíais decidido no actuar como adolescentes y mantenerlo profesional.

A Alice le ardieron las orejas.

—¡Venga ya, Tia! No es nada de eso. Beckett me está ayudando con una investigación. Él no me ve así. Somos amigos.

Tia respondió con escepticismo:

—Si tú lo dices.

—Vale, basta ya. Tengo trabajo —Alice huyó antes de que Tia le hiciera más preguntas incómodas.

El laboratorio era, como siempre, intenso.

Aunque no podía ver a los otros analistas, Alice sentía su presencia.

Las preguntas que se hacían a sí mismos —siendo la ciencia una serie de preguntas con respuestas inciertas— generaban un zumbido de energía mental.

Por eso Alice amaba el trabajo de laboratorio.

Lástima que no sintiera lo mismo respecto a los misterios que rodeaban a su pariente y su medallón maldito. ¿Qué había exactamente en el testamento de aquel anciano? ¿Por qué ella? ¿Qué tenía el colgante que la vinculaba tan íntimamente a él?

Valerie apareció, interrumpiendo por suerte los sombríos pensamientos de Alice, y la invitó a almorzar.

—Gracias, pero voy a trabajar sin parar. Espero poder salir a una hora razonable y recuperar algo de sueño —Alice bostezó; su fatiga rozaba el límite de quedarse dormida hablando. Su voz era casi un suspiro, señal de su agotamiento.

—Quiero sushi, y tú no eres divertida. Beckett tampoco. También me ha dicho que no —la mirada de Valerie se clavó en Alice, quien se encogió de hombros.

Alice dudaba si contarles a Valerie y Tia lo del colgante.

Por un lado, quería su apoyo y su punto de vista. Pero por otro, una vocecita le advertía de que probablemente sería más seguro mantener las cosas entre ella y Beckett. Además, todavía no tenía respuestas que darles.

Se sentía como si guardara un secreto y no sabía qué hacer.

A medida que las manecillas del reloj avanzaban hacia el final de su turno, los papeles en el escritorio de Alice parecían reorganizarse solos. Se desvió hacia el escritorio de Beckett, se acercó y susurró:

—¿Seguimos en pie para esta noche? —recorrió el espacio con la mirada y luego se asomó por detrás de Beckett, comprobando si había fisgones.

—Claro, pero necesito pasar por casa a por unas cosas. Iba a preguntarte si quieres que recoja la cena de camino.

Alice se inclinó, le mostró a Beckett el correo de confirmación del pedido de comida filipina y dijo:

—Invito yo, para agradecerte toda tu ayuda con esta locura.

—¡Gracias! Inúndame de lumpia crujiente y pollo adobo, y estamos en paz —Beckett miró por encima del hombro de ella.

—Entendido. Ya está todo listo.

Alice le guiñó un ojo con picardía, hizo sonar las llaves del coche, se despidió y se dirigió hacia la puerta.

La ciudad bullía de actividad; sus calles seguían vibrantes mientras el día daba paso a la noche. Las luces de neón cobraban vida, proyectando colores cálidos y cambiantes sobre el pavimento.

Alice aparcó frente al restaurante filipino, situado entre una librería antigua y una galería de arte moderno.

Revisó el teléfono. Pollo adobo, dos raciones de lumpia, sopa sinigang y arroz jazmín. Esbozó una suave sonrisa: la cena estaba lista.

Cuando los dedos de Alice rozaron el pomo de la puerta, el aire a su alrededor cambió y trajo consigo el olor acre del tabaco.

Allí estaba: el desconocido de las afueras de Soulo, el que había sido atacado por aquel pájaro enloquecido.

Se apoyaba contra la pared de la galería, frente al restaurante, con un cigarrillo entre los dedos elegantes y la mirada fija en ella con inquietante precisión.

Como antes, tenía el aire de alguien que la esperaba con paciencia, deliberadamente.

La brisa vespertina jugaba con su abrigo oscuro, cuya tela ondeaba en torno a su alta figura. Algo magnético en él atraía la atención sin esfuerzo. No se limitaba a ocupar el espacio; lo reclamaba, lo transformaba con su presencia.

¿La estaba siguiendo? El pensamiento le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.

—Por fin nos conocemos —dijo él con voz de terciopelo sobre acero, con la inquietante familiaridad de un viejo conocido.

La mano de Alice se quedó paralizada en la puerta del restaurante.

—Lo siento, no lo había visto.

El intento de quitarle importancia sonó vacío.

Él dio un golpecito al cigarrillo y la ceniza cayó con parsimonia. La sonrisa burlona que asomaba a sus labios sugería que la incomodidad de Alice le resultaba divertida.

—Ya veo.

—¿Nos conocemos?

Le salió la voz más suave de lo que pretendía, delatando su inquietud.

Su sonrisa burlona se acentuó, dejando entrever unos dientes perfectos.

—Formalmente, no. Pero te vi en el club la otra noche y quería presentarme.

Alzó la mirada al cielo con humor calculado.

—Espero que esta vez no haya pájaros asesinos cerca. Soy Devlin Frost. ¿Y tú eres...?

Alice vaciló y miró hacia el cálido interior del restaurante, con la seguridad a solo unos pasos. No tenía intención de satisfacer su curiosidad.

—Lo siento, ¿Devlin, verdad? Mis amigos me esperan y la cena se me está enfriando. ¿Quizás en otra ocasión?

La pregunta era puramente retórica; esperaba que no hubiera otra ocasión.

—Espera.

Su tono insistente dejó claro que no estaba acostumbrado al rechazo.

—Solo te pido un momento —insistió mientras se acercaba, y su perfume caro le invadió el espacio.

Alice retrocedió un paso y apretó las llaves del coche hasta que el metal se le clavó en la palma. Las risas, el tintineo de las copas y el murmullo de conversaciones del restaurante quedaron ahogados por el estruendo de su pulso.

—De verdad que tengo que irme —dijo, esforzándose por mantener la voz firme.

Devlin dio una última calada pausada al cigarrillo antes de lanzarlo con estudiada indiferencia. La brasa trazó un arco en la oscuridad y cayó en la cuneta húmeda con un suave siseo.

—Siempre con tanta prisa, ¿verdad? —murmuró con voz aterciopelada e invasiva.

Alice irguió los hombros, debatiéndose entre el impulso de huir y la necesidad de mantenerse firme. Sintió cómo la mirada de él le recorría el rostro, se demoraba y evaluaba, como si memorizara cada detalle.

—Tengo compromisos —respondió, y encontró resolución en esa simple verdad.

Él soltó una risita, un sonido a la vez musical y amenazante.