Hielo y azúcar CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

«Existe un segundo entre la caída y el suelo en el que una todavía puede fingir que está volando.»

sadie brooks

—Café solo —dijo—. Por favor.

Y se sentó en el taburete de siempre, como si diez días de invierno entre nosotros no hubieran existido, como si aquel papel amarillo sobre la piedra del mostrador no acabara de cambiar el estado de las cosas.

Lo sé. Y va a ser un problema.

Serví el café con las manos casi firmes. Casi. La taza tocó la piedra con un tintineo mínimo que me delató entera, y él se dio cuenta —claro que se dio cuenta, él se daba cuenta de todo, ese era el problema de los hombres silenciosos, gastaban en observación lo que ahorraban en palabras.

Me quedé en mi lado del mostrador. Él se quedó en el suyo. El pósit entre los dos como un tratado firmado por tres manos.

—Bueno —empecé, porque alguien tenía que inmolarse, y yo llevaba toda la vida presentándome voluntaria—. «Un problema».

—Un problema —confirmó, girando la taza.

—¿Es tu forma de decir que…?

—Es mi forma de decir que me pasé diez días corriendo hacia el lado contrario de esta panadería y siguió siendo el único sitio de la ciudad al que quería ir —le habló al café, con la voz baja y áspera de primera hora de la mañana, cada palabra saliendo con el coste de siempre—.

Es mi forma de decir que no sé hacer esto, Sadie.

Sé bloquear discos. Sé cargar con el equipo.

Sé mentirles a los periodistas, a los ojeadores y a mí mismo.

—Levantó los ojos—. A ti no puedo. Ya lo intenté diez días.

Tú escribes una palabra en un papel y lo desmontas todo.

El corazón se me disparó tan fuerte que tuve miedo de que lo oyera desde el otro lado de la piedra.

—¿Y Mason? —pregunté, porque era la pregunta, la única, el nombre que vivía dentro de todos nuestros silencios.

Su mandíbula se apretó. Su pulgar recorrió el borde de la taza, una vuelta entera, antes de responder:

—No voy a mentirle a tu hermano para siempre. No puedo. Él es… —la frase falló— ya sabes lo que él es para mí.

—Lo sé. Es lo que es para mí también.

—Entonces estamos de acuerdo en el tamaño del problema. —Empujó el pósit un centímetro hacia mí, despacio, como quien mueve una pieza de ajedrez—. En lo que ya no estoy de acuerdo es en resolverlo fingiendo que no existes. Lo intenté. La casa se queda con un olor equivocado.

Me reí. No pude evitarlo: salió una risa corta, húmeda, atravesada de todo.

—Luka dijo lo mismo.

—Luka habla demasiado.

Y entonces nos reímos los dos, juntos, bajito, en la panadería vacía a las cinco de la mañana, y algo se asentó entre nosotros.

No era un plan. No era una promesa.

Era más pequeño y más grande que eso: era un acuerdo de tregua entre dos cobardes que acababan de admitir, por escrito, que estaban en el mismo agujero.

—¿Entonces qué hacemos? —pregunté.

—No lo sé. —Y fue la cosa más honesta que aquel hombre me había dicho jamás—.

Yo nunca había llegado hasta aquí. —Terminó el café, dejó el dinero y la propina absurda de siempre, y se levantó.

En la puerta, con la mano en el pomo, en el lugar exacto donde él siempre deja las frases más importantes, dijo sin volverse—: Hoy jugamos contra Ohio State.

Después del partido, el equipo sale. Va todo el mundo. —Una pausa—. Ve tú también.

—¿Eso ha sido una invitación?

—Ha sido una información. —Pero tenía la oreja roja, y no era del frío—. La invitación es de Mason. Que te invite él.

La campanilla sonó. Salió hacia la oscuridad.

Y yo me quedé sujetando el pósit con las tres caligrafías, entendiendo despacio lo que acababa de inaugurarse: la fase en la que ya no lo negamos —solo que no sabemos dónde pisar.

El Yost un viernes contra Ohio State es el Yost del sábado elevado al cubo.

Es partido de odio antiguo, de «Children of Yost» con la voz ronca ya en el primer periodo, de arena entera vestida de guerra.

Quinn me arrastró al sitio de siempre cerca del cristal, con Cami a mi otro lado —libre del banquillo, «hoy he dejado sufrir a los becarios»—, y las dos intercambiaron por encima de mi cabeza una mirada de quienes habían notado que yo me había esmerado con el delineador para un partido de hockey y habían decidido, por misericordia, no comentarlo.

Todavía.

Y Reed jugó.

No jugó como en el aniversario de Danny —aquello era un exorcismo, era un hombre sangrando en público.

Hoy era otra cosa. Hoy jugó suelto, si es que esa palabra cabía en él: los bloqueos precisos, pero sin furia suicida, la costilla protegida con inteligencia en vez de con cabezonería, y a mitad del segundo periodo, después de una parada imposible de Luka, vi —la arena entera vio— al capitán golpear el guante contra el casco del portero y decir algo que hizo que hasta Luka casi sonriera.

—Vale —dijo Quinn, lentamente, bajando el bloc de notas—. ¿Quién es ese y qué han hecho con el Iceman?

—Será la costilla, que está sanando —sugerí.

—Será —repitió ella, con la sequedad de quien anota la fecha para cobrarlo después.

Michigan tres, Ohio State uno. Mason marcó dos y celebró los dos señalándome en la grada, escandaloso, formando «MI HERMANA» con la boca para quien quisiera leerlo.

Y al final, cuando el equipo dio la vuelta, golpeando los sticks contra el hielo para saludar a los Children of Yost, Reed pasó patinando despacio por nuestro sector del cristal —y me miró.

Un segundo de más. Nuestro segundo.

Cami se atragantó con el refresco.

—Eso lo he visto —siseó.

—¿El qué?

—Sadie Brooks. —Me apretó el brazo, con los ojos abiertos de par en par de cotilleo en estado puro—. Ese hombre te ha dedicado la mirada. Llevo tres años vendando atletas, conozco todas las miradas que existen, y esa no está en el catálogo de Calloway.

—Estás delirando de cansancio.

—Estoy descansada y lúcida y vosotras dos me lo vais a contar todo en el bar —decretó, y Quinn, al lado, solo asintió despacio, como una jueza confirmando la sentencia.

El bar se llamaba Skeeps, estaba encajado cerca del campus, y a las once de la noche de un viernes de victoria sobre Ohio State era un caldero maize and blue: el equipo entero en una mesa larga del fondo, jarras de refresco y cerveza disputándose el espacio, Knox recontando el segundo gol de Mason con coreografía, la mitad del bar pagándoles bebidas a los jugadores y la otra mitad haciendo fotos.

Llegué con las chicas y fui engullida por la mesa: abrazo de Mason oliendo a champú de vestuario, Knox levantándome del suelo, porque por lo visto ese es el saludo oficial de la casa, Luka regalándome, sin una palabra, el último aro de cebolla de su ración, lo que en su idioma era un discurso.

Reed estaba en la punta de la mesa. Agua con gas, porque él no bebía. Apoyado en la pared, medio fuera del círculo de luz, en su puesto de siempre: presente y aparte, el capitán que iba porque el equipo necesitaba que fuera.

No nos hablamos. No cruzamos diez palabras en toda la noche.

Y fue la conversación más larga de mi vida.

Porque había un idioma nuevo funcionando por encima de la mesa, invisible para todo el mundo menos para nosotros dos: él empujando la cesta de patatas hasta mi alcance sin mirar, cuando notó que yo no llegaba.

Yo deslizando una servilleta bajo su vaso sudado, porque él odiaba las marcas de agua en la mesa, eso ya lo sabía.

Él cambiándose de sitio, casual, dos asientos, cuando un tío de la mesa de al lado empezó a darme conversación con aliento a tequila —no le dijo nada al tío, no montó ninguna escena, simplemente existió de repente a mi lado, dos metros de señalización territorial bebiendo agua con gas, y el tío se evaporó.

—Fascinante —murmuró Quinn en mi oído, fingiendo leer la carta.

—Cállate.

—No he dicho nada. Estoy leyendo los postres.

A las doce y media, Mason se subió a un taburete para hacer un brindis —«¡por el Yost, por la defensa, por Luka que es un muro y por mi hermana que ha traído suerte y cookies a esta temporada!

»— y la mesa entera gritó, y las jarras chocaron, y en medio del caos general de brazos y espuma, la mano de Reed encontró la mía por debajo de la mesa.

No fue un accidente. Los accidentes no entrelazan los dedos.

Fue medio segundo. Un apretón —firme, cálido, escondido del mundo entero en el bosque de rodillas y piernas de una mesa de bar— y soltó, antes de que nadie pudiera verlo, mientras allá arriba mi hermano brindaba por la hermana que había traído suerte, sin saber que debajo de su mesa la suerte estaba de la mano de su mejor amigo.

Yo no miré a Reed. Él no me miró a mí. Los dos miramos a Mason, sonriendo, levantando los vasos, dos traidores perfectamente sincronizados.

Y la culpa y la felicidad me dividieron el pecho por la mitad, una parte para cada una, como siempre habían hecho, como por lo visto siempre harían.