Hielo y azúcar CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

«Todo contrabandista jura que hace la última travesía. Y después mira la frontera y piensa: solo una más.»

reed calloway

Nosotros nunca acordamos nada.

Eso era lo que nadie entendería después —ni Mason, ni el equipo, ni yo mismo, si tuviera que explicarlo en voz alta.

No hubo un día en que nos sentáramos y decidiéramos vamos a hacer esto a escondidas. Hubo solo una secuencia de «una vez más» que nunca terminaba.

Un café más a las cinco y cuarenta, ahora con ella en mi lado del mostrador en vez de en el otro, los hombros rozándose mientras me enseñaba, entre hornadas, la diferencia entre masa que reposa y masa que muere.

Un trayecto más desde la facultad que «por casualidad» coincidía con el final de mi entrenamiento, su Civic moribundo aparcado a dos manzanas del Yost, nunca en la puerta.

Una sesión más de cine en el salón con la casa entera —Knox roncando en el sofá, Mason con el móvil— y su mano y la mía encontrándose bajo la manta en la tierra de nadie entre los cojines, los dedos entrelazándose en la oscuridad con la naturalidad de quien ya se sabe el camino de memoria.

Tres semanas.

Tres semanas de un idioma que nadie más hablaba, construido de segundos de más y de pósits —porque los pósits se convirtieron en algo nuestro, después del primero.

Ella pegaba uno en mi botella de agua: bloquea con el cuerpo, no con la cara, he visto la repetición.

Yo respondía en su caja de masa de la nevera: el cruasán del jueves estaba mejor que el del viernes, el del viernes reposó poco.

Ella: ¿desde cuándo entiendes tú de reposo, hipócrita?

Yo: desde que una panadera mandona me vendó en un motel.

Ninguno de los dos escribía lo que de verdad se estaba escribiendo. No hacía falta. El papel amarillo aguantaba el peso por nosotros.

Y yo debería estar hundiéndome de culpa —y me hundía, la culpa seguía allí, puntual, cada vez que Mason se reía en mi cara en la mesa del desayuno sin saber nada.

Pero había algo nuevo por encima de la culpa, algo que no sentía desde antes de la llamada de las tres de la madrugada, y tardé días en admitir su nombre.

Yo estaba feliz.

Feliz de una manera clandestina e insostenible, feliz como quien respira por una pajita —pero feliz.

La casa volvía a tener olor. El silencio de las cinco de la mañana tenía compañía.

El hielo, en los entrenamientos, se había vuelto más ligero, y todo el mundo lo notaba y nadie sabía por qué, y Doyle había dejado de mirarme torcido y había empezado a mirarme con desconfianza, lo que en su diccionario era un cumplido.

El problema de respirar por una pajita es que cualquiera puede pisarla.

Febrero terminó. Marzo llegó con los playoffs de la conferencia en el horizonte y los ojeadores dejando de ser visita para convertirse en mobiliario.

El miércoles, Doyle me llamó a su despacho después del entrenamiento, cerró la puerta y señaló la silla.

—Siéntate. Noticia grande.

Me senté. Giró el monitor hacia mí: un correo con un escudo que yo me sabía de memoria, porque pasé la adolescencia con él pegado en la pared de mi cuarto —del mío y del cuarto de Danny, los dos iguales, comprados juntos en una tienda de Cedar Hollow.

—Detroit —dijo Doyle, sin ceremonias, porque las ceremonias no son lo suyo—.

Han mandado gente a los últimos cuatro partidos.

Quieren una conversación formal contigo la semana que viene.

No es un sondeo, Calloway. Es interés de primera ronda.

—Se recostó—. Les gusta el paquete: defensa de élite, capitán a los veintidós, expediente limpio, sin escándalos, sin distracciones.

Su agente usó esa palabra tres veces. Sin distracciones.

Para ellos eso vale tanto como tu bloqueo.

Sin distracciones.

—¿Cuándo es la conversación?

—El viernes que viene, la víspera del partido.

Van a cenar contigo. —Me estudió por encima de las gafas—.

Es la vida de tu madre cambiando de piso, chaval.

Es el equipo del que era tu hermano. Yo estuve en el entierro, me acuerdo de la camiseta en el ataúd.

—Su voz ni siquiera se ablandó; Doyle decía las cosas brutales con la misma cara con que pedía un cambio de línea, y por eso se podían aguantar—.

Llega entero al viernes. Es lo único que te pido. Entero y sin ruido.

Salí del despacho con el corazón en dos compases al mismo tiempo.

Detroit. El equipo de Danny. La camiseta que mi madre dobló y puso en el ataúd, porque él lo pidió una vez, de broma, a los diecinueve años, sin saber que estaba haciendo testamento.

Si existía un final para la historia que empezó en un lago helado, era ese —y estaba a una semana y una cena de distancia.

Sin distracciones.

Y la distracción había dejado un pósit nuevo en mi botella por la mañana: el jueves jugamos en casa. después hay tarta de manzana de prueba para un trabajo de okafor. necesito una cobaya valiente. ¿conoces a alguien?

Yo había respondido: conozco a un tío. solo sabe bloquear discos, pero se esfuerza.

Doblé el recuerdo y lo guardé en el bolsillo de siempre.

Una cosa cada vez. Partido del jueves. Tarta. Detroit. En ese orden. Yo era bueno con el orden.

Debería haber recordado que el universo no lo era.

El jueves por la noche le ganamos a Michigan State por uno, en un partido feo y nervioso, y el Skeeps volvió a llenarse.

Fui porque el equipo fue —el capitán va—, me quedé en el puesto de siempre con mi agua, y ella llegó después con Quinn y Cami, y el idioma funcionó toda la noche por encima de la mesa sin que nadie lo viera: la cesta empujada, la servilleta, el cambio de sitio.

Rutina de contrabando. Tres semanas de práctica.

Salí antes que todo el mundo, como siempre —el capitán sale pronto, entrena pronto—, y fue en el aparcamiento oscuro de la parte de atrás, entre mi coche y el muro, donde el perfume caro me alcanzó antes que la voz.

—¿Sabes qué es lo gracioso, Reed?

Tara. Apoyada en el coche de al lado del mío, abrigo blanco, la cara iluminada desde abajo por la pantalla del móvil que sujetaba con las dos manos, como quien sujeta un arma pequeña.

—No me interesa, Tara. —Pasé de largo hacia la puerta del coche.

—Lo gracioso —continuó, en la misma voz de conversación amena— es que tú nunca me llevaste al Skeeps con el equipo.

Una temporada entera, y yo nunca me senté en esa mesa del fondo.

Decías que era «cosa del equipo». —Giró la pantalla del móvil hacia mí—.

Y resulta que vengo hoy con las chicas, y mira lo que es cosa del equipo ahora.

Yo no quería mirar. Miré.

La foto era oscura, tomada de lejos, desde el ángulo de quien estaba en la mesa equivocada del bar con el zoom correcto.

Pero se veía. La mesa larga, el equipo borroso alrededor, Mason de pie al fondo riéndose de algo —y en el borde inferior del encuadre, en el bosque de piernas y rodillas, debajo de la mesa, lo bastante nítidas: dos manos.

Entrelazadas. La suya pequeña en la mía, su pulgar por encima del mío, un gesto que nadie hace por accidente.

No se veía ninguna cara. Se veía mi chaqueta del equipo con la C de capitán en la manga. Y la pulserita de abalorios que Cami le había regalado la semana pasada, amarilla y azul, inconfundible para cualquiera de nuestra mesa.

El aparcamiento se quedó muy silencioso. Oí mi propia sangre.

—Tranquilo —dijo Tara, guardando el móvil en el bolsillo del abrigo blanco, despacio, saboreándolo—.

No se la he mandado a nadie. Todavía. Es que no dejo de pensar…

—Ladeó la cabeza, y su sonrisa era la cosa más fría de aquella noche de marzo—.

Mason está ahí dentro tan feliz, ¿verdad?

Brindando. Y la semana que viene tienes esa cena importante —ah, sí, todo el mundo sabe lo de la cena, Reed, Ann Arbor es pequeña y yo como con la hija de uno de los directores del programa.

Sin distracciones, ¿no es lo que les gusta decir?

—Pasó a mi lado, el hombro casi rozando el mío, el perfume llenándolo todo—.

Tienes una buena semana por delante. Sería una pena que alguien le metiera ruido.

—¿Qué quieres?

La pregunta salió antes de que pudiera contenerla, y fue un error, porque preguntarle qué quería era admitir que tenía algo mío en la mano —y los dos oímos la admisión resonar en el hormigón.

Tara se detuvo, pero no se volvió. Dejó caer la respuesta por encima del hombro, ligera como la nieve:

—Quiero lo que siempre he querido, Reed. Quiero que recuerdes que estabas mejor conmigo. —Un paso—. Piénsalo con calma. Eres bueno en eso. —Otro paso, el tacón chasqueando contra el asfalto—. Dale un beso a la panadera. El lazo de su pulsera es una monada.

Su coche salió del aparcamiento sin ninguna prisa, porque quien tiene la bomba no corre.

Y yo me quedé parado en la oscuridad entre mi coche y el muro, con la llave en la mano y el corazón latiendo en código de emergencia, haciendo la cuenta que no cuadraba: la cena de Detroit en una mano, la foto en el móvil de ella en la otra, Mason riéndose ahí dentro sin saber nada, y ella —ella, la chica del pósit, del idioma— durmiendo a tres manzanas de allí, creyendo que nuestro mayor problema seguía siendo la conciencia.

Apreté los puños hasta que las llaves me marcaron la palma.

Me había pasado tres años aprendiendo que las cosas que no cierras con llave son las que te lo quitan todo.

Esta vez yo había cerrado. Había escondido. Lo había hecho todo en código, en papel amarillo, debajo de la mesa, antes del amanecer.

Y no había servido de nada.