Hielo y azúcar CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

«Hay palabras que una consigue no decir. El problema es cuando alguien las escribe —porque entonces siguen existiendo aunque la boca esté cerrada.»

reed calloway

Las cinco de la mañana de un martes. Cocina a oscuras. Rutina.

Abrí la nevera para coger la botella de agua del mismo sitio de siempre, con la misma mano de siempre, en el mismo gesto automático que llevaba cuatro años haciendo —y me congelé con la puerta abierta, la luz amarilla de la nevera iluminándome como el foco de un flagrante.

El pósit estaba pegado a la botella.

Amarillo, doblado en cuatro, con las marcas de pliegue que me sabía de memoria, porque fui yo quien hizo cada una de ellas —tres semanas y media doblando y desdoblando aquel papel como un adicto que promete dejarlo mañana.

Yo lo había devuelto en el motel.

Había decidido, de madrugada, con ella durmiendo en mi pecho, que devolverlo era lo correcto: acabar con el contrabando, entregar la prueba, cerrar la frontera.

Un gesto limpio. Adulto. Definitivo.

Lo desdoblé.

Reed. Pasó.

Su letra redonda debajo de su letra redonda. Unas cuantas letras más, y el suelo de la cocina se inclinó.

Me quedé parado delante de la nevera abierta el tiempo suficiente para que el motor protestara, leyendo una sola palabra como si fuera a cambiar si la leía otra vez.

No cambió.

Pasó.

Sin interrogación, sin puntos suspensivos, sin espacio para negociar. Sadie Brooks había cogido mi mentira más importante, la que sostenía todas las demás, y había escrito la verdad encima con un bolígrafo cualquiera.

Doblé el pósit. Lo guardé en el bolsillo del chándal.

Otra vez. Lo has guardado otra vez, idiota.

Y me fui a correr al frío —hacia el lado opuesto de Kerrytown, por primera vez en casi un mes.

Aguanté diez días.

Diez días sin panadería. Diez días despertándome a las cinco y corriendo hacia el norte, hacia el este, hacia cualquier punto cardinal que no oliera a canela.

Diez días tratando a Sadie, dentro de casa, con una cordialidad tan perfecta, tan lisa, tan profesional, que era peor que la grosería —y ella devolviéndome la misma moneda, sonrisa de mostrador, «buenos días, capitán», pasando la sal en la mesa sin que los dedos se tocaran nunca, los dos actores en un teatro cuyo único espectador que importaba no sospechaba nada y se reía alto en el sofá.

Diez días descargando en el único sitio donde descargar es legal.

El miércoles, el entrenamiento fue tan duro que Doyle me sacó del hielo en mitad de un ejercicio, me agarró por el cuello de la camiseta de entrenamiento como si yo fuera un novato y apuntó su propia nariz contra la mía.

—¿Qué infierno es este, Calloway?

—Intensidad, coach.

—Intensidad es lo que yo pido. Eso de ahí es otra cosa.

—Entornó los ojos—. Le has dado a Novak dos veces en el mismo ejercicio.

A Novak. Tu portero. El tío al que deberías proteger con tu vida.

—Me soltó la camiseta—. El viernes viene Ohio State a casa.

Necesito al capitán, no a una picadora de carne con un problema sin resolver.

No me interesa cuál. Resuelve tus problemas.

En el vestuario, Luka se sentó a mi lado mientras me quitaba los patines. Se quedó en silencio un minuto entero, a su manera, y después dijo la frase más larga que le oí en todo el semestre:

—La cocina lleva más de una semana sin oler a nada.

Y se levantó y se fue, dejándome con aquello.

Hasta Luka. Hasta el portero esfinge se había dado cuenta de que la casa había cambiado de olor.

El jueves por la noche apareció Beau. Sin avisar, como siempre, con su llave, como siempre, y me encontró en el garaje lanzando discos contra la pared acolchada a las diez de la noche —cincuenta, cien, ciento cincuenta golpes, la costilla protestando en cada uno, el ruido seco llenando el espacio para no tener que oír nada de dentro.

Se apoyó en el marco y se quedó mirando, comiéndose una de las galletas que seguro había robado de la cocina por el camino.

—¿Sabes —dijo al final, masticando— que la definición de locura es golpear el mismo disco esperando que se convierta en otra cosa?

—Vete, Beau.

—Tienes la costilla morada, tu defensa se enfrenta al rival mañana, son las diez de la noche y estás en un garaje helado librando una guerra contra una pared.

—Sacó otra galleta del bolsillo—. Y hace una semana que la casa no huele a pan, lo cual, según mi investigación de campo, coincide exactamente con la vuelta de Minneapolis. ¿Qué pasó en el motel, Reed?

El disco golpeó la pared con fuerza suficiente para que el eco doliera.

—Nada.

—Nada —repitió Beau, y asintió despacio, con esa paciencia de quarterback que lee defensas—. Qué curioso. Es exactamente la cara que ponías a los quince años cuando Danny preguntaba quién había roto la ventana del cobertizo.

El nombre cayó en el garaje y se quedó.

Él lo hacía a propósito: decir Danny con naturalidad, en voz normal, como si estuviera permitido, como si fuera sano, porque en la cabeza de Beau lo era, y quizá lo fuera, y yo odiaba y necesitaba aquello a partes iguales.

Solté el stick. Me senté en el banco del garaje, con los codos en las rodillas, y Beau esperó, porque dieciséis años de amistad enseñan el tiempo exacto del silencio de cada uno.

—Ella escribió «pasó» —dije, al final, hacia el suelo.

—¿Y pasó?

—Creo que ya lo sabes.

—Entendido. —Se guardó el resto de las galletas en el bolsillo, ceremonioso, como quien guarda las pruebas—. ¿Y ahora qué estás haciendo, exactamente? En esa cabeza de hielo tuya, ¿cuál es la jugada?

—No hay jugada. Está Mason. —Levanté la cabeza—.

No va de lo que yo quiero, Beau. Yo soy bueno en no tener lo que quiero.

Va de lo que debo. Él me cargó a cuestas aquel primer año entero.

Durmió en el suelo de mi cuarto la semana del entierro para que yo no despertara solo.

Y la única cosa, la única, que me ha pedido en la vida…

—Pidió que nadie hiciera daño a su hermana —dijo Beau, bajo, sin prisa—.

Yo estaba aquí la primera semana de ella, ¿te acuerdas?

«Nadie la toca» es el idioma de Mason para decir «a esta ya la dejaron una vez, yo lo vi de cerca, y rompo la cara a quien lo haga otra vez».

—Se despegó del marco y vino a plantarse delante de mí—.

Ahora respóndeme a una cosa, capitán. Lleváis diez días sin hablaros.

Ella está horneando como una loca a estas horas de la noche en algún sitio, apuesto lo que quieras.

Tú estás en guerra con una pared. En esa jugada tan bonita de «proteger a la hermana de Mason»…

¿quién está siendo protegido exactamente?

No respondí.

—Ya. —Beau me dio una palmada en el hombro sano, marchándose ya—. Es lo que pensaba. Suerte mañana contra Ohio. Y, ¿Reed? —Se detuvo en la puerta del garaje, recortado contra la luz de la cocina—. A Danny le habría encantado ella. Detestaba a la gente que se rinde en el segundo periodo.

La puerta se cerró.

Y me quedé solo en el garaje helado, con la costilla palpitando, la frase de Doyle en una oreja —resuelve, no me interesa cuál— y la de Beau en la otra, y el pósit quemándome en el bolsillo del chándal, donde todavía lo llevaba, porque en diez días no había conseguido ni tirarlo ni responder, lo cual era la definición exacta de mí: un hombre parado en medio de un puente, con miedo a los dos lados.

¿Quién está siendo protegido exactamente?

No era Mason.

Mason estaba estupendamente, riéndose en el sofá, ajeno, feliz.

No era Sadie: Sadie estaba al otro lado de una cordialidad que le dolía, yo veía que le dolía, yo sabía leer ahora cada pieza de la armadura y la veía ponérselas todas, todos los días, por mi culpa.

Era yo. Como siempre. El muro nunca fue cuestión de honor. El muro era miedo con una medalla colgada.

Viernes, las cuatro y cincuenta de la mañana. No corrí hacia el norte.

La Honey & Rye brillaba en la esquina oscura de Kerrytown como la única cosa encendida del mundo, y a través del escaparate la vi antes de que ella me viera: de espaldas, el moño torcido, enharinada hasta los codos, sola en su cocina, en su reino, doblando masa de hojaldre con esa paciencia que yo nunca tuve para nada que no fuera bloquear.

La campanilla sonó cuando empujé la puerta.

Se volvió. Y se detuvo. Y no montó la sonrisa de mostrador: me dio algo peor, la cara real, cansada, a la defensiva, los ojos color miel preguntando qué has venido a romper ahora sin gastar una sola palabra.

—Abrimos a las seis —dijo, fría, devolviéndome nuestra primera frase como quien devuelve una alianza.

—Lo sé.

Crucé la panadería. Ella alzó la barbilla, lista para la guerra, para la disculpa de protocolo, para el discurso del «esto no puede pasar» versión dos punto cero: la vi armar todas las respuestas detrás de los ojos.

No dije nada.

Saqué el pósit del bolsillo. Desdoblé los cuatro pliegues por última vez, alisé el papel sobre la piedra fría del mostrador entre los dos, junto a la harina, y lo dejé allí —con la tercera línea que yo había escrito a las cuatro y media de la mañana, sentado en el borde de mi cama, con el bolígrafo pesando un kilo.

Su letra, redonda: Reed. Su letra, redonda: Pasó. Y la mía, dura, torcida, de quien casi nunca escribe a mano:

Lo sé. Y va a ser un problema.

Ella leyó. Sus labios se entreabrieron, la respiración le cambió, y cuando levantó los ojos del papel hacia mí había en ellos una pregunta enorme y temblorosa que era mejor que cualquier sonrisa que me hubiera dado jamás.

—Café solo —dije, arrastrando el taburete de siempre—. Por favor.

Y me senté en mi sitio.