CAPÍTULO 16
«Mi abuela decía que Dios escribe recto con renglones torcidos. Nunca me explicó que, a veces, el renglón torcido es una interestatal cerrada.»
sadie brooks
La ida fue casi decepcionante de tan tranquila.
Salimos a las seis, como estaba prometido, con Quinn conduciendo exactamente como yo había previsto —demasiado rápido, demasiado confiada, discutiendo con el GPS como si tuviera opinión— y el cielo se comportó durante diez horas enteras.
Gris, bajo, pesado, pero quieto.
Su playlist era tan mala como lo prometido. Paramos dos veces, y en las dos mandé un mensaje al grupo de la casa, y en las dos un segundo mensaje, aparte, a un contacto que había guardado sin apellido, como si quitarle el «Calloway» hiciera aquello más pequeño.
Sadie: parada 1. gasolinera en la I-94. quinn se ha comprado un perrito caliente que la va a matar.
Reed: ok.
Sadie: parada 2. indiana o illinois, nadie lo sabe. todo igual. viva el medio oeste.
Reed: ok.
—Responde «ok» —comentó Quinn la segunda vez, con los ojos en la carretera y la voz cuidadosamente neutra—. Dos letras.
—Él es así.
—Ajá. —Adelantó a un camión—. Y tú sonríes de esa manera por dos letras.
Guardé el móvil y subí el volumen de la radio, lo cual, para Quinn, fue respuesta suficiente y confesión completa.
En algún punto de Wisconsin, con la radio convirtiéndose en interferencia y el mundo de fuera reducido a graneros y carteles de queso, Quinn bajó el volumen e hizo esa cosa rara suya, que es hablar en serio sin avisar de que va a hacerlo.
—No te voy a preguntar nada, que conste.
No porque no lo vea. Yo lo veo todo, es literalmente mi único talento monetizable.
Pero una buena periodista sabe la diferencia entre lo que es noticia y lo que es la vida de las personas que quiere.
Tú no eres un tema, Brooks. Eres mi mejor fuente de carbohidratos y mi mejor amiga en esta ciudad, en ese orden cronológico y en el orden inverso de importancia.
—Adelantó a otro camión—. Así que cuando quieras contarlo, lo cuentas.
Y hasta entonces yo fingiré que «él es así» es una respuesta, y tú fingirás que me la he creído, y nuestra amistad seguirá firme sobre ese cimiento de mentiras educadas.
Me quedé un kilómetro entero mirándola, con la garganta apretada.
—Quinn…
—No llores que estoy conduciendo y la solidaridad lacrimal está científicamente comprobada.
—Eres la mejor persona que tiene este viaje.
—Al viaje le quedan seis horas y la competencia es un GPS tonto, pero acepto el título.
—Extendió el puño cerrado por encima del cambio de marchas, sin apartar los ojos de la carretera, y yo lo choqué suavemente, sellando lo que fuera que acabábamos de firmar—.
Ahora pásame una cookie de la reserva estratégica y elige una playlist menos deprimente, que la Sadie de Ohio no me engañaba con ese indie triste y la de Michigan tampoco engaña.
Llegamos a Minneapolis al anochecer, a tiempo para el segundo partido. Y el barn de Minnesota era todo lo que Mason había prometido: viejo, apretado, ensordecedor, hostil de esa manera que da orgullo sobrevivir.
Me senté con Quinn en la zona de prensa improvisada, envuelta en maize and blue en territorio enemigo, y aprendí lo que es ver un partido de hockey sabiendo leer a un solo jugador.
Porque Minnesota sabía lo de la costilla.
Yo no entendía de táctica, pero entendía de gente, y quedó obvio en el primer turno de Reed sobre el hielo: iban a por él.
No a por el disco: a por él.
Cada finalización era una excusa para un encontronazo en su lado izquierdo, cada pivote terminaba con un hombro enterrado en el mismo punto exacto. Cami me había contado lo del moretón en el vestuario de fisio, con detalles que ahora yo quería devolver.
Y Reed recibía cada golpe de la misma manera: sin gesto, sin queja, levantándose con la mandíbula apretada y volviendo a la jugada siguiente como si el dolor fuera un rumor.
—Lo están cazando —dije, apretando el vaso de chocolate caliente.
—Sí. —Quinn tecleaba sin parar—. Y él no sale. Ya debería haberse sentado un turno. Doyle se lo ha mandado dos veces, míralo, y él hace como que no lo ve. —Negó con la cabeza—. Cabezota desgraciado.
En el tercer periodo, con el partido empatado, ocurrió.
Un defensa enorme de Minnesota pilló a Reed sin disco, a destiempo, con toda la intención, y lo enterró contra la valla con el estadio entero en pie.
El sonido del cristal crujiendo llegó hasta nosotras. Reed cayó de rodillas sobre el hielo.
Me levanté sin decidir levantarme. El vaso se volcó en el suelo.
Se quedó abajo durante tres segundos que duraron un mes —y entonces se irguió, solo, rechazando la mano de Luka, y patinó hasta el banquillo con la espalda recta de quien carga con su propio cuerpo por pura cabezonería.
La arena de Minnesota abucheó de decepción. Yo me quedé de pie, con chocolate en las zapatillas y el corazón en la boca, hasta que Quinn me tiró del abrigo para sentarme.
Perdimos por uno. La serie terminó empatada, un partido cada uno.
Sadie: ¿estás bien?
Esta vez, ni «ok». Nada. Su silencio hizo que el viaje de vuelta empezara agrio antes de que el cielo se desplomara.
Y el cielo se desplomó.
Salimos de Minneapolis el domingo a las nueve de la mañana, el convoy informal —el autobús del equipo delante, el coche de Quinn detrás, aprovechando la estela.
A las once empezó la nieve, gruesa, seria. A mediodía, el mundo se había acabado.
No era nieve cayendo; era nieve horizontal, una negrura blanca donde las luces traseras del autobús se convertían en dos borrones rojos diez metros por delante y después desaparecían.
Quinn redujo, volvió a reducir, las manos a las diez y diez en el volante, sin hacer ni una broma por primera vez en cuarenta y ocho horas —y fue eso lo que me asustó de verdad.
El móvil pitó. Grupo de la casa.
Mason: la interestatal ha cerrado detrás de nosotros. la policía está sacando a todo el mundo en la próxima salida. hay un pueblecito, doyle ha mandado parar. SEGUID AL AUTOBÚS.
—Gracias a Dios —Quinn soltó el aire—. Yo iba a parar de todas formas. Esto no es una carretera, es un purgatorio.
El «pueblecito» era una gasolinera, una cafetería, una iglesia y un motel de carretera con un letrero de neón a medias —MOT L— parpadeando valientemente contra la ventisca.
El aparcamiento ya era un caos: el autobús del equipo, camiones en fila, coches de familia, todo lo que la I-90 había escupido de golpe en la misma salida.
Corrimos del coche a la recepción con la nieve entrándonos por el cuello, y allí dentro era un hormiguero: el equipo entero amontonado con las mochilas, Doyle en la recepción negociando con un señor de tirantes que parecía estar teniendo el día más movido de la década, Cami contando cabezas como una profesora de excursión.
—Doce habitaciones —anunció Doyle, al final, volviéndose hacia el grupo con la lista en la mano y la cara de quien resuelve logística de guerra—.
Para todo el mundo. El motel está lleno, hay gente durmiendo en la cafetería.
De dos en dos, sin lloros. Camila, tú con la reportera.
—Señaló a Quinn, que hizo el saludo militar—.
El resto, leo la lista y nadie discute, que yo no soy dueño de ninguna pensión.
Leyó. Nombre por nombre, pareja por pareja, el equipo disolviéndose por los pasillos estrechos.
Mason se quedó con Knox. Luka con un novato. La lista fue encogiendo, encogiendo, y una matemática horrible y maravillosa se fue formando en el fondo de mi estómago antes incluso de que Doyle llegara al final del papel.
Doce habitaciones. Veintitrés personas en nuestro grupo. El equipo en parejas. Quinn con Cami.
Sobraba una habitación. Y sobrábamos, fuera de cualquier pareja oficial de la plantilla, exactamente dos personas.
—…y la hermana de Brooks se queda con… —Doyle levantó los ojos de la lista, recorrió el vestíbulo, y su bolígrafo se detuvo en el único jugador sin pareja, el capitán apoyado en la pared con la mochila en el hombro sano y la cara de piedra.
Doyle ni pestañeó. Treinta y un años de vestuario no pestañean por tan poco—.
Calloway. Listo. Resuelto. Buenas noches a todo el mundo, el autobús sale cuando abran la carretera.
El vestíbulo entero se congeló durante medio segundo.
Yo no miré a Reed. Miré a mi hermano —todo el mundo miró a mi hermano—, y Mason, con la mochila colgada y un cansancio de dos partidos en la cara, hizo lo que solo Mason podría hacer: se encogió de hombros.
—Mejor así. —Bostezó, ya girándose hacia el pasillo con Knox—. Reed es el único de este equipo al que yo confiaría encerrado en una habitación con mi hermana. Buenas noches, loca. No dejes que te aburra hasta la muerte.
El único al que yo confiaría.
Vi la frase golpear a Reed. Lo vi, porque yo estaba mirando, y porque tres semanas y media de idioma de medios segundos me habían enseñado a leer mandíbulas: la suya se apretó, un grado más, y los ojos grises bajaron al suelo un instante antes de volver a subir, opacos, ilegibles, hacia ninguna parte.
Nadie más notó nada.
Knox masculló un «buenas noches, jefa». Cami me lanzó, por detrás del hombro de Quinn, una mirada de emergencia médica.
Quinn movió los labios en un silencioso y enfático llámame.
Y el vestíbulo se vació, y el señor de los tirantes me tendió una llave de metal de verdad, sujeta a un rombo de plástico naranja con el número 9.
Cruzamos el pasillo exterior en silencio, con la nieve golpeando de lado y el neón del MOT L tiñéndolo todo de un rosa enfermizo.
Reed llevaba la mochila en el hombro derecho —el izquierdo, ahora yo lo sabía, no cargaba nada— y caminaba medio paso detrás de mí, y ninguno de los dos dijo una palabra, porque lo que había que decir era demasiado grande para caber en un pasillo.
Me detuve en la puerta 9. La llave giró con un chasquido antiguo.
Empujé la puerta, tanteé el interruptor —esta vez lo encontré— y la luz amarilla y débil se encendió sobre una habitación pequeña, limpia, con papel pintado de los años ochenta, un calefactor de ventana luchando valientemente contra el fin del mundo de ahí fuera, una televisión de tubo.
Y una cama.
Una. Cama. De matrimonio, cubierta con una colcha de flores desteñidas, plantada en el centro exacto de la habitación como una broma de mal gusto del destino.
Me quedé parada en el umbral. Reed se detuvo detrás de mí, y sentí, más que oí, el momento en que vio lo que yo estaba viendo —su respiración cambió, una inspiración corta por la nariz, el único comentario que aquel hombre iba a hacer.
Fuera, la ventisca aulló contra el tejado. El neón parpadeó. En alguna habitación vecina, Knox soltó una carcajada por algo, lejos, en otro universo donde la gente estaba teniendo una noche normal.
—Yo duermo en el suelo —dijo Reed.
—¿Con esa costilla? —La frase salió de mí antes que el juicio, afilada de preocupación acumulada en dos partidos y diez horas de carretera—. Ni aunque la nieve congele el infierno…
Y cerré la puerta detrás de nosotros.