Hielo y azúcar CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

«Me pasé tres años levantando paredes. Nadie levanta una pared alrededor de una habitación de motel con una sola cama.»

reed calloway

—¿Con esa costilla? Ni aunque la nieve congele el infierno.

La puerta se cerró detrás de ella con un clic que sonó, para mí, como el portón de una cárcel.

Me quedé parado en medio de la habitación minúscula, con la mochila en el hombro sano, haciendo inventario del desastre: una cama de matrimonio con una colcha de flores desteñidas.

Un calefactor de ventana chirriando. Una televisión de tubo. Un baño del tamaño de un armario. Cuatro paredes lo bastante finas para oír a Knox soltando carcajadas a tres habitaciones de allí.

Y ella.

En medio de todo, quitándose el gorro, con los rizos cayéndole húmedos de nieve, las mejillas rojas del frío, dueña de una calma que yo sabía tan fabricada como la mía.

Una noche, Calloway. Tú bloqueas discos a cien por hora. Aguantas una noche.

—El suelo tiene moqueta —intenté—. He dormido en sitios peores.

—El suelo tiene una moqueta de 1987 y tú tienes una contusión profunda con probable microlesión de cartílago.

—Soltó la mochila en la silla y me encaró, con los brazos cruzados—.

Sí, Cami me lo contó. Con detalles. Con vocabulario técnico.

Así que podemos saltarnos la parte en la que te haces el mártir e ir directos a la parte en la que admites que no puedes ni quitarte esa chaqueta solo.

—Puedo quitarme la chaqueta.

—Quítatela, entonces.

La miré. Ella me sostuvo la mirada, con la barbilla alzada, los ojos color miel con ese brillo de desafío que tenía desde la primera mañana, y yo —idiota, orgulloso, acorralado— bajé la cremallera y empecé a quitarme la chaqueta.

El hombro derecho salió fácil. El izquierdo se trabó a mitad del movimiento, y el dolor me rasgó el lateral de las costillas como un cuchillo de sierra, y no hice ningún ruido, porque tres años de entrenamiento no fallan —pero me detuve.

Medio segundo. Congelado a mitad del gesto, con la chaqueta colgando de un solo brazo.

Medio segundo fue suficiente.

—Siéntate —ordenó Sadie, y su voz había cambiado.

La púa había desaparecido. Quedó algo bajo y firme que no pedía. Mandaba, como debía de mandar Marnie en su cocina, como mandaba mi madre antes de que el mundo se rompiera.

Me senté en el borde de la cama. No sé por qué.

Sí, sé exactamente por qué.

Se arrodilló delante de mí y me quitó la chaqueta con un cuidado que nadie tenía conmigo desde el hospital —tirando primero de la manga buena, rodeando el hombro malo, sin rozar el lateral.

Después levantó los ojos y señaló el bajo de mi camiseta con la barbilla.

—La cinta de Cami. Mandó cambiarla después del partido. ¿La has cambiado?

—¡¿Cinta?!

—Lo que yo pensaba. —Abrió su propia mochila y sacó de allí, para mi derrota total, un estuche de primeros auxilios con una venda elástica nueva—.

Me lo dio antes de salir de Minneapolis.

Dijo, y cito, «no se la va a cambiar, es el peor paciente del programa, hazlo tú».

Yo la vi vendar. Presta atención, que así duele menos: camiseta. Fuera.

Me quité la camiseta.

El aire de la habitación tocó la piel y vi, en su cara, el momento exacto en que vio la mancha. El moretón había empeorado después del partido —extendido, oscuro en el centro, verde y amarillo en los bordes, un mapa de todo lo que Minnesota había invertido en mí en sesenta minutos.

Sus ojos lo recorrieron despacio, y la rabia que pasó por ellos no era lástima.

Era otra cosa. Era la rabia de quien se preocupa y no pidió preocuparse.

—Lo hicieron a propósito —dijo, bajo, abriendo la venda—. El partido entero. Lo vi.

—Es hockey.

—Era una cacería. —Colocó la punta de la cinta debajo del pecho, y sus dedos tocaron mi piel, fríos de la nieve, y todos los músculos de mi cuerpo recibieron la información al mismo tiempo—.

Y tú lo permitiste. Te quedaste allí, aguantando, sin salir ni un turno.

—Empezó a enrollar, firme y cuidadosa, exactamente como Cami—. ¿Por qué?

—Porque había un ojeador en la grada.

—Había un ojeador en el Yost la semana pasada también. —La cinta dio la vuelta. Sus dedos me rozaron la espalda. Yo miré fijamente el papel pintado—. Inténtalo otra vez.

—Porque el equipo necesitaba…

—El equipo iba perdiendo por uno contigo roto por cuatro sitios. Inténtalo otra vez.

No va a parar. Ella es así. Tira del hilo del ovillo hasta que el ovillo se acaba, sonriendo, sirviendo café, y ni te das cuenta de que lo ha desenrollado entero.

La cinta dio otra vuelta. El calefactor chirrió.

Fuera, la ventisca lanzó una ráfaga contra la ventana, y el neón rosa del MOT L pulsó a través de la cortina fina, y quizá fue eso —el fin del mundo ahí fuera, la habitación demasiado pequeña, sus manos en mi piel, el cansancio de dos partidos y tres años—, pero la verdad salió de mí por primera vez en voz alta, entera, sin mi autorización:

—Porque cuando duele por fuera, deja de doler por dentro.

Sus manos se detuvieron a mitad de la vuelta.

La habitación se quedó tan silenciosa que oí la nieve golpeando.

Ella estaba arrodillada delante de mí, con las manos en mi costado, la cara alzada hacia la mía, y no dijo «lo siento», no dijo «¿quieres hablar de ello?

», no dijo ninguna de las frases del manual que la gente usaba conmigo desde el entierro.

Dijo:

—Yo horneo.

—¿Qué?

—Cuando duele por dentro. Yo horneo. —Retomó el vendaje, despacio, con la voz en el tono de quien comenta el tiempo—.

A las tres de la madrugada, a las cuatro, da igual.

Si un día te despiertas y la casa entera huele a pan, no es porque esté contenta.

Es porque estoy aguantando. —Sujetó la punta de la cinta, la alisó con la palma, y se quedó allí, con la mano abierta sobre mis costillas vendadas—.

Harina, hielo. Cada uno congela el dolor en lo que tiene.

Y allí, sentado en una cama de motel con colcha de flores, en medio de una ventisca, con la mano de Sadie Brooks quieta sobre mi mayor hematoma, entendí qué era lo que me había aterrado de ella desde la primera mañana en la cocina a oscuras.

No era la belleza. La belleza yo la bloqueaba como bloqueaba los discos.

Era que ella hablaba mi idioma. El idioma que yo creía que había muerto con Danny: el de decir las cosas de lado, por el olor del pan, por el segundo de más con los ojos cerrados, sin necesitar nunca la palabra «luto».

Era la única persona en tres años que no intentaba traducirme. Ella solo… leía.

—Danny —dije.

No lo planeé. El nombre simplemente salió, ronco, extraño en mi boca después de tanto tiempo. Ella levantó los ojos despacio, sin susto, sin avidez, y esperó.

—Mi hermano. El de la foto de la nevera.

Sé que Knox te dijo que nunca preguntaras.

Tú nunca preguntaste. Tres semanas y media de café y nunca preguntaste.

—Me miré las manos—. Salió a comprar leche un martes.

Un tío que volvía borracho de una fiesta se saltó el semáforo.

Tenía veintiún años. Jugaba mejor de lo que yo jugaré jamás.

—La garganta se me cerró y forcé el resto a través de ella, porque, una vez abierta, la puerta ya no se cerraba—: Hizo tres años el sábado del partido contra Wisconsin. Al que tú fuiste. El muffin.

—Lo sé —dijo ella, bajito.

—Sé que lo sabes. —La encaré—. Me miraste desde aquella grada como quien sabía. Fue la primera vez en tres años que alguien… —La frase se quebró. Volví a empezar más bajo—: Todo el mundo mira al Iceman. Tú miraste el asiento vacío.

Una lágrima le resbaló por la cara. Una sola, terca, y ni siquiera se la limpió —la dejó caer, sin drama, sin convertir mi dolor en una escena suya.

—Mi madre también se marchó un martes. Yo tenía nueve años. Me quedé en la ventana esperando que el coche volviera hasta que oscureció. —Sonrió, torcido, la sonrisa más triste que he visto en mi vida—. Los martes, ¿eh? Deberían estar prohibidos.

Y los dos nos reímos. Una risa corta, rota, absurda —dos idiotas riéndose de los martes en un motel en el fin del mundo—, y fue la risa la que hizo la cosa más peligrosa de la noche, porque cuando terminó, estábamos demasiado cerca.

Ella seguía arrodillada entre mis rodillas. Yo seguía sin camiseta, vendado por sus manos. Su cara alzada, la mía inclinada, veinte centímetros de aire entre los dos, y el olor a canela en todo, y el neón rosa pulsando en la cortina, y la ventisca borrando el resto del planeta.

Levántate ahora. Es la hermana de él. Tú eres el tío de la regla. Levántate…

—Reed —susurró.

Y mi nombre en su boca, dicho así, bajo, en la oscuridad, desmontó tres años de ingeniería en medio segundo.

La besé.

O ella me besó. Nunca lo sabremos, y no importa: el espacio entre los dos simplemente dejó de existir, y su boca era cálida y suave y sabía al chocolate de la carretera, y mi mano subió sola hasta su cara, los rizos enredándose en mis dedos, y ella soltó un sonido pequeño contra mis labios que atravesó el vendaje, la costilla, el pecho, y acertó directo en el lugar que yo llevaba tres años amurallando.

No fue un beso bonito.

Fue un beso hambriento, torpe, con tres semanas y media de retraso —su mano abierta sobre mi pecho exactamente donde estuvo la primera mañana, mi pulgar en su barbilla, los dos tirando del otro hacia más cerca como si cerca fuera poco.

Ella se irguió sobre las rodillas para alcanzarme mejor y yo olvidé la costilla, olvidé la nieve, olvidé mi propio apellido. El mundo se redujo a canela y calor y al sonido bajo de su respiración desencontrándose de la mía.

Y entonces, en alguna habitación de aquel pasillo, atravesando la pared fina como una lanza…

La carcajada de Mason. Alta, escandalosa, inconfundible, riéndose de alguna idiotez de Knox a tres puertas de distancia.

Los dos nos congelamos al mismo tiempo.

Su boca todavía en la mía. Mi mano todavía en su cara. Y el mundo entero volviendo de golpe, con nombre, apellido y regla número uno: el único de este equipo al que yo confiaría encerrado en una habitación con mi hermana.

Me aparté como quien está en un incendio.

Me levanté de la cama en un movimiento que la costilla me cobró con intereses, crucé la habitación hasta la ventana y me quedé de espaldas a ella, con las manos en la cabeza, la respiración destruida, el neón rosa parpadeándome en la cara como una alarma atrasada.

—Reed…

—Esto no ha pasado.

El silencio a mi espalda dolió más que la costilla.

—No ha pasado —repetí, más para mí, montando los ladrillos con las manos temblando—.

Eres su hermana, Sadie. Él me sacó del agujero cuando Danny murió.

Él confía en mí. Lo ha dicho hoy, delante del equipo entero, que confía en mí, y yo…

—Me volví. Fue un error. Ella estaba sentada sobre los talones en medio de la habitación, con los labios todavía rojos del beso, los ojos enormes, y todo en mí quiso volver—.

Yo no traiciono a la única persona que me tendió la mano.

Ni por… —Por ti. Sobre todo por ti. Porque tú no serías un error pequeño.

Tú serías el error que yo querría cometer para siempre—. …ni por esto.

Ella se quedó mirándome durante un largo rato.

Después asintió, despacio, y vi —porque ahora yo sabía leer— el momento exacto en que se puso la armadura: la barbilla subió, la sonrisa de mostrador se montó, pieza a pieza, y dolió verlo porque yo sabía el precio de cada pieza.

—Está bien. —Su voz salió ligera, fabricada, perfecta—. No ha pasado. —Se levantó, cogió el neceser de la mochila—. Yo me quedo con el lado izquierdo de la cama. Tú te quedas con el derecho y con tu conciencia. Los dos vais a necesitar espacio.

Cerró la puerta del baño.

Y yo me quedé solo en la habitación con una sola cama, con su sabor en la boca, su vendaje en las costillas, su nombre en todo —y la certeza, fría y completa, de que «no ha pasado» era la mentira más grande de todas las que había contado.

Porque había pasado. Y lo peor: iba a pasarme la noche entera, tumbado a veinte centímetros de ella, queriendo que pasara otra vez.