CAPÍTULO 15
«El dolor una aprende a esconderlo del árbitro, del entrenador, del equipo. El problema es cuando aparece alguien que ve sin silbato.»
reed calloway
—Levántate la camiseta.
—Estoy bien, Cami.
—Levántate. La. Camiseta. —La becaria de fisioterapia más baja y más mandona de todo el programa deportivo señaló la camilla con la autoridad de un general de un metro sesenta—.
O le cuento a Doyle que te agarrotaste en el tercer bloqueo de ayer y que hiciste una mueca en el banquillo cuando creías que nadie miraba. Yo estaba mirando. Me pagan por mirar.
Apreté la mandíbula. Ella me sostuvo la mirada sin pestañear, con los brazos cruzados, y entendí por qué la mitad del equipo le tenía un miedo reverencial a aquella chica de rizos y sudadera manchada.
Me levanté la camiseta.
La mancha morada se extendía por el lateral de las costillas como el mapa de ningún país, verde en los bordes, del disco que bloqueé contra Wisconsin el sábado del aniversario.
Tres semanas, y no se curaba, porque yo no la dejaba curarse —porque el descanso era lo único que no podía permitirme.
Cami silbó bajito.
—Bonito. —Presionó dos puntos con los pulgares, clínica, y yo contuve el aire con los dientes—.
Contusión profunda, probable microlesión en el cartílago.
¿Sabes qué cura esto? El descanso. ¿Sabes qué haces tú?
—Señaló el hielo a través del cristal de la sala de fisio—.
Doscientos bloqueos por semana. Eres el peor paciente que tengo, y mira que trato a Knox, que una vez se arrancó su propia férula con los dientes.
—Véndame y dame el alta. El viernes hay partido.
—Viernes y sábado, genio. Serie doble fuera de casa. —Cogió la venda con mala gana profesional—. Minneapolis, diez horas de autobús, y la previsión es de ventisca durante todo el camino. El fin de semana perfecto para viajar con una costilla de colores.
La dejé trabajar. La cinta comprimió, el dolor retrocedió hacia el fondo, controlable, con hora de finalización.
Al otro lado del cristal, el hielo del Yost esperaba, y en la grada de arriba, intentando ser discreto con un abrigo gris, estaba el motivo por el que yo no podía descansar en ningún febrero de mi vida: un ojeador.
Otra vez. El tercero en dos semanas. Febrero es cuando circulan, con la planilla en la mano, decidiendo cuánto vale cada uno de nosotros en junio.
Cada entrenamiento era una auditoría. Cada bloqueo, una línea en el informe.
Y el contrato que salía de aquel informe era la diferencia entre que mi madre conservara o vendiera la casa, donde los dos cuartos de niño todavía existían, intactos, porque ella no era capaz de tocar el de Danny y yo no la dejaba tener que tocar el resto.
Así que véndate, trágatelo y juega, Calloway. Como siempre. El dolor tiene hora de finalización. Las facturas no.
El entrenamiento fue bueno. Fue bueno de esa manera en que las cosas eran buenas cuando yo lo transformaba todo en tarea: cada ejercicio ejecutado, cada novato corregido, el ojeador garabateando en la grada.
Doyle me retuvo en el hielo después de soltar al resto.
—¿La costilla? —preguntó, sin preámbulos.
El Coach Doyle tenía sesenta años, cara de cuero y la delicadeza de un rompehielos, y era, después de Beau, quien me leía desde hacía más tiempo.
—Vendada.
—No he preguntado qué ha hecho Camila. He preguntado por la costilla.
—Juega el viernes y juega el sábado.
Me miró durante un segundo largo, masticando lo que sea que mastican los entrenadores cuando deciden si empujan o retroceden.
—Minnesota va a ir a por ella. Tienen vídeo, saben dónde duele.
—Golpeó el stick contra el hielo, despacio—.
Un capitán que le esconde el juego a su propio banquillo no es duro, Calloway.
Es pasivo. Piénsalo en el autobús. —Y patinó hacia fuera, dejándome con la palabra clavada donde la cinta comprimía.
En casa, por la noche, la cocina estaba en asamblea general.
—…entonces Quinn lleva su coche, porque tiene acreditación de prensa para los dos partidos —explicaba Mason con la boca llena, apuntando con un trozo de pan a modo de puntero—, Cami va en el autobús con nosotros porque es staff, y tú vas con Quinn y ves tu primera serie fuera de casa.
Minneapolis, hermanita. Su barn es una locura.
Vas a odiar animar allí dentro. Va a ser increíble.
Me detuve en medio de la cocina con la botella de agua en la mano.
Sadie estaba sentada en la encimera, con el cuaderno de acuarelas abierto en el regazo y un lápiz atravesado en el moño, y levantó los ojos —primero hacia su hermano, después, medio segundo, hacia mí.
Tres semanas de café de madrugada nos habían enseñado un idioma entero de medios segundos.
—Diez horas de coche con Quinn conduciendo —dijo, volviendo al cuaderno—. Yo voy rezando.
—¡Quinn conduce bien!
—Quinn conduce rápido. Son conceptos diferentes.
—Vosotras salís el sábado por la mañana y llegáis para el segundo partido —continuó Mason, director de orquesta de su propia logística—. El primero lo escucháis por la radio, en el coche. Perfecto. Plan perfecto. Nada puede salir mal.
Ventisca durante todo el camino, dijo la voz de Cami en mi memoria, y algo frío me bajó por la espalda que no tenía nada que ver con la costilla.
—La previsión es de nieve —dije, antes de decidir hablar. La cocina entera me miró, porque yo no opinaba en logística de afición—. Del viernes al sábado. Un frente pesado que viene de Dakota.
—Es Michigan en febrero. —Mason se encogió de hombros, optimista profesional—. Siempre nieva. La I-94 aguanta.
—La I-94 hasta Chicago. Después es la 90 y después es el medio de la nada durante trescientos kilómetros. —Me sabía aquel trayecto de memoria. Todo el que jugaba en esta conferencia se lo sabía—. Si se cierra, se cierra de verdad.
—Si se cierra, paramos y esperamos a que abra —dijo Sadie, práctica, sin drama, todavía dibujando—. Yo viajé seis horas de madrugada para llegar hasta aquí. Sobrevivo a una ventisca con Quinn y una playlist mala.
Lo dijo con la naturalidad de quien resuelve, y el tema murió ahí a todos los efectos de la cocina. Mason empalmó una discusión con Knox sobre los asientos del autobús. Luka fregó los platos en silencio, mirándolo todo.
Pero yo me quedé con la frase atragantada donde la cinta de Cami apretaba: yo viajé seis horas de madrugada para llegar hasta aquí.
Sola. En un Civic que tose. Y nadie había considerado aquello un problema —ni su hermano, ni ella misma, porque Sadie Brooks resolvía las cosas sola y sonreía, exactamente igual que yo me vendaba las costillas y jugaba.
Nos reconocíamos en los trucos, los dos. Ese era el problema de convivir con alguien que usaba la misma armadura: empiezas a verle las rendijas porque conoces las tuyas.
Subí a mi habitación y no dormí bien, y le eché la culpa a la costilla, que fue la mentira más perezosa del mes.
El jueves de madrugada, cuando bajé a las cinco, ella ya estaba en la cocina —cosa que nunca pasaba; sus madrugadas eran de la panadería.
Estaba en chándal, haciendo una lista en el bloc de notas, con cuatro botes de cristal alineados en la encimera como soldados.
—Marnie me ha dado el viernes y el sábado —explicó, sin que yo preguntara, señalando los botes con el lápiz—. Así que estoy dejando comida preparada para la casa, porque sin mí volvéis a vuestro estado natural de pizza y proteína en polvo, y me niego a firmar ese certificado de fracaso.
—Sobrevivimos años antes de ti.
—«Sobrevivir» es hacer lo mínimo. —Alzó la barbilla, desafiándome a discrepar—. Yo no trabajo con lo mínimo.
Volvió a la lista. Yo me quedé allí, en la cocina a oscuras, en la hora que siempre fue solo mía, y me di cuenta de que hacía semanas que ya no era solo mía —y de que no la echaba de menos.
Eso era lo que me estaba aterrando desde la puerta de su cuarto, desde el «canela», desde el pósit que sigue en mi mochila: no lo que sentía cuando ella estaba cerca.
Lo que ya no sentía.
El silencio de la casa dejó de pesar. El asiento vacío dejó de gritar. Y yo no autoricé nada de eso.
—Reed… —habló de repente, sin levantar los ojos de la lista, con la voz más baja—. El sábado. Si la carretera se cierra de verdad, paramos. Te lo prometo. No soy de hacer locuras en la nieve.
Se había dado cuenta.
Claro que se había dado cuenta —mi insistencia con la previsión, el mapa de la I-94 de memoria, la preocupación que yo había disfrazado de meteorología. Ella leía a las personas de la misma manera que horneaba: a ojo, sin medir, y acertaba.
—Lo sé —afirmé.
Y entonces, porque la madrugada volvía a las personas honestas o idiotas, o las dos cosas, dije:
—Manda un mensaje si paráis.
Su mano se detuvo sobre la lista. Levantó los ojos, y el color miel se quedó estudiándome en la oscuridad de la cocina, y por un instante la vi decidir no hacer una broma, no preguntar por qué, no convertir aquello en más de lo que era —o en exactamente lo que era.
—Está bien —dijo, solo eso.
Cogí mi botella y salí a correr al frío, y no fui a Kerrytown, porque ella no estaba allí, y esa constatación —has vuelto a cambiar la ruta de la carrera, Calloway, solo que ahora al revés— me persiguió durante diez kilómetros enteros.
El viernes, el autobús salió a las siete de la mañana hacia Minneapolis, diez horas de carretera gris. Ganamos el primer partido apretado, dos a uno, con mi costilla protestando en cada bloqueo y su barn cayéndose a pedazos de ruido.
En el vestuario, después, el móvil vibró.
Sadie: ¡marcador visto! knox se ha peleado con la radio entera. salimos mañana a las 6. prometo mandar mensaje en las paradas, capitán. 🧁
Capitán. Con un cupcake al final, porque ella no era capaz de terminar nada sin azúcar.
No respondí.
Me quedé mirando el mensaje demasiado tiempo, con el pulgar sobre el teclado, sin saber qué responde un hombre cuando no puede responder lo que quiere.
Al otro lado de la habitación del hotel, Mason le tiraba una almohada a Knox por culpa del aire acondicionado. Fuera, detrás de la ventana doble, el cielo del Medio Oeste estaba bajo, pesado, de ese color plomo que todo el que creció en el norte conocía de nacimiento.
Guardé el móvil, apagué la luz y me mentí a mí mismo diciéndome que iba a dormir.