CAPÍTULO 14
«Una palabra no debería tener tanto poder. Pero «canela» se pasó la semana entera girando dentro de mí, como azúcar que no se disuelve.»
sadie brooks
Él dijo canela y bajó la escalera, y yo me pasé tres días sin conseguir formar una frase completa dentro de mi propia cabeza.
No era racional. Yo sabía que no era racional.
Un hombre imposible, prohibido en tres idiomas, se había detenido en la puerta de mi cuarto para decirme, de todas las cosas del universo, a qué huelo —y la parte terca y hambrienta de mí lo había guardado como un tesoro, lo había hecho girar entre las manos por la noche, le había quitado el polvo, lo había examinado a la luz.
Huele a canela.
Contra el azúcar venenoso de Tara. Como si él me hubiera corregido, como si le importara dejarlo claro.
Para ya, Sadie. Un tío te elogia el olor y tú ya estás amueblando la casa de los dos. Así fue como acabaste plantada en una ventana a los nueve años.
Así que hice lo que hacía siempre que el corazón empezaba a construir castillos: lo enterré en trabajo.
Panadería a las cinco. Facultad a las nueve. El proyecto de Okafor consumiendo cada hueco —la identidad visual de la panadería que existía en mi cabeza y que ahora, por orden de la profesora, tenía prohibido llamar tontería.
Cruasán, clase, glaseado, acuarela, cruasán…
Si me mantenía en movimiento, no quedaba espacio para pensar en un par de ojos color tormenta parados en mi puerta.
Funcionó más o menos. Siempre funciona más o menos.
El jueves, Quinn cumplió su promesa y apareció por la Honey & Rye, esta vez acompañada.
—He traído a Cami —anunció, soltando la mochila en el mostrador de siempre—. Prometí cinnamon roll y una amiga nueva. Estoy entregando las dos cosas.
Cami era el opuesto físico de Quinn: más baja, más delgada, rizos oscuros recogidos en un moño flojo, una sudadera de la facultad de fisioterapia con una mancha sospechosa que ni siquiera intentó esconder.
Tenía la cara de quien sonríe fácil y abraza más fácil todavía, y me miró como si ya fuéramos amigas desde hacía años y solo hubiera llegado tarde al primer encuentro.
—Ay, Dios mío, el olor de este sitio. —Cerró los ojos en la puerta, dramática—. Yo me paso el día vendando rodillas de atletas, huelo a alcanfor y a pies de jugador de hockey. Esto es un spa. Yo ahora vivo aquí. No lo discuto.
Me reí, y les empujé un roll a cada una antes de que pidieran, porque a esas alturas ya había entendido cuál era mi papel en la mesa: la que alimenta primero y pregunta después.
Cami mordió, gimió con los ojos cerrados y me apuntó con el roll como quien apunta con una acusación.
—Quinn no exageró. Y mira que Quinn lo exagera todo.
—Yo relato hechos con énfasis —corrigió Quinn, robándole un trozo del roll a Cami en vez de comerse el suyo—. Es periodismo.
Se conocían de esa manera en que solo se conoce a una compañera de piso de años: peleándose por la comida, terminándose las frases la una a la otra, discutiendo con cariño. Y, durante unos minutos, detrás de mi mostrador, tuve una sensación rara y buena que no sentía desde hacía mucho tiempo.
No era solo ser incluida. Era ser incluida sin haber traído bizcocho. Quinn había vuelto por mí, no por mis cruasanes. Me había traído una amiga.
Nadie me había pedido que me lo mereciera.
—A ver… —Cami apoyó los codos en el mostrador, con los ojos brillándole de cotilleo del bueno—.
Quinn me ha contado que vives con el equipo entero de hockey.
Yo vendo a la mitad de esos brutos, ¿sabías?
—Contó con los dedos, encantada—: Novak tiene un hombro que es un crimen.
Tremblay, el canadiense, es un cielo escondido detrás de una cara de malas pulgas, no cuentes que lo he dicho.
Y el capitán… —arqueó las cejas— …Calloway no aparece nunca por fisioterapia ni cuando debería.
El tío juega lesionado y no deja que nadie lo trate.
Una vez terminó un partido con una costilla fisurada y no lo descubrieron hasta la semana siguiente.
El estómago se me encogió.
Claro que sí. Claro que juega roto y no deja que nadie lo cuide. Dejar que alguien lo cuidara sería dejar entrar a alguien.
—Es… —empecé, y me detuve, buscando la palabra segura, como siempre la busco— …reservado.
Quinn me lanzó una mirada por encima de las gafas que decía te he visto dudar, archivado, pero, misericordiosamente, no dijo nada delante de Cami.
Los secretos con Quinn, estaba aprendiendo, se guardaban hasta el momento en que fueran más útiles —lo cual era, al mismo tiempo, reconfortante y aterrador.
La conversación siguió, ligera, agradable, sobre Cami y un defensa que le parecía insoportable, sobre Quinn y el reportaje que el editor le había tumbado, sobre el invierno que no hacía más que empeorar.
Y yo iba riéndome, sirviendo, participando, cuando la campanilla volvió a sonar —y la risa se nos murió a medias en la cara a las tres al mismo tiempo.
Tara Lindqvist.
Con su abrigo caro, el pelo platino impecable a pesar del viento de fuera, entró en la Honey & Rye como si estuviera haciendo una inspección sanitaria.
Sus ojos barrieron el local —el toldo verde por dentro, el mostrador de madera, mi delantal, mis amigas— con un desdén tan bien ensayado que casi daban ganas de aplaudir.
—Ah. —Me localizó, y la sonrisa apareció, afilada—. La panadera. Qué mono, así que es aquí donde trabajas.
A mi lado, sentí a Cami enderezarse, y a Quinn soltar el roll despacio, los dos radares encendiéndose a la vez.
—Es aquí —respondí, con la sonrisa de mostrador firme en su sitio. Años de clientes difíciles a las seis de la mañana me habían dado eso—. ¿Qué va a ser?
—Nada de aquí, gracias. —Ni siquiera miró el escaparate.
Apoyó una mano enguantada en el mostrador, se inclinó y bajó la voz hasta ese registro de solo-entre-nosotras-chicas que era peor que cualquier grito—: Solo pasaba a darte un consejo, de mujer a mujer.
¿Ese café de madrugada que le andas sirviendo?
Para. —La sonrisa no vaciló—. Yo ya he visto esa película.
Media docena de chicas la han visto. Reed es lo bastante educado como para beberse el café, porque lo criaron bien.
Pero no se va a quedar. Nunca se queda. Tú te vas a encariñar, él se va a congelar, y lo único que queda eres tú, sola, oliendo a levadura, intentando entender qué hiciste mal.
—Se enderezó, se ajustó el guante—. Te estoy ahorrando tiempo.
Pareces del tipo que necesita que se lo ahorren.
Y fue entonces cuando Quinn, mi Quinn, editora de deportes del Michigan Daily, apoyó la barbilla en la mano con una sonrisa dulce de veneno equivalente.
—Curioso —dijo, casual, lo bastante alto—. Hablas mucho de quién no se queda para ser alguien a quien él dejó. Yo cubro a ese equipo, querida. Sé exactamente quién rompió con quién, y en qué orden. ¿Quieres que te recuerde la fecha? Lo tengo todo archivado. Con énfasis.
El silencio que cayó fue delicioso.
Tara abrió la boca. La cerró. Midió a Quinn, midió a Cami —que había cruzado los brazos con la autoridad tranquila de quien venda a hombres de dos metros y no se impresiona con unos tacones—, me midió a mí.
Se dio cuenta, con la matemática rápida de quien vive de calcular estatus, de que había entrado en un tres contra una en el territorio equivocado.
—Diviértete con la levadura —escupió, y salió. La campanilla tintineó con fuerza a su espalda.
Durante un segundo, nadie dijo nada. Después Cami soltó todo el aire de golpe.
—Vale. La odio. Amor a primera vista al revés. ¿Quién es esa criatura?
—La ex del capitán —respondió Quinn, volviendo al roll como si no hubiera pasado nada—. Y, por la cara de nuestra Sadie, un problema que acaba de volverse personal.
Yo no había dicho nada. No hizo falta.
Las dos me miraban con la misma expresión —no de cotilleo, sino de quien ya había decidido, en una tarde y media de amistad, ponerse de mi lado en una guerra que yo ni siquiera sabía que estaba librando.
Y fue esa parte la que me pilló. No Tara. Tara era solo ruido.
Fue tener, por primera vez en la vida, gente que se levantaba por mí sin que yo hubiera horneado nada para ellas antes.
—En una cosa tiene razón, ¿sabéis? —dije, bajito, secando un vaso que ya estaba seco—. Sobre Reed. Sobre que no se queda.
Cami ladeó la cabeza.
—Y aun así le haces el café.
Era exactamente la misma frase que iba a decirme meses después, en un contexto mucho peor, pero en aquel momento era solo la constatación amable de una chica nueva que ya me había leído entera.
—Y aun así le hago el café —admití.
Porque no sabía hacerlo de otra manera. Porque encender el horno y esperar era la única forma de amor que conocía. Porque, en el fondo, prefería arriesgarme a que me dejaran otra vez antes que pasarme la vida con la puerta cerrada con llave, como él.
Quinn me miró durante un largo segundo, soltó la broma que tenía preparada, y dijo la cosa más seria que me había dicho hasta entonces:
—Solo prométeme una cosa. Cuando te haga daño —y te lo hará, Sadie, los hombres así siempre hacen daño antes de decidir si se quedan—, me llamas. Antes de hornear la pena en vez de sentirla. —Volvió a sonreír, pero los ojos seguían serios—. Nosotras venimos. Siempre.
Se lo prometí.
Y, detrás del mostrador de mi cocina prestada, con dos chicas que me habían elegido gratis, entendí que Michigan ya me había dado algo que yo no había venido a buscar y que ni siquiera sabía que necesitaba: no era Reed.
Eran ellas.
El resto —el capitán, la canela, la puerta que él impidió cerrar— el resto todavía iba a costarme caro.
Solo que aún no sabía el tamaño de la cuenta.