CAPÍTULO 13
«Subí a cerrar una puerta con llave. Nadie me advirtió de que hay puertas que solo descubres que estaban abiertas cuando intentas cerrarlas.»
reed calloway
Le cerré la puerta en la cara a Tara con más fuerza de la que la educación recomendaba, y el chasquido resonó por el salón en silencio.
Detrás de mí, la casa estaba paralizada.
Mason, con el mando del videojuego en pausa, me miraba con el ceño fruncido, intentando descifrar lo que acababa de ocurrir en el umbral de nuestra casa a las nueve de la noche.
Knox tenía la mandíbula apretada de una manera que reconocí: era su cara de cuando alguien pisa a quien él ha decidido, en algún momento de las últimas tres semanas y media, que es de la manada.
Luka me observaba por encima de la lata de refresco con esa quietud de portero que lo ve todo y no comenta nada.
Y el sofá estaba vacío. Sadie había subido.
—Tío —empezó Mason, despacio—, ¿qué ha…?
—Nada. —Cogí mi botella de agua de la encimera—. Ya se iba.
Era mentira, claro.
Tara nunca se va; a Tara la echan, e incluso echada deja humo. Pero Mason me conocía lo suficiente para saber cuándo una puerta en mi voz era tan sólida como la que yo acababa de cerrar de golpe, y solo se encogió de hombros y reanudó el juego.
La casa volvió al ruido poco a poco, vacilante, como quien retoma una conversación después de un trueno.
Yo me quedé parado en medio del salón con la botella en la mano, y la rabia subió —una rabia que no tenía un solo blanco.
Rabia hacia Tara, por haber venido. Rabia hacia mí, por haber dejado que viera en diez segundos lo que yo me había jurado que no existía. Y rabia, sobre todo, hacia aquella cosa fría que había cruzado la cara de Tara cuando miró hacia el sofá —porque yo conocía esa frialdad.
Yo ya había sido su blanco. Y no me había gustado nada ver esa frialdad apuntando a la chica con harina en la muñeca que se reía de los chistes idiotas de mi mejor amigo.
Eso demuestra el punto, Calloway.
Ese era el argumento que yo necesitaba.
Que Tara apareciera era un disparo de advertencia. Si ella lo había visto, otros lo verían.
Un periodista. Un ojeador. Mason. Bastaba con que Tara abriera la boca equivocada ante la persona equivocada, y tres semanas de café solo de madrugada se convertían en un problema con mi nombre y el de la hermana de mi mejor amigo en la misma frase.
Yo era el capitán. Yo era el tío de la regla. Y la regla estaba a punto de volverse contra mí.
Aquello tenía que parar. Hoy. Antes de convertirse en algo.
Danny tenía una teoría sobre mí, de la época en que sus teorías eran cosas ante las que yo ponía los ojos en blanco y que guardaba sin admitirlo.
Decía que yo jugaba la vida como jugaba fuera de casa: sin acomodarme nunca, con las maletas hechas, con la afición en contra.
«Un día vas a encontrar a alguien que te haga jugar en casa, Reedecito» —me llamaba así específicamente porque me irritaba— «y yo voy a estar allí para ver cómo no sabes dónde sentarte».
Tenía veinte años y una novieta nueva por semestre y ninguna autoridad en la materia, y aun así, parado en medio de mi salón con una botella de agua calentándoseme en la mano, tres años y medio después, su voz encontró el camino de siempre por entre los ladrillos.
Yo voy a estar allí para ver.
No iba a estar. Esa era la cláusula que anulaba el contrato entero. Él no iba a estar en ninguna parte para ver nada, y cada persona que yo dejara entrar a partir de él era alguien más que un día contestaría un teléfono a las tres de la madrugada por mi culpa.
Esa era la matemática. La matemática nunca había fallado.
Subí la escalera de dos en dos, con la determinación fría de quien va a cumplir una tarea difícil pero necesaria: cerrar una cuenta, zanjar un asunto, volver a levantar un muro que había dejado bajar por descuido.
Me detuve delante de su puerta. Respiré hondo, monté la frase en la cabeza —lo de la panadería tiene que parar, es mejor así, para los dos— y llamé. Dos golpes, controlados, contra la madera.
La puerta se abrió. Y se me olvidó la frase entera.
Porque la Sadie que abrió la puerta no era la Sadie del sofá, ni la de la cocina, ni la del mostrador de la panadería con la sonrisa lista.
Era una Sadie sin ninguna máscara. Los ojos color miel estaban rojos en los bordes, secos por cabezonería, pero rojos, y la sonrisa automática que ella montaba para el mundo simplemente no estaba —había abierto la puerta esperando a Mason, esperando a una amiga, esperando a cualquiera menos a mí, y no tuvo tiempo de ponerse la armadura.
Fue la segunda vez que vi lo que vivía debajo de su sonrisa.
La primera fue la primera mañana, medio segundo de cansancio. Ahora era una cara entera, expuesta, herida, y yo —que había subido aquella escalera para construir una pared— me quedé sin suelo.
—¿Has venido a rematar la faena? —Cruzó los brazos, y la voz le salió con una púa que no pegaba con los ojos—. Tu amiga ya dejó muy claro cuál es mi «nivel». No hacía falta que subieras solo para confirmarlo.
La palabra me golpeó como un disco en el pecho. Tara había usado esa palabra. Yo la había oído, abajo —no pega con tu nivel—, pero no había visto, hasta ahora, dónde había aterrizado.
Había aterrizado justo en medio de la chica que tenía delante.
—¿Qué más te ha dicho? —pregunté, y mi voz salió más dura de lo que pretendía.
—¿Qué importa eso? —Sadie se encogió de hombros, fingiendo ligereza, y su ligereza fingida dolía más que un llanto—.
Salió contigo una temporada entera. Conoce el trabajo mejor que yo.
—Una sonrisa torcida, sin ninguna alegría—.
Dijo que huelo a azúcar y que tú solo sabes qué hacer con el frío.
¿Sabes qué? Tiene razón. No te preocupes por la panadería, Reed.
Yo dejo lo del café. Entendí el mensaje a la primera, el primer día, con el «no, gracias». Soy lenta, pero llego.
Iba a cerrar la puerta.
Y aquí estaba la parte que yo no planeé, la parte que destruyó la frase entera que había subido a decir: puse la mano en la madera.
Impedí que la puerta se cerrara.
Di la frase, Calloway. Di «es mejor así» y baja. Es solo eso. Lo has ensayado.
—No tiene razón.
Fue lo que salió. Bajo, áspero, contra toda mi voluntad y contra todo el discurso que había montado en la escalera.
Sadie se detuvo. Su mano todavía en la puerta, la mía al otro lado, los dos nudillos de madera entre nosotros.
—Tara habla así con todo el que ella cree que tiene algo que ella ya no tiene. —Yo no sabía de dónde salían aquellas palabras; saltaban el muro antes de que pudiera atraparlas—. No va de ti. Nunca va de la otra persona, con ella. Y tú no hueles a azúcar.
—¿No?
—Hueles a canela.
El aire entre los dos se volvió denso, como se había vuelto en el pasillo, como se volvía en la panadería a las cinco y cuarenta.
Ella me miraba con los ojos todavía rojos, pero ahora abiertos de otra manera, esperando, y yo estaba demasiado cerca de la puerta, demasiado cerca de ella, y el olor —canela, siempre canela— lo invadía todo.
Se suponía que yo debía estar diciendo lo contrario de eso. Se suponía que debía estar reconstruyendo el muro.
En vez de eso, estaba parado delante del cuarto de la hermana de mi mejor amigo, en la oscuridad del pasillo, diciéndole a qué olía, como un idiota que ha olvidado tres años de entrenamiento.
La regla de Mason apareció en mi cabeza, en letras grandes. La cara de Mason. La mano que él me tendió en mi peor invierno.
Retrocedí. Aparté la mano de la puerta como si la madera quemara.
—No dejes lo del café. Pero no era nada de esto lo que había venido a decir. —Mentira, claro. Había sido exactamente eso—. Olvídate de Tara. Buenas noches, Sadie.
Bajé antes de que respondiera. Antes de que viera en mi cara que no había cumplido ni una coma de la tarea que me había llevado hasta allí.
Al pie de la escalera, Luka estaba en la cocina llenando un vaso de agua que no se bebió.
Sus ojos claros me midieron por encima del vaso —la escalera, yo, la puerta de arriba, mi cara— con la paciencia de quien se pasa la vida entera leyendo trayectorias de disco, y no dijo absolutamente nada, porque Luka nunca dice nada, y aquel nada específico suyo lo dijo todo: lo he visto. Yo siempre lo veo. Es mi trabajo.
—Buenas noches —dije, seco.
—Mmm… —respondió el portero, en su idioma nacional, y me dejó pasar.
Entré en mi habitación, cerré la puerta y me senté en el borde de la cama a oscuras, con el corazón latiendo de la manera equivocada, de la manera que yo no autorizaba.
Había subido para zanjar aquello. Para volver a levantar el muro. Para usar a Tara como el pretexto perfecto que ella me había servido en bandeja.
Y bajé habiéndole dicho a una chica prohibida que olía a canela, habiéndola defendido de mi propia ex, habiendo dejado la puerta de la maldita panadería abierta de par en par a propósito.
Miré la mochila en el rincón, el bolsillo donde el pósit con mi nombre todavía dormía, y entendí, con la claridad fría de quien pierde un partido en el último segundo, que yo no estaba perdiendo el control.
Ya lo había perdido. Hacía tres semanas. Solo acababa de descubrir el marcador.