Hielo y azúcar CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

«Puedes mentirle a quien te conoció después. Quien te conoció antes solo finge creerte —por educación.»

reed calloway

Beau Carter tenía la llave de mi casa desde antes de que cualquiera de estos idiotas supiera mi nombre. Por eso, cuando la puerta de la calle se abrió sin llamada a las cuatro de la tarde, ni siquiera levanté la vista de la tablet donde diseccionaba, por quinta vez, la defensa de Wisconsin.

—¡¿Qué coño es esto, la casa se ha convertido en una panadería?!

Entró olfateando el aire como un perro perdiguero, con la chaqueta del equipo de fútbol colgada de un hombro y esa sonrisa de cartel que hace que media Ann Arbor pierda el juicio las tardes de sábado en el Big House.

Beau es todo lo que yo no soy: ruidoso, fácil, de los que entran en una habitación y encienden la luz solo con existir.

Quarterback titular de los Wolverines, la cara del cartel publicitario de State Street, el chico que carga con las esperanzas de una ciudad entera a la espalda y aun así nunca deja que el peso se le note en la cara.

La gente miraba a Beau y veía sol. Yo miraba y veía el esfuerzo que costaba fingir que ser sol no cansaba —porque lo conocía desde los seis años, desde los inviernos de Cedar Hollow, desde el lago helado donde los tres aprendimos a patinar.

Los tres. Él, yo y mi hermano.

El lago de Cedar Hollow se helaba firme en enero, y nuestra infancia entera cupo en aquella placa de hielo: Danny, dos años mayor, siempre delante, inventando las reglas sobre la marcha; Beau, que patinaba mal y lo compensaba con volumen; y yo, el pequeño del trío, corriendo detrás de los dos con unos patines de segunda mano que apretaban.

Era Danny quien limpiaba la nieve del hielo con una pala antes de que llegáramos, todos los sábados, sin contar nunca que madrugaba para eso —lo descubrí en el funeral, por el padre de Beau, que lo veía desde la ventana.

Fue Beau quien se rompió el brazo a los once defendiendo una portería con el cuerpo, porque Danny dijo que un portero de verdad no se apartaba.

Y fue allí, entre los dos, donde aprendí las únicas cosas que sabía hacer hasta hoy sin esfuerzo: patinar, frenar y callarme mientras los ruidosos se ocupaban del resto.

Por eso Beau era la única persona viva que conocía la versión de mí que existía antes.

Antes de la llamada. Antes del hielo.

—Sobras de ayer —mentí, sin apartar la vista del vídeo.

—Mentira cochina. —Abrió la nevera sin ceremonias, encontró el plato cubierto con papel de aluminio y lo levantó como un trofeo—.

Esto está recién hecho. Esto tiene amor dentro.

Las sobras no tienen amor, Calloway, las sobras tienen culpa.

—Olfateó—. ¿Quién os quiere a vosotros, panda de animales, hasta el punto de hornear por la tarde?

Fue exactamente en ese instante cuando crujió la escalera.

—¡Esos son míos, suéltalos ahora mismo!

Sadie bajó en chándal y calcetines, con el pelo recogido en un moño torcido que ya se estaba deshaciendo y harina en una mejilla. Cruzó el salón con la naturalidad de quien lleva años viviendo allí, no una semana, y le quitó el plato de las manos a Beau en un solo movimiento.

Beau la miró. Sadie miró a Beau. Y entonces los dos sonrieron a la vez, de esa manera instantánea de quienes se reconocen de inmediato —dos versiones del mismo sol encontrando su propio reflejo.

Lo odié en el acto, y me odié aún más por odiarlo.

—Tú debes de ser el motivo de que Mason no cierre la boca sobre fútbol americano en pleno vestuario de hockey. —Ella separó dos cookies y se las tendió, conciliadora—. Toma. Un soborno. Para que no te comas el resto y no me delates.

—Cásate conmigo.

—Si ni siquiera sabes mi nombre.

—Detalle burocrático. —Beau mordió la cookie y cerró los ojos, como quien reza una novena—. Ya está. Ahora lo sé por el sabor. Esposa.

Sadie se rio —una risa de verdad, alta, sin freno, que llenó el salón y rebotó en las paredes e hizo que la casa entera pareciera, por un segundo, un lugar donde la gente ríe—, y algo dentro de mí se bloqueó con un chasquido casi audible.

Apreté los puños debajo de la mesa.

No es asunto tuyo con quién se ríe, Calloway. No es asunto tuyo el sonido que hace.

Ella volvió a subir, llevándose el plato como quien rescata a un cachorro del regazo de un desconocido, y el silencio que dejó olía a vainilla.

Beau se quedó mirando la escalera un segundo más de lo necesario y después se volvió hacia mí despacio, con la cookie todavía en la mano y una sonrisa que yo conocía demasiado bien. La sonrisa de quien acaba de ver algo que yo llevaba el día entero fingiendo que no existía.

—Bueno. —Giró una silla al revés y se sentó de frente a mí, con la barbilla apoyada en el respaldo—. La hermana de Brooks.

—La hermana de Brooks. —Devolví los ojos a la tablet con un esfuerzo descomunal—. Ahora vive aquí. No me interesa.

—Qué curioso. —Hizo girar la cookie entre los dedos—. Yo no he preguntado si te interesaba. Has respondido «no me interesa» antes incluso de que yo preguntara nada.

Solté la tablet. Lo miré con la cara más aburrida de mi repertorio —la misma que hace llorar a los novatos en el primer entrenamiento, la misma que calla un vestuario en el descanso.

Con Beau, esa cara nunca funcionó. Nunca, en dieciséis años.

—Tienes harina en la manga, Calloway —continuó, señalando con la barbilla.

Y miré, y la tenía. Una mancha blanca en la manga oscura.

Suya. De algún momento del día que ni siquiera había registrado—.

Has mirado el móvil dos veces desde que ella ha subido, como si esperaras que volviera a bajar.

Y cuando se ha reído de mi chiste idiota, casi rompes esta mesa con la mano.

—Se encogió de hombros, ligero como una pluma, cruel como un cuchillo—. Pero no te interesa. Claro que no.

Me pasé la mano por el pelo. No respondí.

A veces el silencio era la única jugada que me quedaba con él —el problema era que Beau leía el silencio mejor que nadie, porque fue él quien me enseñó, en aquellos primeros meses, que había cosas que no cabían en palabras.

Me dejó sudar unos segundos. Después la sonrisa se le aflojó, se le resbaló de la cara entera, y la voz le bajó a ese tono que solo usaba conmigo.

El tono de Cedar Hollow. De invierno. De dos críos y un hermano mayor en un lago que en mi cabeza ya no se helaba de la misma manera.

—Tu madre llamó ayer a la mía. —Hizo girar la cookie, sin comer más—. Dice que no coges el teléfono. Que estás más cerrado de lo normal, y tu normal ya es un candado oxidado. —Pausa. Me miró a los ojos, sin desviarse, porque Beau nunca se desvía, por eso lo soporto—. El sábado hace tres años, Reed.

El aire salió de mí despacio, controlado, como entreno la respiración entre una jugada y otra.

Sabía la fecha. Claro que la sabía. La llevaba en el cuerpo como llevaba el peso en la barra cada mañana: tres años desde la llamada de las tres de la madrugada, la que contesté creyendo que era una broma.

Tres años desde que Danny salió a comprar leche un martes cualquiera, conduciendo el coche de siempre, por la carretera de siempre, y no volvió nunca más —por culpa de un tío borracho que volvía de una fiesta y ni siquiera frenó.

Tres años desde que decidí, de pie junto a un ataúd, con mi madre desmoronándose sobre mi hombro, que aferrarlo todo era la única forma de impedir que algo más se cayera.

—Sé qué día es el sábado —dije, bajo.

—Sé que lo sabes. Solo digo que quizá no sea la mejor semana para fingir que no sientes absolutamente nada. Incluso sobre la chica de ahí arriba.

Un nudo me subió a la garganta y me lo tragué, entero, como me lo trago todo.

—No hay ninguna chica, Beau.

—La última vez que te vi mirar a alguien como la has mirado a ella hace un momento —se levantó, cogió otra cookie para el camino y se detuvo en el umbral de la cocina—, Danny aún estaba vivo, teníamos dieciséis años y el mundo todavía no te había demostrado que cuidar de alguien es solo una manera más lenta de que te arranquen a pedazos.

—Golpeó dos veces el marco de la puerta, despacio, como quien le deja un recado a una puerta—.

Piénsalo. Y coge el teléfono a tu madre.

La puerta de la calle se cerró de golpe.

La casa volvió a quedarse en silencio, solo con el sonido bajo de Wisconsin perdiendo un disco en la pantalla de la tablet, repitiendo la misma jugada que yo ya no estaba viendo.

Me quedé sentado, mirando la harina blanca en mi manga oscura —su harina, que ni siquiera había notado que se me había pegado, en algún momento de un día que juré que sería igual que todos los demás.

Sacudí la manga. La harina cayó al suelo. Así de simple.

No había ninguna chica. Había un sábado al que sobrevivir, un hermano al que honrar con cada disco, una temporada que ganar, un draft que cerrar y una madre sola en Cedar Hollow a la que sí, iba a llamar antes de dormir.

El resto era Beau viendo fantasmas donde solo había pared. Siempre vio demasiado. Es un don y es un defecto, y los dos hacen daño.

Subí a mi habitación.

Y, a mitad de la escalera, me detuve —porque la puerta de su cuarto estaba entreabierta, una rendija de luz amarilla cortando el pasillo oscuro, y de dentro llegaba el sonido de ella cantando bajito.

Desafinada. Feliz. Una canción tonta cualquiera, al estilo de quien nunca aprendió a estarse callada, de quien llenaba el silencio porque el silencio le daba miedo —y reconocí el impulso, porque era el opuesto exacto del mío, y aun así, o quizá por eso, me retuvo allí.

Me quedé parado un segundo más de la cuenta. Después otro.

No hay ninguna chica.

Fue la tercera vez que mentí aquel día. Y, esa vez, ni siquiera tenía el sol como excusa —se había puesto hacía horas.