Hielo y azúcar CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

«Una ciudad nueva es una cocina vacía. Una entra creyendo que va a cocinar sola —y a veces alguien arrastra un taburete.»

sadie brooks

La Honey & Rye está en una esquina de ladrillo visto de Kerrytown, con un toldo verde musgo, un escaparate de cristal antiguo y una campanilla en la puerta que tintineaba cada vez que entraba la vida.

En mi primer turno llegué una hora antes, solo para tener la cocina para mí antes de que el mundo despertara y antes de que me alcanzara cualquier arrepentimiento.

Y, por primera vez en una semana, respiré hondo y el aire entró entero, sin atascarse a medio pecho.

Porque la casa del equipo era de ellos. El campus, todavía extraño, era de todo el mundo y de nadie.

Mi habitación olía a una pintura que yo no había elegido.

Pero una cocina a las cinco de la mañana, con el horno ganando temperatura y el hojaldre creciendo paciente bajo un paño de cocina, eso era mío.

Siempre lo fue. Desde niña. Cuando el mundo se derrumbaba ahí fuera, yo cerraba la puerta de la cocina y hacía pan, y durante unos minutos el olor a levadura era más fuerte que la ausencia.

Marnie, la dueña —sesenta y pocos años, manos de abuela con manchas permanentes de harina, gafas de media luna en la punta de la nariz—, me observó trabajar unos quince minutos en silencio, con los brazos cruzados, y después me dejó sola con una única frase, la única que yo necesitaba en toda mi vida: «Tienes mano, niña. No lo estropees queriendo agradar».

Como si hubiera leído mi biografía completa en una sola hornada de cruasanes. Como si supiera que me pasaba la vida ajustando la receta al gusto de los demás hasta olvidar cuál era el mío.

A las siete, el escaparate estaba lleno y dorado. A las siete y diez, sonó la campanilla.

—Por favor, por todo lo que es sagrado, dime que tenéis cafeína en estado de emergencia.

La chica que entró llevaba el pelo negro liso recogido en una coleta demasiado apretada, unas gafas de montura gruesa resbalándole y la cara orgullosa de quien ha dormido tres horas por elección propia y lo considera un logro.

Soltó una mochila cargada con el portátil sobre el mostrador con el golpe seco de quien deja caer un cuerpo.

—Café doble. Triple. ¿Existe el cuádruple? Invéntalo. —Barrió el escaparate con la mirada, y después me barrió a mí —. Y sea lo que sea eso que huele así y está jugando con mis emociones, lo quiero. Dos.

—Cinnamon roll. Ha salido del horno hace seis minutos. —Le empujé uno en un platito antes incluso de que terminara de pedir—. El café lo hago lo bastante fuerte como para despertar a un muerto. Parece que lo necesitas.

—Noche de cierre de edición. —Mordió el roll e hizo una pausa casi religiosa, con los ojos cerrados y la mano en el pecho—. Dios mío. Vale. Te quiero. Nos acabamos de conocer y ya te quiero oficialmente, con firma notarial.

Me reí, y fue la primera vez en una semana que me reía sin necesidad de fabricar nada antes.

—Quinn —dijo, tendiéndome la mano pegajosa de glaseado, dándose cuenta, retirándola, avergonzada—. Alvarez. Periodismo, pre-Derecho, editora de deportes del Michigan Daily y oficialmente tu clienta vitalicia a partir de este instante histórico.

—Sadie. —Me sequé la mano en el delantal y le estreché la suya aunque estuviera pegajosa—. Recién llegada, oficialmente perdida en el campus y dueña soberana de esta cocina de cinco a once.

Quinn apoyó los codos en el mostrador y me estudió con esa mirada afilada de quien entrevista a gente para sobrevivir, de quien se fija en todo y lo archiva.

—¿Recién llegada de dónde? ¿Y por qué tienes cara de no haber deshecho todavía las maletas en el sitio donde vives?

—¿Tan obvio es?

—Me fijo en todo. Es un defecto de carácter que convertí en carrera. —Hizo girar la taza—. Venga, cuéntamelo.

Así que le conté la versión ligera.

El traslado a mitad de semestre, la residencia que se fue al traste dos semanas antes de la mudanza, el hermano que, presa del pánico, me metió en la casa que compartía con otros tres.

Y fue divertido —casi— ver el instante exacto en que el nombre salió de mi boca y su expresión pasó de turista curiosa a tiburón oliendo sangre.

—Espera. —Quinn bajó la taza despacio, con cuidado, como quien desactiva una bomba—. Mason Brooks. El delantero. El número nueve. Eres la hermana de Mason Brooks.

—Por mis muchos pecados, sí.

—He cubierto tres partidos suyos solo este mes.

—Entornó los ojos, y había allí algo punzante, divertido y ligeramente peligroso a la vez—.

Esa sonrisita de portada de revista que le dedica a la cámara es un crimen contra el periodismo serio.

No escribas esto en mi obituario, pero detesto, con todas mis fuerzas, a los atletas que se creen que el encanto paga facturas y que una entrevista es el momento de guiñarle el ojo al público.

Nota mental, subrayada tres veces: nunca, jamás, presentarle esta mujer a mi hermano. O presentársela de inmediato y vender entradas para que la ciudad entera vea el destrozo.

—Así que la casa entera es de jugadores de hockey.

—Ya lo catalogaba en voz alta, montando el organigrama en su cabeza—.

Compartes techo con Novak, el portero que no habla.

Con el transfer canadiense que llegó aquí después de casi arrancarle la cabeza a un defensa en su antiguo programa.

—Se detuvo. La taza se detuvo en el aire—. Con Calloway.

El corazón me dio una sacudida que yo no había autorizado.

Intenté mantener la voz en el nivel más neutro del mundo mientras le llenaba otra taza.

—¿Conoces al capitán?

—Todo el mundo en Ann Arbor «conoce» a Reed Calloway.

—Dibujó las comillas en el aire—. Y nadie, absolutamente nadie, lo conoce de verdad.

Es el mejor defensa que ha visto esta universidad en una década, puede que más.

Probable primera ronda del draft en junio, y eso siendo conservadora.

—Una pausa, y el tono afilado se le suavizó contra su voluntad—.

Y es un fantasma. No bebe, no va a fiestas, no sale con nadie, no suelta una frase aprovechable en una entrevista ni bajo tortura.

Siempre fue cerrado. Pero, por lo que me han contado, empeoró después de lo del hermano.

Me quedé helada con la jarra de café suspendida en el aire.

—¿Qué hermano?

Quinn me miró, y por primera vez en la conversación abandonó por completo el tono de redacción. La periodista le dejó el sitio a una chica de veinte años contando algo triste en una panadería de madrugada.

—Su hermano mayor murió en un accidente de coche.

Salió en los periódicos de aquí, lo investigué para un perfil que nunca llegó a publicarse.

Fue en su primer año en el equipo. —Hizo girar el café, más despacio—.

El hermano también jugaba al hockey, dicen que era incluso mejor que Reed.

Dicen que Reed era otra persona antes. Que hasta sonreía.

—Se encogió de hombros, incómoda—. Yo llegué a la sección de deportes después de aquello.

Solo me tocó el hielo. Para mí siempre fue el Iceman.

El lago. La foto de la nevera, escondida detrás de la factura. Los dos niños con patines, riéndose. El brazo de uno alrededor del cuello del otro…

Una opresión me subió por el pecho, fuerte y súbita, y no supe de quién era —si suya, si mía, si de los dos a la vez, dos muros reconociendo su propia argamasa.

—¿Y a qué viene tanto interés, eh? —Quinn arqueó una ceja, volviendo a la versión tiburón en un parpadeo, y la cara se me encendió al instante, delatándolo todo.

—Ningún interés. —Volví a mis tareas con una energía exagerada—. Es que es… —busqué una palabra que no me entregara en bandeja— …insoportablemente malhumorado. Me ofreció la salida de la casa antes de ofrecerme un buenos días. Pensó que yo era una chica que alguno de ellos había traído a dormir.

—Ah. —Quinn sonrió de oreja a oreja, encantada—.

Entonces eres valiente y tonta. Mi tipo favorito de persona en el mundo entero.

—Recogió la mochila, dejó sobre la piedra del mostrador el dinero del café más una propina de quien había decidido, allí mismo, adoptar el local y a la panadera de paso.

Ya en la puerta, con la campanilla a punto de sonar, se volvió—: Tengo una compañera de piso, Cami.

Estudia fisioterapia deportiva, se pasa la vida vendando a esos brutos.

Te adoraría. Y yo voy a necesitar muchos más cinnamon rolls en mi existencia. ¿El jueves que viene?

—El jueves que viene —respondí.

Y fue lo primero que acordé con alguien en aquella ciudad. La primera vez, en mucho tiempo, que alguien quedaba en volver a verme sin que yo tuviera que merecérmelo con bizcocho.

La campanilla tintineó. Ella se marchó hacia el frío. Y yo me quedé allí, en el calor de mi cocina, con harina hasta los codos y el corazón atravesado por una sola palabra.

Fantasma.

Vine a Michigan huyendo de un agujero —el mío, cavado por una madre que se marchó un martes. Y, sin querer, sin verlo venir, me había mudado a la casa de un hombre que vivía dentro de un agujero igual que el mío, solo que más hondo, más antiguo, con un nombre de hermano grabado en las paredes.

Limpié el mostrador. Metí otra hornada en el horno. Y decidí, con la cabezonería que heredé a saber de quién, que no iba a preguntarle nada a Reed Calloway sobre el lago, sobre el hermano, sobre la foto de la nevera. Que no iba a hurgar en la herida de nadie solo para calmar la mía.

Pero que, la próxima vez que bajara a mi cocina a las seis de la mañana con esa cara de no haber dormido, iba a haber un plato esperándolo.

Con su nombre.

Y que esa vez, de alguna manera, se lo iba a comer.