Hielo y azúcar CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

«Llevo tres años sin dejar entrar nada. El peligro nunca llama a la puerta. Huele a azúcar y ya está dentro.»

reed calloway

Me despierto a las cinco de la mañana. Siempre a las cinco. Antes del despertador, antes de la ciudad, antes que cualquiera de los tres idiotas que comparten esta casa conmigo.

No es disciplina.

La gente lo llama disciplina porque queda más bonito que la verdad. El Coach Doyle lo llama ejemplo. Los chicos lo llaman locura.

La verdad era más simple y más fea que cualquiera de esas palabras: a esa hora —oscuridad, silencio, el chirrido de mis propias cuchillas sobre el hielo vacío del Yost— era la única del día en que nada podía sorprenderme.

El mundo aún no se ha despertado para estropear nada.

No había ningún periodista en la puerta del vestuario, no había ningún disco volando, no había ningún teléfono que pudiera sonar con una noticia que te partiera la vida en dos.

Solo estábamos yo, el frío y el esfuerzo. Yo controlaba el peso, el ritmo, la respiración. Controlaba hasta dónde dolía, y el dolor físico era el único que tenía hora de finalización.

Aprendí por las malas que las cosas que no cerrabas con llave eran exactamente las que se lo llevaban todo un martes cualquiera, en un cruce cualquiera, en una llamada a las tres de la madrugada que contestabas creyendo que era una broma.

Hace tres años enterré a mi hermano y a la parte de mí que aún creía que no hacía falta aferrarse.

Desde entonces, me aferraba. A todo. A los discos, al equipo, al contrato que todavía ni había firmado y que ya mantenía a mi madre sola en una casa silenciosa de Cedar Hollow.

A todo.

El Yost a las cinco y media era mío por un acuerdo que no estaba escrito en ninguna parte.

El señor Kowalski, conserje desde hacía más tiempo que cualquier pancarta colgada de las vigas, me abría la puerta lateral de servicio desde mi segundo año —empezó en una mala semana de noviembre en la que me encontró sentado en el aparcamiento a las cinco y diez esperando a que abrieran el edificio, y nunca preguntó por qué, y nunca se lo contó a nadie.

No hablábamos. Él abría, saludaba con la barbilla, encendía la mitad de las luces —solo la mitad; entendió antes que yo que no venía para que me vieran— y se iba a empujar la fregona por los pasillos mientras yo rayaba el hielo vacío en la penumbra.

Una vez al mes le dejaba café y un sobre con entradas en su cuartito. Él nunca me daría las gracias. Era la relación más funcional de mi vida.

Cuarenta minutos de hielo. Arranque, frenada, arranque, frenada, hasta que la pierna ardía. Después el gimnasio del sótano, la barra, el hierro frío, los discos sumando el peso que yo elegía —porque ese sí lo elegía yo.

Y entonces el día podía empezar, porque a esas alturas ya había pagado el peaje: ya había cansado el cuerpo lo suficiente para que no le sobrara energía con la que sentir nada más.

Aquella mañana había cumplido el ritual entero: hielo a las cinco y media, gimnasio, ducha. Bajé a la cocina a las seis con una toalla al cuello, el pelo aún goteando y la cabeza ya puesta en el partido del sábado contra Wisconsin, montando a oscuras las jugadas de su defensa.

Y me choqué contra algo pequeño en la oscuridad.

Pequeño, caliente y con un olor a azúcar que no pintaba nada en aquella casa de hombres.

Dos manos se abrieron sobre mi pecho —frías, menudas, dedos que se aferraron por reflejo— y durante un segundo absurdo mi cuerpo registró el contacto, el calor de su piel contra la mía, antes de que mi cerebro registrara el problema.

Una chica. Rizos rubios disparados en todas direcciones, ojos color miel abiertos de par en par, un molde de bollitos levantado entre los dos como si aquello fuera a detenerme. En calcetines, con las zapatillas colgando de dos dedos.

Yo ya había visto esa escena unas cincuenta veces en cuatro años de casa: alguien a quien uno de los chicos arrastraba dentro de madrugada y se olvidaba de avisar de que existía, bajando descalza en busca de la salida antes de que el dueño de la habitación se despertara.

Y yo tenía una regla para eso. No por la moral, sino por el equipo.

Año de draft, un foco encima de cada uno de nosotros, un ojeador leyendo cada titular idiota, y bastaba una foto equivocada, un lío de madrugada, una chica llorando en el periódico de la universidad, y adiós a la temporada entera por la que yo llevaba sangrando desde agosto.

Un capitán no se dormía al volante. Un capitán limpiaba el desorden antes de que se convirtiera en desorden.

—¿Quién eres tú?

Balbuceó algo sobre muffins, sobre canela, sobre no saber que yo existía, y cuanto más hablaba, más deprisa hablaba —una avalancha de palabras nerviosas que no llevaba a ninguna parte, al estilo de quien llena el silencio porque le tiene miedo a lo que vive dentro de él.

La eché. Señalé la puerta. Dije exactamente lo que había que decir para zanjar aquello en diez segundos y volver a mi mañana.

Debería haber terminado ahí, solo que ella alzó la barbilla.

La mayoría bajaba la mirada cuando yo usaba ese tono. Estaba construido para eso, el tono; me pasé años afilándolo hasta que cortaba.

Ella alzó la barbilla, puso los ojos en blanco y me devolvió una pulla sobre caballerosidad con la cara más fresca del mundo, como si yo fuera solo un cliente maleducado y no un hombre del tamaño de una puerta mandándola desaparecer —y, maldita sea, algo detrás de mis costillas reaccionó sin mi permiso.

No era irritación. Me conocía mi irritación de memoria. Era otra cosa, más caliente, más peligrosa, y yo no tenía tiempo ni espacio para otra cosa.

Entonces ella tendió la mano. Palma hacia arriba. Sonrisa de barbacoa familiar, ofrecida a un hombre que acababa de llamarla chica de compañía.

—Sadie. Brooks.

El apellido cayó en medio de la cocina como un disco entrando en la propia portería.

Brooks.

La hermana de Mason. La transferida. La habitación que quedó libre cuando Pratt se graduó.

Mason lo había avisado, semanas atrás, entre una jugada y otra del vídeo del partido: mi hermana pequeña viene a Michigan a mitad de semestre, va a vivir aquí, a ver si los animales se comportan.

Yo había respondido que vale, sin prestar atención, como se acepta lo que todavía queda lejos. Se me había olvidado por completo que aquel «vale» tenía fecha, y que la fecha era hoy, y que ella venía envuelta en rizos y azúcar y en una boca que, a todas luces, no sabía estarse callada.

No era una desconocida a la que estaba echando.

Era una inquilina. Permanente. Peor que una desconocida —porque una desconocida se marcha y yo la olvido, y esta iba a dormir al otro lado de la pared durante los próximos ocho meses.

—Brooks —repetí, y el nombre me salió como un taco, porque en eso exactamente se había convertido en los últimos diez segundos: en un problema con apellido. Y en el peor tipo de problema, el tipo que lleva la cara de mi mejor amigo escrita encima.

—¡SADIE!

Mason bajó la escalera haciendo el ruido de tres personas, en calzoncillos y calcetines, sonriendo como un idiota recién levantado, y abrazó a su hermana con tanta fuerza que casi tiró los bollitos otra vez.

Yo me quedé donde estaba, con los brazos cruzados, y observé lo que menos quería observar: cómo aquella cara dura se le abría entera en el abrazo, como si ese tío desgarbado en calzoncillos fuera la primera cosa segura que ella veía en mucho tiempo.

Después él me miró, la miró a ella, y la sonrisa boba de cachorro perdió un grado de calor al captar el hielo en el aire.

—Ah. Veo que ya conoces a Reed. —Soltó a su hermana, apuntó con un dedo de mí a ella y enderezó la espalda, súbitamente serio—.

Vale. Regla número uno de la casa, y solo lo voy a decir una vez, para que lo oigáis los dos: nadie —nadie— toca a mi hermana.

Es territorio neutral. Sagrado. Tratáis a Sadie como tratáis al puto trofeo de la conferencia: se mira, se admira, no se toca.

Mason se rio de su propio chiste, aliviando la tensión que él mismo había creado.

Yo no me reí.

Crucé los brazos con más fuerza y le sostuve la mirada con la expresión más aburrida que fui capaz de componer —la misma que callaba a un vestuario entero en el segundo descanso de un partido perdido. Porque, de todas las personas de aquella casa, yo era el último que necesitaba ese aviso.

Yo era el tío que se aferraba. Yo era el tío de la regla. Mason podía grabar aquello en un cuadro y colgarlo en la pared del salón —yo ya había cerrado la puerta con llave antes de que él terminara la frase.

—No es problema mío —dije, y cogí mi vaso de agua.

Era lo más verdadero que diría en todo el día. Me agarré a ello como quien se agarra a una cuerda.

Su hermana seguía allí, descalza sobre mi suelo, mirando a los dos hombres que decidían su futuro como si ella fuera un mueble pendiente de reubicar. Y por primera vez desde que se encendió la luz, no dijo nada.

No replicó, no sonrió, no llenó el silencio. Solo apretó el molde de muffins contra el pecho, y durante un segundo —medio segundo, lo que dura un parpadeo— la sonrisa se le resbaló, y vi lo que había debajo.

Cansancio. Del que no viene de una noche de carretera. Del que yo reconocía en el espejo cada mañana antes de montarme mi propia cara.

Subí a mi habitación, cerré la puerta y me quedé mirando el techo con el vaso de agua todavía en la mano, sin beber.

Abajo, la casa empezaba a despertarse: pasos, voces, Mason enseñándole la cocina.

Yo tenía un partido el sábado. Tenía un draft en junio que iba a decidir si mi madre vendía o no la casa donde creció mi hermano. Tenía una temporada entera que honrar y un muerto al que le debía cada victoria.

No había espacio. No había resquicio. La hermana de Mason era una criatura ruidosa con pijama mental que iba a llenarme la casa de harina y de ruido durante ocho meses, y después se marcharía a su vida, y yo no iba a acordarme ni del color de sus ojos.

Color miel.

Apreté la mandíbula. Aquella chica no iba a alterar absolutamente nada en mi vida. Me lo repetí a mí mismo, palabra por palabra, con toda la autoridad de capitán que tenía.

Y mientras lo repetía, me froté la palma de la mano contra el pecho, en el lugar exacto donde habían estado sus manos —como si así pudiera borrar el frío de sus dedos.

No pude.

Mentira número uno. Y el sol todavía ni siquiera había salido del todo.