Hielo y azúcar CAPÍTULO 1
2%
Hielo y azúcar

Hielo y azúcar

Por G.R. Oliveira

© inepub.com

CAPÍTULO 1

«El azúcar derrite el hielo. Eso fue lo que me enseñaron. Nadie me advirtió de que, una vez derretido, el hielo ahoga.»

Sadie Brooks

Hay tres cosas que siempre he sabido hacer bien: hornear bizcochos, sonreír cuando estoy a punto de derrumbarme y llegar en el peor momento posible.

Aquella mañana conseguí las tres a la vez.

Eran las seis cuando apagué el motor de mi Civic moribundo delante de la casa. El coche soltó ese estremecimiento de despedida que suelta cada vez que le pido más de lo que debería —y yo le había pedido mucho en las últimas seis horas.

Seis horas de carretera vacía en la oscuridad, de café de gasolinera que ni siquiera me bebí, de una lista de reproducción que dejé sonar en silencio porque no me fiaba de mi propia voz si intentaba cantar.

Seis horas diciéndome a mí misma que cambiar de ciudad a mitad de semestre era una decisión de adulta valiente, y no la huida de una niña que ya no sabía qué hacer con su propio nombre.

Ann Arbor amanecía cubierta por un frío blanco que mordía, de esos que se cuelan por el cuello de la ropa y se instalan en los huesos.

Mi aliento se convertía en vaho contra el parabrisas, y durante un segundo me quedé allí, con las manos en el volante, contemplando una casa de dos plantas que parecía construida específicamente para albergar testosterona.

Un sofá hundido en el porche, como si alguien hubiera renunciado a él a mitad de una mudanza.

Un palo de hockey apoyado contra la puerta a modo de adorno.

Una pancarta azul y amarilla colgada en la ventana del piso de arriba, con GO BLUE escrito a mano en letras grandes y torcidas que solo podían ser de mi hermano.

Has conducido toda la noche para esto, Sadie. Respira.

En el asiento del copiloto, un molde de muffins de canela se enfriaba despacio. Estaban templados cuando salí, hacía seis horas. Ahora estaban tan fríos como todo en aquel estado, pero no había tenido el valor de llegar con las manos vacías.

Era mi versión de la bandera blanca: cuando no sé qué decir, horneo. Y yo nunca, jamás, sé qué decir.

Lo aprendí pronto, al fin y al cabo. Cuando tu madre se marcha un martes cualquiera y no vuelve nunca más, decides muy deprisa que vas a ser la hija ligera.

La que ríe. La que resuelve. La que no da problemas. La que aparece con muffins en la mano para que nadie note que tiene miedo.

Porque la niña que da problemas es la niña que se queda atrás —y a mí ya me habían dejado una vez, a los nueve años, plantada en la ventana esperando un coche que no volvió.

No pensaba repetir la dosis en casa de mi hermano.

Cogí el móvil. El último mensaje de Mason aún parpadeaba en la pantalla, entre un emoji de pulgar hacia arriba y tres erratas: la puerta de atrás está abierta, sube la escalera, el cuarto vacío es el tuyo. NO despiertes a nadie, entreno temprano. te quiero, loca.

Compórtate, había escrito antes, cuando lo llamé llorando para contarle lo de la residencia que se había ido al traste.

Como si el problema fuera yo. Como si no estuviera ya cansada, hasta la médula, de ser fácil de llevar.

Respiré hondo, cogí la maleta con una mano y el molde con la otra.

Solo es una casa. Solo son cuatro jugadores de hockey que van a descubrir, dentro de una hora, que van a compartir el baño con la hermana pequeña de Mason durante los próximos ocho meses.

Tragué saliva y empujé la puerta de atrás.

Cedió con un chirrido que sonó como un grito en medio del silencio.

Me quedé helada, con la maleta suspendida en el aire, convencida de que había despertado a la casa entera. Pero nada se movió. Solo el reloj de la pared con su tictac y la nevera zumbando en la oscuridad.

La cocina olía a café rancio, a equipamiento deportivo y a una cantidad preocupante de testosterona.

Fui adivinando los contornos a medida que mis ojos se acostumbraban: platos apilados en el fregadero en equilibrios imposibles, botes de proteína en la encimera, un stick de hockey apoyado contra la nevera, como si aquello fuera de lo más normal en una cocina.

Me quité las zapatillas para no hacer ruido, las colgué de dos dedos y palpé la pared en busca de un interruptor.

No lo encontré. Palpé un poco más, di con lo que parecía un tablón de anuncios, un manojo de llaves, la nada. Decidí que podría cruzar hasta la escalera a oscuras.

¿Cómo de difícil podía ser atravesar una cocina?

Estaba equivocada. Di tres pasos y me choqué contra una pared.

Solo que la pared estaba caliente. Y respiraba.

Me quedé sin aire. El molde se me escapó de los dedos y volví a atraparlo de milagro, en un reflejo desesperado, pegada a un pecho que definitivamente no figuraba en el plano que Mason me había dibujado por teléfono.

Piel. Mucha piel, cálida y firme bajo mis manos, subiendo y bajando con una respiración lenta.

Mi nariz chocó contra algo sólido —un esternón, comprendí con horror— que olía a jabón y a hielo, y el calor de aquel cuerpo me golpeó como una ola en pleno invierno.

Un escalofrío me recorrió la espalda incluso antes de que levantara la vista, cuando se encendió la luz.

Cuando la levanté, olvidé cómo se hablaba.

Era enorme. Moreno, con unos hombros demasiado anchos para una cocina de aquel tamaño, la mandíbula apretada y dos ojos gris tormenta mirándome como si yo fuera un charco de leche derramada sobre la alfombra nueva.

Sin camiseta. Pantalón de chándal bajo en las caderas, el pelo húmedo de una ducha reciente, una toalla colgada del cuello.

Era lo más bonito y lo más hostil que había visto en mi vida, y mi cuerpo, traidor, registró la primera parte antes de que llegara la segunda.

El corazón se me disparó.

Por favor. Por favor, que me muera ahora mismo, antes de abrir la boca.

Abrí la boca.

—Hola. Yo… hay muffins. —Levanté el molde entre los dos como si fuera un escudo—. De canela. Los he hecho yo. No para ti en concreto, no sabía que existías hasta hace tres segundos, pero hay suficientes para… toda la casa, en realidad, así que…

—¿Quién demonios eres tú?

No fue una pregunta. Fue una sentencia, baja y seca, de las que no esperan respuesta porque ya han decidido la suya.

No retrocedió ni un milímetro. Se limitaba a mirarme desde arriba, con la paciencia perezosa de quien ya ha visto esa película y sabe exactamente cómo termina.

—Yo soy… yo estoy…

—Aquí no recibimos visitas por la mañana. —Cruzó los brazos, y juraría que la cocina encogió a la mitad—. Con quien te hayas acostado, la habitación no es problema mío. La salida es por esa puerta. Coge tus muffins y vete.

Tardé un segundo entero en entenderlo. Cuando lo entendí, sentí que me hervía la sangre.

—Espera… —Solté una risa que salió demasiado nerviosa—. ¿Tú crees que yo… que soy una chica que alguno de vosotros ha traído y…? —Las palabras no salieron enteras. Era demasiado humillante hasta para terminar la frase.

—Las seis de la mañana, una casa llena de hombres, una chica que no he visto en mi vida entrando por la puerta de atrás con las zapatillas en la mano. —Ladeó la cabeza. Había algo cruelmente paciente en el gesto, como quien le explica lo obvio a una niña—. Dímelo tú.

Yo estaba en calcetines, descalza, con las zapatillas colgando de dos dedos porque había intentado no hacer ruido. Me miré los pies. Claro que lo estaba.

Maravilloso, Sadie. Tienes la pinta exacta del delito.

Puse los ojos en blanco para no hacer algo peor.

—Qué caballero. Las chicas deben de hacer cola por aquí.

—No hay cola. —Se quitó la toalla del cuello y se secó la nuca sin prisa, sin ninguna gana de seguir con aquello, como si yo ya fuera pasado—. Pero hay una puerta.

Y fue entonces cuando la parte más idiota de mí —la parte que heredé de mi hermano, por desgracia— enderezó la espalda, alzó la barbilla y decidió que aquel hombre absurdamente guapo no iba a echarme de mi propia casa nueva antes siquiera de deshacer la maleta.

—Sadie. —Le tendí la mano libre, con la palma hacia arriba, como si estuviéramos en una maldita barbacoa familiar—. Brooks. El cuarto vacío es mío. Y, por lo visto, voy a tener que enseñarle a alguien de esta casa el concepto revolucionario de «buenos días».

Vi el instante exacto en que el apellido lo golpeó.

Su mandíbula se apretó aún más, si es que eso era posible. Los ojos grises bajaron de mi cara a mis rizos revueltos, al molde de muffins olvidado entre los dos, y volvieron a mí con una frialdad nueva —una frialdad que había entendido algo que yo aún no.

—Brooks —repitió, y el nombre le salió como un taco.

—¡SADIE!

La voz de mi hermano estalló desde arriba.

Pasos en la escalera, de dos en dos, y Mason apareció en calzoncillos y calcetines, con la sonrisa ocupándole toda la cara.

Me levantó del suelo en un abrazo que casi tiró los muffins otra vez, oliendo a sueño y a desodorante barato, y por un segundo recordé por qué había conducido toda la noche: porque, en el mundo entero, él era la única persona que aún me abrazaba como si mi llegada importara.

Después me soltó y miró del gigante sin camiseta a mí y de vuelta, todavía medio dormido.

—¡Has llegado! —Entonces su sonrisa parpadeó, captando algo en el aire, en mi cara roja, en la postura de armario cerrado de su compañero—. Ah. Veo que ya conoces a Reed.

Reed.

El capitán. El mejor amigo de mi hermano. El nombre que Mason llevaba tres años repitiendo en todas las llamadas como si fuera una divinidad del hielo: Reed no bebe, Reed entrena antes que nadie, Reed lleva al equipo a sus espaldas, con Reed no se juega. El hombre leyenda. El hombre de hielo.

El hombre sin camiseta en cuyo pecho yo acababa de apoyar las dos manos.

Mason dio una palmada, demasiado animado para las seis de la mañana, ajeno a la temperatura ártica que se había instalado entre nosotros dos, y apuntó con un dedo de mí a Reed con la autoridad de quien está a punto de promulgar una ley.

—Vale. Regla número uno de la casa, y solo lo voy a decir una vez…

No oí el resto.

Porque Reed Calloway seguía mirándome —ya no como a un charco en la alfombra, sino como a un problema que aún no sabía cómo resolver—, y yo, descalza en aquel frío, con el corazón latiendo todo al revés, ya sabía una cosa que él no necesitaba contarme.

Yo sabía hacer sonreír a cualquiera. Siempre lo había sabido. Era mi don, mi armadura, mi manera de asegurarme de que nadie volviera a dejarme atrás jamás: llegaba, alimentaba, daba calor y me volvía indispensable antes de que descubrieran que era prescindible.

Funcionaba con los profesores, con los vecinos, con las novias de mi padre, con el mundo entero. Sin embargo, aquel hombre iba a ser la primera pared que mi sonrisa no derribaba.

Y que Dios me ayudara —porque tenía ocho meses para sobrevivir a él.

Y el hielo no era mi problema. El problema era cuánto, ya en aquel primer minuto, quise derretirlo…