Hielo Compartido Capítulo 25 — La propuesta
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Capítulo 25 — La propuesta

Dos semanas después del regreso de Múnich, en una tarde de junio inusualmente cálida, Mateo le pidió a Elena que lo acompañara a Calella de Palafrugell, el pueblo costero donde habían pasado ese primer día libre memorable meses atrás, con la excusa de celebrar el aniversario de esa primera escapada juntos.

—¿Aniversario de un día específico? —preguntó Elena, con humor, mientras conducían por la misma carretera costera—. Eso es bastante específico, incluso para ti.

—Algunos días merecen ser recordados específicamente —contestó Mateo, con una sonrisa que Elena no pudo descifrar del todo, aunque notó una tensión nerviosa subyacente que no era típica de él.

Llegaron al pueblo a media tarde, y en lugar de dirigirse directamente a la cala donde habían nadado meses atrás, Mateo la condujo hacia la antigua casa de su abuela, el pequeño hotel boutique que ambos habían admirado desde afuera en su visita anterior.

—¿Vamos a entrar esta vez? —preguntó Elena, sorprendida.

—Reservé una mesa en el restaurante del hotel —explicó Mateo—. Pensé que había llegado el momento de finalmente ver el interior, en lugar de solo admirarlo desde la calle.

El restaurante, instalado en lo que probablemente había sido la sala principal de la casa familiar de los Cabrera, conservaba elementos arquitectónicos originales —vigas de madera antigua, una chimenea de piedra que dominaba una de las paredes— combinados con una decoración moderna elegante que respetaba el carácter histórico del espacio.

Cenaron con una calidez que Elena atribuyó, al principio, simplemente a la nostalgia del lugar y al significado del aniversario que celebraban.

Pero a medida que avanzaba la noche, notó que Mateo parecía cada vez más nervioso, tocando repetidamente el bolsillo de su chaqueta con un gesto que intentaba disimular sin mucho éxito.

—¿Estás bien? —preguntó finalmente, durante el postre—. Pareces distraído.

—Estoy perfectamente bien —contestó Mateo, aunque su voz llevaba una tensión evidente—. De hecho, hay algo que quiero decirte, algo que llevo planeando desde hace semanas.

Elena sintió que el corazón le daba un vuelco, empezando a sospechar hacia dónde se dirigía la conversación, aunque no se atrevía todavía a permitirse la esperanza completa.

Mateo se levantó de su silla, y en lugar de sentarse de nuevo, se arrodilló junto a la mesa, sacando del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja de terciopelo que Elena reconoció de inmediato, sintiendo que las lágrimas se le acumulaban antes incluso de que él pronunciara una sola palabra.

—Elena Rojas —empezó Mateo, con una voz que temblaba ligeramente por la emoción contenida—, hace casi un año, la vida nos dio una segunda oportunidad que ninguno de los dos esperaba recibir.

Desde ese primer día en el Palau de Gel, cada momento contigo, cada obstáculo que superamos juntos, cada victoria que celebramos, me ha convencido cada vez más profundamente de que no quiero imaginar mi vida sin ti a mi lado.

Abrió la caja, revelando un anillo sencillo pero elegante, con un diamante pequeño que capturaba la luz de las velas del restaurante.

—Sé que todavía tenemos años de ciclo olímpico por delante, sé que nuestras vidas van a seguir siendo intensas y exigentes durante bastante tiempo —continuó Mateo—.

Pero quiero enfrentar todo eso contigo, no solo como pareja de patinaje, sino como esposa y esposo, construyendo juntos una vida que vaya mucho más allá de medallas y competencias. Elena, ¿te casarías conmigo?

Elena sintió que las lágrimas le corrían libremente por las mejillas, una mezcla de sorpresa, aunque no completamente inesperada, y una alegría tan profunda que apenas lograba articular palabras coherentes.

—Sí —dijo finalmente, con una certeza absoluta que no dejaba espacio para ninguna duda—. Sí, Mateo, quiero casarme contigo.

Mateo se levantó, deslizando el anillo en su dedo con manos que temblaban ligeramente por la emoción, antes de besarla con una intensidad que llevaba consigo toda la felicidad del momento, ajeno completamente a los otros comensales del restaurante que habían empezado a aplaudir discretamente, habiendo presenciado la propuesta con una sonrisa colectiva de aprobación.

—Te amo tantísimo —dijo Elena, contra sus labios, cuando finalmente se separaron lo suficiente para hablar—. No puedo creer que esto esté pasando de verdad.

—Créelo —contestó Mateo, con una sonrisa que le iluminaba completamente el rostro—. Porque pienso pasar el resto de mi vida demostrándote exactamente cuánto significas para mí.

Se quedaron en el restaurante hasta tarde, celebrando con una botella de cava que el dueño del hotel, aparentemente informado de antemano por Mateo sobre sus planes, había preparado especialmente para la ocasión.

Caminaron después hacia la playa donde habían nadado meses atrás, ahora bañada por la luz plateada de la luna, y se sentaron en la misma arena donde se habían declarado amor por primera vez.

—¿Recuerdas lo que dijiste aquí, esa primera vez? —preguntó Elena, apoyando la cabeza en su hombro mientras contemplaban el mar oscuro.

—Que te amaba —contestó Mateo—. Y que nunca había dejado de hacerlo, aunque pasé diez años intentando convencerme de lo contrario.

—Y ahora estamos aquí, comprometidos —dijo Elena, con una sensación de plenitud que superaba cualquier cosa que hubiera experimentado antes—. Es como si este lugar específico estuviera destinado a marcar los momentos más importantes de nuestra historia juntos.

—Entonces quizás deberíamos considerar casarnos aquí mismo —sugirió Mateo, con una espontaneidad que Elena encontró encantadora—. En este pueblo, quizás en esta misma playa, rodeados de las personas que más nos importan.

—Me encanta esa idea —confirmó Elena, sellando la sugerencia con un beso que llevaba consigo la promesa de un futuro que, apenas un año atrás, ninguno de los dos hubiera imaginado posible.

*

Al día siguiente, de vuelta en Barcelona, Elena y Mateo decidieron compartir la noticia primero con Cifuentes, considerando el papel fundamental que la entrenadora había jugado en hacer posible su reencuentro.

—¡Por fin! —exclamó Cifuentes, con una reacción tan efusiva que sorprendió a ambos, considerando su habitual reserva emocional—. Llevo meses esperando esta noticia, para ser honesta. Se notaba en cada entrenamiento que este momento se acercaba.

—¿Tan obvio era? —preguntó Elena, riendo ante la confirmación entusiasta de su entrenadora.

—Completamente obvio —confirmó Cifuentes—. La manera en que se miran durante los levantamientos, la sincronía que han desarrollado no solo técnicamente sino emocionalmente... cualquiera con ojos entrenados para leer estas cosas podía verlo venir.

La entrenadora insistió en organizar una pequeña celebración esa misma tarde, invitando también al resto del equipo de apoyo que había trabajado con ellos durante el último año: el fisioterapeuta, el nutricionista, y varios de los asistentes técnicos que habían contribuido silenciosamente al éxito de la pareja.

—Esto merece ser celebrado apropiadamente —insistió Cifuentes, descorchando una botella de cava que aparentemente había estado guardando para exactamente esa ocasión—. Por Rojas y Cabrera, tanto en el hielo como fuera de él.

Cuando finalmente lograron escapar de la celebración improvisada, Elena y Mateo se dirigieron hacia la casa de Ricardo, ambos con cierto nerviosismo residual sobre cómo recibiría la noticia el padre de Mateo, a pesar de la reconciliación significativa de los últimos meses.

Ricardo los recibió en su apartamento con una sorpresa genuina cuando vio el anillo en el dedo de Elena, seguida rápidamente por una expresión que Elena reconoció, con alivio, como auténtica alegría.

—Esto es maravilloso —dijo, abrazando a su hijo con una efusividad poco habitual—. Felicidades a los dos.

—Gracias, papá —contestó Mateo, visiblemente conmovido por la reacción positiva de su padre.

—Elena —dijo Ricardo, girándose hacia ella con una calidez que hubiera sido impensable apenas un año atrás—, bienvenida oficialmente a la familia. Espero que sepas en lo que te estás metiendo.

—Creo que ya tengo una idea bastante clara —contestó Elena, con humor, ganándose una risa genuina de Ricardo que sorprendió gratamente a todos los presentes.

Pasaron el resto de la tarde planificando detalles preliminares, con Ricardo ofreciendo, con un entusiasmo que Elena todavía encontraba ligeramente sorprendente considerando su historia previa, ayuda financiera para la boda, insistiendo en que quería contribuir significativamente a la celebración de la unión de su hijo.

—Estamos pensando en Calella de Palafrugell —comentó Mateo, mencionando el lugar donde se había producido la propuesta—. En la playa donde nos declaramos amor, si es posible organizarlo.

—Un lugar perfecto —aprobó Ricardo, con una nostalgia genuina—. Tu abuela hubiera amado la idea de una boda celebrada cerca de la casa familiar.

Cuando finalmente se despidieron esa noche, Elena sintió una satisfacción profunda al comprobar cuánto había cambiado la dinámica familiar en poco más de un año: de la hostilidad inicial y el control rígido de Ricardo, a esta nueva versión de la familia que se estaba formando, construida sobre respeto mutuo, amor genuino, y la disposición compartida de dejar atrás viejos patrones dañinos en favor de algo mucho más saludable y sostenible para todos los involucrados.