Capítulo 26 — Preparativos de boda
Decidieron celebrar la boda en septiembre, aprovechando una pausa natural en el calendario competitivo antes de que comenzara la preparación intensiva para la temporada siguiente del ciclo olímpico.
La elección dejaba apenas tres meses para organizar todo, un plazo ajustado que Elena, en sus momentos de mayor estrés durante los preparativos, cuestionaba haber aceptado tan entusiastamente.
—¿Estamos locos por intentar organizar esto en tan poco tiempo? —preguntó, una noche de julio, rodeada de catálogos de flores y listas de proveedores potenciales que cubrían casi toda la mesa del comedor del apartamento que finalmente habían decidido compartir permanentemente.
—Probablemente un poco —admitió Mateo, revisando opciones de menú para la recepción—. Pero prefiero esto a esperar otro año completo, considerando que ya perdimos diez años esperando el momento adecuado para estar juntos.
Elena sonrió ante la lógica de Mateo, sintiendo que tenía razón: después de todo lo que habían atravesado, la idea de posponer innecesariamente su unión formal se sentía como un desperdicio de tiempo que ya no estaban dispuestos a tolerar.
Nuria, la encargada de comunicaciones de la federación que los había ayudado con la entrevista meses atrás, se ofreció voluntariamente para coordinar los aspectos logísticos más complejos de la boda, considerando su experiencia organizando eventos públicos y su conocimiento íntimo de la vida mediática que ahora rodeaba a la pareja.
—La prensa deportiva ya está especulando sobre la boda —les advirtió Nuria, durante una de las reuniones de planificación—. Necesitamos decidir qué nivel de privacidad quieren mantener, versus cuánto están dispuestos a compartir públicamente.
—Queremos una boda íntima —dijo Elena, con firmeza—. Familia cercana, amigos genuinos, sin la presión de convertir el día en un evento mediático completo.
—Entendido —confirmó Nuria—. Podemos manejar un comunicado oficial simple después de la ceremonia, sin necesidad de convertir el evento en sí en un circo mediático.
Los preparativos avanzaron con una intensidad que rivalizaba, según comentó Cifuentes con humor durante uno de los entrenamientos, con la planificación de una coreografía competitiva compleja.
Elena encontró, para su sorpresa, que disfrutaba genuinamente del proceso de tomar decisiones sobre flores, música, y menús, actividades que nunca había imaginado particularmente emocionantes antes de vivirlas en el contexto de planificar su propia boda.
Una tarde, mientras probaban vestidos en una boutique especializada que Ingrid, su amiga de Múnich, había recomendado tras una investigación cuidadosa, Elena se encontró llamando por videollamada a su antigua compañera para pedir su opinión sobre las opciones finales.
—Ese definitivamente —dijo Ingrid, viendo a través de la pantalla el vestido que Elena finalmente había elegido, un diseño sencillo pero elegante que evocaba, según la propia Elena había notado, cierta fluidez que recordaba a los trajes de patinaje que había usado durante toda su carrera—.
Se ve perfecto en ti, Elena. Genuinamente perfecto.
—¿Vendrás a la boda? —preguntó Elena, con esperanza genuina.
—No me la perdería por nada del mundo —confirmó Ingrid—. Ya reservé los vuelos para septiembre.
Mientras tanto, Mateo se encargaba, junto con su padre, de coordinar los aspectos logísticos relacionados con Calella de Palafrugell, incluyendo la restauración temporal de acceso privado a la playa específica donde se había producido la propuesta, y arreglos con el pequeño hotel boutique instalado en la antigua casa familiar para hospedar a los invitados que vendrían de fuera de la región.
—Mi padre está más involucrado en esto de lo que jamás hubiera imaginado —comentó Mateo, una noche, después de una llamada particularmente larga discutiendo detalles de catering con Ricardo—.
Incluso sugirió invitar a algunos de sus contactos en la federación internacional, pensando en el futuro profesional de nuestra carrera conjunta.
—¿Te molesta que mezcle un poco de estrategia profesional con la boda? —preguntó Elena, con curiosidad genuina sobre cómo Mateo procesaba esa dinámica particular de su padre.
—Honestamente, no —contestó Mateo, después de considerar la pregunta seriamente—.
Es simplemente su manera de expresar cuidado, incluso cuando esa expresión viene mezclada con consideraciones prácticas.
He aprendido a apreciar los gestos por lo que representan, en lugar de exigir que sean perfectos según algún estándar idealizado de cómo debería comportarse un padre.
Elena asintió, comprendiendo profundamente esa perspectiva madura que Mateo había desarrollado respecto a su relación compleja con Ricardo, un crecimiento personal que ella había presenciado desarrollarse gradualmente durante el año que llevaban juntos.
A medida que se acercaba septiembre, con la mayoría de los detalles logísticos finalmente resueltos, Elena sintió que la anticipación nerviosa habitual antes de eventos importantes se transformaba, gradualmente, en una emoción pura y sin reservas, consciente de que, a diferencia de las competencias donde el resultado siempre llevaba cierta incertidumbre inherente, esta celebración específica solo podía terminar de una manera: con ella y Mateo, oficialmente unidos, comenzando el siguiente capítulo de una historia que había tardado diez años y una segunda oportunidad inesperada en finalmente encontrar su curso correcto.
*
Dos semanas antes de la boda, Ingrid llegó a Barcelona antes de lo planeado específicamente para organizar, junto con Cifuentes, quien había insistido sorprendentemente en participar, una pequeña despedida de soltera para Elena.
—Nada exagerado —prometió Ingrid, mientras la conducía con los ojos vendados hacia un destino sorpresa—. Solo una cena especial entre amigas.
Cuando finalmente le permitieron quitarse la venda, Elena se encontró en un restaurante con vistas al mar, con una mesa reservada para ella, Ingrid, Cifuentes, y para su sorpresa genuina, Nuria, quien se había convertido, durante los meses de planificación de la boda, en algo parecido a una amiga cercana más allá de su rol profesional inicial.
—Por Elena —brindó Cifuentes, levantando su copa con una calidez que contrastaba dulcemente con su habitual reserva profesional—, quien me demostró que a veces las segundas oportunidades merecen todo el riesgo que representan.
—Por encontrar el camino de vuelta a casa —añadió Ingrid, con una sonrisa cómplice que reconocía todo el trayecto emocional que Elena había recorrido desde sus días solitarios en Múnich.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas compartidas, y brindis sucesivos que fueron acumulando una calidez creciente a medida que avanzaba la noche. Cifuentes, después de un par de copas de vino, se permitió compartir una vulnerabilidad poco habitual en ella.
—Cuando los vi reencontrarse en esa pista hace casi un año —confesó—, tuve mucho miedo de estar cometiendo un error terrible, forzando una reunión que podría haber terminado en un desastre completo, tanto profesional como personal.
Verlos ahora, a punto de casarse, después de todo lo que construyeron juntos...
es una de las mayores satisfacciones de mi carrera como entrenadora.
—Nunca hubiéramos llegado hasta aquí sin tu insistencia inicial —dijo Elena, genuinamente conmovida—. Gracias por creer en nosotros, incluso cuando ni nosotros mismos estábamos completamente seguros.
La noche terminó con las cuatro mujeres caminando por el paseo marítimo, disfrutando de la brisa nocturna y de la ligereza compartida de una amistad que, en el caso de Ingrid y Cifuentes específicamente, Elena nunca hubiera imaginado que llegarían a formar parte de su círculo cercano de la misma manera significativa.
Esa noche, cuando finalmente regresó al apartamento que compartía con Mateo, lo encontró todavía despierto, esperándola con una sonrisa curiosa sobre cómo había ido la celebración.
—¿Buena noche? —preguntó, mientras ella se quitaba los zapatos, agotada pero feliz.
—Perfecta —contestó Elena, sentándose a su lado en el sofá—.
Aunque debo admitir que estoy un poco emocional pensando en cuánto ha cambiado mi vida en un año.
Hace doce meses, mi círculo social se limitaba prácticamente a Klaus e Ingrid en Múnich.
Ahora tengo una entrenadora que se ha convertido en una figura casi maternal, una prometida amistad renovada, y en dos semanas, voy a casarme con el amor de mi vida rodeada de toda esa gente que realmente me importa.
—La vida tiene una manera curiosa de reorganizarse completamente cuando finalmente nos permitimos arriesgarnos hacia lo que realmente queremos —reflexionó Mateo, abrazándola con ternura—. Faltan dos semanas, Elena. Dos semanas y vamos a estar casados.
—No puedo esperar —contestó ella, acurrucándose contra su pecho con una sensación de plenitud que, apenas un año atrás, le hubiera parecido completamente inalcanzable.