Hielo Compartido Capítulo 24 — Volver a Múnich
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Capítulo 24 — Volver a Múnich

En mayo, aprovechando una pausa breve en el calendario de entrenamiento antes de que comenzara la preparación intensiva para la siguiente temporada competitiva, Elena decidió que había llegado el momento de volver a Múnich, no como despedida definitiva de su vida anterior, sino como una manera de cerrar ese capítulo con la dignidad y gratitud que merecía, además de presentar a Mateo formalmente a las personas que habían sido importantes durante sus cuatro años allí.

—¿Estás segura de que quieres que te acompañe? —preguntó Mateo, mientras hacían las maletas para el viaje—. Entiendo si prefieres hacer este viaje de cierre completamente sola.

—Quiero que vengas —contestó Elena, con firmeza—.

Múnich fue una parte importante de mi vida durante cuatro años, y quiero que conozcas a las personas que me ayudaron a sobrevivir esa etapa, especialmente considerando que sin esa experiencia, probablemente no habría desarrollado la fuerza necesaria para volver a Barcelona y arriesgarme contigo.

El apartamento que Elena había alquilado durante sus años en Múnich ya estaba ocupado por nuevos inquilinos, pero su antiguo entrenador, Klaus Weber, un hombre de sesenta años con una calidez paternal que Elena apreciaba profundamente, insistió en organizar una cena de bienvenida en su propia casa.

—Así que este es el famoso Mateo Cabrera —dijo Klaus, en un español con acento marcado pero perfectamente comprensible, mientras les servía vino en su comedor decorado con fotografías de décadas de patinadores que había entrenado—.

Elena me habló mucho de ti durante estos años, aunque siempre con una mezcla complicada de nostalgia y dolor que nunca terminé de entender completamente hasta que leí esa entrevista que dieron hace unos meses.

—Espero que las cosas se hayan aclarado un poco con esa lectura —contestó Mateo, con una sonrisa que Elena reconoció como genuinamente nerviosa, consciente de la importancia que Klaus representaba en la vida de Elena.

—Completamente —confirmó Klaus—. Y debo decir que verla patinar en las transmisiones del Campeonato de Europa, con esa alegría genuina que nunca logré sacar completamente de ella durante sus años de patinaje individual aquí, me convenció de que la decisión de volver a Barcelona fue exactamente la correcta.

La cena transcurrió con una calidez que sorprendió gratamente a Mateo, con Klaus compartiendo anécdotas de los años de entrenamiento individual de Elena en Múnich, momentos de frustración técnica superados, pequeñas victorias en competencias europeas menores que habían mantenido viva su carrera durante los años más difíciles de soledad competitiva.

—Siempre supe que su verdadero potencial estaba en el patinaje en pareja —confesó Klaus, en algún momento de la cena—. Pero también respetaba profundamente su decisión de protegerse de ese riesgo específico, considerando el dolor que claramente cargaba de una experiencia previa.

—Gracias por respetar eso durante tanto tiempo, sin presionarla —dijo Mateo, con una sinceridad que Elena apreció profundamente—. Y gracias por prepararla técnicamente de una manera que, estoy convencido, contribuyó significativamente a nuestro éxito reciente juntos.

Después de la cena con Klaus, Elena organizó un encuentro con Ingrid, una compañera patinadora individual con quien había desarrollado una amistad cercana durante sus años en Múnich, quien recibió a Mateo con un entusiasmo que reflejaba genuina curiosidad sobre el hombre que finalmente había logrado, según sus propias palabras, "devolverle la sonrisa completa a Elena".

—Nunca la vi tan feliz como en esas fotos de la ceremonia de premiación del Nacional —le confesó Ingrid a Mateo, durante un café que compartieron los tres en un local cerca del antiguo apartamento de Elena—.

Empezaba a preocuparme que hubiera decidido resignarse permanentemente a una vida profesional sólida pero emocionalmente vacía.

—Yo también me preocupaba por eso, para ser honesto —admitió Elena, sorprendida por su propia vulnerabilidad frente a la conversación—. Pero supongo que a veces necesitamos tocar fondo en esa resignación antes de estar dispuestos a arriesgarnos de nuevo hacia algo genuinamente significativo.

Pasaron el resto de la tarde caminando por los lugares que habían sido significativos para Elena durante sus años en Múnich: el parque donde solía correr para despejar la mente después de sesiones de entrenamiento particularmente difíciles, la cafetería pequeña donde había escrito, sin nunca enviarlas, docenas de cartas dirigidas a Mateo que nunca había tenido el valor de completar, y finalmente, la pista de hielo donde había pasado incontables horas construyendo una carrera individual sólida pero, como ahora reconocía plenamente, incompleta.

—Gracias por compartir todo esto conmigo —dijo Mateo, mientras contemplaban juntos la pista vacía a través de las ventanas del edificio, ya cerrado por la hora tardía—. Entender completamente esta parte de tu historia me ayuda a apreciar todavía más el camino que recorriste para volver a mí.

—Y ahora entiendes por qué necesitaba hacer este viaje —contestó Elena—. No para despedirme completamente de esta vida, sino para honrarla como una etapa necesaria en mi camino de vuelta hacia lo que realmente quería, aunque tardé una década entera en darme cuenta completamente de eso.

Regresaron a Barcelona dos días después, con Elena sintiendo una ligereza renovada, como si el viaje hubiera cerrado, de una manera que ninguna conversación telefónica o correo electrónico hubiera podido lograr completamente, el capítulo de su vida que había pasado sola, resignada, construyendo defensas cuidadosas contra exactamente el tipo de felicidad completa que finalmente había encontrado de vuelta en Barcelona, junto a Mateo Cabrera.

*

Durante el vuelo de regreso, con Mateo dormitando ligeramente en el asiento junto a ella, Elena aprovechó el tiempo tranquilo para reflexionar sobre todo lo que el viaje a Múnich había representado.

Sacó su teléfono y revisó las fotografías que había tomado durante esos dos días: la cena con Klaus, el café con Ingrid, la pista de hielo vacía donde había pasado tantas horas solitarias construyendo una carrera que, en retrospectiva, siempre había sentido incompleta.

—¿En qué piensas? —preguntó Mateo, despertando parcialmente y notando su expresión contemplativa.

—En lo agradecida que estoy de haber tenido esos cuatro años en Múnich, a pesar de lo solitarios que fueron en muchos sentidos —contestó Elena—.

Me enseñaron una independencia y una resiliencia que probablemente necesitaba desarrollar antes de estar lista para volver a confiar completamente en una pareja, en el hielo y en la vida.

—Klaus parece un hombre extraordinario —comentó Mateo—. Se nota cuánto se preocupa genuinamente por ti, más allá de la relación puramente profesional de entrenador y atleta.

—Lo es —confirmó Elena—. Y me alegra muchísimo que hayan podido conocerse. Siento que ahora tienes una imagen más completa de quién era yo durante esos años de distancia, no solo la versión de Elena que conociste de adolescente o la que reencontraste hace siete meses.

Mateo le tomó la mano, con una ternura que Elena sentía cada vez más como una constante reconfortante en su vida diaria.

—Cada capítulo de tu historia, incluyendo los años en Múnich, contribuyó a convertirte en la mujer de quien me enamoré de nuevo —dijo—. No cambiaría nada de tu camino, incluso las partes dolorosas, porque todas te trajeron de vuelta exactamente a donde estás ahora, conmigo.

Elena sintió que los ojos se le humedecían ligeramente ante la sinceridad de esas palabras, y se acurrucó más cerca de él en el limitado espacio del asiento del avión, sintiendo una gratitud profunda por el camino completo que la había llevado hasta ese momento específico.

—Tengo una pregunta —dijo Mateo, después de un momento de silencio cómodo—. Ahora que cerraste oficialmente ese capítulo de Múnich, ¿has pensado en qué sigue para nosotros, más allá del calendario competitivo? Me refiero a nivel personal.

Elena lo miró con curiosidad, notando algo en su tono que sugería que la pregunta llevaba más peso del que las palabras simples transmitían.

—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó, con cautela esperanzada.

Mateo sonrió, con una expresión que combinaba nerviosismo y determinación en igual medida.

—Todavía no es el momento adecuado para esa conversación específica —dijo, con una evasiva deliberada que solo aumentó la curiosidad de Elena—. Pero pronto, te prometo, vamos a tener esa conversación como se merece.

Elena decidió no presionar más, sintiendo que la ambigüedad de Mateo llevaba consigo una promesa emocionante que prefería dejar desarrollarse naturalmente, en el momento que él considerara apropiado, mientras el avión continuaba su curso de vuelta hacia la vida que ambos habían construido juntos en Barcelona.