Hielo Compartido Capítulo 21 — La noche de campeones
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Capítulo 21 — La noche de campeones

Después de horas de entrevistas, fotografías oficiales y una cena de celebración organizada apresuradamente por la federación, Elena y Mateo finalmente lograron escapar hacia la privacidad del apartamento de él, con las medallas de oro todavía colgando de sus cuellos, ninguno de los dos con intención de quitárselas todavía.

—Todavía no puedo creerlo —dijo Elena, dejándose caer en el sofá con un suspiro de agotamiento feliz—. Campeones nacionales. Hace cinco meses, ni siquiera estaba segura de si podría volver a patinar contigo sin que el pasado nos destruyera otra vez.

—Y ahora aquí estamos —contestó Mateo, sentándose a su lado, con la medalla brillando bajo la luz tenue de la sala—, con una medalla de oro y, sinceramente, con algo que se siente mucho más valioso que cualquier metal precioso.

Elena se giró para mirarlo, sintiendo que la adrenalina del día, combinada con el alivio profundo de haber superado tantos obstáculos juntos, se transformaba gradualmente en algo más íntimo, una necesidad de celebrar no solo el logro profesional sino todo lo que representaba en términos de su relación reconstruida.

—Ven aquí —dijo, tirando suavemente de la solapa de su chaqueta.

Mateo se acercó sin necesitar más invitación, y el beso que siguió llevaba consigo toda la intensidad acumulada de meses de trabajo compartido, de miedos superados juntos, de una segunda oportunidad que ambos habían aprovechado al máximo.

Las medallas, todavía colgando de sus cuellos, chocaron suavemente entre ellos cuando Mateo la atrajo más cerca, un recordatorio físico pequeño pero significativo de todo lo que habían logrado ese día.

—Estas medallas se están interponiendo —murmuró Elena, contra sus labios, con una risa que él compartió inmediatamente.

—Fácil de solucionar —contestó Mateo, quitándose la suya con cuidado antes de hacer lo mismo con la de Elena, dejando ambas sobre la mesa auxiliar con un cuidado casi reverencial antes de volver su atención completa hacia ella.

Lo que siguió tuvo una calidad distinta a la primera noche que habían compartido meses atrás, en esa misma habitación: menos urgente, más segura de sí misma, cargada con la confianza absoluta de dos personas que habían construido, juntas, algo genuinamente sólido a través de meses de pruebas compartidas.

Mateo la desvistió con una lentitud deliberada, deteniéndose para admirar cada momento con una mirada que llevaba consigo tanto deseo como una ternura profunda que Elena sentía reflejada en cada caricia.

—Te amo —susurró él, en algún momento entre besos que recorrían cada centímetro de piel expuesta—. Más de lo que puedo expresar completamente con palabras.

—Yo también te amo —contestó Elena, entregándose completamente a la intimidad del momento, sintiendo que cada barrera que había mantenido cuidadosamente durante una década de protección emocional se había disuelto por completo, reemplazada por una confianza total en el hombre que la sostenía con la misma firmeza absoluta que había demostrado en cada levantamiento sobre el hielo.

Hicieron el amor esa noche con una intensidad que combinaba celebración y gratitud, cada movimiento cargado con el peso simbólico de todo lo que habían atravesado para llegar hasta ese momento: la separación de la adolescencia, el reencuentro incierto, la reconstrucción gradual de la confianza, la pelea sobre Múnich, el accidente que había puesto a prueba su vínculo de maneras que ninguno de los dos había anticipado, y finalmente, la victoria compartida que consolidaba todo ese trabajo en un triunfo tangible.

Mucho después, con las sábanas revueltas y ambos todavía recuperando la respiración, Elena quedó recostada sobre el pecho de Mateo, escuchando los latidos de su corazón gradualmente normalizarse, mientras la ciudad de Barcelona continuaba su ritmo nocturno, ajena a la magnitud de lo que se había resuelto esa noche en ese pequeño apartamento.

—¿Sabes qué es lo más loco de todo esto?

—dijo Elena, rompiendo el silencio cómodo—.

Hace cinco meses, estaba en Múnich, resignada a una vida profesional mediocre y a la idea de que lo nuestro había sido, simplemente, algo que no estaba destinado a funcionar.

Y ahora estoy aquí, campeona nacional, completamente enamorada de ti, con un futuro que se siente genuinamente prometedor por primera vez en una década.

—A veces las segundas oportunidades llegan exactamente cuando uno ya dejó de esperarlas —contestó Mateo, acariciándole el pelo con dedos distraídos—. Me alegra muchísimo que la vida nos haya dado esta, y que ambos hayamos tenido el valor de aprovecharla completamente.

—¿Qué crees que sigue ahora? —preguntó Elena, con una curiosidad genuina sobre el futuro que se extendía ante ellos.

—Muchas cosas, espero —contestó Mateo, con una sonrisa que Elena sintió más que vio en la oscuridad—. El ciclo olímpico, para empezar. Pero también, si tú quieres, mucho más allá del patinaje. Una vida completa juntos, construida sobre esta base que hemos reconstruido con tanto esfuerzo.

Elena se acurrucó más cerca de él, sintiendo que esa visión del futuro, lejos de generarle el pánico protector que hubiera sentido meses atrás, le producía únicamente una calidez esperanzada.

—Me gusta esa visión —dijo, simplemente, y se quedó dormida poco después, envuelta en los brazos del hombre con quien, después de una década de distancia forzada, finalmente había encontrado el camino de vuelta a casa.

*

A la mañana siguiente, Elena se despertó con el teléfono vibrando insistentemente sobre la mesita de noche, lleno de mensajes de felicitación de amigos y excompañeros de Múnich que habían visto la noticia de la victoria en las noticias deportivas internacionales.

—Parece que nos hicimos un poco famosos durante la noche —comentó, mostrándole a Mateo la pantalla llena de notificaciones mientras él se despertaba lentamente a su lado.

—Bienvenida a mi vida de los últimos diez años —bromeó él, aunque con una calidez que sugería que, esta vez, disfrutaba genuinamente de la atención compartida en lugar de sentirla como una carga solitaria.

Entre los mensajes, Elena encontró uno de su antiguo entrenador en Múnich, expresando una felicitación genuina que no llevaba consigo ningún rastro de resentimiento por su decisión de rechazar la oferta del club.

—Mira esto —dijo, mostrándole el mensaje a Mateo—. Dice que siempre supo que mi verdadero potencial estaba en el patinaje en pareja, y que se alegra de que finalmente haya encontrado la pareja adecuada para desbloquearlo.

—Suena como un buen hombre —comentó Mateo, genuinamente conmovido por el gesto generoso.

El teléfono de Mateo, por su parte, recibió una llamada de Cifuentes apenas terminaron de revisar los mensajes acumulados, con la entrenadora sonando notablemente más despierta y enérgica de lo que su hora habitual de descanso hubiera sugerido.

—Buenos días, campeones —dijo Cifuentes, con un entusiasmo que contrastaba dramáticamente con su reserva profesional habitual—. Espero que hayan dormido bien, porque hoy empieza oficialmente la siguiente fase.

—¿Qué siguiente fase? —preguntó Mateo, poniendo el teléfono en altavoz para que Elena también pudiera escuchar.

—La federación quiere reunirse con ustedes esta tarde para discutir formalmente el financiamiento del ciclo olímpico completo —explicó Cifuentes—.

Después de la actuación de anoche, y considerando el interés mediático que han generado, creo que están en una posición excelente para negociar términos favorables.

Elena sintió que una nueva ola de emoción, esta vez mezclada con una responsabilidad renovada, la invadía ante la perspectiva de comprometerse formalmente con un ciclo olímpico completo de cuatro años.

—Estaremos ahí —confirmó Mateo, después de intercambiar una mirada con Elena que comunicaba acuerdo mutuo sobre la importancia de la reunión.

Cuando colgaron el teléfono, Elena se quedó pensativa un momento, procesando la rapidez con que su vida había vuelto a transformarse en cuestión de horas.

—Cuatro años más —dijo, con una mezcla de emoción y una pizca de vértigo ante la magnitud del compromiso—. Es mucho tiempo.

—Es mucho tiempo —confirmó Mateo—. Pero es exactamente el tiempo que necesitamos para llegar a los Juegos Olímpicos con una oportunidad real de medalla, si eso es algo que realmente queremos perseguir juntos.

—Lo quiero —dijo Elena, sin ninguna vacilación—. Contigo, específicamente. No puedo imaginar perseguir ese sueño con nadie más.

Mateo la besó suavemente, con una promesa silenciosa que llevaba consigo toda la certeza que ambos habían construido durante esos cinco meses intensos, y juntos empezaron a prepararse para lo que prometía ser un día tan significativo, a su manera, como la competencia que acababan de ganar.