Hielo Compartido Capítulo 22 — El ciclo olímpico
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Capítulo 22 — El ciclo olímpico

La reunión con la federación se llevó a cabo esa tarde en una sala de conferencias del edificio administrativo, con varios directivos presentes además de Cifuentes, quien había insistido en acompañarlos como parte del equipo negociador.

—Antes que nada, felicidades nuevamente por la actuación de anoche —dijo el director técnico, un hombre llamado Alberto Fuentes que Elena reconocía vagamente de competencias anteriores—.

Fue, sin exagerar, una de las mejores actuaciones de pareja que hemos visto en el patinaje nacional en la última década.

—Gracias —contestó Mateo, con una formalidad profesional que Elena empezaba a reconocer como su manera de manejar situaciones de negociación importante.

—Vamos directo al grano —continuó Fuentes—.

La federación está dispuesta a ofrecerles un contrato de financiamiento completo para el ciclo olímpico, cubriendo entrenamiento, viajes a competencias internacionales, y apoyo médico y psicológico continuo.

A cambio, esperamos un compromiso mínimo de cuatro años, con el objetivo específico de representar a España en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno.

Elena sintió que el peso de la propuesta se asentaba sobre ella con toda su magnitud: cuatro años de compromiso total, estructurando cada aspecto de su vida alrededor de un objetivo que, apenas meses atrás, ni siquiera había estado en su horizonte de posibilidades.

—¿Cuáles serían las condiciones específicas? —preguntó Cifuentes, tomando la iniciativa en los detalles técnicos de la negociación.

Fuentes deslizó una carpeta sobre la mesa, con un contrato detallado que especificaba cifras de financiamiento, calendario de competencias internacionales, y cláusulas de rendimiento que determinarían la continuidad del apoyo económico a lo largo del ciclo.

Elena y Mateo revisaron el documento en un silencio concentrado, cada uno procesando las implicaciones a largo plazo de un compromiso de esa magnitud.

—Necesitamos tiempo para revisar esto con cuidado —dijo Mateo finalmente, con una prudencia que Elena apreció considerando la importancia de la decisión—. ¿Podemos darles una respuesta en una semana?

—Por supuesto —concedió Fuentes—. Entendemos que es una decisión importante.

Pero permítanme decir, extraoficialmente, que la federación tiene un interés considerable en asegurar esta pareja específicamente para el ciclo olímpico.

La narrativa pública que han generado, combinada con el nivel técnico demostrado, representa una oportunidad de marketing y de resultados deportivos que rara vez se presenta.

Salieron de la reunión con la carpeta de contrato bajo el brazo de Mateo, ambos procesando la magnitud de la decisión que tenían por delante.

—¿Qué piensas? —preguntó Elena, mientras caminaban de vuelta hacia el apartamento, disfrutando del aire fresco de febrero después de horas encerrados en salas de reuniones.

—Creo que es una oportunidad extraordinaria —contestó Mateo—. Pero también entiendo que representa un compromiso enorme, no solo profesionalmente sino personalmente. Cuatro años de entrenamiento intensivo, viajes constantes, la presión de mantener el nivel demostrado anoche de manera consistente.

—¿Crees que podemos manejarlo? —preguntó Elena, con una vulnerabilidad genuina.

Mateo se detuvo, girándose para mirarla directamente.

—Creo que si pudimos manejar diez años de separación, una lesión seria, la presión de mi padre, y todos los demás obstáculos que hemos superado en los últimos cinco meses, podemos manejar cuatro años de trabajo duro hacia un objetivo que realmente queremos ambos —dijo, con una convicción que Elena sintió resonar profundamente en su propia determinación.

—Entonces digamos que sí —propuso Elena, con una sonrisa que reflejaba tanto emoción como una pizca de vértigo ante la magnitud del compromiso—. Apostemos por los próximos cuatro años juntos, en el hielo y fuera de él.

Mateo la besó, ahí mismo, en medio de la calle, con una alegría que no intentaba contener frente a los transeúntes ocasionales que pasaban a su alrededor.

—Cuatro años —confirmó, contra sus labios—. Y después de eso, quien sabe cuántos más.

Esa noche, llamaron juntos a Cifuentes para confirmar su decisión, con la entrenadora expresando un entusiasmo que Elena rara vez le había escuchado en los cinco meses que llevaba trabajando bajo su dirección.

—Excelente decisión —dijo Cifuentes, por teléfono—.

Mañana empezamos a planificar el calendario de entrenamiento para los próximos cuatro años.

Va a ser un camino exigente, pero con el talento y la conexión que tienen, no me cabe duda de que van a representar a España con orgullo en los Juegos Olímpicos.

Cuando colgaron el teléfono, Elena se quedó mirando por la ventana del apartamento de Mateo, observando las luces de Barcelona extenderse ante ella, y sintió que, por primera vez en su vida adulta, tenía una visión clara y emocionante de su futuro, construida no sobre el miedo a que todo se derrumbara, sino sobre la certeza sólida de todo lo que habían construido juntos.

—¿En qué piensas? —preguntó Mateo, acercándose para abrazarla desde atrás mientras ella contemplaba la vista.

—En que hace cinco meses, mi vida entera cabía en una maleta que arrastré con incertidumbre hasta la puerta del Palau de Gel —contestó Elena—. Y ahora, mi vida entera se extiende ante mí con una claridad que nunca había sentido antes, contigo, hacia un futuro que realmente quiero perseguir.

—Me alegra ser parte de esa claridad —dijo Mateo, besándole la sien—. Y prometo hacer todo lo posible para que los próximos cuatro años, y todos los que sigan después, valgan completamente la pena.

*

Dos días después, mientras Elena y Mateo revisaban los detalles finales del contrato con la federación, Ricardo Cabrera los sorprendió con una llamada solicitando una reunión, esta vez sin ninguna formalidad amenazante en el tono de su voz.

Se encontraron en el mismo restaurante donde Elena y Mateo habían tenido su primera cena meses atrás, una elección que Elena sospechaba no era casualidad completamente, considerando la memoria excepcional de Ricardo para los detalles que podían usarse estratégicamente.

—Quería hablar con ustedes sobre el contrato del ciclo olímpico —dijo Ricardo, después de los saludos iniciales—. Revisé los términos que la federación les ofreció, y aunque son generosos, creo que hay margen para negociar condiciones todavía más favorables.

—¿Estás ofreciendo ayudarnos a negociar? —preguntó Mateo, con una sorpresa que no intentaba ocultar.

—Estoy ofreciendo usar mis contactos para asegurarme de que mi hijo, y la mujer que decidió compartir su vida con él, reciban el apoyo que merecen para tener éxito en los próximos cuatro años —contestó Ricardo, con una practicidad que, sin embargo, llevaba consigo un calor genuino poco habitual en su tono—.

Considérenlo mi manera de compensar, aunque sea parcialmente, por los errores que cometí hace diez años.

Elena sintió que la oferta la conmovía más de lo que hubiera anticipado, considerando la historia tensa entre ella y ese hombre.

—Se lo agradecemos, señor Cabrera —dijo—. Genuinamente.

—Llámame Ricardo —contestó él, con una sonrisa breve pero sincera—. Considerando que planeas quedarte en la vida de mi hijo durante, al menos, los próximos cuatro años, creo que ya podemos dejar atrás la formalidad excesiva.

Mateo, visiblemente conmovido por la transformación evidente en la actitud de su padre, extendió la mano para estrechar la de Ricardo, un gesto que llevaba consigo el peso simbólico de años de tensión finalmente empezando a resolverse.

—Gracias, papá —dijo, con una sinceridad profunda—. Esto significa mucho más de lo que probablemente te imaginas.

—Los vi patinar en el Nacional —contestó Ricardo, con una vulnerabilidad que Elena nunca había presenciado en él—.

Y me di cuenta de que pasé demasiados años midiendo tu éxito exclusivamente en medallas, sin apreciar completamente lo que realmente importaba: tu felicidad genuina, algo que claramente encontraste de nuevo con Elena.

La cena continuó con una calidez que ninguno de los tres hubiera anticipado meses atrás, discutiendo detalles prácticos del contrato olímpico, pero también, gradualmente, permitiéndose conversaciones más personales que Elena sintió como el verdadero comienzo de una relación reconstruida entre Mateo y su padre, una que ella esperaba, sinceramente, continuara fortaleciéndose en los años venideros.

Cuando finalmente se despidieron esa noche, Ricardo sorprendió a Elena con un abrazo breve pero genuino, el primer gesto físico de afecto que había recibido de él en toda su historia compartida.

—Cuida a mi hijo —dijo él, en voz baja, solo para ella—. Y déjalo cuidarte a ti también. Se merecen esta segunda oportunidad, los dos.

—Lo haré —prometió Elena, sintiendo que esa promesa llevaba consigo un peso significativo, no solo hacia Mateo sino también, de alguna manera inesperada, hacia el hombre que alguna vez había sido el obstáculo más grande en su camino hacia la felicidad compartida.