Hielo Compartido Capítulo 19 — Programa corto
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Capítulo 19 — Programa corto

El Palau de Gel nunca había estado tan lleno.

Elena lo notó desde el momento en que salió del túnel de vestuarios hacia el área de calentamiento: las gradas cubiertas de banderas rojas y amarillas, el zumbido de miles de conversaciones superpuestas, cámaras de televisión posicionadas estratégicamente alrededor de la pista para capturar cada ángulo de la competencia.

—¿Lista? —preguntó Mateo, a su lado, ajustándose los guantes por última vez antes de que los llamaran a la pista para el calentamiento oficial de su grupo.

—No —contestó ella, con una sonrisa nerviosa que reflejaba honestidad más que falsa modestia—. Pero vamos a hacerlo de todas formas.

El calentamiento oficial transcurrió entre una decena de parejas competidoras, cada una ejecutando fragmentos de sus propios programas mientras los jueces observaban desde sus posiciones, tomando notas preliminares que influirían, aunque fuera sutilmente, en las calificaciones oficiales que vendrían después.

Elena notó a Sánchez-Ibáñez en el extremo opuesto de la pista, ejecutando su propio calentamiento con una precisión fría que no dejaba entrever ninguna señal de nerviosismo, aunque Elena, después del incidente en la Copa de Cataluña, sabía exactamente cuánto podía ocultarse detrás de esa fachada de control aparente.

Cifuentes los esperaba junto a la barandilla cuando terminó el calentamiento oficial, con los últimos ajustes de vestuario y una expresión que combinaba calma profesional con una intensidad contenida que Elena reconocía de competencias anteriores.

—Ya hicieron el trabajo —dijo la entrenadora, repitiendo la frase que se había convertido en un mantra durante las últimas semanas—. Ahora solo tienen que confiar en lo que ensayamos. No piensen en el marcador. Piensen en la historia que están contando.

El anuncio de sus nombres retumbó por los altavoces mientras esperaban en el área de acceso a la pista, con Elena sintiendo que el corazón le latía con una intensidad que amenazaba con volverse abrumadora.

Mateo, a su lado, buscó su mano un segundo antes de que patinaran hacia el centro del hielo, un gesto rápido, casi invisible para las cámaras, pero que a Elena le recorrió todo el cuerpo como una descarga de calma familiar.

—Pase lo que pase —le dijo él, en voz baja—, esto ya valió la pena.

Patinaron hacia el centro del hielo entre aplausos, tomaron posición, y cuando la música del programa corto empezó a sonar —una pieza más técnica y menos narrativa que el programa libre, pero que Cifuentes había coreografiado con una precisión que dejaba poco margen para el error—, Elena sintió que el estadio entero se desvanecía a su alrededor, reemplazado por la concentración pura que exigía cada elemento técnico.

El primer salto combinado salió limpio, aterrizando con la precisión que habían perfeccionado durante semanas de repetición.

La secuencia de pasos centrales, ejecutada con una sincronía que Elena sintió fluir naturalmente entre ambos, generó un murmullo de aprobación audible incluso desde las gradas más alejadas.

Cuando llegó el momento del levantamiento técnico —no el elemento final y más elaborado del programa libre, sino una versión más compacta apropiada para el programa corto—, Elena sintió, con un alivio que no pudo evitar traducirse en una sonrisa genuina durante la ejecución, que Mateo la sostenía con una firmeza completamente libre de cualquier vacilación residual del accidente reciente.

Terminaron el programa entre una ovación entusiasta, y cuando salieron de la pista, sin aliento pero visiblemente satisfechos con la ejecución, Cifuentes los recibió con una expresión que, para sus estándares habitualmente reservados, equivalía a un entusiasmo desbordante.

—Eso fue prácticamente perfecto —dijo, revisando rápidamente sus propias notas mientras esperaban las calificaciones oficiales—. Si Sánchez-Ibáñez no logra igualar esa ejecución, van a liderar cómodamente después del primer día.

La pareja rival salió a competir minutos después, y Elena observó, con una mezcla de respeto profesional y ansiedad competitiva genuina, cómo ejecutaban su propio programa corto con una limpieza técnica impresionante, aunque, tal como Cifuentes había predicho meses atrás, con una frialdad emocional que contrastaba notablemente con la calidez que el público había respondido tan favorablemente en la actuación de Elena y Mateo.

Los resultados, anunciados una hora después en el marcador electrónico gigante que dominaba un extremo del estadio, confirmaron las expectativas de Cifuentes: Elena y Mateo lideraban después del programa corto, con una ventaja de casi tres puntos sobre Sánchez-Ibáñez, un margen considerable en un deporte donde las diferencias entre el primer y segundo lugar frecuentemente se medían en décimas.

—Primer lugar después del programa corto —confirmó Cifuentes, con una satisfacción que finalmente se permitía mostrar abiertamente—. Mañana, en el programa libre, tienen la oportunidad de consolidar esa ventaja, o de perderla si no mantienen la concentración. No se confíen todavía.

Esa noche, de vuelta en el hotel de concentración donde la federación los había alojado durante la duración del Nacional, Elena y Mateo celebraron discretamente la ventaja obtenida, conscientes de que el verdadero desafío —el programa libre, con su levantamiento final técnicamente exigente y su narrativa emocional cuidadosamente construida— todavía los esperaba al día siguiente.

—Un día más —dijo Mateo, mientras se preparaban para dormir en habitaciones separadas, siguiendo el protocolo estricto de la federación para competidores durante el Nacional—. Un día más y sabremos si todo este trabajo se traduce en el resultado que hemos estado persiguiendo.

—Pase lo que pase mañana —contestó Elena, desde la puerta que conectaba sus habitaciones adyacentes—, hoy demostramos que podemos manejar la presión de un escenario nacional completo. Eso, por sí solo, ya es una victoria significativa.

—Buenas noches, Elena —dijo Mateo, con una sonrisa cálida—. Nos vemos mañana, para la parte más importante de todas.

—Buenas noches, Mateo —contestó ella, cerrando la puerta con una sensación de anticipación nerviosa que sabía no la dejaría dormir completamente tranquila, pero que también llevaba consigo una confianza renovada en todo lo que habían construido juntos durante los últimos cinco meses.

*

Antes de retirarse a su habitación esa noche, Elena se encontró, casi por casualidad, con Ricardo Cabrera en el vestíbulo del hotel, donde el padre de Mateo se hospedaba también para presenciar la competencia de cerca.

—Rojas —dijo él, deteniéndose al verla, con una formalidad que ya no llevaba la hostilidad de meses atrás.

—Señor Cabrera —contestó Elena, preparándose internamente para cualquier comentario crítico que pudiera venir a continuación.

En cambio, Ricardo la sorprendió con algo que se acercaba, genuinamente, a un cumplido.

—Los vi patinar hoy —dijo—. El levantamiento técnico estuvo particularmente bien ejecutado. Mateo se veía... —Hizo una pausa, buscando la palabra correcta— confiado, de una manera que no había visto en años.

—Gracias —contestó Elena, con cautela, sin saber todavía hacia dónde se dirigía exactamente la conversación.

—Sé que no he sido el padre más fácil de complacer en lo que respecta a la carrera de Mateo —continuó Ricardo, con una vulnerabilidad poco habitual en su tono—.

Y sé que la decisión que tomé hace diez años causó un daño que ninguno de ustedes debería haber tenido que cargar durante tanto tiempo.

Verlo patinar hoy, con esa confianza renovada, me hizo darme cuenta de cuánto contribuiste tú a esa transformación.

Elena sintió que las palabras la tomaban completamente desprevenida, considerando la historia tensa entre ambos.

—Mateo hizo su propio trabajo también —dijo, con honestidad—. Yo solo le di la oportunidad de reconectarse con algo que siempre estuvo ahí.

—Quizás —concedió Ricardo—. Pero de cualquier manera, quería decirte, antes de la competencia de mañana, que espero que ganen. No solo por la medalla, sino porque creo, genuinamente, que se lo merecen, considerando todo lo que han superado para llegar hasta aquí.

—Gracias, señor Cabrera —dijo Elena, con una sinceridad que sorprendió incluso a ella misma—. Eso significa mucho, viniendo de usted.

Ricardo asintió, con una brusquedad que sugería que la conversación había llegado al límite de su comodidad emocional, y se despidió con un gesto formal antes de dirigirse hacia el ascensor.

Elena se quedó un momento en el vestíbulo, procesando la conversación inesperada, antes de subir a su propia habitación con una sensación de calidez adicional sumándose a la confianza que ya sentía respecto a la competencia del día siguiente.

Cuando le contó a Mateo, a través de la puerta que conectaba sus habitaciones, sobre el encuentro con su padre, la reacción de él fue de genuina sorpresa.

—No puedo creer que dijera eso —dijo Mateo, con una voz que llevaba consigo una emoción contenida—. En veintiocho años, no recuerdo que mi padre haya expresado algo tan cercano al orgullo incondicional.

—Las personas cambian, supongo —contestó Elena—. O quizás simplemente necesitaba ver, con sus propios ojos, que esto que construimos juntos es real y sostenible, no una repetición descuidada del pasado.

—Sea lo que sea —dijo Mateo—, me alegra que hayas tenido esa conversación con él. Descansa, Elena. Mañana es el día más importante de nuestras carreras, y quiero que estés completamente lista.

—Lo estaré —prometió ella, y esta vez, mientras finalmente se quedaba dormida esa noche, la certeza de esa promesa no dejaba espacio para ninguna duda residual.