Hielo Compartido Capítulo 18 — La víspera del Nacional
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Capítulo 18 — La víspera del Nacional

El día antes del Campeonato Nacional, Barcelona amaneció con un cielo despejado poco habitual para finales de febrero, como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo para ofrecer un buen augurio a la competencia que se avecinaba.

Elena se despertó temprano, con una mezcla familiar de nervios y expectación que reconocía de cada competencia importante de su carrera, aunque esta vez con una intensidad adicional que solo el peso de todo lo que habían superado juntos podía explicar.

El entrenamiento de esa mañana fue deliberadamente ligero, siguiendo la filosofía de Cifuentes de que la víspera de una competencia importante debía dedicarse a repasar mentalmente la coreografía, no a agotar físicamente a los patinadores con ensayos de última hora.

—Ya hicieron el trabajo —les recordó la entrenadora, mientras terminaban un calentamiento suave—. Hoy es para confiar en esa preparación, no para dudar de ella.

Por la tarde, con el resto del día libre antes de la competencia, Elena y Mateo decidieron pasar el tiempo juntos en un ambiente tranquilo, alejados de la ansiedad general que sentían impregnando cada rincón del Palau de Gel, donde equipos de otras federaciones regionales ya empezaban a llegar para el evento del día siguiente.

—¿Nervioso? —preguntó Elena, mientras caminaban sin prisa por el Parque de la Ciutadella, disfrutando de la tranquilidad relativa de un día laborable de febrero.

—Más de lo que esperaba, honestamente —admitió Mateo—.

No es solo la presión de competir. Es todo lo que representa este momento: diez años de distancia, la lesión reciente, la conversación con mi padre, la entrevista pública.

Se siente como si mañana no solo compitiéramos por una medalla, sino que cerráramos, de alguna manera simbólica, todo un capítulo de nuestras vidas.

—Lo entiendo perfectamente —dijo Elena—. Yo también siento ese peso. Pero también siento algo más: una certeza tranquila de que, gane quien gane mañana, ya ganamos algo mucho más importante en el proceso.

Mateo la miró con una sonrisa que reflejaba completo acuerdo con esa perspectiva.

—Cifuentes estaría orgullosa de escucharte decir eso —comentó—. Lleva meses intentando enseñarnos exactamente esa lección: que el resultado técnico importa, pero no define completamente el valor de lo que hemos construido.

Cenaron temprano esa noche, siguiendo las recomendaciones nutricionales estrictas que el equipo médico de la federación les había proporcionado, y se retiraron pronto, conscientes de que un buen descanso sería crucial para el rendimiento del día siguiente.

Pero incluso en la cama, con las luces apagadas, ninguno de los dos lograba conciliar el sueño con facilidad.

—¿Estás despierta? —susurró Mateo, en algún momento pasada la medianoche.

—Sí —contestó Elena, sonriendo en la oscuridad—. Imposible dormir con tantos pensamientos dando vueltas.

—¿Quieres hablar de algo que no sea la competencia? —propuso él—. Quizás nos ayude a distraer la mente lo suficiente como para relajarnos.

—Cuéntame algo que nunca me hayas contado —pidió Elena—. Algo de estos diez años que no hayamos tenido oportunidad de compartir todavía.

Mateo consideró la petición un momento antes de contestar.

—Durante mi segunda pareja, la que duró solo ocho meses, hubo un momento en que consideré seriamente dejar el patinaje competitivo por completo —confesó—.

Estaba agotado, emocionalmente vacío, sintiendo que patinaba exclusivamente por obligación hacia mi padre en lugar de por pasión genuina.

Llegué a buscar información sobre programas de kinesiología en la universidad, pensando en una carrera completamente distinta.

—¿Qué te hizo quedarte? —preguntó Elena, genuinamente sorprendida por la revelación.

—Honestamente, no estoy seguro de que hubiera una razón específica —admitió Mateo—.

Creo que simplemente no podía imaginarme completamente alejado del hielo, incluso en mis momentos más agotados.

Había algo ahí, alguna versión de la alegría que sentía patinando contigo de adolescente, que se negaba a desaparecer completamente, aunque estuviera enterrada bajo capas de presión y agotamiento.

Elena se acurrucó más cerca de él, conmovida por la vulnerabilidad de la confesión.

—Me alegra que te quedaras —dijo—. Aunque hayan sido diez años difíciles, sin ese hilo de conexión con el patinaje, quizás nunca hubiéramos tenido esta segunda oportunidad.

—Ahora te toca a ti —dijo Mateo—. Cuéntame algo que nunca me hayas contado.

Elena pensó un momento, buscando algo genuinamente revelador para compartir en la intimidad de esa noche previa a la competencia más importante de sus vidas.

—Cuando recibí la primera llamada de la federación, sobre el proyecto de volver a patinar contigo, estuve a punto de rechazarla sin siquiera considerarla seriamente —confesó—.

Colgué el teléfono, y durante una semana entera ignoré las llamadas de seguimiento, aterrada de la posibilidad de volver a exponerme al dolor que había sentido diez años atrás.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Una noche, revisando fotos antiguas en mi teléfono, encontré una de nosotros a los quince años, sonriendo después de ganar el campeonato juvenil.

Y me di cuenta de que llevaba diez años protegiéndome tan intensamente del dolor potencial, que había olvidado por completo lo que se sentía la alegría genuina de patinar contigo.

Decidí que valía la pena arriesgarme a sentir eso de nuevo, incluso si terminaba doliendo otra vez.

Mateo la besó suavemente en la frente, con una gratitud silenciosa que llevaba consigo el peso completo de esa confesión.

—Me alegra muchísimo que decidieras arriesgarte —dijo—. Mañana, pase lo que pase con el resultado de la competencia, quiero que sepas que ya has hecho algo increíblemente valiente simplemente al estar aquí, dándonos esta segunda oportunidad.

Se quedaron dormidos poco después, entrelazados en la oscuridad, con la certeza compartida de que, sin importar el marcador final del día siguiente, ya habían logrado algo que valía, por sí solo, cada momento de incertidumbre y riesgo que habían atravesado juntos durante los últimos cinco meses.

*

Elena se despertó antes que sonara la alarma, con la luz gris del amanecer filtrándose por las persianas y el estómago revuelto por una mezcla de nervios y adrenalina anticipada.

Mateo ya estaba despierto a su lado, observándola con una expresión tranquila que contrastaba con la tensión de la noche anterior.

—Buenos días, campeona —dijo él, con una sonrisa suave.

—Todavía no soy campeona de nada —contestó Elena, aunque no pudo evitar sonreír ante la confianza implícita en el saludo.

—Lo serás, para el final del día —dijo Mateo, con una convicción que Elena decidió, en ese momento, adoptar como propia también.

Desayunaron ligero, siguiendo las indicaciones nutricionales del equipo médico, y se prepararon en un silencio cómodo, cada uno enfocándose en su propia rutina previa a la competencia: Elena repasando mentalmente cada elemento técnico del programa, visualizando la ejecución perfecta; Mateo revisando, una última vez, el estado de sus patines, asegurándose de que cada cuchilla estuviera afilada exactamente como prefería.

Cifuentes los recogió a las nueve de la mañana, con un vehículo de la federación que los llevaría directamente al Palau de Gel, donde el ambiente, según les advirtió la entrenadora, ya estaría cargado de la energía particular de un día de competencia nacional.

—¿Cómo se sienten? —preguntó Cifuentes, mientras el coche avanzaba por las calles todavía tranquilas de la mañana barcelonesa.

—Listos —contestaron ambos casi al unísono, y la entrenadora sonrió, satisfecha con la sincronía de la respuesta.

—Eso es exactamente lo que quería escuchar —dijo—. Recuerden: ya hicieron el trabajo. Hoy solo tienen que confiar en esa preparación y dejar que la historia que han construido juntos hable por sí misma sobre el hielo.

Cuando llegaron al Palau de Gel, la transformación del edificio para la ocasión resultó impresionante: banderas de las diferentes regiones españolas colgando de las gradas, un sistema de sonido profesional siendo probado por técnicos de televisión, y un bullicio general de periodistas, oficiales de la federación, y familias de otros competidores que contrastaba dramáticamente con la tranquilidad de los entrenamientos habituales.

—Parece mucho más grande de lo que recordaba de la Copa de Cataluña —comentó Elena, sintiendo que los nervios se intensificaban ante la magnitud evidente del evento.

—Es mucho más grande —confirmó Mateo—. Pero recuerda: sigue siendo la misma pista de hielo, el mismo programa que hemos ensayado cientos de veces. Solo hay más gente mirando.

Se dirigieron hacia los vestuarios asignados, donde Cifuentes les dio las últimas instrucciones antes del calentamiento oficial, y Elena sintió que, a pesar de la magnitud abrumadora del momento, una calma extraña se asentaba sobre ella, la misma calma que precedía, según había aprendido durante años de competencia, a sus mejores actuaciones.

—Pase lo que pase hoy —le dijo a Mateo, mientras terminaban de ajustarse los patines—, quiero que sepas que estoy increíblemente agradecida de vivir este momento contigo, específicamente contigo, después de todo lo que hemos atravesado para llegar hasta aquí.

—El sentimiento es completamente mutuo —contestó Mateo, tomándole la mano brevemente antes de que ambos se dirigieran hacia el túnel que los llevaría a la pista principal—. Vamos a demostrarle a todo el país exactamente lo que hemos construido.