Capítulo 17 — El susto
Tres semanas antes del Nacional, durante un entrenamiento intensivo que Cifuentes había programado para pulir los últimos detalles técnicos del programa libre, ocurrió algo que puso a prueba, de una manera que ninguno de los dos había anticipado, toda la confianza que habían construido durante los últimos meses.
Estaban ensayando el levantamiento final, el más técnicamente exigente de toda la coreografía, cuando Mateo, al recibir a Elena de vuelta al hielo después de la elevación, sintió que su propio patín resbalaba inesperadamente sobre una zona del hielo que no había sido pulida correctamente esa mañana.
En un instante que se sintió eterno, Elena cayó de una altura considerable, golpeándose el hombro y la cabeza contra el hielo con un impacto que resonó por toda la pista vacía.
—¡Elena! —gritó Mateo, patinando hacia ella con el corazón en la garganta, mientras Cifuentes corría desde el borde de la pista con una velocidad que Elena nunca la había visto desplegar.
—Estoy bien —dijo Elena, aunque su voz sonaba aturdida, y el intento de incorporarse reveló un dolor agudo en el hombro que sugería lo contrario.
—No te muevas —ordenó Cifuentes, arrodillándose a su lado con una expresión de pánico contenido que contrastaba dramáticamente con su habitual compostura profesional—. Alguien llame a la ambulancia.
Los siguientes momentos se difuminaron para Elena en una sucesión de imágenes fragmentadas: el rostro pálido de Mateo sosteniéndole la mano mientras esperaban a los paramédicos, el techo del Palau de Gel pasando sobre ella mientras la trasladaban en camilla, la sirena de la ambulancia sonando con una urgencia que amplificaba el pánico que todos sentían.
En el hospital, después de radiografías que confirmaron una fractura menor en la clavícula pero descartaron cualquier lesión cerebral seria, Elena se encontró recostada en una cama de hospital, con el brazo inmovilizado y a Mateo sentado a su lado, con una expresión que Elena reconoció, incluso a través de la neblina de los analgésicos, como pura devastación.
—Esto es mi culpa —dijo él, con la voz quebrada—. Debí haber revisado el hielo antes del levantamiento. Debí haber sido más cuidadoso.
—Mateo, fue un accidente —contestó Elena, aunque el dolor en el hombro dificultaba hablar con la firmeza que hubiera querido—. Nadie pudo haber previsto que esa zona específica del hielo estuviera mal pulida.
—El Nacional es en tres semanas —dijo Mateo, con una desesperación creciente—. No sé si vas a poder recuperarte a tiempo, y aunque puedas, no sé si voy a poder confiar en mí mismo para hacer ese levantamiento de nuevo sin que el miedo me paralice.
Elena tomó su mano con el brazo que todavía funcionaba correctamente, sintiendo que necesitaba, más que cualquier tratamiento médico, calmar el pánico evidente de Mateo.
—Escúchame —dijo, con toda la firmeza que pudo reunir—. Esto no cambia nada fundamental entre nosotros. Voy a recuperarme, y vamos a volver a ese levantamiento juntos, cuando ambos estemos listos, sin dejar que el miedo decida por nosotros.
El médico que los atendió confirmó que, con fisioterapia intensiva, Elena podría estar lista para competir en el Nacional, aunque el margen de tiempo era ajustado y cualquier complicación adicional podría comprometer completamente su participación.
Cifuentes, que había esperado ansiosamente noticias en la sala de espera durante todo el proceso, entró a la habitación en cuanto los médicos lo permitieron, con una expresión que mezclaba alivio genuino con una preocupación práctica sobre las implicaciones competitivas.
—¿Cómo estás? —preguntó, sentándose al otro lado de la cama.
—Voy a estar bien —contestó Elena—. El médico dice tres semanas de recuperación, justo a tiempo para el Nacional, si la fisioterapia va bien.
—Vamos a ajustar el entrenamiento en consecuencia —dijo Cifuentes, con una practicidad que Elena apreció en medio de tanta emoción—. Nada de levantamientos hasta que el médico lo autorice. Nos concentraremos en los elementos que no comprometan la lesión mientras te recuperas.
Cuando Cifuentes se retiró para dar espacio a Elena y Mateo, este último se quedó mirando el suelo, con una tensión que Elena reconoció como algo más profundo que la preocupación inmediata por la lesión.
—¿Qué pasa? —preguntó, suavemente.
—Tengo miedo —admitió Mateo, finalmente, con una vulnerabilidad cruda que rara vez mostraba—. Miedo de que la próxima vez que te levante, mi cuerpo se congele por el recuerdo de este momento. Miedo de que ese miedo termine costándonos exactamente lo que estamos tratando de proteger.
—Entonces vamos a trabajar en ese miedo juntos, un ensayo a la vez, cuando llegue el momento —dijo Elena—.
Igual que trabajamos en todo lo demás. No voy a dejar que un accidente de hielo mal pulido destruya lo que hemos construido, y tampoco voy a dejar que destruya tu confianza en ti mismo como mi pareja de patinaje.
Mateo se inclinó, besándole suavemente la frente, con una gratitud que Elena sintió profundamente, a pesar del dolor persistente en el hombro.
—No sé qué haría sin ti —dijo él, con una sinceridad absoluta.
—Por suerte, no vas a tener que averiguarlo —contestó Elena, con una sonrisa que, a pesar de las circunstancias, llevaba consigo una determinación inquebrantable—. Estoy aquí. Vamos a superar esto juntos, como hemos superado todo lo demás.
*
Los días siguientes trajeron consigo una rutina distinta a la que ambos se habían acostumbrado: sesiones de fisioterapia intensivas para Elena, mientras Mateo continuaba entrenando individualmente bajo la supervisión de Cifuentes, puliendo elementos técnicos que no requerían de una pareja pero que mantenían su condición física en niveles competitivos.
Elena notó, durante las visitas diarias de Mateo al centro de fisioterapia, una tensión persistente que él intentaba ocultar, pero que se manifestaba en pequeños gestos: la manera en que evitaba mirar directamente las fotografías de levantamientos que colgaban en las paredes del centro, la forma en que cambiaba de tema cada vez que la conversación se acercaba, aunque fuera tangencialmente, al momento del accidente.
—Necesitas hablar de esto con alguien —le dijo Elena, una tarde, después de notar que Mateo se ponía visiblemente pálido al ver un video de entrenamiento de otra pareja ejecutando un levantamiento similar al que había causado su lesión—. No puedes seguir cargando este miedo solo.
—Hablé con Cifuentes —admitió Mateo, aunque con una reticencia evidente—. Me sugirió considerar hablar con un psicólogo deportivo, alguien especializado en superar bloqueos técnicos después de accidentes. Todavía no he llamado.
—Deberías —dijo Elena, con firmeza—. No por mí, sino por ti. Mereces procesar esto de una manera que no te deje paralizado quando llegue el momento de intentarlo de nuevo.
Mateo finalmente hizo la llamada esa misma semana, y durante las siguientes dos semanas, mientras Elena continuaba su recuperación física, él trabajó paralelamente en su recuperación psicológica, con sesiones que, según le confesó a Elena una noche, le ayudaron a entender que el miedo que sentía no era una debilidad, sino una respuesta natural que necesitaba ser procesada, no simplemente ignorada.
Diez días antes del Nacional, el médico de Elena finalmente autorizó el regreso gradual a los levantamientos, con la condición de empezar con elementos de menor exigencia física antes de intentar el levantamiento final completo.
El primer intento, en la pista tres, con Cifuentes observando de cerca y con el hielo revisado meticulosamente esa misma mañana, fue tenso para ambos. Elena sintió la vacilación en las manos de Mateo al sostenerla, una rigidez que traicionaba el miedo que llevaba semanas cargando.
—Estoy aquí —dijo Elena, en voz baja, mientras se preparaban para el primer levantamiento básico—. Confío en ti completamente. Confía tú también en ti mismo.
El levantamiento salió tenso pero exitoso, sin ningún indicio del deslizamiento que había causado el accidente original.
Repitieron la secuencia varias veces más, cada repetición ligeramente más fluida que la anterior, hasta que finalmente, en el décimo intento, algo en la postura de Mateo se relajó visiblemente, la tensión reemplazada gradualmente por la confianza técnica que había caracterizado su trabajo conjunto durante meses.
—Eso —dijo Cifuentes, desde el borde de la pista, con un alivio evidente—. Eso es lo que necesitábamos ver.
Cuando finalmente, tres días después, intentaron el levantamiento final completo por primera vez desde el accidente, Elena sintió que Mateo la sostenía con una firmeza renovada, sin ningún rastro de la vacilación que había temido semanas atrás.
Al bajarla suavemente de vuelta al hielo, ambos se quedaron un momento inmóviles, procesando la magnitud de haber superado, juntos, uno de los momentos más aterradores de su relación reciente.
—Lo logramos —susurró Elena, con los ojos húmedos de una emoción que iba mucho más allá del simple alivio técnico.
—Lo logramos —confirmó Mateo, abrazándola con una gratitud que llevaba consigo semanas de miedo finalmente disuelto—. Faltan diez días para el Nacional, y estamos listos.