Capítulo 16 — La entrevista
La federación, después de ver los resultados prometedores de la Copa de Cataluña, sugirió que había llegado el momento de aprovechar el interés mediático creciente en la pareja, proponiendo una entrevista exclusiva con una revista deportiva de circulación nacional que permitiera, precisamente como Cifuentes había sugerido meses atrás, controlar la narrativa antes de que los rumores tomaran una vida propia menos favorable.
—No tienen que contar todo —les aseguró la encargada de comunicaciones de la federación, una mujer eficiente llamada Nuria que Elena apenas conocía—.
Solo lo suficiente para presentar una historia coherente: dos patinadores que se conocieron de niños, se separaron por circunstancias de la vida, y ahora se reencuentran como adultos con una nueva oportunidad, tanto profesional como personal.
La entrevista se realizó en un estudio fotográfico alquilado especialmente para la ocasión, con una periodista llamada Marta Solé que Elena reconoció de artículos anteriores sobre patinaje artístico, generalmente bien informados y respetuosos con los atletas que entrevistaba.
—Empecemos por lo obvio —dijo Marta, con la grabadora ya encendida entre ellos—. Patinaron juntos de adolescentes, se separaron, y ahora, diez años después, la federación los vuelve a unir. ¿Cómo fue ese reencuentro?
Elena y Mateo habían acordado, de antemano, qué detalles compartirían y cuáles mantendrían privados, especialmente en lo relacionado con la intervención directa de Ricardo Cabrera en la separación original.
—Fue extraño al principio —contestó Mateo, con una sonrisa calculada para transmitir calidez sin revelar demasiado—.
Diez años es mucho tiempo, y ambos habíamos cambiado considerablemente.
Pero también hubo algo inmediatamente familiar, como si nuestros cuerpos recordaran una coreografía que nuestras mentes habían intentado olvidar.
—¿Y la parte personal? —insistió Marta, con la persistencia profesional de alguien acostumbrada a que los atletas evadieran las preguntas más íntimas—. Los rumores sobre una relación romántica entre ustedes llevan circulando desde la Copa de Cataluña.
Elena sintió que el momento decisivo de la entrevista había llegado, el punto donde controlar la narrativa se volvía más importante que en cualquier otro momento de la conversación.
—Los rumores son ciertos —dijo, con una honestidad directa que sorprendió incluso a Mateo, a juzgar por su expresión—. Mateo y yo estamos en una relación. No es algo que hayamos planeado al reencontrarnos profesionalmente, simplemente sucedió, de una manera que sentimos completamente genuina.
Marta anotó algo en su libreta, con una expresión que sugería que apreciaba la honestidad directa después de años de entrevistar atletas entrenados para evadir cualquier pregunta personal.
—¿No les preocupa que esto afecte la percepción de los jueces, o la narrativa pública sobre su seriedad competitiva? —preguntó.
—Creemos que es exactamente lo contrario —intervino Mateo, retomando el guion que habían preparado con Nuria—.
La conexión genuina que compartimos, tanto profesional como personalmente, es precisamente lo que nos permite patinar con la autenticidad emocional que los jueces buscan en las mejores parejas.
No estamos fingiendo una narrativa para la coreografía. La estamos viviendo.
La entrevista continuó durante otra hora, tocando temas más ligeros —sus rutinas de entrenamiento, su música favorita para practicar, anécdotas divertidas de su infancia compartida en el patinaje— antes de que Marta hiciera una última pregunta que Elena no había anticipado.
—¿Qué le dirían a la Elena y al Mateo de hace diez años, si pudieran hablar con ellos ahora?
Elena consideró la pregunta con una seriedad genuina, sintiendo que la respuesta merecía honestidad completa, incluso en un contexto tan público.
—Les diría que confiaran más en sí mismos —contestó finalmente—. Que las decisiones de otras personas, por más autoridad que parezcan tener, no tienen por qué determinar completamente el curso de sus propias vidas.
Mateo la miró con una expresión que Elena reconoció como comprensión completa de la referencia velada a su padre, sin necesidad de nombrarlo explícitamente frente a la periodista.
—Yo les diría que el miedo a decepcionar a otros nunca vale la pena si el precio es perder algo genuinamente valioso —añadió él, con una voz que llevaba consigo el peso de años de arrepentimiento finalmente procesado.
La entrevista se publicó dos semanas después, acompañada de fotografías que capturaban, según la propia Marta había comentado durante la sesión fotográfica, "una química que rara vez veo en atletas entrevistados profesionalmente".
La reacción pública, para alivio de Elena y Mateo, fue abrumadoramente positiva: los aficionados al patinaje artístico, generalmente hambrientos de narrativas humanas detrás de la competencia técnica, recibieron la historia de reencuentro con un entusiasmo que superó ampliamente las expectativas cautelosas de la federación.
—Esto es exactamente lo que necesitábamos antes del Nacional —comentó Cifuentes, mostrándoles un artículo de seguimiento que describía el creciente interés mediático en la pareja—.
El público está de su lado ahora, lo cual añade una presión adicional pero también, si la manejan bien, una ventaja psicológica considerable frente a Sánchez-Ibáñez.
Ricardo Cabrera, para sorpresa de ambos, llamó a Mateo esa misma tarde, con un tono que, aunque todavía reservado, carecía de la hostilidad que ambos habían anticipado.
—Leí la entrevista —dijo, sin preámbulos—. Manejaron bien la narrativa. Profesional, sin dramatismo excesivo.
—Gracias, papá —contestó Mateo, genuinamente sorprendido por el elogio, por mínimo que fuera.
—Sigan patinando como lo hicieron en la Copa de Cataluña, y esta historia de reencuentro podría convertirse en una ventaja de marketing considerable para toda la federación —añadió Ricardo, con una practicidad que Elena reconoció, incluso a través del teléfono, como su forma particular de expresar aprobación sin comprometerse emocionalmente del todo.
Cuando Mateo colgó el teléfono, se giró hacia Elena con una expresión de alivio genuino.
—Creo que, a su manera, eso fue lo más parecido a una bendición completa que mi padre es capaz de dar —dijo.
—Lo aceptaré —contestó Elena, sonriendo—. Considerando de dónde partimos hace apenas cuatro meses, creo que hemos recorrido un camino considerable.
*
Esa noche, acurrucados en el sofá del apartamento de Mateo, revisaron juntos algunas de las reacciones que la entrevista había generado en redes sociales, una actividad que Cifuentes les había recomendado hacer con moderación, "solo para tener una idea general, sin obsesionarse con cada comentario individual".
—Mira este —dijo Elena, riendo, mientras le mostraba a Mateo el teléfono—. Alguien comparó nuestra historia con una película de Disney. "Los patinadores destinados a estar juntos, separados por un villano corporativo, reunidos por el destino."
—Tu padre como villano corporativo va a encantarle —bromeó Mateo, aunque con una punzada de verdad incómoda detrás del humor.
—No seas malo —contestó Elena, dándole un golpe suave, aunque sin poder evitar la propia sonrisa—. Al menos el villano tuvo un cambio de corazón parcial al final.
Siguieron desplazándose por los comentarios, encontrando una mezcla de reacciones que iban desde lo genuinamente conmovedor hasta lo ocasionalmente invasivo, personas especulando sobre detalles de su vida privada que ninguno de los dos había compartido públicamente.
—¿Te incomoda esto? —preguntó Mateo, notando que Elena se había quedado más callada al leer un comentario particularmente especulativo sobre su vida antes de Barcelona.
—Un poco —admitió ella—. No estoy acostumbrada a que extraños tengan opiniones sobre mi vida romántica. En Múnich, patinando individualmente, era prácticamente invisible para el público general.
—Podemos dejar de leer esto, si prefieres —ofreció Mateo, guardando el teléfono.
—No, está bien —dijo Elena, tomando una respiración profunda—. Supongo que es parte del paquete, si queremos que nuestra historia ayude a protegernos de rumores peores. Solo necesito acostumbrarme a esta nueva versión de visibilidad pública.
Mateo la abrazó, con una ternura que Elena sintió como un ancla en medio de la exposición repentina que la entrevista había generado.
—Para lo que valga —dijo él—, prefiero mil veces esta versión de visibilidad, donde controlamos nosotros la narrativa, que la alternativa de escondernos indefinidamente esperando que Marcos Ibáñez o cualquier otro decida contar la historia por nosotros, probablemente de una manera mucho menos favorable.
—Tienes razón —concedió Elena, relajándose gradualmente contra su pecho—. Y honestamente, leer estos comentarios, incluso los incómodos, me recuerda que la gente realmente está conectando con nuestra historia. Eso tiene que traducirse en algo positivo quie el Nacional, ¿no?
—Eso espero —contestó Mateo, besándole la frente—. Aunque, para ser honesto, en este punto, el apoyo público es un bono agradable, pero lo que realmente me importa es lo que tenemos aquí, en este sofá, en este momento. Todo lo demás es, en cierto sentido, secundario.
Elena sonrió, sintiendo la verdad de esas palabras resonar profundamente, y por el resto de la noche, dejaron de lado el teléfono y las especulaciones públicas, disfrutando simplemente de la compañía mutua, conscientes de que, sin importar cuánto creciera la atención mediática en las semanas restantes antes del Nacional, lo que compartían en la intimidad de momentos como ese seguía siendo, fundamentalmente, solo suyo.