Capítulo 13 — Los rivales
Diciembre llegó a Barcelona con un frío que finalmente hacía honor a la temporada, y con él llegó también la primera competencia de preparación antes del Nacional: la Copa de Cataluña, un evento de menor envergadura pero significativo como primera prueba real de cómo Elena y Mateo se desempeñarían bajo la presión de jueces y público, en lugar de la burbuja controlada de la pista de entrenamiento.
—Es una prueba general —les explicó Cifuentes, durante la reunión de preparación previa a la competencia—. No hay tanta presión como en el Nacional, pero sí la suficiente como para que veamos exactamente qué necesitamos ajustar antes de la competencia real.
La Copa de Cataluña también significaba, inevitablemente, el primer encuentro competitivo directo con Marcos Ibáñez y su pareja, Carla Sánchez, la dupla que llevaba dos años dominando el podio nacional y que representaba, sin ninguna ambigüedad, el principal obstáculo entre Elena y Mateo y la medalla que ambos ansiaban.
Elena había visto patinar a Sánchez-Ibáñez en videos durante su tiempo en Múnich, pero verlos en persona, calentando en la pista adyacente durante los ensayos previos a la competencia, le dio una perspectiva distinta de la amenaza real que representaban.
Carla Sánchez patinaba con una precisión casi robótica, cada movimiento calculado hasta el milímetro, mientras que Marcos aportaba una fuerza física impresionante en los levantamientos que Elena no podía evitar admirar, incluso mientras se recordaba a sí misma que eran, técnicamente, el enemigo.
—Son buenos —comentó Elena, observando de reojo mientras ella y Mateo hacían su propio calentamiento—. Muy buenos.
—Son técnicamente impecables —concedió Mateo—. Pero les falta algo que nosotros tenemos.
—¿Qué?
—Conexión real. —Mateo la miró con una sonrisa breve—. Cifuentes lo dice constantemente, y tiene razón. Se puede entrenar la técnica hasta la perfección, pero no se puede fingir la clase de sincronía que nosotros tenemos naturalmente.
La competencia comenzó por la tarde, con el programa corto abriendo la sesión de parejas.
Elena sintió los nervios habituales previos a la competencia, esa mezcla de adrenalina y terror que Cifuentes le había enseñado, años atrás, a interpretar como una señal positiva en lugar de un obstáculo.
Patinaron su programa corto con una limpieza técnica que superó incluso sus propias expectativas, cada elemento ejecutado con precisión, y cuando terminaron, el aplauso del público local, generalmente contenido en competencias de esta escala, resultó sorprendentemente entusiasta.
—Buen trabajo —dijo Cifuentes, cuando salieron de la pista, con una satisfacción evidente que rara vez mostraba tan abiertamente—. Vamos a ver qué hacen Sánchez-Ibáñez.
La pareja rival salió a competir minutos después, y Elena observó, con una mezcla de respeto profesional y ansiedad competitiva, cómo ejecutaban un programa técnicamente sólido, aunque, tal como Mateo había predicho, con una frialdad emocional que contrastaba notablemente con la calidez que Elena sentía que ella y Mateo habían logrado transmitir.
Los resultados, anunciados una hora después, confirmaron lo que Cifuentes había sospechado: Elena y Mateo lideraban después del programa corto, con una ventaja modesta pero significativa sobre Sánchez-Ibáñez.
—Primera vez en dos años que alguien los supera en un programa corto —comentó Cifuentes, revisando los puntajes con una satisfacción contenida—. No se confíen todavía. Todavía queda el programa libre mañana, y Carla Sánchez tiene fama de recuperarse fuerte quejándose de la presión.
La advertencia resultó profética. Al día siguiente, durante el calentamiento previo al programa libre, Elena notó a Marcos Ibáñez observándolos con una intensidad que iba más allá de la curiosidad competitiva habitual.
—¿Crees que está tramando algo? —le preguntó a Mateo, en voz baja, mientras esperaban su turno para calentar en la pista principal.
—Con Marcos, siempre asume que sí —contestó Mateo—. Pero no dejes que eso te distraiga. Concéntrate en lo nuestro, no en lo que él esté haciendo.
El consejo resultó más difícil de seguir de lo que Elena hubiera querido admitir.
Durante el calentamiento, mientras ella y Mateo practicaban un salto combinado en un extremo de la pista, Carla Sánchez patinó deliberadamente cerca, lo bastante cerca como para que Elena tuviera que ajustar su trayectoria de emergencia, evitando por poco una colisión que, de haber ocurrido, podría haber causado una lesión seria a pocos minutos de la competencia.
—¡Cuidado! —gritó Mateo, sujetando a Elena del brazo para estabilizarla.
Carla se disculpó con una expresión de fingida sorpresa que no engañó a ninguno de los presentes.
—Perdón, no las vi —dijo, patinando hacia el otro extremo de la pista con una calma que sugería, para Elena, todo lo contrario a un accidente genuino.
—Eso fue intencional —dijo Elena, con el pulso todavía acelerado por la adrenalina del susto.
—Probablemente —concedió Mateo, con la mandíbula tensa—. Pero no le des la satisfacción de vernos afectados. Vamos a patinar mejor que nunca, precisamente para demostrarle que ese tipo de trucos no funcionan con nosotros.
Cifuentes, que había presenciado el incidente desde el borde de la pista, se acercó con una expresión que combinaba preocupación genuina con una determinación feroz.
—¿Están bien los dos? —preguntó, revisando rápidamente que no hubiera lesiones evidentes.
—Estamos bien —confirmó Elena, aunque la adrenalina todavía le corría por las venas—. Solo nos tomó por sorpresa.
—Voy a hablar con los jueces sobre lo que acabo de ver —dijo Cifuentes, con una firmeza que dejaba claro que no pensaba dejar pasar el incidente sin consecuencias—.
Pero ahora mismo, ustedes dos necesitan concentrarse en su programa.
No le den a Sánchez-Ibáñez la satisfacción de ver que lograron desestabilizarlos.
Elena respiró hondo, canalizando el susto residual hacia una determinación renovada, y cuando llegó finalmente su turno de patinar el programa libre, ejecutó cada elemento con una precisión feroz que sorprendió incluso a Mateo, cuya mirada, durante los momentos de mayor cercanía física en la coreografía, reflejaba un orgullo que Elena sintió como combustible adicional para el resto del programa.
Terminaron la rutina entre una ovación entusiasta, y cuando finalmente se anunciaron los resultados finales de la competencia, Elena sintió una satisfacción que iba mucho más allá de la simple victoria deportiva: habían ganado la Copa de Cataluña, superando a Sánchez-Ibáñez por un margen considerable, y lo habían hecho, además, demostrando exactamente el tipo de resiliencia bajo presión que Cifuentes llevaba semanas intentando cultivar en ambos.
—Esto es solo el principio —dijo Cifuentes, mientras celebraban brevemente en el área de resultados—.
Si Sánchez-Ibáñez está dispuesta a jugar sucio en una competencia de preparación, no quiero pensar qué estarán dispuestos a hacer en el Nacional, donde el margen entre ganar y perder es todavía más estrecho.
La advertencia se quedó con Elena durante el resto del día, un recordatorio incómodo de que, más allá de la victoria celebrada, el camino hacia el Nacional todavía guardaba obstáculos que ninguno de los dos podía permitirse subestimar.
*
Esa noche, de vuelta en el apartamento de Mateo, celebraron la victoria con una cena sencilla y una botella de cava que él había estado guardando, según confesó, "para una ocasión especial que todavía no sabía cuál sería".
—Esta cuenta como ocasión especial, ¿no? —preguntó Elena, sirviendo dos copas mientras Mateo terminaba de preparar la comida.
—Definitivamente —confirmó él, brindando con ella antes de sentarse a la mesa—. Primera victoria juntos en diez años. Merece cava, como mínimo.
Comieron con una ligereza renovada, la adrenalina de la competencia todavía corriéndoles por las venas, aunque el incidente con Carla Sánchez seguía presente en el fondo de la mente de Elena como una sombra persistente.
—¿Crees que Cifuentes realmente hable con los jueces sobre lo que pasó? —preguntó, en algún momento entre el plato principal y el postre.
—Probablemente ya lo hizo —contestó Mateo—. Cifuentes no es de las que dejan pasar ese tipo de cosas sin acción. Pero no creo que cambie mucho a estas alturas. Ganamos la competencia de todas formas, y eso es lo que realmente importa de cara al Nacional.
—Me preocupa qué estarán dispuestos a hacer si la competencia se vuelve más ajustada —admitió Elena—. Si un pequeño empujón "accidental" fue suficiente para intentarlo en una copa regional, no quiero pensar qué podrían intentar en un Nacional donde hay mucho más en juego.
Mateo tomó su mano sobre la mesa, con una expresión seria.
—Vamos a estar alertas —dijo—. Y vamos a confiar en que Cifuentes no va a dejar que nada comprometa nuestra seguridad física, sin importar cuánta presión ejerza la rivalidad.
Pero no podemos dejar que el miedo a lo que Sánchez-Ibáñez pueda intentar nos robe la alegría de este momento.
Ganamos, Elena. Limpiamente, a pesar de sus intentos de desestabilizarnos.
Elena asintió, dejando que la calidez de la victoria compartida disolviera gradualmente la tensión residual del incidente en la pista.
Terminaron la noche viendo, una vez más, la grabación de su propio programa libre en el teléfono de Mateo, analizando con ojo crítico cada elemento técnico pero también, cada vez con más frecuencia, simplemente disfrutando de verse patinar juntos con una conexión que ninguna pareja rival, por más técnicamente sólida que fuera, podía replicar auténticamente.
—Mírate ahí —dijo Mateo, señalando un momento específico de la coreografía donde Elena sonreía genuinamente en medio de un giro complicado—. Esa sonrisa no se puede fingir. Los jueces lo saben, aunque no siempre lo premien lo suficiente.
—Mírate tú —contestó Elena, señalando un momento donde la expresión de Mateo, generalmente controlada, dejaba entrever una emoción genuina que contradecía por completo su reputación de patinador "frío"—.
Creo que finalmente estás dejando que el mundo vea lo que yo siempre supe que había debajo de esa fachada técnica.
Mateo la besó suavemente, con una gratitud silenciosa que decía más que cualquier palabra adicional, y ambos se quedaron dormidos esa noche con la satisfacción tranquila de una primera victoria compartida, y con la determinación renovada de que, pasara lo que pasara con Sánchez-Ibáñez o con cualquier otro obstáculo que se presentara en el camino, iban a llegar al Nacional preparados para enfrentarlo juntos.