Hielo Compartido Capítulo 12 — Un día libre
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Capítulo 12 — Un día libre

Con la bendición reticente de Ricardo Cabrera asegurada y los rumores de Marcos Ibáñez aparentemente disipados por falta de nueva munición, las semanas siguientes transcurrieron con una normalidad que a Elena le resultaba casi sospechosa después de tanta turbulencia acumulada.

Los entrenamientos continuaron con una intensidad creciente, cada día más cerca del Nacional, pero también con una ligereza nueva que Cifuentes no se cansaba de elogiar.

—Nunca los había visto patinar tan bien —dijo la entrenadora, un jueves por la tarde, después de un repaso completo del programa libre que había salido, según sus propias palabras, "casi perfecto"—.

Creo que se han ganado un descanso. Tómense el domingo libre.

Nada de entrenamiento, nada de análisis técnico. Solo descansen.

La sugerencia, viniendo de una entrenadora que normalmente consideraba cualquier día sin hielo un desperdicio de tiempo valioso, sorprendió a ambos lo suficiente como para no cuestionarla.

—¿Qué te parece si aprovechamos y salimos de Barcelona?

—propuso Mateo esa misma noche, mientras cenaban en su apartamento—.

Conozco un lugar en la Costa Brava, un pueblo pequeño donde mi familia solía pasar los veranos antes de que todo se volviera tan complicado.

Podríamos alquilar un coche y pasar el día ahí, lejos de pistas de hielo y de federaciones y de todo lo demás.

La idea de un día entero sin las preocupaciones habituales le resultó a Elena tan atractiva que aceptó casi antes de que Mateo terminara de proponerla.

Salieron temprano el domingo, con el sol apenas asomando sobre el horizonte y las carreteras todavía tranquilas de tráfico dominical.

Mateo conducía con una relajación que Elena rara vez le veía, con la ventana ligeramente baja y música que ninguno de los dos reconocía sonando suavemente desde la radio del coche alquilado.

—Cuéntame sobre este pueblo —pidió Elena, observando el paisaje cambiar gradualmente de urbano a costero a medida que se alejaban de Barcelona.

—Se llama Calella de Palafrugell —contestó Mateo—.

Un pueblo pesquero pequeño, con calas preciosas y muy pocos turistas comparado con otros lugares de la costa.

Mi abuela tenía una casa ahí, y pasamos casi todos los veranos de mi infancia en ese lugar, antes de que muriera y mi padre decidiera venderla porque, según él, "distraía del entrenamiento serio".

—Suena como el tipo de lugar que necesitábamos visitar hace diez años —dijo Elena, con una nota de melancolía que no pudo evitar del todo.

—Probablemente. Pero también suena como el tipo de lugar perfecto para visitar ahora. —Mateo le sonrió brevemente antes de volver la vista a la carretera—. A veces las cosas llegan exactamente cuando están destinadas a llegar, no antes ni después.

Llegaron al pueblo a media mañana, y Elena quedó inmediatamente encantada con la belleza sencilla del lugar: casas blancas con contraventanas azules, barcas de pescadores meciéndose suavemente en un agua de un azul casi irreal, y una tranquilidad que contrastaba dramáticamente con el bullicio constante de Barcelona.

Pasaron la mañana caminando sin rumbo fijo por el pueblo, deteniéndose en cada rincón que llamaba su atención, comprando fruta fresca en un pequeño mercado local y comiéndola sentados en un muro de piedra con vistas al mar.

Mateo le señaló, con un entusiasmo que Elena no le conocía, la casa que había pertenecido a su abuela, ahora convertida en un pequeño hotel boutique que ninguno de los dos tuvo el valor de entrar a visitar.

—¿Te pone triste verla así? —preguntó Elena, notando la expresión contemplativa de Mateo mientras observaba la fachada renovada del edificio.

—Un poco —admitió él—. Pero también me alegra que alguien la esté cuidando, en lugar de dejarla abandonada. Mi abuela hubiera odiado eso más que verla convertida en hotel.

Almorzaron en un restaurante pequeño junto al puerto, pescado fresco que el propio dueño había capturado esa misma mañana, y la conversación fluyó con una facilidad que Elena empezaba a considerar, cada vez más, como la norma entre ellos en lugar de la excepción.

—¿Alguna vez pensaste en dejar el patinaje completamente? —preguntó Elena, en algún momento entre el plato principal y el postre—. Después de todo lo que ha significado tu padre en tu carrera, todo el peso de sus expectativas.

Mateo consideró la pregunta con una seriedad genuina.

—Muchas veces —admitió—. Sobre todo después de que terminaran mis últimas dos parejas, cuando sentía que estaba patinando exclusivamente para complacerlo a él, sin ninguna alegría personal real en el proceso.

Pero siempre había algo que me detenía, y creo que ese algo era, en el fondo, el recuerdo de cómo se sentía patinar contigo, aunque en ese momento no me permitiera reconocerlo abiertamente.

—¿Y ahora? —preguntó Elena—. ¿Todavía piensas en dejarlo?

—Ahora menos que nunca —contestó Mateo, con una sonrisa que le iluminó completamente la cara—. Ahora vuelvo a sentir esa alegría que había perdido, y no solo por el patinaje en sí, sino por todo lo que ha vuelto a formar parte de mi vida junto con él.

Pasaron la tarde nadando en una cala pequeña y prácticamente vacía, el agua fría pero refrescante después del calor inusual de noviembre, riendo como dos adolescentes despreocupados mientras se salpicaban mutuamente sin ningún cuidado por la dignidad profesional que normalmente exigían sus carreras.

Cuando el sol empezó a descender hacia el horizonte, se sentaron juntos en la arena, envueltos en las toallas que habían llevado, observando en silencio cómo el cielo se teñía de naranjas y rosados sobre el mar Mediterráneo.

—Gracias por traerme aquí —dijo Elena, apoyando la cabeza en el hombro de Mateo—. Necesitaba esto más de lo que sabía.

—Yo también lo necesitaba —contestó él, rodeándola con un brazo—. Y necesitaba compartirlo contigo, específicamente. Este lugar siempre significó algo especial para mí, y quería que tú también formaras parte de ese significado.

Elena levantó la vista para mirarlo, y en ese momento, con la luz dorada del atardecer bañándole el rostro, sintió una certeza que llevaba semanas construyéndose gradualmente en su interior: que fuera lo que fuera que sucediera en el Nacional, fuera cual fuera el resultado de la competencia que se avecinaba, lo que había encontrado de nuevo con Mateo Cabrera valía, por sí solo, todo el riesgo que habían asumido al aceptar esa segunda oportunidad.

—Te amo —dijo, las palabras saliendo con una naturalidad que la sorprendió incluso a ella misma—. Y no es la nostalgia hablando, ni la adrenalina del hielo. Es simplemente la verdad.

Mateo se quedó en silencio un momento, con una expresión que mezclaba sorpresa genuina y una alegría tan profunda que a Elena se le cortó la respiración al presenciarla.

—Yo también te amo —contestó finalmente—. Creo que nunca dejé de hacerlo, aunque pasé diez años intentando convencerme de lo contrario.

Se besaron bajo el cielo que se oscurecía progresivamente, con el sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla como único testigo de una declaración que ninguno de los dos había anticipado hacer tan pronto, pero que ambos, en ese momento perfecto, sintieron completamente verdadera y merecida.

*

El camino de vuelta a Barcelona transcurrió con una calidez distinta a la del viaje de ida, la declaración compartida flotando entre ambos como una promesa recién formulada que ninguno de los dos tenía prisa por analizar demasiado, prefiriendo simplemente disfrutar de la certeza reciente.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?

—dijo Elena, observando las luces de las ciudades costeras pasar por la ventanilla del coche—.

Hace apenas dos meses, mi vida entera estaba en Múnich.

Tenía un apartamento, una rutina, un entrenador que conocía mis fortalezas y debilidades técnicas al detalle.

Y ahora, de repente, todo eso se siente como una vida completamente distinta, casi ajena.

—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó Mateo, con una vulnerabilidad que dejaba entrever cuánto le importaba realmente la respuesta.

—Para nada —contestó Elena, sin ninguna vacilación—. Solo es extraño darme cuenta de lo rápido que una vida puede reorganizarse completamente alrededor de algo, o de alguien, que no esperabas que volviera a formar parte de ella.

Mateo le tomó la mano brevemente, sin apartar la vista de la carretera.

—¿Has pensado en qué va a pasar después del Nacional? —preguntó, con cautela—. Me refiero a largo plazo. Si seguimos compitiendo juntos, probablemente signifique establecerte en Barcelona de manera permanente, no solo temporal.

Elena consideró la pregunta con una seriedad que reflejaba cuánto había estado, en efecto, pensando en ese mismo tema durante las últimas semanas.

—Todavía no tengo una respuesta completa —admitió—. Pero sé que quiero seguir intentándolo, contigo, en el hielo y fuera de él. El resto de los detalles logísticos, supongo que los iremos resolviendo sobre la marcha.

—Me parece una respuesta perfectamente razonable —dijo Mateo, con una sonrisa que sugería un alivio genuino—. Yo tampoco tengo todos los detalles resueltos. Solo sé que quiero que sigas siendo parte de mi vida, de la manera que sea que eso termine tomando forma.

Llegaron a Barcelona ya entrada la noche, con la ciudad iluminada extendiéndose ante ellos mientras cruzaban el último tramo de autopista antes de llegar al apartamento de Mateo.

Elena se sintió, por primera vez desde su llegada meses atrás, genuinamente en casa, no en el sentido de un lugar geográfico específico, sino en el sentido más profundo de haber encontrado, finalmente, un espacio emocional donde podía existir plenamente, sin las defensas cuidadosas que había cargado durante una década entera.

—Mañana volvemos a la realidad —dijo Mateo, estacionando el coche frente a su edificio—. Entrenamientos, Cifuentes, la cuenta regresiva hacia el Nacional.

—Estoy lista —contestó Elena, y esta vez, a diferencia de la primera vez que había pronunciado esas palabras semanas atrás en la pista tres, las dijo con una confianza que no dejaba espacio para ninguna duda residual.