Capítulo 11 — La reunión con Ricardo
La oficina de Ricardo Cabrera, ubicada en un edificio corporativo cerca del Paseo de Gracia que no tenía nada que ver con el mundo del patinaje, olía a cuero nuevo y a la clase de perfume caro que solo los hombres acostumbrados a que se les obedezca sin cuestionar suelen usar.
Elena se sentó junto a Mateo, en dos sillas frente a un escritorio de madera oscura que parecía diseñado específicamente para hacer sentir pequeño a cualquiera que se sentara del otro lado.
Ricardo los recibió con una cortesía fría, ofreciéndoles café que ninguno de los dos aceptó, y se sentó detrás del escritorio con las manos entrelazadas, esperando a que Mateo hablara primero.
—Gracias por recibirnos —empezó Mateo, con una formalidad que a Elena le pareció, considerando las circunstancias, casi absurda—. Elena y yo queríamos hablar contigo sobre algo importante, antes de que te enteres por terceros o por rumores.
—Ya me imagino de qué se trata —dijo Ricardo, con una calma que no lograba ocultar del todo cierta tensión subyacente—. Marcos Ibáñez fue bastante elocuente al respecto, aunque intentó disfrazarlo de preocupación deportiva.
—Entonces no hace falta que rodeemos el tema —dijo Elena, decidiendo que la honestidad directa era la única estrategia viable frente a un hombre acostumbrado a detectar evasivas—.
Mateo y yo estamos juntos. No como una repetición descuidada de lo que pasó hace diez años, sino como una decisión consciente que ambos tomamos siendo adultos, con pleno conocimiento de las consecuencias posibles.
Ricardo la estudió un largo momento, con esa mirada evaluadora que Elena recordaba tan bien de la adolescencia, la misma que había sentido la última vez que estuvieron los tres en una habitación juntos, hacía diez años, cuando él había decidido, unilateralmente, el destino de la pareja de patinaje sin consultar a ninguno de los dos.
—¿Y qué esperan que haga con esa información? —preguntó finalmente, dirigiéndose más a Mateo que a Elena—. ¿Que les dé mi bendición? ¿Que finja que no me preocupa el riesgo evidente que esto representa para tu carrera?
—Esperamos que confíes en que somos lo bastante profesionales como para manejar ambas cosas al mismo tiempo —contestó Mateo, con una firmeza que Elena reconoció como la misma que había mostrado en la pista una semana atrás—.
Cifuentes puede confirmar que el rendimiento técnico no solo no se ha visto afectado, sino que ha mejorado significativamente desde que retomamos el entrenamiento juntos.
—El rendimiento técnico durante el entrenamiento no es lo mismo que el rendimiento bajo la presión de una competencia real —argumentó Ricardo—.
Y las relaciones personales entre parejas de patinaje tienen un historial bien documentado de terminar mal, arruinando no solo la relación sino también años de trabajo deportivo.
—También tienen un historial de fortalecer la conexión artística cuando funcionan bien —contraargumentó Elena, recordando la conversación que había tenido con Cifuentes días atrás—.
Los jueces premian la conexión real, señor Cabrera.
No hay manera de fingir lo que Mateo y yo tenemos sobre el hielo, y preferimos usarlo abiertamente en lugar de esconderlo con el riesgo constante de que se convierta en un escándalo mal manejado.
Ricardo se recostó en su silla, considerando el argumento con una expresión que, por primera vez en la conversación, sugería una genuina deliberación en lugar de una resistencia automática.
—Tienen diez años más que la última vez que tomé esta decisión por ustedes —dijo finalmente, con una voz que había perdido parte de su dureza inicial—.
Y supongo que no estoy en posición de repetir el mismo error, considerando que la última vez terminó, según todos los indicios, causando más daño del que pretendía evitar.
Elena sintió que algo se aflojaba en el pecho ante esa admisión inesperada, la primera señal genuina de que Ricardo Cabrera reconocía, aunque fuera parcialmente, el peso de su decisión pasada.
—Papá —dijo Mateo, con una voz que había perdido parte de su formalidad inicial, volviéndose más personal—, no te estoy pidiendo que finjas entusiasmo por algo que te preocupa. Solo te pido que confíes en mi criterio como adulto, de la misma manera que confías en mi criterio técnico sobre el hielo.
Ricardo se quedó en silencio un momento largo, mirando alternadamente a su hijo y a Elena, como si estuviera reconciliando, en tiempo real, la imagen que tenía de ambos con la realidad que se presentaba frente a él.
—No voy a fingir que esto no me preocupa —dijo finalmente—. Pero reconozco que insistir en separarlos otra vez, sobre todo ahora que son adultos con pleno derecho a tomar sus propias decisiones, probablemente causaría más daño que beneficio. Así que no voy a interferir. Por ahora.
—¿Por ahora? —preguntó Elena, con cautela.
—Voy a estar observando —confirmó Ricardo, recuperando algo de su tono habitual de autoridad—.
Si en algún momento veo que el rendimiento se ve comprometido, voy a intervenir, y esta vez no va a haber discusión posible.
Pero mientras sigan ganando y patinando al nivel que he visto en las últimas semanas, no voy a poner obstáculos adicionales.
No era la aceptación cálida que Elena hubiera deseado, pero considerando el punto de partida de la conversación, era mucho más de lo que había esperado conseguir.
—Gracias, papá —dijo Mateo, con una sinceridad que sorprendió a Elena, considerando la historia tensa entre ambos.
Ricardo asintió, con una brusquedad que sugería que la conversación había llegado a su límite emocional aceptable para él, y se levantó, dando por terminada la reunión con la misma eficiencia con la que probablemente manejaba cualquier negociación corporativa.
Al salir del edificio, Elena y Mateo caminaron en silencio durante varias cuadras, procesando cada uno a su manera lo que acababa de suceder.
—Eso salió mejor de lo que esperaba —dijo finalmente Elena.
—Mucho mejor —confirmó Mateo, con una expresión de alivio genuino que Elena rara vez le había visto—. No esperaba que cediera tan rápido. Diez años conociéndolo, y todavía logra sorprenderme.
—Quizás las personas cambian más de lo que creemos —sugirió Elena, tomándole la mano mientras caminaban—. O quizás simplemente necesitaba ver que ya no eres el adolescente que se dejaba convencer sin cuestionar.
Mateo se detuvo, girándose para mirarla con una intensidad que le cortó la respiración a Elena, incluso en medio de la calle concurrida.
—Ese cambio lo hiciste posible tú, en gran parte —dijo—. Volver a tenerte en mi vida me dio el valor que me faltaba para plantarme frente a él. No sé si hubiera encontrado esa firmeza solo.
Elena lo besó ahí mismo, sin importarle los transeúntes que pasaban a su alrededor, sintiendo que, por primera vez desde su reencuentro, el futuro que estaban construyendo juntos parecía, genuinamente, sostenible.
*
Llamaron a Cifuentes esa misma tarde para contarle cómo había ido la reunión, y la entrenadora, en un raro momento de entusiasmo visible, insistió en que se reunieran los tres para celebrar, aunque fuera de manera discreta.
—No puedo creer que haya cedido tan fácilmente —dijo Cifuentes, mientras los tres compartían una botella de vino en un pequeño bar cerca del Palau de Gel, elegido específicamente por su discreción—.
Conozco a Ricardo Cabrera desde hace quince años, y nunca lo había visto retroceder de una posición sin pelear hasta el final.
—Creo que la clave fue no pedirle permiso, sino simplemente informarle con la decisión ya tomada —reflexionó Elena—. Cuando Mateo dejó claro que no estábamos preguntando, sino comunicando, no le quedó mucho espacio para maniobrar.
—Eso, y el hecho de que llevamos semanas patinando mejor que en años —agregó Mateo—. Es difícil argumentar en contra del éxito visible.
Cifuentes levantó su copa en un brindis improvisado.
—Por Rojas y Cabrera —dijo—, la pareja que se negó a dejar que el pasado decidiera su futuro. Y por un Nacional que, con esto resuelto, tienen todas las posibilidades de ganar.
Brindaron los tres, y durante el resto de la noche la conversación se relajó hacia territorios más ligeros: anécdotas de competencias pasadas, planes concretos para las semanas de entrenamiento intensivo que faltaban antes del Nacional, y una sensación general de alivio compartido que Elena no había experimentado desde hacía mucho tiempo.
Cuando finalmente se despidieron, ya entrada la noche, Cifuentes los detuvo un momento antes de que se fueran cada uno por su lado.
—Una última cosa —dijo, con una seriedad que contrastaba con el ambiente festivo de la noche—.
Ricardo puede haber cedido hoy, pero no se ilusionen pensando que esto significa que dejará de observar cada movimiento que hagan.
Sigan patinando como lo han hecho hasta ahora, y no le den ninguna razón para reconsiderar su posición.
—Entendido, entrenadora —dijeron ambos casi al unísono, y Cifuentes, con una rara sonrisa que suavizaba por completo su habitual severidad, se despidió y desapareció calle abajo.
Elena y Mateo caminaron de vuelta hacia el apartamento de él, disfrutando de la libertad recién adquirida de no tener que preocuparse por mantener las apariencias frente al mundo entero, aunque la advertencia de Cifuentes todavía resonaba, prudente, en el fondo de sus mentes.
—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —dijo Elena, mientras caminaban tomados de la mano por las calles ya tranquilas de la ciudad.
—¿Qué?
—Que hace apenas un mes, yo estaba en Múnich, resignada a una carrera individual mediocre y a la idea de que lo nuestro había sido, simplemente, algo que no estaba destinado a funcionar.
Y ahora estoy aquí, contigo, con tu padre dándonos, a regañadientes, su bendición, y con una oportunidad real de ganar el Nacional juntos. Se siente casi irreal.
Mateo se detuvo, atrayéndola hacia sí con un abrazo que llevaba consigo todo el peso de la gratitud acumulada durante esas semanas intensas.
—A veces las segundas oportunidades llegan exactamente cuando uno ya dejó de esperarlas —dijo, contra su pelo—. Me alegra muchísimo que la vida nos haya dado esta.
—A mí también —susurró Elena, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió creer, sin reservas, que quizás el futuro que estaban construyendo juntos tenía todas las posibilidades de durar mucho más allá de un simple campeonato.