Capítulo 10 — El acuerdo
—Necesitamos un plan —repitió Cifuentes, cerrando la carpeta que había mantenido abierta sobre el escritorio sin necesidad real de consultarla—. Y creo que la mejor defensa contra los rumores no es esconderse mejor, sino controlar la narrativa antes de que alguien más lo haga por ustedes.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Elena, sin estar segura de que le gustara hacia dónde se dirigía la conversación.
—Quiero decir que en lugar de seguir jugando a las escondidas, que claramente no está funcionando, deberían considerar hacer pública la relación en sus propios términos. Antes de que Marcos Ibáñez o cualquier otro decida hacerlo por ustedes, de una manera mucho menos favorable.
Mateo se removió incómodo en su silla.
—¿Está sugiriendo que anunciemos oficialmente que estamos juntos? Eso le daría a mi padre exactamente la munición que necesita para argumentar que la relación afecta el enfoque profesional.
—O podría darles el control de cómo se cuenta la historia —contraargumentó Cifuentes—.
Piénsenlo: una pareja de patinaje que se reencuentra después de diez años separados por decisión ajena, que reconstruye no solo su carrera deportiva sino también una conexión personal genuina...
eso es exactamente el tipo de narrativa que a la prensa deportiva y a los patrocinadores les encanta.
Podría convertirse en una ventaja, no en una debilidad, si lo manejan bien.
Elena consideró la sugerencia con una mezcla de esperanza cautelosa y escepticismo genuino.
—¿Y si sale mal? —preguntó—. ¿Si los jueces empiezan a vernos como una historia de entretenimiento en lugar de tomarnos en serio como competidores?
—Ese riesgo existe siempre, hagan lo que hagan —contestó Cifuentes, con una honestidad que Elena apreció—. Pero creo firmemente que el riesgo de seguir escondiéndose, con Marcos Ibáñez y quién sabe quién más ya sospechando, es mayor que el riesgo de controlar ustedes mismos la historia.
Mateo y Elena intercambiaron una mirada larga, cada uno intentando leer en la expresión del otro qué dirección prefería tomar.
—No tiene que ser una decisión inmediata —agregó Cifuentes, notando la vacilación de ambos—.
Piénsenlo durante el fin de semana. Pero les pido que no tarden demasiado.
Cada día que pasa sin una estrategia clara es un día más en que Ricardo Cabrera, o Marcos Ibáñez, o cualquier otra persona con intereses propios, puede adelantarse a ustedes.
La reunión terminó poco después, con Elena y Mateo saliendo de la oficina en un silencio pensativo que se extendió durante buena parte del camino hacia la salida del edificio.
—¿Qué piensas? —preguntó Elena finalmente, cuando estuvieron lo bastante lejos de oídos indiscretos.
—Pienso que Cifuentes tiene razón, en teoría —contestó Mateo, con cautela—.
Pero también pienso en cómo reaccionaría mi padre si hacemos esto público antes de que él tenga oportunidad de procesarlo a su manera.
Podría ser el detonante que necesita para intentar separarnos oficialmente, alegando que la relación compromete el rendimiento.
—¿Y si hablas con él primero? —sugirió Elena, sorprendiéndose a sí misma con la sugerencia—. No para pedir permiso, sino para informarle, en tus propios términos, antes de que se entere por rumores de terceros.
Mateo se detuvo, considerando la idea con una expresión que mezclaba temor genuino con algo parecido a una determinación creciente.
—Eso sería mucho más difícil que hablar con la prensa —admitió—. Pero probablemente sea necesario, independientemente de lo que decidamos hacer públicamente.
—Podríamos hacerlo juntos —ofreció Elena, tomándole la mano—. No tienes que enfrentarlo solo esta vez.
Mateo la miró con una gratitud silenciosa que decía más que cualquier palabra, y por un momento, en medio del pasillo vacío del Palau de Gel, ambos se permitieron un abrazo breve pero significativo, un pequeño refugio de calidez en medio de la tormenta que se avecinaba.
—De acuerdo —dijo finalmente Mateo—. Hablemos con mi padre. Esta semana, antes de que se nos adelante alguien más.
Elena asintió, sintiendo el peso de la decisión asentarse sobre ambos, consciente de que la conversación que estaban a punto de tener con Ricardo Cabrera probablemente determinaría no solo el futuro de su relación, sino también el futuro de su carrera conjunta sobre el hielo.
*
Esa noche, en el apartamento de Mateo, cenaron algo improvisado —pasta con lo que encontraron en la nevera, nada elaborado— mientras planeaban, con una mezcla de nerviosismo y determinación, cómo abordar la conversación con Ricardo.
—Podríamos invitarlo a cenar —sugirió Elena, removiendo la pasta en su plato sin demasiado apetito—. Un ambiente neutral, sin la formalidad de una oficina.
—Mi padre no hace cenas informales —contestó Mateo, con una risa sin humor—. Para él, cualquier reunión que no tenga una agenda clara con puntos numerados se siente como una pérdida de tiempo.
—Entonces hagámoslo a su manera. Una reunión formal, con una agenda clara. —Elena se encogió de hombros—. Si eso lo hace sentir más cómodo para escuchar, no veo por qué no adaptarnos a su estilo, al menos en la forma.
Mateo consideró la sugerencia, y algo en su expresión se suavizó ligeramente.
—Eso podría funcionar, en realidad. Le voy a proponer una reunión el miércoles, después del entrenamiento. Directa, sin rodeos.
—¿Quieres que esté presente? —preguntó Elena, con una vulnerabilidad genuina que rara vez mostraba respecto a temas relacionados con Ricardo Cabrera—. Podría ser más fácil para ti enfrentarlo solo primero, y que yo me una después si las cosas van bien.
Mateo dejó el tenedor a un lado y la miró directamente, con una seriedad que Elena reconoció como completamente sincera.
—Quiero que estés presente —dijo—. Desde el principio. Ya cometí el error una vez de dejar que decidiera cosas importantes de mi vida sin que tú tuvieras voz en la conversación. No pienso repetir eso.
Elena sintió que algo se le apretaba en el pecho, una mezcla de gratitud y de un amor creciente que todavía le costaba nombrar completamente en voz alta, considerando lo reciente que era esa segunda oportunidad que ambos se estaban dando.
—Entonces estaré ahí —confirmó, tomándole la mano sobre la mesa—. Pase lo que pase.
Terminaron de cenar en un silencio cómodo, cada uno perdido en sus propios pensamientos sobre la conversación que se avecinaba, hasta que Mateo, con una sonrisa que intentaba aligerar el ambiente, propuso ver una película antigua que ambos recordaban de su adolescencia, una comedia romántica que solían ver en las giras de competencias cuando el nerviosismo previo a una competición les impedía dormir.
Se acurrucaron en el sofá, con Elena recostada contra el pecho de Mateo, y durante un par de horas lograron olvidar, casi por completo, la sombra de Ricardo Cabrera y de Marcos Ibáñez y de todo lo que amenazaba con complicar lo que habían construido en las últimas semanas.
Fue, pensó Elena mientras se quedaba dormida a medio camino de la película, exactamente el tipo de normalidad doméstica que nunca había imaginado compartir con él, ni en sus recuerdos más nostálgicos de la adolescencia ni en sus fantasías más optimistas sobre un posible reencuentro.
Cuando despertó, ya entrada la noche, encontró a Mateo despierto todavía, observándola con una expresión tan tierna que a Elena se le cortó la respiración por un instante.
—¿Qué? —preguntó, con una sonrisa somnolienta.
—Nada —contestó él, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Solo estaba pensando en lo mucho que me alegra que hayas vuelto a Barcelona, a pesar de todo lo complicado que se ha vuelto esto.
—Yo también me alegro —susurró Elena, y lo dijo con una convicción que, apenas unas semanas atrás, jamás hubiera creído posible sentir de nuevo por ese hombre.
A la mañana siguiente, mientras Elena preparaba café en la pequeña cocina del apartamento, escuchó a Mateo hablando por teléfono en la sala, con un tono formal que reconoció de inmediato como reservado exclusivamente para las conversaciones con su padre.
—Sí, papá, el miércoles después del entrenamiento me parece bien. En tu oficina, como prefieras. —Una pausa—. No, no es solo sobre técnica. Hay algo más de lo que necesitamos hablar. —Otra pausa, más larga—. Elena va a estar presente también.
Elena sintió que el pulso se le aceleraba al escuchar su nombre mencionado en esa conversación, imaginando la reacción, probablemente tensa, de Ricardo Cabrera al otro lado de la línea.
—Está bien —terminó Mateo—. Nos vemos el miércoles a las seis.
Colgó el teléfono y se quedó un momento en silencio, con la expresión de alguien que acaba de cruzar un umbral del que ya no hay marcha atrás. Elena se acercó, ofreciéndole una taza de café y una mirada de apoyo silencioso.
—¿Cómo sonó? —preguntó.
—Sorprendido —contestó Mateo, tomando la taza con manos que Elena notó ligeramente temblorosas—. Y quizás, por primera vez en mucho tiempo, un poco inseguro. No está acostumbrado a que le pida reuniones formales para hablar de temas que no sean estrictamente técnicos.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé todavía —admitió Mateo, con una sonrisa cansada—. Pero al menos es honesto. Y creo que eso, después de diez años de evasivas, ya es un buen comienzo.
Elena lo abrazó, sintiendo la tensión acumulada en sus hombros, y por un momento ambos se quedaron así, en silencio, reuniendo fuerzas para los días que faltaban hasta el miércoles, y para la conversación que, de una manera u otra, marcaría un antes y un después en la relación de Mateo con su padre, y quizás, también, en el futuro que ambos estaban empezando a construir juntos.