Capítulo 9 — El hombre de las gradas
La advertencia de Cifuentes resultó profética.
Apenas cuatro días después de la llamada telefónica, un sábado por la mañana que debía ser un entrenamiento rutinario más, Elena entró al Palau de Gel y sintió de inmediato que algo en el ambiente había cambiado: un silencio raro en las gradas, ese tipo de silencio que se produce cuando todos los presentes están conteniendo el aliento por algo que ella todavía no había visto.
Lo vio un segundo después: Ricardo Cabrera, sentado en la primera fila, con un abrigo de lana cara y esa expresión severa que Elena recordaba perfectamente de las competencias juveniles, cuando gritaba correcciones desde el borde de la pista que ni siquiera Cifuentes se atrevía a contradecir en su presencia.
—No me dijiste que venía —murmuró Elena, buscando a Mateo con la mirada apenas él llegó a su lado.
—Yo tampoco lo sabía —contestó Mateo, con la mandíbula tensa, siguiendo la dirección de sus ojos hasta encontrar a su padre—. Quédate tranquila. Esto no cambia nada.
Cambió, sin embargo, la calidad del entrenamiento entero.
Cada salto se sintió vigilado, cada levantamiento pareció ejecutarse bajo un microscopio invisible.
Cifuentes, que normalmente dirigía la sesión desde el centro de la pista con una autoridad relajada, se mantuvo más callada de lo habitual, lanzando miradas ocasionales hacia las gradas que no pasaron desapercibidas para Elena.
—Concéntrense en la técnica —dijo la entrenadora, en voz baja, durante una pausa breve—. No le den a Ricardo ninguna razón para pensar que algo anda mal.
Pero algo andaba mal, o al menos algo se sentía distinto, y Elena no podía evitar sentir el peso de esa mirada fija desde las gradas cada vez que Mateo la tomaba de la cintura para un levantamiento, cada vez que sus manos se rozaban durante una secuencia de pasos.
Era como si Ricardo Cabrera, sin decir una sola palabra, tuviera la capacidad de hacer que cada gesto profesional se sintiera, de pronto, sospechoso.
Al terminar el entrenamiento, Ricardo bajó hasta el borde del hielo y esperó con las manos en los bolsillos del abrigo, sin prisa, como quien sabe que su presencia sola ya obliga a los demás a acercarse.
—Papá —dijo Mateo, acercándose primero, con Elena un paso detrás—. No esperaba verte aquí.
—Alguien tenía que comprobar en qué estado llega mi hijo al Nacional —contestó Ricardo, con una frialdad calculada.
Sus ojos se posaron en Elena con una expresión que ella recordaba haber sentido antes, hacía diez años, en la última conversación que habían tenido los tres juntos—. Elena. Cuánto tiempo.
—Señor Cabrera —dijo ella, manteniendo la voz firme con un esfuerzo considerable.
—Vi el levantamiento del final —continuó Ricardo, dirigiéndose otra vez a Mateo—. La entrada estuvo tarde en dos décimas. Y en el giro final, tu peso quedó adelantado.
—Lo vamos a corregir —contestó Mateo, con una calma que Elena reconoció como forzada.
—Espero que sí. —Ricardo hizo una pausa deliberada, estudiando a ambos con una atención que a Elena le resultó profundamente incómoda—.
Y espero que sea lo único que están corrigiendo.
La federación no paga hoteles de concentración ni apartamentos de entrenamiento para que sus atletas resuelvan asuntos personales pendientes.
El comentario cayó como una piedra en medio de la pista. Elena sintió que la sangre se le subía a la cara, mitad vergüenza, mitad furia genuina.
—Con todo respeto —dijo, antes de que Mateo pudiera contestar—, lo que Mateo y yo hagamos fuera del hielo no es asunto de la federación mientras el rendimiento no se vea afectado. Y no se ha visto afectado. Si acaso, ha mejorado.
Ricardo la miró con algo parecido a la sorpresa, como si no esperara que ella le respondiera directamente después de diez años de silencio impuesto.
—Veo que sigues teniendo carácter —dijo, sin que quedara claro si era un elogio o una advertencia velada—. Espero, por el bien de los dos, que ese carácter no vuelva a costarle la carrera a mi hijo, como estuvo a punto de suceder la última vez.
—Eso no fue decisión mía —dijo Mateo, con una firmeza que sorprendió a Elena, considerando que rara vez lo había visto contradecir directamente a su padre—. Fue tu decisión, papá. Tú fuiste quien llamó a la federación hace diez años, no yo.
Ricardo pareció, por un instante, genuinamente desconcertado por la resistencia inesperada de su hijo, pero se recompuso con la rapidez de quien lleva décadas acostumbrado a mantener el control de cualquier conversación.
—Tomé esa decisión pensando en tu futuro —dijo—. Y hasta donde puedo ver, funcionó. Estás aquí, diez años después, todavía compitiendo al más alto nivel. No puedes decir lo mismo si te hubieras quedado atado a una relación adolescente que probablemente habría terminado en desastre de todas formas.
—No lo sabes —contestó Mateo—. Nunca nos diste la oportunidad de descubrirlo.
El silencio que siguió se sintió cargado de una tensión que llevaba diez años acumulándose sin resolución, y Elena, parada entre ambos, sintió que presenciaba algo que iba mucho más allá de una simple discusión sobre técnica de patinaje.
Ricardo finalmente rompió el silencio, dirigiéndose una última vez a los dos con una expresión que ya no ocultaba del todo cierta incomodidad.
—Bien —dijo, con una frialdad que ahora sonaba ligeramente forzada—. Espero ver mejoras en la próxima sesión que observe. Y espero, sinceramente, no tener que volver a mencionar este tema.
Dio media vuelta y se fue sin despedirse, dejando un silencio pesado detrás de él. Cifuentes, que había observado toda la escena desde una distancia prudente, se acercó finalmente con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.
—Mi oficina. Los dos. Ahora —dijo, y no era una sugerencia.
Elena y Mateo se miraron un instante antes de seguirla, y en ese cruce de miradas había una pregunta que ninguno de los dos se animaba a decir en voz alta: si la resistencia inesperada de Mateo frente a su padre acababa de abrir una grieta que, tarde o temprano, terminaría exigiendo una decisión mucho más definitiva de la que ninguno de los dos estaba todavía preparado para tomar.
Caminaron hacia la oficina de Cifuentes en un silencio tenso, Elena todavía procesando la escena que acababa de presenciar, la firmeza inesperada con la que Mateo había respondido a su padre por primera vez en, probablemente, toda su vida adulta.
—Eso fue... —empezó Elena, sin saber exactamente cómo terminar la frase.
—Lo sé —la interrumpió Mateo, con la voz todavía tensa por la confrontación—. No planeaba decir eso. Simplemente salió.
—¿Te arrepientes?
Mateo consideró la pregunta un momento, y cuando contestó, su voz tenía una firmeza nueva que Elena no le había escuchado antes.
—No —dijo—. Llevo diez años tragándome esa respuesta cada vez que mi padre menciona esa decisión como si hubiera sido lo mejor para todos. Ya era hora de que le dijera lo que realmente pienso.
Elena sintió una mezcla de orgullo y preocupación al escucharlo, consciente de que esa pequeña rebelión, aunque necesaria, probablemente tendría consecuencias que ninguno de los dos podía todavía predecir con precisión.
Llegaron a la puerta de la oficina de Cifuentes, donde la entrenadora los esperaba ya sentada detrás de su escritorio, con una expresión que mezclaba preocupación genuina con algo parecido a una satisfacción reservada.
—Siéntense —dijo, señalando las dos sillas frente a ella—. Necesito entender exactamente qué acaba de pasar ahí afuera, y necesito que sean honestos conmigo, porque lo que sea que estén manejando entre ustedes dos y Ricardo Cabrera está a punto de afectar directamente mi trabajo como entrenadora.
Elena y Mateo intercambiaron una mirada rápida antes de empezar, cada uno consciente de que la conversación que estaba a punto de suceder definiría, en gran medida, cómo manejarían los meses restantes hasta el Nacional.
—Marcos Ibáñez le mencionó algo a mi padre —dijo Mateo, decidiendo que la honestidad directa era la única opción viable a esas alturas—. No sé exactamente qué le dijo, pero fue suficiente para que decidiera venir a comprobar las cosas personalmente.
Cifuentes suspiró, con la expresión de alguien que ha estado esperando exactamente esa noticia durante días.
—Me lo temía —dijo—. Ricardo tiene contactos en todas partes de esta federación, y Marcos, o su entrenadora, probablemente vieron una oportunidad demasiado tentadora como para dejarla pasar.
—Se quitó las gafas, frotándose los ojos con un gesto de cansancio genuino—.
Necesito que ambos entiendan la gravedad de la situación.
Ricardo Cabrera no solo tiene influencia sobre la carrera de Mateo.
Tiene contactos en el comité que decide qué parejas reciben apoyo económico completo para el ciclo olímpico.
Si decide moverse en serio contra ustedes, puede hacer mucho más daño del que cualquiera de los dos imagina.
—Entonces, ¿qué sugiere que hagamos? —preguntó Elena, sintiendo que el peso de la conversación se acumulaba en su pecho.
Cifuentes los miró a ambos largamente antes de contestar, con una expresión que por primera vez desde que Elena la conocía, mostraba algo parecido a la genuina incertidumbre.
—Sinceramente, no lo sé todavía —admitió la entrenadora—. Pero sé que necesitamos un plan, y lo necesitamos antes de que Ricardo Cabrera decida tomar la iniciativa por su cuenta.