Capítulo 8 — La mañana después
Elena se despertó antes que Mateo, con la luz gris del amanecer barcelonés filtrándose por las persianas entreabiertas y una sensación de desorientación momentánea al reconocer un techo que no era el de su habitación de hotel.
Se quedó quieta un instante, escuchando la respiración pausada del hombre dormido a su lado, y permitió que los recuerdos de la noche anterior regresaran, uno por uno, con una calidez que le sorprendió por su intensidad.
No se arrepentía. Eso era, quizás, lo más sorprendente de todo: después de una década construyendo defensas cuidadosas contra exactamente ese tipo de vulnerabilidad, Elena esperaba sentir, al despertar, algún rastro de pánico o arrepentimiento.
En cambio, lo que sentía era una calma extraña, casi desconcertante en su simplicidad.
Mateo se removió a su lado, y abrió los ojos lentamente, con esa expresión desorientada de quien todavía no termina de ubicarse en la realidad.
—Buenos días —murmuró, con una sonrisa que se le fue formando en la cara a medida que la reconocía a ella, ahí, en su cama, en su apartamento—. Esto no fue un sueño, ¿verdad?
—Me temo que no —contestó Elena, acurrucándose un poco más contra él—. Vas a tener que lidiar conmigo en carne y hueso.
—Puedo vivir con eso. —Mateo la besó en la frente, un gesto tierno que contrastaba con la urgencia de la noche anterior, y por un momento ambos se quedaron en silencio, disfrutando de la quietud poco habitual de una mañana sin entrenamiento inmediato.
—¿Qué hora es? —preguntó Elena finalmente, con la pereza de quien no quiere realmente saber la respuesta.
Mateo estiró el brazo para revisar el teléfono en la mesita de noche, y su expresión cambió de inmediato, la calma sustituida por algo parecido a la alarma.
—Son las nueve y media —dijo—. Cifuentes nos citó a las diez para revisar el video del entrenamiento de ayer.
Elena se incorporó de golpe, con el pánico repentino de quien calcula, en tiempo récord, cuánto tarda en ducharse, vestirse, y llegar al Palau de Gel sin levantar sospechas evidentes sobre dónde había pasado la noche.
—Tengo que volver al hotel a cambiarme —dijo, ya buscando su ropa esparcida por el suelo del dormitorio—. No puedo presentarme con la misma ropa de ayer. Cifuentes se daría cuenta inmediatamente.
—Podrías quedarte con algo mío —sugirió Mateo, aunque la sugerencia venía acompañada de una sonrisa que dejaba claro que sabía exactamente lo poco práctica que era la idea.
—Mateo, no puedo aparecer en el entrenamiento con una de tus camisetas. Eso sería literalmente peor que llegar con la ropa de ayer.
Terminaron acordando que Elena tomaría un taxi directo al hotel, se cambiaría en tiempo récord, y llegaría al Palau de Gel un poco más tarde que Mateo, para que no coincidieran entrando juntos al edificio.
La logística, aunque necesaria, dejó a Elena con una sensación incómoda de estar viviendo, otra vez, una versión adulta del mismo secreto adolescente que una década atrás había terminado tan mal.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo, notando su cambio de humor mientras ella se vestía apresuradamente.
—Solo pensando en lo ridículo que es esto —contestó Elena, abrochándose los botones de la blusa con dedos torpes por las prisas—.
Tenemos veintisiete y veintiocho años, y estamos coordinando horarios de taxi para que nadie sospeche que dormimos juntos.
Se siente como retroceder diez años en un segundo.
Mateo se acercó, deteniendo sus manos apresuradas con un gesto suave.
—No es lo mismo —dijo, con una seriedad que Elena apreció—.
Hace diez años nos escondíamos porque teníamos miedo, porque no confiábamos en que pudiéramos manejar las consecuencias.
Ahora nos escondemos porque tomamos una decisión estratégica consciente, sabiendo exactamente en qué nos estamos metiendo.
Es diferente, aunque logísticamente se parezca.
Elena consideró sus palabras un momento, y sintió que algo del pánico se le aflojaba en el pecho.
—Tienes razón —admitió—. Es diferente. Solo necesito recordarlo cada vez que sienta que estamos otra vez escondiéndonos como adolescentes culpables.
—Te lo recordaré yo, si hace falta —prometió Mateo, besándola brevemente antes de dejarla terminar de vestirse.
El taxi llegó al hotel con quince minutos de margen, suficiente para que Elena se duchara rápidamente, se cambiara, y llegara al Palau de Gel apenas dos minutos tarde, una demora lo bastante pequeña como para no levantar sospechas particulares.
Mateo ya estaba en la sala de revisión de video cuando ella entró, con una taza de café en la mano y una expresión de concentración profesional que no dejaba entrever nada de lo que habían compartido esa mañana.
—Rojas, justo a tiempo —dijo Cifuentes, sin levantar la vista de la pantalla donde reproducía fragmentos del entrenamiento del día anterior—. Siéntate. Quiero que veamos juntos el levantamiento del segundo minuto. Hay algo en la ejecución que necesito que ambos entiendan.
Elena se sentó, agradecida por la distracción técnica, y durante los siguientes cuarenta minutos la sesión se concentró exclusivamente en detalles de coreografía y ejecución, sin ningún comentario adicional de Cifuentes sobre la "concentración" perdida del día anterior.
Cuando finalmente terminaron, y Mateo y Elena salieron juntos hacia el pasillo, él le dedicó una mirada cómplice que ella no pudo evitar devolver con una sonrisa.
—¿Ves? —murmuró él, lo bastante bajo para que solo ella lo escuchara—. Nadie sospechó nada.
Elena estaba a punto de contestar cuando, al doblar la esquina hacia los vestuarios, se encontraron de frente con Marcos Ibáñez, que los observaba con una expresión que Elena no logró descifrar del todo, pero que definitivamente no era la de alguien completamente ajeno a lo que había visto la noche del viernes.
—Buenos días —dijo Marcos, con un tono demasiado casual como para resultar completamente inocente—. ¿Qué tal la cena de equipo del viernes? Debió estar bien, porque los vi salir bastante tarde del restaurante.
El silencio que siguió se sintió, para Elena, como el borde de un precipicio que llevaban semanas evitando mirar directamente.
—Fue una cena de equipo cualquiera —contestó Mateo, con una calma que a Elena le pareció admirable considerando las circunstancias—. Cifuentes pensó que nos vendría bien socializar fuera del hielo antes del Nacional.
—Curioso —dijo Marcos, con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—. No sabía que las cenas de equipo se hacían para equipos de dos personas.
—A veces los detalles logísticos son así de simples —contestó Elena, sorprendida de la firmeza de su propia voz—. ¿Algún problema con eso, Marcos?
El patinador rival la estudió un momento, con esa mirada calculadora que Elena reconocía de las competencias, la misma que usaba para medir a sus adversarios antes de una rutina.
—Ningún problema —dijo finalmente, levantando las manos en un gesto de rendición fingida—.
Solo me pareció curioso, nada más. Mi entrenadora siempre dice que hay que estar atento a los detalles que podrían afectar la concentración de la competencia.
Una relación personal entre compañeros de pareja, por ejemplo, podría ser exactamente ese tipo de detalle.
—Nuestra concentración está perfectamente bien, gracias por preocuparte —dijo Mateo, con un filo en la voz que Elena no le había escuchado usar antes.
Marcos se encogió de hombros, como si el tema ya no le interesara particularmente, y siguió su camino hacia los vestuarios, dejando a Elena y Mateo solos en el pasillo con la tensión todavía flotando pesadamente en el aire.
—Eso no sonó nada casual —dijo Elena, en cuanto estuvieron lo bastante lejos como para hablar con libertad.
—No lo fue —confirmó Mateo, con el ceño fruncido—. Marcos y su entrenadora llevan meses buscando cualquier ventaja psicológica contra nosotros. Si sospechan algo, no van a quedarse callados solo por cortesía deportiva.
—¿Crees que se lo va a contar a alguien? ¿A tu padre?
Mateo consideró la pregunta con una seriedad que confirmó los peores temores de Elena.
—No lo sé. Pero conociendo a Marcos, probablemente lo use como munición si en algún momento necesita desestabilizarnos antes de una competencia importante. No creo que corra a contárselo a mi padre directamente, sería demasiado obvio. Pero si la información le resulta útil en el momento adecuado...
—Entonces tenemos que ser más cuidadosos —dijo Elena, sintiendo que el peso de la advertencia de Cifuentes regresaba con más fuerza que antes.
—O más rápidos en decidir qué queremos que la gente sepa, y cuándo —contestó Mateo, tomándole la mano brevemente, un gesto pequeño de solidaridad en medio de la incertidumbre—. Prefiero eso a escondernos indefinidamente esperando que nadie más se dé cuenta.
Elena no tuvo una respuesta inmediata para eso, y el resto del día transcurrió con una capa adicional de tensión que ninguno de los dos mencionó abiertamente, pero que ambos sentían presente en cada mirada que intercambiaban durante el entrenamiento de la tarde.
Cuando finalmente terminó la sesión y se despidieron en la puerta del Palau de Gel, cada uno hacia su alojamiento por separado, Elena caminó de vuelta al hotel con la sensación incómoda de que el encuentro con Marcos Ibáñez había sido apenas el primer aviso de una tormenta que, tarde o temprano, terminaría alcanzándolos a ambos.
Esa noche, ya en su habitación, el teléfono de Elena sonó con un número que no reconoció de inmediato. Era Cifuentes.
—Rojas —dijo la entrenadora, sin preámbulos, en cuanto Elena contestó—. Marcos Ibáñez me llamó esta tarde. Dijo algo sobre una "cena de equipo" que le pareció curiosa.
El estómago de Elena se contrajo de inmediato.
—Entrenadora, puedo explicar...
—No hace falta que expliques nada —la interrumpió Cifuentes, con una calma que resultaba, de alguna manera, más inquietante que un regaño directo—.
Solo quería que supieras que ya empezaron los rumores, antes de lo que esperaba, y que necesito que ambos estén preparados para manejarlos con inteligencia, no con pánico.
—¿Qué le dijo usted? —preguntó Elena, con cautela.
—Le dije que no tenía ni idea de qué cena hablaba, y que se concentrara en su propia coreografía en lugar de especular sobre la vida personal de sus competidores.
—Hubo una pausa breve al otro lado de la línea—.
Pero Elena, esto confirma lo que ya te advertí.
Van a tener que decidir, más pronto de lo que pensaban, qué hacer con esto.
No pueden vivir escondiéndose indefinidamente, sobre todo si Ricardo Cabrera termina enterándose por boca de terceros en lugar de por ustedes mismos.
Elena colgó el teléfono minutos después, con esa advertencia resonándole en la cabeza durante el resto de la noche, consciente de que la burbuja protectora en la que habían existido durante las últimas semanas empezaba, inevitablemente, a mostrar sus primeras grietas.