Hielo Compartido Capítulo 7 — La tensión que no se puede entrenar
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Capítulo 7 — La tensión que no se puede entrenar

El lunes siguiente, Elena llegó a la pista tres con una mezcla de expectación y nerviosismo que no había sentido antes de un entrenamiento en años.

El fin de semana entero había quedado suspendido en una especie de burbuja dorada —la cena, el beso frente a la iglesia, los mensajes de texto que se habían enviado durante el domingo, cada uno más juguetón que el anterior— y ahora, de vuelta en el territorio profesional que Cifuentes exigía mantener separado, Elena no sabía exactamente cómo comportarse.

Mateo ya estaba en la pista cuando ella llegó, calentando solo, y cuando levantó la vista para saludarla, Elena notó que él tampoco parecía haber resuelto del todo esa misma pregunta: su sonrisa fue genuina, cálida, pero también contenida, como si estuviera conteniendo físicamente el impulso de cruzar la pista y besarla frente a Cifuentes y cualquier otro entrenador que pudiera estar observando.

—Buenos días —dijo él, con una formalidad que a Elena le pareció casi cómica considerando lo que habían compartido apenas dos noches atrás.

—Buenos días —contestó ella, en el mismo tono, y por un momento ambos se quedaron mirándose, atrapados entre la necesidad de mantener las apariencias y el deseo evidente de hacer exactamente lo contrario.

Cifuentes llegó minutos después, y el entrenamiento comenzó con la rutina habitual de calentamiento, pero Elena notó, con una mezcla de diversión y frustración, que la nueva dimensión de su relación con Mateo se filtraba en cada detalle técnico de una manera que ninguno de los dos podía controlar del todo.

Un levantamiento que antes ejecutaban con precisión clínica ahora se sentía cargado de una intimidad que hacía que Elena se sonrojara cada vez que las manos de Mateo se posaban en su cintura.

Una mirada sostenida durante una secuencia de pasos duraba, invariablemente, medio segundo más de lo que la coreografía requería.

—Otra vez el levantamiento del segundo minuto —ordenó Cifuentes, después de la tercera vez que Elena perdía ligeramente el equilibrio en la salida—. Rojas, ¿qué está pasando con tu concentración hoy?

—Nada, entrenadora. Perdón. —Elena sintió que las mejillas se le encendían, consciente de que Mateo, a su lado, luchaba visiblemente por contener una sonrisa.

Repitieron la secuencia cinco veces más antes de que Cifuentes, con un suspiro que sugería una paciencia cada vez más limitada, decidiera que era suficiente por esa mañana.

—Descanso de quince minutos —anunció—. Y cuando volvamos, espero ver la concentración que vi la semana pasada, no lo que sea que está pasando hoy.

En cuanto la entrenadora desapareció hacia su oficina, Mateo patinó hasta el borde de la pista donde Elena bebía agua, con una expresión de fingida inocencia que no engañaba a nadie.

—¿Qué está pasando hoy, Rojas? —preguntó, repitiendo la pregunta de Cifuentes con un tono claramente burlón.

—Cállate —contestó Elena, dándole un golpe suave en el brazo, aunque no pudo evitar reírse—. Es tu culpa. No puedo concentrarme cuando me tocas la cintura de esa manera durante el levantamiento.

—¿Qué manera? —preguntó él, con una inocencia todavía más exagerada, aunque el brillo en sus ojos sugería que sabía exactamente de qué hablaba ella.

—Ya sabes qué manera.

Mateo se acercó un poco más, aprovechando que las gradas estaban vacías y que Cifuentes seguía en su oficina.

—¿Y si te dijera que lo hago a propósito? —murmuró, con una voz baja que le provocó a Elena un escalofrío completamente ajeno al frío de la pista.

—Diría que somos dos adultos profesionales que deberían poder controlarse durante un entrenamiento de cuatro horas.

—Podríamos —contestó Mateo, acercándose todavía más—. Pero sería mucho menos divertido.

Elena lo empujó suavemente, riendo, justo cuando Cifuentes reaparecía en el pasillo, y ambos se separaron con una rapidez que probablemente resultó más sospechosa que si simplemente hubieran permanecido cerca el uno del otro con naturalidad.

—Descanso terminado —anunció Cifuentes, sin percatarse, aparentemente, de la escena que acababa de interrumpir—.

Vamos a repasar la secuencia completa del programa corto.

Y Rojas, Cabrera: la próxima vez que necesiten quince minutos adicionales de "concentración", avísenme con antelación para planificar el horario.

Elena sintió que se le helaba la sangre por un instante, preguntándose si Cifuentes sabía exactamente lo que había interrumpido, pero la expresión de la entrenadora permaneció tan neutral como siempre, dejando la ambigüedad flotando deliberadamente en el aire.

El resto del entrenamiento transcurrió con una intensidad renovada, como si tanto Elena como Mateo hubieran decidido, tácitamente, canalizar toda la energía acumulada de la tensión no resuelta hacia la ejecución técnica.

El resultado fue, paradójicamente, el mejor repaso completo del programa corto que habían logrado hasta ese momento, cada salto ejecutado con una precisión que ni siquiera Cifuentes, generalmente parca en elogios, pudo evitar reconocer en voz alta.

—Esto —dijo la entrenadora, al finalizar la sesión, con una nota de auténtica satisfacción en la voz— es exactamente lo que necesitamos para el Nacional. Sea lo que sea que esté pasando entre ustedes dos, cuando lo canalizan bien, produce esto. Sigan así.

Cuando finalmente terminó el entrenamiento y Cifuentes se despidió con su habitual brusquedad, Elena y Mateo se quedaron solos en la pista un momento, recuperando el aliento, con las mejillas todavía rojas por el esfuerzo físico y por algo más difícil de nombrar.

—¿Sabes lo que creo? —dijo Mateo, quitándose los patines lentamente—. Creo que Cifuentes tiene razón. Toda esta tensión que llevamos conteniendo durante el día... tiene que ir a algún lado.

—¿Y adónde sugieres que vaya? —preguntó Elena, con una ceja levantada, aunque su propio pulso ya empezaba a acelerarse ante la dirección obvia que tomaba la conversación.

Mateo la miró con una intensidad que dejaba pocas dudas sobre su respuesta, pero en lugar de decir nada, simplemente extendió la mano hacia ella, como lo había hecho tantas veces sobre el hielo durante las últimas semanas, esperando a que ella decidiera, una vez más, si quería tomarla.

Elena la tomó, sin dudarlo esta vez.

*

Caminaron hacia el apartamento de Mateo en un silencio cargado de expectación, tomados de la mano por calles secundarias que él eligió deliberadamente, evitando las avenidas principales donde el riesgo de encontrarse con algún conocido del mundo del patinaje era mayor.

Octubre había dado paso a noviembre, y el frío de la noche barcelonesa se sentía distinto al frío artificial de la pista, más vivo de alguna manera, más consciente de sí mismo.

—¿Nervioso? —preguntó Elena, notando la manera en que Mateo apretaba su mano ligeramente más de lo necesario.

—Un poco —admitió él, con una honestidad que la sorprendió—. Es raro, ¿no? Hemos compartido levantamientos donde literalmente sostengo todo tu peso en el aire, pero esto se siente más arriesgado que cualquier salto técnico que hayamos ensayado.

—Sé exactamente a qué te refieres. —Elena sintió que la misma inquietud le recorría el estómago, una mezcla de deseo y vulnerabilidad que no experimentaba desde hacía años, quizás desde la última vez que había estado con él, aunque en ese entonces ninguno de los dos había llegado tan lejos como parecía que estaban a punto de llegar ahora.

El apartamento de Mateo resultó ser un espacio pequeño pero cuidado, con estanterías llenas de trofeos que él mantenía, notó Elena con cierta sorpresa, guardados en cajas en lugar de exhibidos con orgullo en la sala principal.

—¿Por qué los tienes guardados? —preguntó, señalando las cajas apiladas junto a la ventana.

—Mi padre insistía en que los exhibiera, como recordatorio constante de lo que se esperaba de mí.

—Mateo se encogió de hombros, quitándose la chaqueta—.

Cuando me mudé a este apartamento, decidí que quería un espacio que se sintiera mío, no una vitrina de sus expectativas.

Los trofeos existen, pero no necesito verlos todos los días para saber que los gané.

Elena sintió que algo se le ablandaba en el pecho ante esa pequeña revelación, otra grieta más en la armadura que Mateo había construido durante años para protegerse de la presión paterna.

—Eso es... —empezó a decir, pero Mateo la interrumpió, acercándose con una intención que dejaba claro que el momento para las conversaciones profundas había llegado a su límite natural.

—Elena —dijo, con la voz más grave de lo habitual—. Podemos seguir hablando toda la noche si quieres. Pero si prefieres otra cosa, también estoy completamente de acuerdo.

Elena respondió cerrando la distancia entre ellos, con un beso que llevaba consigo todo el peso acumulado de las últimas semanas: la tensión contenida durante los entrenamientos, la vulnerabilidad compartida durante la cena, el miedo y la esperanza mezclados de una segunda oportunidad que ninguno de los dos había anticipado recibir.

—Prefiero otra cosa —murmuró contra sus labios, y sintió la sonrisa de Mateo formándose incluso en medio del beso.

La condujo con suavidad hacia el dormitorio, deteniéndose cada pocos pasos para besarla de nuevo, como si no pudiera decidir entre la urgencia de llegar y el placer de demorarse en el camino.

La ropa fue cayendo con la misma lentitud deliberada que Mateo parecía aplicar a todo lo que hacía esa noche, como si cada prenda retirada fuera una promesa cumplida en lugar de un simple gesto físico.

Elena se dejó llevar, con las manos recorriendo una espalda que reconocía y a la vez descubría de nuevo, más ancha, más marcada por años de entrenamiento que ella no había presenciado.

—Diez años —susurró ella en algún momento, con la voz entrecortada—, y todavía sabes exactamente dónde tocar.

—Algunas cosas no se olvidan —contestó Mateo, contra su cuello, con una sonrisa que ella sintió más que vio.

Cuando finalmente llegaron a la cama, la luz de la ciudad entrando tenue por las persianas entreabiertas, Elena sintió que diez años de distancia, de silencio, de preguntas sin respuesta, empezaban a disolverse en algo mucho más simple e inmediato: la certeza física de que, fuera lo que fuera que el futuro les deparara, esa noche, al menos, le pertenecía completamente a los dos.

Mateo la trató con una mezcla de urgencia contenida y ternura deliberada que a Elena le pareció, en retrospectiva, la mejor descripción posible de quién se había convertido en esos diez años: alguien que había aprendido, a fuerza de pérdida, a no dar por sentado ni un solo momento de cercanía real.

Mucho después, con las sábanas revueltas y la respiración de ambos todavía recuperando su ritmo normal, Elena quedó recostada sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón, mientras la ciudad de Barcelona seguía su curso indiferente al otro lado de la ventana.

—Esto complica todo, ¿sabes? —dijo ella, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre ambos.

—Lo sé —contestó Mateo, con una calma que sugería que ya había pensado en ello—. Pero ahora mismo, honestamente, no me importa demasiado.

Elena sonrió contra su piel, y por primera vez en mucho tiempo, decidió que ella tampoco quería que le importara. Al menos, no esa noche.