Capítulo 6 — La primera cena
El "un día a la vez" que habían acordado en la cafetería se convirtió, durante las dos semanas siguientes, en una rutina discreta que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta como algo más serio: entrenamientos profesionales durante el día, seguidos ocasionalmente por cafés en el mismo local de mármol falso, conversaciones que se extendían más de lo estrictamente necesario, y un roce de manos que ninguno de los dos parecía dispuesto todavía a convertir en algo más deliberado.
Fue Mateo quien finalmente rompió el patrón, un viernes por la tarde, cuando Cifuentes canceló el entrenamiento del sábado por un compromiso familiar imprevisto.
—Tenemos el sábado libre —dijo, mientras se quitaban los patines en vestuarios separados, hablando a través de la puerta entreabierta que los conectaba—. Pensé que quizás podríamos hacer algo que no sea, técnicamente, entrenamiento disfrazado de café.
—¿Como qué? —preguntó Elena, sintiendo que el corazón le daba un vuelco pequeño ante la sugerencia.
—Conozco un restaurante en el Born. Discreto, nada que ver con el mundo del patinaje.
Pensé que podríamos cenar como... —Mateo hizo una pausa, buscando la palabra correcta— como dos personas que se están conociendo de nuevo, sin la presión de Cifuentes vigilando el rendimiento técnico de la conversación.
Elena sonrió para sí misma, del otro lado de la pared del vestuario, sorprendida de lo mucho que la idea la emocionaba.
—Suena bien —contestó, con un tono que intentaba, sin mucho éxito, sonar más casual de lo que se sentía por dentro—. ¿A qué hora?
—¿Las nueve? Es tarde para los estándares alemanes, lo sé, pero estamos en España.
—Nueve está bien —dijo Elena—. Ya me estoy readaptando al horario español.
El restaurante que Mateo había elegido resultó ser un local pequeño escondido en una calle estrecha del barrio del Born, con mesas de madera desgastada y velas que proyectaban sombras cálidas sobre las paredes de piedra antigua.
Elena llegó puntual, con un vestido sencillo que había comprado esa misma tarde en una tienda cerca del hotel, presa de un nerviosismo adolescente que le pareció completamente ridículo considerando que ya había compartido con ese hombre cada centímetro de intimidad física que exigía el patinaje en pareja.
Mateo la esperaba ya sentado, y se levantó cuando la vio entrar, con una expresión que Elena no le había visto todavía: genuina sorpresa, seguida de algo más cálido que ella prefirió no analizar demasiado en ese momento.
—Estás... —empezó él, y se detuvo, como si las palabras no fueran suficientes.
—¿Diferente sin el equipo de entrenamiento puesto? —completó Elena, con humor, sentándose frente a él.
—Iba a decir hermosa, pero sí, eso también.
La cena transcurrió con una facilidad que sorprendió a ambos, la conversación fluyendo entre anécdotas de sus vidas separadas durante la última década —Elena hablando de Múnich, de la soledad particular de patinar sin pareja, de los inviernos alemanes que nunca terminaba de acostumbrarse a apreciar; Mateo hablando, con más reticencia, de sus tres parejas anteriores, del peso constante de las expectativas paternas, de una vida construida casi enteramente alrededor de complacer a un hombre que rara vez parecía satisfecho.
—¿Por qué nunca te fuiste de Barcelona? —preguntó Elena, en algún momento entre el plato principal y el postre—. Podrías haber entrenado en cualquier parte, lejos de tu padre.
Mateo consideró la pregunta un largo momento antes de contestar.
—Lo pensé, muchas veces. Pero siempre había una parte de mí que sentía que irme sería, de alguna manera, darle la razón.
Como si admitir que necesitaba distancia significara admitir que él tenía poder sobre mí.
—Se encogió de hombros, con una vulnerabilidad que Elena reconoció como poco habitual en él—.
En retrospectiva, probablemente me quedé precisamente porque tenía poder sobre mí, y yo estaba demasiado orgulloso para admitirlo.
—Eso suena agotador.
—Lo fue. Lo es, todavía, algunos días. —Mateo la miró directamente—.
Por eso, cuando la federación mencionó tu nombre, hubo una parte de mí que sintió pánico genuino, y otra parte que sintió algo parecido al alivio.
Como si finalmente tuviera una excusa legítima para hacer algo que quería hacer de todas formas.
Elena sintió que el pulso se le aceleraba ante la honestidad de la confesión.
—¿Y ahora? —preguntó, con una vulnerabilidad propia que rara vez se permitía mostrar—. ¿Sigues sintiendo pánico?
—Ahora siento otra cosa —contestó Mateo, extendiendo la mano sobre la mesa, un gesto que Elena reconoció como un eco deliberado del que había hecho en el bar diez años atrás, en otra vida, con otra versión de ambos—. Aunque todavía no tengo una palabra exacta para eso.
Elena cubrió su mano con la suya, sintiendo la calidez familiar del contacto, y por un momento ninguno de los dos dijo nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras todavía no lograban del todo.
—Podríamos intentar averiguarlo juntos —dijo finalmente Elena—. La palabra exacta, quiero decir.
—Me gustaría eso —contestó Mateo, con una sonrisa que le iluminó completamente la cara—. Mucho.
Cuando salieron del restaurante, pasada la medianoche, las calles del Born estaban casi vacías, iluminadas apenas por las farolas antiguas y el resplandor lejano de algún bar todavía abierto.
Caminaron sin rumbo fijo durante un rato, disfrutando de la libertad poco habitual de no tener que preocuparse por quién pudiera verlos juntos, hasta que, en una esquina tranquila cerca de la iglesia de Santa María del Mar, Mateo se detuvo.
—Elena —dijo, con una seriedad repentina—. Sé que dijimos un día a la vez, y no quiero apresurar nada. Pero necesito preguntarte algo, y necesito que seas honesta conmigo, aunque la respuesta no sea la que quiero escuchar.
—Dime.
—¿Todavía sientes algo por mí? Más allá de la nostalgia, más allá de la química que aparece cuando patinamos. ¿Sientes algo real?
Elena lo miró un largo momento, bajo la luz tenue de la farola, con la iglesia gótica proyectando su sombra imponente sobre ambos, y decidió, finalmente, dejar de protegerse detrás de respuestas cautelosas.
—Sí —dijo simplemente—. Dios me ayude, pero sí.
Mateo cerró la distancia entre ellos con una lentitud deliberada, dándole tiempo de sobra para retirarse si así lo deseaba, y cuando finalmente sus labios se encontraron, fue un beso distinto a cualquier cosa que hubieran compartido en la adolescencia: más lento, más consciente, cargado de todo el peso de diez años de distancia y de la fragilidad de una segunda oportunidad que ninguno de los dos estaba completamente seguro de merecer, pero que ambos, en ese instante, decidieron aceptar de todas formas.
Se separaron después de un momento que a Elena le pareció simultáneamente demasiado corto y perfectamente completo, y se quedaron ahí, frente a frente, con las frentes casi tocándose, disfrutando de la cercanía sin prisa por llenarla de palabras.
—Bueno —dijo Mateo finalmente, con una sonrisa torcida que le devolvía por completo el aspecto del chico de dieciocho años que ella recordaba—. Creo que esa es la palabra que estábamos buscando.
—¿Cuál palabra? —preguntó Elena, todavía un poco aturdida.
—Ninguna en particular. Solo que definitivamente no es "nostalgia".
Elena se rió, y el sonido resonó suavemente contra las piedras antiguas de la iglesia, un momento de ligereza que contrastaba dulcemente con la seriedad de los minutos anteriores.
Retomaron la caminata hacia el hotel de Elena, tomados de la mano sin ninguna prisa particular, deteniéndose cada pocos metros para robarse otro beso breve, como dos adolescentes que finalmente se permitían algo que llevaban años posponiendo.
Fue casi frente a la entrada del hotel cuando Elena notó, con una punzada de alarma repentina, una figura conocida cruzando la calle a media distancia: Marcos Ibáñez, uno de los patinadores de la pareja rival Sánchez-Ibáñez, que se dirigía, aparentemente, hacia el mismo hotel donde se hospedaba parte del equipo nacional durante la temporada de entrenamientos concentrados.
—Mateo —susurró Elena, apretándole la mano con más fuerza de la necesaria—. Es Marcos. Nos va a ver.
Mateo siguió su mirada, y por un segundo su expresión se tensó con la misma alarma, antes de recomponerse con una rapidez que sugería años de práctica en ocultar emociones frente a públicos incómodos.
—Camina normal —dijo, en voz baja, soltando su mano con una naturalidad calculada—. Somos compañeros de entrenamiento saliendo de una cena de equipo. Nada más.
Marcos los saludó con un gesto casual de la cabeza al cruzarse, sin detenerse, y por un momento pareció que el peligro había pasado sin consecuencias.
Pero Elena notó, con el estómago todavía apretado por los nervios, cómo el patinador rival les dedicaba una mirada de reojo un segundo más larga de lo que un simple saludo casual hubiera requerido, antes de desaparecer dentro del hotel.
—¿Crees que sospechó algo? —preguntó Elena, una vez que estuvieron solos de nuevo frente a la entrada.
—No lo sé —admitió Mateo, con una honestidad que no intentaba minimizar el riesgo—. Pero Cifuentes tenía razón sobre una cosa: en este mundo, todos se conocen, y las noticias viajan rápido, sobre todo entre parejas rivales que buscan cualquier ventaja psicológica antes del Nacional.
Elena sintió que la burbuja perfecta de la noche se pinchaba ligeramente, reemplazada por la conciencia incómoda de todo lo que tenían en juego.
Pero cuando miró a Mateo, buscando en su expresión algún rastro de arrepentimiento por el riesgo que acababan de correr, encontró en cambio una determinación tranquila que la sorprendió.
—Sea lo que sea que pase —dijo él, tomándole la mano de nuevo, esta vez sin ninguna cautela—, no voy a dejar que el miedo a lo que piensen los demás decida esto por mí. Ya cometí ese error una vez. No pienso repetirlo.
Elena lo besó una última vez, breve pero decidido, antes de subir los escalones hacia la entrada del hotel.
—Entonces supongo que vamos a tener que ser cuidadosos e inteligentes al mismo tiempo —dijo, citando, sin poder evitarlo, las palabras de Cifuentes de unos días atrás.
—Se me da bien hacer dos cosas a la vez —contestó Mateo, sonriendo desde la calle, mientras la veía desaparecer detrás de la puerta giratoria del hotel—. Descansa, Elena. Nos vemos el lunes en la pista.
—Nos vemos el lunes —confirmó ella, y subió a su habitación con una sonrisa que no logró borrar durante el resto de la noche, a pesar de la sombra de preocupación que la mirada de Marcos Ibáñez había dejado flotando en el fondo de sus pensamientos.