Hielo Compartido Capítulo 5 — Las reglas de Cifuentes
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Capítulo 5 — Las reglas de Cifuentes

Para la tercera semana de entrenamientos, Cifuentes había empezado a notar algo que, según le confesó a su asistente durante un café antes de la sesión matutina, "no estaba en el plan original".

Elena y Mateo patinaban mejor cada día, eso era innegable, pero también se habían vuelto más conscientes el uno del otro de una manera que trascendía lo estrictamente profesional: una mirada que se sostenía un segundo de más durante una pausa, una sonrisa compartida después de un error tonto, una cercanía física en los descansos que ningún protocolo de entrenamiento exigía.

—Necesito hablar con ustedes dos antes de empezar hoy —anunció Cifuentes, apenas llegaron a la pista esa tarde, con una carpeta bajo el brazo que Elena reconoció como su forma habitual de anunciar que se avecinaba una conversación seria.

Se sentaron los tres en el pequeño despacho junto a los vestuarios, un espacio que Cifuentes usaba más como sala de reuniones improvisada que como oficina real, con sillas plegables y una pizarra blanca cubierta de diagramas de coreografías anteriores que nadie se había molestado en borrar.

—Voy a ser directa —empezó Cifuentes—, porque llevo veinte años entrenando y sé reconocer cuándo dos patinadores empiezan a complicarse la vida fuera del hielo. No me interesa lo que hagan en su tiempo libre. Pero sí me interesa, y mucho, que eso no interfiera con lo que construimos aquí dentro.

Elena sintió que se le encendían las mejillas, aunque técnicamente no había pasado nada todavía que justificara esa reacción.

Un par de conversaciones honestas, algunos recuerdos compartidos, nada más.

Miró de reojo a Mateo, que mantenía una expresión cuidadosamente neutral, aunque la tensión en su mandíbula sugería que la incomodidad era mutua.

—No sé de qué está hablando, entrenadora —dijo él, con una calma que a Elena le pareció más defensiva que convincente.

—Cabrera, te conozco desde que tenías ocho años.

No me insultes fingiendo que no sabes de qué hablo.

—Cifuentes abrió la carpeta, aunque Elena sospechaba que el contenido era irrelevante, solo un accesorio para darle peso a la conversación—.

Voy a establecer algunas reglas básicas, no porque desconfíe de ustedes, sino porque quiero protegerlos a los dos de una situación que ya vi salir mal una vez, hace diez años, y no pienso repetir el error de mirar para otro lado esta vez.

—¿Qué reglas? —preguntó Elena, decidiendo que era mejor enfrentar la conversación directamente que seguir fingiendo incomodidad.

—Primera: lo que pase fuera de esta pista, se queda fuera de esta pista.

Dentro de este edificio, son Rojas y Cabrera, la pareja de patinaje.

Nada más y nada menos. —Cifuentes levantó un dedo—.

Segunda: si en algún momento sienten que la relación personal, sea cual sea su naturaleza, está afectando el rendimiento técnico, me lo dicen a mí de inmediato, antes de que se convierta en un problema visible para los jueces o para la federación.

No quiero enterarme por terceros, como estuve a punto de enterarme la semana pasada por un comentario del entrenador de patinaje de velocidad, que los vio caminando juntos demasiado cerca por la calle Aragó.

Elena sintió que el estómago se le contraía. No había pensado, hasta ese momento, en la posibilidad de que alguien externo al pequeño círculo del entrenamiento pudiera estar observando.

—Tercera —continuó Cifuentes, sin darles tiempo a procesar completamente la segunda regla—: Ricardo Cabrera todavía tiene influencia en esta federación, más de la que a cualquiera de nosotros nos gustaría admitir.

Si él llega a sospechar que la historia de hace diez años se está repitiendo, va a mover cielo y tierra para separarlos otra vez, y esta vez ninguno de los dos es menor de edad, así que no va a poder alegar protección paternal.

Va a alegar, simplemente, que la pareja no es viable profesionalmente, y va a buscar la manera de convencer al comité de que tiene razón.

—Entonces básicamente nos está pidiendo que finjamos que no existe nada entre nosotros —dijo Mateo, con una franqueza que sorprendió a Elena—, aunque nunca dijo exactamente qué es lo que existe.

Cifuentes lo miró largamente, con esa expresión evaluadora que Elena recordaba tan bien de la adolescencia.

—Les estoy pidiendo que sean profesionales dentro de este edificio, y que sean lo que sea que estén decidiendo ser fuera de él con la discreción suficiente como para que Ricardo Cabrera no tenga munición.

Eso es todo. Lo que pase entre ustedes dos, sinceramente, no es asunto mío, siempre y cuando no ponga en riesgo cuatro meses de trabajo y una oportunidad real de medalla.

El silencio que siguió se sintió cargado de todo lo que ninguno de los tres estaba dispuesto a decir en voz alta.

Elena pensó en la conversación de la noche anterior, en la respuesta de Mateo sobre pensar en aquel día todos los días desde entonces, y se preguntó si Cifuentes, con su intuición entrenada durante décadas de observar patinadores, ya sabía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Entendido, entrenadora —dijo finalmente Elena—. Vamos a ser cuidadosos.

—No les pido que sean cuidadosos —corrigió Cifuentes, cerrando la carpeta—. Les pido que sean inteligentes. Hay una diferencia. Cuidadoso es esconderse en las sombras como si hicieran algo malo. Inteligente es saber qué mostrar, cuándo, y a quién.

Se levantó, dando por terminada la reunión, pero antes de salir del despacho se detuvo un momento, con la mano en la puerta.

—Una última cosa —agregó, sin girarse del todo—. Sea lo que sea que esté pasando entre ustedes, patinan mejor desde que empezó a pasar. No voy a fingir que no lo noté. Solo asegúrense de que siga siendo así, y no al revés.

Salió del despacho, dejando a Elena y Mateo solos por primera vez desde que habían entrado, con la conversación todavía flotando pesadamente en el aire pequeño de la habitación.

—Bueno —dijo Mateo finalmente, con una media sonrisa que intentaba aligerar la tensión—, supongo que oficialmente tenemos permiso de Cifuentes para lo que sea que esto sea.

—No dijo eso exactamente —contestó Elena, aunque no pudo evitar la sonrisa que le cruzó la cara.

—Dijo que patinamos mejor. Para Cifuentes, eso es básicamente una bendición matrimonial.

Elena se rió, sorprendida de lo fácil que resultaba, de pronto, encontrar algo divertido en medio de una conversación que hacía apenas un minuto le había parecido angustiante.

—Entonces supongo que tenemos que decidir qué es "esto" —dijo, con más valentía de la que sentía realmente.

Mateo la miró un largo momento, con una seriedad que reemplazó de golpe el humor anterior.

—Yo ya sé lo que quiero que sea —dijo—. La pregunta es si tú quieres lo mismo, después de todo lo que pasó.

Elena no contestó de inmediato. Pero tampoco se apartó cuando él, con un gesto lento y deliberado, le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto que no tenía nada de coreografía técnica y todo que ver con una pregunta que ninguno de los dos había terminado de formular todavía en voz alta.

—No aquí —dijo Elena finalmente, dando un paso atrás, aunque con una sonrisa que suavizaba cualquier posible rechazo—. Cifuentes literalmente acaba de decirnos que seamos inteligentes sobre dónde mostramos las cosas.

—Tienes razón. —Mateo se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso que Elena no le conocía de la adolescencia—. ¿Café, entonces? Hay un lugar a dos calles de aquí que no existía cuando éramos adolescentes. Terreno neutral, nadie de la federación lo conoce.

Elena aceptó, y quince minutos después estaban sentados en una cafetería pequeña con mesas de mármol falso y una decoración que intentaba, sin mucho éxito, parecer parisina.

Pidieron dos cafés que ninguno de los dos bebió con demasiado entusiasmo, más concentrados en la conversación que en la bebida.

—Entonces —dijo Mateo, jugando con la cucharilla sin usarla realmente—, ¿qué es "esto", en tu opinión?

—No lo sé todavía —admitió Elena, con una honestidad que le costó pronunciar—.

Sé que me gusta pasar tiempo contigo. Sé que hay algo que se siente casi como antes, aunque los dos hayamos cambiado tanto.

Pero también sé que la última vez que confié en algo así, terminó con diez años de silencio de tu parte, y no sé si estoy lista para arriesgarme de la misma manera.

Mateo bajó la vista al café, con una expresión que Elena reconoció como genuina vulnerabilidad, algo que rara vez se permitía mostrar.

—Entiendo que no confíes en mí todavía —dijo—.

Y no te voy a pedir que lo hagas de golpe, solo porque hayan pasado unas semanas de entrenamientos y una conversación incómoda con Cifuentes.

Pero sí quiero que sepas una cosa, aunque suene a excusa fácil: el chico de dieciocho años que te dejó sin explicación ya no existe.

Pasé diez años aprendiendo, de la manera más dolorosa posible, lo que cuesta dejar que otra persona tome decisiones importantes de tu vida por ti. No pienso repetir ese error.

—Palabras bonitas —dijo Elena, aunque sin la dureza que la frase hubiera podido llevar—. Pero las palabras no me devolvieron los diez años, Mateo.

—Lo sé. —Levantó la vista, sosteniéndole la mirada con una firmeza que a Elena le recordó, incómodamente, la misma firmeza con la que la sostenía durante los levantamientos en el hielo—.

Por eso no te estoy pidiendo que me creas todavía.

Solo te estoy pidiendo la oportunidad de demostrártelo, un día a la vez, empezando por esta pareja de patinaje, y viendo hasta dónde llega lo demás, si es que llega a algún lado.

Elena se quedó en silencio un momento, dándole vueltas a la taza de café entre las manos, sopesando el peso de lo que él acababa de decir contra el peso de todo lo que había cargado durante una década.

—Un día a la vez —repitió finalmente, como si estuviera probando la frase en su propia boca—. Puedo intentar eso.

Mateo sonrió, esa sonrisa completa que Elena empezaba a asociar, con una calidez creciente, no con el patinador frío que el mundo veía en las entrevistas, sino con el chico que alguna vez había sido, y que aparentemente, debajo de todas las capas de disciplina y distancia, seguía existiendo.

—Un día a la vez —confirmó él, levantando su taza de café en una especie de brindis improvisado—. Empezando por mañana, a las cuatro de la tarde, en la pista tres.

—Qué romántico —dijo Elena, riendo, y por primera vez desde que había cruzado la puerta del Palau de Gel esa mañana de octubre, sintió que la risa le salía sin ningún esfuerzo, sin ninguna sombra de la incertidumbre que la había acompañado durante todo el vuelo desde Múnich.