Hielo Compartido Capítulo 4 — Recuerdos de la infancia en el hielo
13%

Capítulo 4 — Recuerdos de la infancia en el hielo

La segunda semana de entrenamientos trajo consigo una rutina que, al menos en la superficie, empezaba a parecerse a un trabajo normal.

Elena y Mateo llegaban cada día a las cuatro de la tarde, calentaban en carriles separados durante los primeros quince minutos, y luego dedicaban el resto de la sesión a reconstruir, movimiento por movimiento, la sincronía que Cifuentes insistía en que era la base de cualquier programa competitivo.

Fue un jueves, mientras ensayaban una secuencia de pasos que requería que patinaran espalda con espalda antes de separarse en direcciones opuestas, cuando Mateo cometió un error que Elena no le había visto cometer en las dos semanas anteriores: se adelantó medio segundo, chocando levemente contra su hombro.

—Perdón —dijo él, deteniéndose de inmediato—. Me distraje.

—¿Con qué? —preguntó Elena, más curiosa que molesta.

Mateo señaló con la barbilla hacia las gradas vacías, donde una fila de fotografías antiguas de campeones juveniles colgaba de la pared, iluminadas por la luz fluorescente del techo.

—Esa de ahí —dijo—. La reconocí desde el otro lado de la pista.

Elena siguió su mirada y encontró, sin sorpresa —ya la había visto el primer día, al entrar al edificio— la fotografía de ambos a los catorce años, sonriendo con las medallas de bronce del campeonato juvenil colgando del cuello.

Sintió una punzada extraña, mitad nostalgia mitad incomodidad, al verla ahora junto a él, en carne y hueso, diez años más viejos que esos dos niños congelados en papel fotográfico.

—No puedo creer que todavía la tengan colgada —dijo Elena.

—Yo tampoco. Pensé que la habrían quitado hace años. —Mateo patinó hacia el borde de la pista para verla más de cerca, y Elena, después de un momento de duda, lo siguió.

De cerca, la fotografía revelaba detalles que Elena había olvidado: el corte de pelo desafortunado que Mateo llevaba a los catorce años, la sonrisa torcida que ella todavía no había aprendido a controlar frente a las cámaras, y algo en la postura de ambos —los hombros tocándose apenas, las medallas sostenidas con las manos entrelazadas— que sugería una cercanía que ninguna instrucción de Cifuentes había logrado nunca replicar deliberadamente.

—¿Te acuerdas de ese campeonato? —preguntó Mateo, con una voz distinta, más suave que la que había usado durante todo el entrenamiento.

—Me acuerdo de que vomité de los nervios en el baño de mujeres, veinte minutos antes de salir a patinar —contestó Elena, y la risa que soltó Mateo, genuina y sorprendida, fue la primera que ella escuchaba de él desde que se habían reencontrado.

—Yo no sabía eso.

—Nunca te lo dije. Estaba demasiado avergonzada. —Elena sonrió, sorprendida de lo fácil que resultaba, de pronto, hablar de esos años—. Cifuentes me encontró ahí, pálida como un fantasma, y me dijo algo que nunca olvidé.

—¿Qué te dijo?

—Que los nervios eran una señal de que me importaba, y que el día que dejara de vomitir antes de competir, ese día tendría que preocuparme de verdad, porque significaría que ya no me importaba lo suficiente.

Mateo se quedó en silencio un momento, mirando todavía la fotografía.

—Yo tampoco dormí esa noche —confesó—. Mi padre me hizo repasar la coreografía completa en el pasillo del hotel, a la una de la madrugada, "por si acaso". Tú estabas dormida en la habitación de al lado. Podía escucharte roncar a través de la pared.

—Yo no ronco —protestó Elena, aunque sin mucha convicción.

—Roncabas. Un poquito. Era adorable, en realidad. —Las palabras salieron antes de que Mateo pareciera medirlas del todo, y por un instante ambos se quedaron congelados, conscientes del territorio en el que acababan de entrar sin querer.

Elena decidió, deliberadamente, no retirarse de esa cercanía recién descubierta.

—¿Te acuerdas del programa libre de ese año? —preguntó, cambiando de tema lo suficiente como para darles a ambos un respiro—. La música era de una película que ni siquiera habíamos visto.

—El lago de los cisnes, versión orquestal moderna. Cifuentes la eligió sin consultarnos, y odiábamos la pieza durante las primeras dos semanas de ensayo.

—Y después nos encantó.

—Después nos encantó —repitió Mateo, con una sonrisa que le suavizó completamente la expresión, borrando por un momento esa dureza calculada que había llevado puesta como armadura desde el primer día del reencuentro.

Patinaron de vuelta al centro de la pista, y por primera vez desde que habían retomado el entrenamiento, la sesión que siguió tuvo una calidad distinta: menos mecánica, más fluida, como si el breve intercambio frente a la fotografía hubiera destrabado algo que la tensión de las semanas anteriores mantenía artificialmente rígido.

—Bueno, bueno —dijo Cifuentes, observando desde el borde de la pista con los brazos cruzados, cuando terminaron la secuencia completa sin un solo error—. Parece que alguien encontró la fórmula. ¿Qué cambió?

Elena y Mateo se miraron, compartiendo un secreto pequeño que ninguno de los dos tenía intención de explicarle a la entrenadora.

—Nada en particular —dijo Mateo—. Solo estamos empezando a recordar cómo se hace esto.

Cifuentes los estudió con esa mirada suspicaz que Elena recordaba de la adolescencia, la misma que usaba cuando sospechaba que dos patinadores le ocultaban algo, pero decidió, sabiamente, no insistir.

—Sigan así —dijo simplemente, y volvió a su posición junto a la barandilla.

Esa noche, caminando de vuelta hacia sus respectivos alojamientos —Elena hacia el hotel, Mateo hacia su apartamento en dirección contraria—, ninguno de los dos mencionó lo que ambos habían sentido esa tarde frente a la fotografía: la sensación extraña, casi vertiginosa, de que los quince años no habían desaparecido del todo, que seguían ahí, agazapados debajo de una década de distancia forzada, esperando el momento adecuado para volver a salir a la superficie.

Elena se detuvo un momento en la esquina donde sus caminos se separaban, y se giró para verlo alejarse, con esa manera de caminar que ella recordaba tan bien, los hombros ligeramente encorvados como si todavía cargara, sin saberlo del todo, el peso de una infancia entera dedicada a complacer expectativas ajenas.

—Mateo —lo llamó, sin planearlo del todo.

Él se giró, a media cuadra de distancia.

—¿Sí?

Elena dudó un segundo, con la pregunta formándose en su mente sin que pudiera controlar del todo su impulso de hacerla.

—¿Alguna vez piensas en lo que hubiera pasado si tu padre no hubiera llamado a la federación esa noche?

El silencio que siguió se extendió lo suficiente como para que Elena pensara que no iba a contestar. Pero finalmente, con una voz que llevaba consigo diez años de peso acumulado, Mateo dijo:

—Todos los días, Elena. Todos los días desde entonces.

Y sin decir nada más, se dio la vuelta y siguió caminando, dejando a Elena parada en la esquina, con el frío de la noche calándole el abrigo y una pregunta nueva, mucho más peligrosa que la anterior, formándose ya en su mente: qué iba a hacer ella con una respuesta como esa.

*

Elena caminó de vuelta al hotel dando un rodeo innecesario, tomando calles que no llevaban directamente a su destino, solo para tener más tiempo de pensar.

Y mientras caminaba, sin poder evitarlo, su mente regresó todavía más atrás en el tiempo, hasta el día exacto en que había conocido a Mateo Cabrera, dieciséis años atrás, cuando ambos tenían apenas ocho años y ninguno de los dos sospechaba todavía el lugar que terminarían ocupando en la vida del otro.

Había sido en esa misma pista, en una clase grupal de iniciación al patinaje artístico los sábados por la mañana, un grupo de una veintena de niños torpes sobre el hielo, sujetándose de la barandilla con el terror y la fascinación propios de esa edad.

Elena recordaba con precisión casi fotográfica el momento: ella se había caído, por tercera vez en diez minutos, y un niño flacucho con el pelo demasiado largo para las normas del club se había deslizado hasta su lado para ayudarla a levantarse, con una torpeza tan grande como la de ella pero con una determinación que a los ocho años ya resultaba llamativa.

—Te vas a caer menos si no miras el hielo —le había dicho el niño, con la autoridad absurda de quien lleva exactamente dos clases más de experiencia—. Mi papá dice que hay que mirar hacia adelante, no hacia abajo.

—Tu papá no sabe patinar —había contestado Elena, todavía sentada en el hielo, con la dignidad herida de una niña de ocho años.

—No, pero mira los videos de los patinadores rusos todo el tiempo. Dice que algún día voy a ser mejor que todos ellos.

Elena no recordaba exactamente cuándo esa rivalidad infantil inicial se había transformado en amistad, y la amistad, años después, en algo más complicado de nombrar.

Pero sí recordaba con claridad los años que siguieron: las tardes enteras practicando el mismo salto hasta que ambos lograban ejecutarlo sin caerse, las risas compartidas en los vestuarios cuando algún entrenador visitante los confundía con hermanos por lo bien que se movían juntos, la primera vez que Cifuentes, entonces una entrenadora joven recién llegada al club, los había separado del resto del grupo para decirles que tenían "algo especial" y que debían considerar seriamente patinar en pareja de forma profesional.

Tenían doce años entonces. Ninguno de los dos había tenido nunca, hasta ese momento, otra pareja de patinaje.

Habían crecido juntos sobre ese mismo hielo, aprendiendo cada levantamiento, cada salto combinado, cada secuencia de pasos, con una naturalidad que ni siquiera los entrenadores más experimentados del club conseguían explicar del todo.

Simplemente funcionaba, de una manera que trascendía la técnica, y durante seis años —de los doce a los dieciocho— esa sincronía había sido la base sólida sobre la que Elena había construido buena parte de su identidad.

Perder eso a los dieciocho años no había sido solo perder una relación romántica apenas insinuada.

Había sido perder a la persona que mejor la conocía en el mundo entero, el único ser humano capaz de anticipar sus movimientos con los ojos cerrados, y con esa pérdida se había ido también una parte de la confianza que Elena tenía en sí misma como patinadora.

Los diez años siguientes, cada entrenador nuevo, cada pareja de baile que nunca llegó a materializarse, cada coreografía individual cuidadosamente diseñada para ocultar lo que faltaba, habían sido, en el fondo, un intento fallido de recuperar algo que quizás, se preguntaba ahora Elena mientras caminaba sola por las calles de Barcelona, nunca había sido reemplazable en absoluto.

Llegó al hotel pasada la medianoche, con los pies helados dentro de las botas y la cabeza llena de recuerdos que llevaban demasiado tiempo guardados en un cajón que ella misma se había prohibido abrir.

Se preparó un té que no llegó a tomarse del todo, y se quedó dormida con la ropa de calle puesta, pensando en un niño de ocho años con el pelo demasiado largo, diciéndole que mirara hacia adelante y no hacia abajo, sin saber todavía cuántas veces, en los años siguientes, esa misma frase terminaría aplicándose a mucho más que a un simple salto sobre el hielo.