Capítulo 3 — Antecedentes
Para entender por qué la Federación Española de Deportes de Hielo había decidido apostar, contra todo sentido común, por reunir a Elena Rojas y Mateo Cabrera después de una década de silencio, hacía falta remontarse un poco más atrás de esa llamada telefónica en Múnich.
Elena había llegado a Alemania cuatro años atrás, después de agotar en España todas las combinaciones posibles de entrenadores y coreografías que pudieran devolverle algo parecido al brillo que había tenido en su adolescencia.
Su carrera individual, aunque sólida, nunca había logrado destacar en un panorama internacional dominado por patinadoras rusas y japonesas de una técnica casi inhumana.
Los jueces la calificaban, consistentemente, con las mismas dos palabras: correcta y fría.
Nadie usaba nunca la palabra que ella más había anhelado escuchar desde que dejó de patinar en pareja: emocionante.
En Múnich había encontrado un entrenador dispuesto a experimentar con coreografías más artísticas, menos centradas en la dificultad técnica y más en la narrativa, y durante un tiempo pareció que las cosas mejoraban.
Pero incluso ella, en sus momentos más honestos, sabía que algo faltaba.
Patinar sola tenía una limitación estructural que ningún entrenador podía resolver: no había nadie con quien construir esa tensión, esa conversación física que solo el patinaje en pareja permitía.
Mateo, por su parte, había pasado los últimos diez años probando fortuna con tres parejas distintas, cada una con una historia de fracaso ligeramente diferente.
La primera, una patinadora rusa nacionalizada española, se había retirado después de una lesión de rodilla que nunca sanó del todo.
La segunda había durado apenas ocho meses antes de que las diferencias de carácter —según la versión oficial de la federación— se volvieran insostenibles.
La tercera, la más reciente, había terminado hacía apenas un año, cuando la patinadora decidió mudarse a Canadá para entrenar con su prometido, dejando a Mateo, a los veintisiete años, sin pareja y con un reloj biológico deportivo que empezaba a correr en su contra.
Ricardo Cabrera, el padre de Mateo, había presionado durante años para que su hijo encontrara una pareja "adecuada", término que en su vocabulario significaba, casi exclusivamente, técnicamente impecable y emocionalmente distante.
Cada una de las tres parejas anteriores había sido, en cierto sentido, una elección hecha bajo esa influencia: mujeres talentosas, sin duda, pero con las que Mateo nunca había logrado esa sincronía que los jueces más experimentados llamaban, con una palabra que él mismo evitaba usar en voz alta, química.
Fue precisamente un juez retirado, un hombre llamado Joaquín Ferrer que había arbitrado el último campeonato juvenil donde Elena y Mateo compitieron juntos, quien plantó la semilla en la federación.
Durante una reunión de evaluación de talento para el próximo ciclo olímpico, alguien mencionó los nombres de varias parejas candidatas, ninguna particularmente convincente, y Ferrer, con la autoridad que le daban treinta años en el deporte, había dicho una frase que terminaría cambiando el curso de dos vidas:
—Ninguno de estos tiene lo que tenían Rojas y Cabrera a los quince años. Y no me refiero a la técnica.
La frase circuló durante semanas entre los pasillos de la federación, hasta que alguien —nunca quedó claro exactamente quién— tuvo la idea de investigar si ambos seguían activos y disponibles.
El descubrimiento de que Elena patinaba individualmente en Múnich, sin pareja ni compromiso contractual que impidiera un cambio, y que Mateo llevaba un año sin pareja después del fracaso de su tercer intento, pareció una señal demasiado clara como para ignorarla.
Cifuentes, que había entrenado a ambos en su adolescencia y que conocía mejor que nadie la historia completa de por qué se habían separado, fue consultada antes de que se hiciera cualquier llamada oficial.
Su respuesta, según le contaría después a Elena en una de las pocas conversaciones honestas que tuvieron durante esos meses, había sido simple:
—Les dije que la única manera de que funcionara era si ambos aceptaban voluntariamente, sin presión externa disfrazada de oportunidad. Me dijeron que sí, por supuesto, aunque no sé cuánto de esa promesa se cumplió realmente cuando llamaron a Elena.
Porque lo cierto era que ni Elena ni Mateo habían tenido, en ningún momento del proceso, la sensación de una elección completamente libre.
La federación había sido clara: si la pareja no se formaba, ninguno de los dos podía contar con el respaldo económico necesario para seguir compitiendo al más alto nivel.
Para Elena, eso significaba el fin de una carrera que ya se sostenía con hilos delgados.
Para Mateo, significaba decepcionar, una vez más, las expectativas de un padre que medía el valor de su hijo exclusivamente en medallas.
Ninguno de los dos sabía, sentados en la oficina de Cifuentes ese primer día de octubre, cuánto de esa presión externa terminaría, con el tiempo, disolviéndose en algo que ninguno de los dos había anticipado sentir de nuevo. Pero eso, todavía, pertenecía al futuro.
Lo que sí sabían, cada uno por su lado, mientras se preparaban esa noche para un segundo día de entrenamiento, era que la decisión ya estaba tomada, para bien o para mal, y que los próximos cuatro meses iban a poner a prueba no solo su técnica sobre el hielo, sino todo lo que habían construido —o fingido construir— durante una década de distancia deliberada.
Elena, en su habitación de hotel, releyó por décima vez el contrato que la federación le había enviado por correo electrónico, buscando alguna cláusula de salida que le permitiera arrepentirse sin consecuencias graves.
No encontró ninguna que no implicara el fin definitivo de su carrera competitiva.
Cerró la laptop, se recostó en la cama, y se preguntó, no por primera vez esa semana, si estaba a punto de cometer el error más grande de su vida adulta, o la decisión más valiente que había tomado desde que se fue de Barcelona diez años atrás.
Del otro lado de la ciudad, en el apartamento que alquilaba cerca del Palau de Gel, Mateo hacía sus propios cálculos, aunque los suyos tenían menos que ver con contratos y más con una pregunta que llevaba días evitando formularse directamente: si volver a patinar con Elena significaba, inevitablemente, volver a sentir por ella lo que había pasado diez años intentando enterrar bajo capas de disciplina y distancia profesional.
No tenía respuesta. Y una parte de él, la misma parte que había levantado su mano esa tarde en el hielo sin dudarlo un segundo, sospechaba que no la quería tener todavía.
*
Para entender del todo el peso de esos cuatro meses por delante, hacía falta también recordar aquel día de hacía diez años, el día exacto en que todo había terminado, aunque en ese entonces ninguno de los dos supiera todavía que sería la última vez que patinarían juntos durante una década.
Había sido un martes de noviembre, dos semanas antes del Junior Grand Prix que debía ser la gran oportunidad de sus carreras conjuntas.
Elena tenía diecisiete años, Mateo dieciocho, y llevaban meses ensayando un programa libre que Cifuentes calificaba, en privado, como el mejor trabajo que había visto hacer a una pareja juvenil en toda su carrera como entrenadora.
Esa mañana, Mateo había llegado al entrenamiento con una expresión que Elena reconoció de inmediato como problemática, esa mandíbula tensa que aparecía cuando algo lo perturbaba profundamente y se negaba a hablar de ello.
Patinaron el calentamiento casi en silencio, y quince minutos después, mientras Cifuentes se ausentaba un momento para atender una llamada, Mateo la llevó a un rincón apartado de la pista.
—Mi padre me vio anoche —había dicho, sin preámbulos—. Nos vio. En el coche, después del entrenamiento del jueves.
Elena recordaba perfectamente esa noche: habían compartido un beso breve, torpe, el primero entre ellos, en el asiento trasero del coche de Mateo mientras esperaban que dejara de llover para que ella corriera hasta su casa.
Ninguno de los dos le había dado demasiada importancia todavía, ambos demasiado jóvenes y demasiado asustados como para nombrar lo que fuera que estaba empezando entre ellos.
—¿Y qué te dijo? —había preguntado ella, con un nudo ya formándose en el estómago.
—Que si seguíamos por ese camino, iba a hablar con la federación para separarnos antes del Grand Prix.
—La voz de Mateo se había quebrado ligeramente—.
Dice que una pareja con una relación romántica de por medio es una bomba de tiempo.
Que los jueces lo notan, que cualquier pelea futura arruinaría años de trabajo.
Y tiene contactos suficientes en la federación como para que lo escuchen.
—Entonces le decimos que no hay nada —había contestado Elena, con la desesperación propia de los diecisiete años—. Que fue un error, que no va a volver a pasar.
Mateo la había mirado entonces con una expresión que ella tardaría años en volver a ver en su cara, una mezcla de dolor y resignación que no correspondía a un adolescente.
—¿Y si vuelve a pasar, Elena? Porque yo no sé si puedo prometer que no va a volver a pasar.
No habían llegado a ninguna resolución esa mañana.
Cifuentes había vuelto de su llamada, el entrenamiento había continuado con una tensión que la entrenadora, ocupada en corregir detalles técnicos, no pareció notar del todo.
Y esa misma noche, sin que Elena lo supiera todavía, Ricardo Cabrera había llamado personalmente al director técnico de la federación para solicitar, con la autoridad que le daba haber financiado buena parte de la carrera de su hijo durante años, un cambio de pareja "por el bien del rendimiento deportivo de Mateo".
La noticia le había llegado a Elena tres días después, no de boca de Mateo, sino de Cifuentes, con una disculpa incómoda en la voz que Elena todavía recordaba con precisión dolorosa: la federación decidió hacer un cambio. Mateo va a entrenar con otra pareja a partir de la semana que viene.
Elena había buscado a Mateo esa misma tarde, furiosa, dolida, exigiendo una explicación que él, atrapado entre la presión de su padre y algo que ella sospechaba que era vergüenza genuina, nunca llegó a darle completa.
Es lo mejor para los dos, había sido lo único que consiguió decirle, con los ojos fijos en el suelo, incapaz de sostenerle la mirada.
Y luego, nada. Ni una llamada, ni una carta, ni una explicación completa en los diez años que siguieron, solo un silencio que se había vuelto, con el tiempo, la cicatriz más profunda que Elena cargaba de toda su adolescencia.
Ahora, diez años después, sentada en una habitación de hotel con un contrato de la federación entre las manos, Elena entendía por primera vez, con una claridad que le dolía de una manera nueva, que aquel "es lo mejor para los dos" nunca había sido una decisión de Mateo.
Había sido una rendición, la rendición de un chico de dieciocho años frente a un padre que no admitía discusión.
Y saber eso no borraba el dolor de una década de silencio, pero sí cambiaba, aunque fuera ligeramente, la forma en que Elena se permitía mirarlo ahora, al otro lado de la ciudad, calculando sus propias dudas sobre el mismo pasado que ella acababa de revisitar.