Capítulo 2 — El primer entrenamiento
La oficina de Cifuentes olía exactamente igual que diez años atrás: café frío, trofeos polvorientos, y ese perfume de tabaco viejo que la entrenadora insistía en negar que fumaba, aunque el cenicero escondido en el segundo cajón de su escritorio decía otra cosa.
Elena se sentó en una de las dos sillas frente al escritorio, con Mateo ocupando la otra, y por un instante los tres se quedaron en silencio, midiéndose.
Cifuentes había envejecido, claro, con más canas de las que Elena recordaba y unas gafas nuevas que le daban un aire todavía más severo. Pero la mirada, esa mirada capaz de detectar un error técnico a treinta metros de distancia, seguía siendo exactamente igual.
—Bien —dijo la entrenadora finalmente, cruzando las manos sobre el escritorio—. Supongo que no hace falta que les explique por qué están aquí.
—La federación quiere que patinemos juntos —dijo Elena—. Eso ya me lo explicaron por teléfono.
—Lo que la federación quiere —corrigió Cifuentes, con un tono que dejaba claro que llevaba semanas lidiando con la burocracia del asunto— es una medalla en el próximo ciclo.
Y lo que yo creo, después de ver patinar a media docena de parejas candidatas en los últimos dos años, es que ustedes dos son la única combinación que tiene una oportunidad real de conseguirla.
—Con todo respeto, entrenadora —dijo Mateo—, hace diez años que no patinamos juntos.
—Lo sé perfectamente, Cabrera. Estuve ahí cuando se separaron.
—Algo en la voz de Cifuentes se endureció ligeramente, y Elena se preguntó, no por primera vez, cuánto sabía realmente la entrenadora sobre las razones de esa separación—.
Por eso mismo no les estoy pidiendo que retomen donde lo dejaron.
Les estoy pidiendo que empiecen de cero, como dos profesionales que se conocen técnicamente pero necesitan reconstruir la confianza desde la base.
Elena sintió que la palabra "confianza" le pesaba de una manera particular, considerando todo lo que había pasado. Miró de reojo a Mateo, que mantenía la vista fija en Cifuentes con una expresión cuidadosamente neutral.
—¿Cuánto tiempo tendríamos? —preguntó Elena.
—El Nacional es en cuatro meses. —Cifuentes abrió una carpeta sobre el escritorio y la giró para que ambos pudieran ver el calendario de competencias marcado con tinta roja—.
Si funcionan bien juntos, eso nos da una base para presentar al comité olímpico antes de que termine el año.
Si no funcionan, todavía tenemos tiempo de buscar otras opciones antes de que sea demasiado tarde para el ciclo completo.
—¿Y si decidimos que no queremos hacerlo? —preguntó Mateo, con una calma que a Elena le pareció forzada.
Cifuentes lo miró por encima de las gafas, con esa expresión que Elena recordaba de cuando alguno de los dos llegaba tarde a un entrenamiento juvenil.
—Entonces se lo dicen a la federación, no a mí.
Yo solo entreno a quien me ponen delante.
—Cerró la carpeta—. Pero les voy a decir una cosa, y después los dejo decidir en privado: en veinte años entrenando parejas, nunca vi a nadie patinar como ustedes dos patinaban a los quince años.
Ni antes ni después. Si todavía queda un rastro de eso, sería un desperdicio no intentarlo.
El silencio que siguió se sintió como el borde de un precipicio.
Elena miró a Mateo, y por primera vez desde que había cruzado la puerta del Palau de Gel esa mañana, vio algo en su expresión que no era frialdad calculada: era duda genuina, la misma duda que probablemente se reflejaba en su propia cara.
—Denme la pista tres a las cuatro de la tarde —dijo Elena finalmente, sorprendiéndose de su propia decisión—. Vamos a probar. Sin promesas más allá de eso.
Mateo la miró un largo instante, y asintió.
—A las cuatro —confirmó.
*
La pista tres estaba vacía cuando Elena llegó, veinte minutos antes de la hora acordada, con los patines ya puestos y el corazón latiéndole de una manera que no lograba controlar del todo.
Se permitió unos minutos de calentamiento en solitario, trazando círculos amplios sobre el hielo, sintiendo bajo las cuchillas esa superficie que conocía mejor que cualquier otra cosa en el mundo.
Mateo llegó puntual, ni un minuto antes ni un minuto después, con una bolsa de entrenamiento que dejó junto a la barandilla con un cuidado casi militar.
—¿Calentamiento básico primero? —preguntó, patinando hacia el centro de la pista.
—Como si fuéramos dos desconocidos —contestó Elena, y algo en su propio tono le sonó más amargo de lo que pretendía.
Patinaron el calentamiento en carriles separados, sin tocarse, cada uno midiendo al otro con miradas rápidas que ninguno sostenía más de un par de segundos.
Elena notó, con una mezcla de satisfacción profesional y algo más difícil de nombrar, que la técnica de Mateo seguía siendo impecable: los giros limpios, los saltos con una altura que ella no recordaba de la adolescencia, el control absoluto de cada movimiento.
—Vamos a intentar un levantamiento básico —dijo Cifuentes desde el borde de la pista, donde había aparecido sin que Elena la notara entrar—. Nada complicado. Solo para ver cómo reaccionan los cuerpos después de tanto tiempo.
Elena patinó hacia el centro, donde Mateo la esperaba con la mano extendida, exactamente como lo había hecho mil veces en la adolescencia. El gesto era tan familiar que por un segundo Elena sintió que el tiempo se plegaba sobre sí mismo, que los últimos diez años se comprimían en nada.
Tomó su mano.
El contacto fue eléctrico de una manera que ella no había anticipado, ni siquiera después de horas imaginando este momento en el avión desde Múnich.
Los dedos de Mateo se cerraron alrededor de los suyos con una firmeza que reconoció de inmediato, y por un instante ninguno de los dos se movió, como si ambos necesitaran ese segundo extra para procesar lo que ese simple gesto significaba.
—¿Lista? —preguntó él, en voz baja.
—Siempre lo estuve —contestó Elena, sin poder evitar que la frase sonara a algo más que una respuesta técnica.
Se acomodó contra su cuerpo para el levantamiento, la espalda de ella contra el pecho de él, exactamente como el protocolo exigía, y sintió la respiración de Mateo —controlada, profesional, pero con una irregularidad apenas perceptible— justo detrás de la oreja.
Cuando la levantó del hielo, sus cuerpos se movieron con una sincronía que ninguno de los dos había ensayado en una década, como si los músculos recordaran una coreografía que las mentes habían intentado olvidar.
—Otra vez —ordenó Cifuentes desde el borde, con la voz ligeramente ronca—. Esta vez con más extensión en los brazos.
Lo repitieron cinco veces más, cada una un poco mejor que la anterior, hasta que Cifuentes finalmente levantó una mano para indicar que era suficiente por ese día.
—No está mal —dijo la entrenadora, aunque su expresión sugería que "no está mal" era, en su vocabulario personal, un elogio considerable—. Mañana a la misma hora. Vamos a empezar a construir algo serio.
Elena y Mateo se separaron, cada uno recuperando el aliento en lados opuestos de la pista, y cuando sus miradas se cruzaron por encima del hielo, ninguno de los dos supo exactamente qué decir.
Diez años de silencio no se resolvían con un levantamiento técnico, por perfecto que hubiera salido.
Pero algo, innegablemente, había cambiado en esa hora sobre el hielo, algo que ninguno de los dos estaba todavía preparado para nombrar en voz alta.
—Hasta mañana, Elena —dijo Mateo finalmente, recogiendo su bolsa.
—Hasta mañana —contestó ella, y se quedó mirando su espalda alejarse hacia los vestuarios, preguntándose en qué se había metido, y con la certeza incómoda de que, fuera lo que fuera, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
*
Cifuentes la alcanzó en el pasillo, cuando Elena ya se dirigía hacia la salida con la bolsa de patines al hombro.
—Rojas. Un momento.
Elena se detuvo, esperando algún comentario técnico sobre el entrenamiento, pero la expresión de la entrenadora sugería algo distinto.
—Sé que esto no es fácil —dijo Cifuentes, bajando la voz aunque el pasillo estaba vacío—. Y no voy a fingir que no sé por qué. Trabajé con ustedes dos durante seis años. Vi cómo terminó aquello, aunque nunca supe los detalles completos.
—No hace falta que hablemos de eso, entrenadora.
—No estoy pidiendo que hablemos de eso. —Cifuentes cruzó los brazos—.
Solo quiero que sepas que si en algún momento esto se vuelve demasiado, si necesitas parar, tienes permiso para decírmelo sin que se sienta como un fracaso.
La federación puede presionar todo lo que quiera, pero yo no voy a construir una medalla sobre algo que te esté destruyendo por dentro.
Elena sintió que algo se le apretaba en la garganta, una mezcla de gratitud y de vergüenza por lo transparente que debía resultar su propio nerviosismo.
—Gracias —dijo, con sinceridad—. Pero de verdad quiero intentarlo. No solo por la medalla.
Cifuentes la estudió un momento más, como si buscara algo específico en su expresión, y finalmente asintió, satisfecha con lo que fuera que hubiera encontrado.
—Entonces nos vemos mañana a las cuatro. Y Elena —agregó, cuando ella ya se daba la vuelta para irse—, patinaron bien hoy. Mejor de lo que esperaba, si te soy honesta.
El comentario, viniendo de una mujer que jamás repartía elogios sin medirlos con cuidado, se quedó con Elena todo el camino de vuelta al hotel donde la federación le había reservado una habitación temporal.
Caminó por las calles de Barcelona con el frío de octubre calándole los huesos, pasando frente a cafeterías que reconocía vagamente de su adolescencia, y no pudo evitar pensar en la mano de Mateo cerrándose alrededor de la suya, en la manera en que sus cuerpos habían recordado, sin que las mentes lo autorizaran del todo, una coreografía que ella había pasado diez años intentando olvidar.
Se preguntó si él sentía lo mismo, esa misma electricidad incómoda, o si para él aquello había sido simplemente un ejercicio técnico bien ejecutado.
La duda la acompañó durante toda la cena solitaria en el restaurante del hotel, y todavía seguía ahí cuando finalmente se quedó dormida, con el teléfono en la mano y una fotografía antigua —la misma que colgaba en el vestíbulo del Palau de Gel— abierta en la pantalla, dos niños de catorce años sonriendo sin saber todavía cuánto les costaría, una década después, volver a sonreír así el uno frente al otro.