Hielo Compartido Capítulo 1 — El regreso
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Por Tereza Gmez

© inepub.com

Capítulo 1 — El regreso

El vuelo desde Múnich había aterrizado con veinte minutos de retraso, y Elena Rojas llevaba ya cuarenta minutos parada frente a la fachada del Palau de Gel de Barcelona sin decidirse a entrar.

La maleta con ruedas descansaba a su lado, todavía con la etiqueta del aeropuerto colgando, y el frío de octubre le calaba el abrigo de una manera que Múnich, extrañamente, nunca había logrado.

Diez años. Diez años desde la última vez que había cruzado esa puerta de vidrio con el corazón roto y la promesa, hecha a sí misma en el taxi de vuelta al aeropuerto, de no volver jamás si no era en sus propios términos.

Y ahí estaba, volviendo, pero no exactamente en sus términos.

La llamada de la Federación Española de Deportes de Hielo había llegado un martes cualquiera, mientras ella terminaba una sesión de entrenamiento individual en la pista de Múnich donde llevaba dos años reconstruyendo una carrera que nunca había vuelto a brillar como cuando patinaba en pareja.

Necesitamos que consideres volver a Barcelona, le había dicho la voz al otro lado del teléfono, con ese tono neutro y burocrático que usan las personas acostumbradas a dar órdenes disfrazadas de sugerencias.

Hay un proyecto de pareja que podría interesarte.

No le habían dicho con quién hasta la segunda llamada. Y cuando lo hicieron, Elena estuvo a punto de colgar el teléfono en medio de la conversación.

Mateo Cabrera.

El nombre todavía le producía una reacción física, un nudo en el estómago que ni diez años ni un océano de distancia habían conseguido deshacer del todo.

Había seguido su carrera desde lejos, por supuesto —era imposible no hacerlo, en un mundo tan pequeño como el del patinaje artístico español—, había visto fotos suyas en podios con distintas parejas, había leído entrevistas donde hablaba de "encontrar la química adecuada" con una frialdad que a ella, en la intimidad de su departamento en Múnich, le había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y ahora la Federación quería juntarlos. Otra vez. Como si diez años fueran una pausa publicitaria y no una vida entera reconstruida sobre las ruinas de la anterior.

Elena respiró hondo, tomó el asa de la maleta, y empujó la puerta de vidrio.

El vestíbulo del Palau de Gel no había cambiado casi nada.

Las mismas fotografías enmarcadas de campeones nacionales colgaban de las paredes color crema, incluyendo —lo notó con una punzada— una foto de ella y Mateo a los catorce años, sonriendo con las medallas de bronce del campeonato juvenil colgando del cuello, dos niños que todavía no sabían lo que el mundo adulto iba a hacerles.

Se preguntó si alguien había pensado en quitar esa foto antes de que ella llegara, o si simplemente a nadie se le había ocurrido que pudiera importarle.

El olor era exactamente el que recordaba: una mezcla de frío artificial, cuero de patines nuevos, y ese perfume genérico a limpiador industrial que usaban para las gradas.

Por un instante, con los ojos cerrados, Elena tuvo diecisiete años otra vez, y el pecho se le llenó de una nostalgia tan physical que casi le dolió.

No los cerró más de un segundo. Diecisiete años atrás no le habían roto el corazón en ese edificio. Se lo habían roto después, en un aeropuerto, con una carta que nunca llegó a escribir y un silencio que se extendió durante una década entera.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó una mujer joven desde la recepción, con el uniforme azul de la federación.

—Vengo a ver a la entrenadora Cifuentes. Soy Elena Rojas.

El nombre pareció producir un efecto instantáneo en la recepcionista, que abrió los ojos un poco más de lo normal antes de recomponerse.

—Ah, sí. La están esperando en la pista tres. Por ese pasillo, al fondo.

Elena caminó por el pasillo que conocía de memoria, cada azulejo, cada ventana con vista al aparcamiento, cada puerta de vestuario con su número descolorido.

El sonido de las cuchillas contra el hielo llegó antes de que pudiera ver la pista, ese sonido inconfundible, mitad raspado mitad silbido, que había definido la mitad de su vida.

Se detuvo en la puerta de cristal que separaba el pasillo de las gradas, y ahí lo vio.

Mateo Cabrera patinaba solo en el centro de la pista tres, ejecutando una secuencia de giros que ella reconoció de inmediato: era parte de un programa individual, no de pareja, probablemente algo que había estado usando para mantenerse en forma mientras esperaba noticias sobre el proyecto de la federación.

Se movía con una precisión que no había tenido a los diecisiete años, cada gesto calculado, cada ángulo perfecto, y sin embargo había algo en la ejecución que a Elena, con su ojo entrenado durante toda una vida en ese deporte, le pareció...

vacío. Técnicamente impecable. Emocionalmente ausente.

Había cambiado, por supuesto. Los hombros se le habían ensanchado, la mandíbula se le había marcado con una dureza que antes no tenía, y había una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda que contaba una historia que ella no conocía.

Pero la manera de mover las manos al final de un giro, ese gesto casi imperceptible que solo alguien que lo hubiera visto patinar mil veces reconocería, seguía siendo exactamente el mismo.

Elena sintió que el pulso se le aceleraba de una manera que no tenía nada que ver con el ejercicio físico, y todo que ver con el hecho de que llevaba diez años sin verlo en persona, y ahí estaba, a quince metros de distancia, patinando como si el tiempo no hubiera pasado.

Como si ella pudiera empujar esa puerta de cristal y todo volviera a ser exactamente igual.

No fue necesario que ella tomara la decisión. Mateo terminó su secuencia con un giro final, y al deslizarse hacia el borde de la pista para recuperar el aliento, levantó la vista y la vio a través del cristal.

Por un segundo —solo un segundo, pero a Elena le pareció una eternidad— ninguno de los dos se movió. Fue como mirar una fotografía vieja y verla, de pronto, cobrar vida.

Mateo fue el primero en reaccionar. Patinó hacia la puerta con calma calculada, la abrió, y se quedó ahí, con las mejillas todavía rojas del esfuerzo y una expresión que Elena no supo leer del todo: no era hostilidad, pero tampoco era la calidez que alguna vez había conocido tan bien.

—Llegas tarde —dijo, y su voz sonaba exactamente igual, ese registro grave que Elena había escuchado en sueños más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

—El vuelo se retrasó —contestó ella, sorprendida de que su propia voz sonara tan firme—. Y de todas formas, no recuerdo haber aceptado una hora específica.

Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara a Mateo, apenas un segundo, antes de desaparecer.

—Cifuentes está en su oficina. Dijo que quería hablar contigo antes de que empecemos a patinar juntos. —Hizo una pausa, midiendo sus propias palabras—. Si es que aceptas, claro.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Elena, sorprendiéndose a sí misma con la pregunta directa.

Mateo la miró un largo momento, con esos ojos castaños que parecían medir cada cosa dos veces antes de creerla, exactamente como ella recordaba.

—Quiero ganar el Nacional del año que viene —dijo finalmente—. Y según Cifuentes, y según cada entrenador que he tenido en los últimos diez años, la única manera de lograrlo es contigo.

No era la respuesta que Elena esperaba, y tampoco la que quería escuchar. Había una parte de ella, pequeña pero persistente, que había volado desde Múnich con la esperanza secreta de que él dijera algo distinto. Algo sobre ella, no sobre una medalla.

—Entonces vamos a hablar con Cifuentes —dijo, guardándose esa decepción en el mismo lugar donde guardaba todo lo demás—. Pero te advierto una cosa, Mateo: si acepto esto, es por mi carrera. No por nostalgia.

—Nunca pensé que sería por nostalgia —contestó él, con una frialdad que a Elena le dolió más de lo que hubiera querido admitir—. Han pasado diez años. Los dos hemos cambiado.

Si tú supieras cuánto, pensó Elena, pero no lo dijo en voz alta.

En cambio, levantó la maleta y caminó hacia el pasillo que llevaba a la oficina de Cifuentes, con Mateo un paso detrás, y con la sensación incómoda de que acababa de cruzar una puerta que llevaba diez años cerrada, sin saber todavía si del otro lado la esperaba una segunda oportunidad o una repetición exacta del mismo desastre.

El olor a café frío que salía de la oficina de la entrenadora, mezclado con el aroma metálico del hielo cercano, le recordó a Elena que algunas cosas, por más que uno se empeñe en cambiar, se quedan exactamente igual. Y no supo, mientras caminaba, si esa idea la aliviaba o la aterraba.

Caminaron en silencio los últimos metros del pasillo, un silencio que a Elena le pareció más pesado que cualquier conversación que hubieran podido tener.

De reojo, notó que Mateo llevaba todavía las cuchillas protegidas con las fundas de tela, como si no hubiera querido demorarse ni un segundo más de lo necesario en quitárselas antes de acompañarla.

Se preguntó si era cortesía o simplemente ansiedad por terminar cuanto antes ese primer encuentro incómodo.

—¿Cuánto hace que Cifuentes te llamó a ti? —preguntó ella, más por llenar el silencio que por curiosidad genuina, aunque la respuesta sí le importaba.

—Tres semanas —contestó Mateo—. Me dijo que había estado hablando con la federación sobre las opciones para el ciclo que viene, y que mi nombre y el tuyo aparecían juntos en cada conversación que tenía.

—Hizo una pausa breve—. No sé si te dijeron lo mismo a ti, pero a mí me lo presentaron casi como una obligación patriótica.

—A mí me lo presentaron como una oportunidad que sería una lástima desperdiciar —dijo Elena, con una media sonrisa que no llegó a los ojos—. Supongo que en la federación han perfeccionado el arte de hacer que una orden suene a favor.

Mateo no contestó, pero algo en la comisura de su boca sugirió que estaba de acuerdo, aunque no quisiera admitirlo en voz alta.

Llegaron a la puerta de la oficina, con el cristal esmerilado que llevaba el nombre de Cifuentes pintado en letras doradas ya un poco descascaradas por los años.

Mateo levantó la mano para tocar, pero se detuvo a mitad de camino, y por un instante pareció que iba a decir algo más, algo que no tenía nada que ver con la federación ni con el Nacional.

—Elena —dijo, en un tono distinto, más bajo—. Antes de entrar ahí, quiero que sepas una cosa.

Ella esperó, con el corazón latiéndole de una manera que le pareció completamente injusta después de diez años de práctica en no sentir nada por ese hombre.

—Sea lo que sea que decidas, técnica o personalmente —continuó él—, no voy a hacer que esto sea más difícil de lo que ya es. Los dos merecemos, por lo menos, empezar esto sin rencor. Aunque después decidamos que no funciona.

No era una disculpa. No era, tampoco, lo que Elena hubiera querido escuchar de él después de tanto tiempo.

Pero había algo en la honestidad simple de la frase que la desarmó un poco, lo suficiente como para que asintiera sin decir nada, temiendo que su voz la traicionara si intentaba contestar con palabras.

Mateo tocó la puerta dos veces, y la voz de Cifuentes, inconfundible después de tantos años, contestó desde adentro:

—Adelante.

Elena respiró hondo una última vez, y cruzó el umbral hacia una conversación que, sospechaba, iba a determinar mucho más que el resultado de un campeonato.