Cecilio #2
—Los dioses no existen —insistió—. ¿Por qué quieres morir si ellos te han abandonado desde que naciste? Si los dioses realmente te quisieran y fueran buenos contigo, en primer lugar no habrías nacido como un bastardo. Tendrías una buena vida. ¿Por qué no puedes entender…?
—Suficiente —lo interrumpí.
Aster era un hombre de ciencia, desde niño siempre se había guiado por la lógica que impartían los académicos. No profesaba mi fe, pero la respetaba, y eso era algo que siempre me había gustado de él. Ahora, no podía creer que me dijera todo aquello.
—¿Por qué ahora? —pregunté.
Mi padre pudo haberme dado su apellido desde que nací, pudo haberme acogido como uno de sus hijos, sin sentirse avergonzado de sus propios errores y de mí en consecuencia.
Pero no lo hizo. Jamás lo hizo. Aster no se atrevía a decirle a su padre que alguna vez había pensado hacer una vida conmigo, antes de que mi elección cambiara nuestros planes.
¿Por qué ahora todos estaban empecinados en mantenerme sobre este mundo?
No respondió.
—¿Por qué? —insistí—. ¡¿Por qué?! —grité.
El rostro de Aster palideció, y llevó sus manos a mis labios.
—¡Cállate…! —me suplicó.
Escuchamos pasos en el pasillo.
Su padre nos encontró en la cama, y los gritos no se hicieron esperar.
Me echó de la casa en medio de la madrugada, entre insultos.
Aster solo se quedó de pie con la mirada baja y sin articular palabra alguna.
Era una pelea constante que tenían ellos.
Aster debería haberse casado ya, tendría que haber tenido hijos para heredar las riquezas de su familia, pero tonteaba conmigo .
“ ¡Esos juegos de niños ya se han acabado! Madura, toma una esposa y ten hijos. ¡Deja de tontear con el bastardo de Cardo!”.
No importaba que el general Cardo fuera mi padre; al fin y al cabo, yo era un bastardo y nadie respetaba a tales errores de la naturaleza, el pecado hecho persona.
Ninguno de ellos trataba así a Loto. Nadie nunca se atrevería a mirarlo mal siquiera.
Pero yo era un bastardo, mi nombre no podía bordarse, tampoco leerse, parecía que yo no existía.
Escuché golpes en el interior del hogar de la familia de Aster, y supe que su padre le estaba dando una paliza, como acostumbraba hacer cuando se molestaba, porque era un hombre que no sabía dialogar sin tener que recurrir a la violencia.
Al día siguiente, Aster se apareció en el templo a primera hora de la mañana, antes de que nos llevaran a recorrer la ciudad para tomar las plegarias de los habitantes. Tenía el labio roto y uno de sus pómulos amoratados.
Apenas se acercó, le toqué las heridas con suavidad. Hizo un gesto de dolor por unos segundos, y después me tomó de las muñecas, desesperado.
—Aster…
—No vayas —me suplicó.
Y aquello hizo que en mi interior hirviera el enojo.
—Cecilio —insistió—. Quédate, al menos hoy…
Sabía que sus planes eran convencerme a como diera lugar.
—No —declaré—. Entiende que ya tomé mi decisión.
—Haré lo que quieras. Por favor.
—Bien, entonces casémonos. Dile a tu padre que te casarás conmigo.
Se mantuvo en silencio y con los labios apretados.
—Eso es exactamente de lo que hablo —lo señalé—. Ayer no me defendiste.
Esperé que Aster dijera algo, que lo sentía al menos. Pero de sus labios no salió ni una palabra. Cuando me di la vuelta me llamó, pero yo lo ignoré.
Ese día nos llevaron a todos los elegidos a cada casa de la ciudad donde hubiera un enfermo o un moribundo, donde nos recibían con ofrendas.
También acudimos a la plaza donde la gente de otros pueblos nos esperaba, y no se iban hasta que nosotros nos marcháramos.
Toda aquella atención me embriagó, aunque al terminar el día volví a sentirme vacío de nueva cuenta.
No esperaba que Aster se le revelara a su padre, ni que mi padre decidiera por fin que yo debía ser parte de su familia.
Esos eran sueños que me contaba antes de irme a dormir, solo de esa manera lograba conciliar el sueño, esperanzado de lo que sería posible el día de mañana. Aunque todo siguiera igual.
Aster y yo nos habíamos conocido en el templo, cuando teníamos siete u ocho años.
Yo era parte del coro, y él visitaba el templo cada quinto día junto a sus padres, que rezaban unos minutos frente a la estatua del dios de dioses, y luego se retiraban con premura.
Nunca prestaba atención a los rezos de sus padres, pues siempre se me quedaba viendo, embobado y maravillado por mi voz.
Y aunque todo el tiempo parecía deseoso por acercarse, nunca lo hacía. Así que yo me animé a hacerlo.
Lo recuerdo bien. Estábamos en los jardines del templo; sus padres, como siempre, oraban a la estatua colosal del dios al fondo del templo, y él observaba con curiosidad las figuras de las doncellas de plata.
—Dicen que si logras ver una en Neem, las doncellas te bendecirán —le expliqué, saliendo de los arbustos en donde se encontraban las estatuas de las pequeñas diosas, como si se asomaran.
Aster pegó un salto, asustado, y terminó en el suelo. Sus zapatos blancos se rasparon, y una punzada de culpabilidad me surcó el vientre. Se dio cuenta de aquello, miró mis pies descalzos y alejó sus pies de mi vista.
Me reí, pero pronto me acerqué a ayudarlo cuando vi que tenía los ojos húmedos. Los hijos de los nobles eran muy llorones.
—¿Te asusté? —le pregunté entre risas.
—No es divertido —murmuró—. ¿Tus padres no te enseñaron modales?
—No tengo padres —le dije seriamente, y el horror surcó su pequeño rostro—. Bueno, sí tengo padre, pero casi nunca viene a verme.
—¿Te abandonó? —preguntó, tenía sincera curiosidad.
Yo apreté los labios y me encogí de hombros.
—¿Cómo te llamas?
—Asterión —respondió.
—¿Eres extranjero?
—No.
—Tu nombre es raro.
—¿Cómo te llamas tú?
—Cecilio.
Él hizo un gesto que me apreció gracioso. Sabía que mi nombre, si bien no era raro, no era el de una flor y, por ende, indicaba mi bastardía. Apretó los labios. Quizá no quería ser grosero, aunque la curiosidad lo carcomiera por dentro.
Aster miró hacia atrás. Se sabía de memoria el tiempo que pasaban sus padres rezando.
—Tengo que irme —anunció.
—Bien. Nos vemos, Aster.
—¡Es Asterión! —chilló él.
—Aster es más corto y suena como un nombre hesperiano —le expliqué.
Hizo una mueca, pero no dijo nada más. Salió corriendo hasta donde estaban sus padres, que ya habían comenzado a caminar hacia la salida del templo.
Después de esa ocasión, cada visita me esperaba cerca de los altares de las doncellas de plata y yo salía de los arbustos de un salto, aunque él ya no se asustaba.
Un día vi a sus padres, pero no lo vi a él, esperé unos minutos, pero no apareció, así que salí de los arbustos, y en cuanto lo hice él salió detrás mío de un salto, sacándome un grito que provocó que las madres se acercaran a nosotros, o a mí, para reprendernos.
Recuerdo que después de aquellos días comenzamos a pasar más tiempo juntos, o al menos lo que podíamos mientras sus padres rezaban.
Cuando cumplimos doce, Aster comenzó a asistir por su cuenta a la iglesia, disfrazando sus visitas ante sus padres como devoción, aunque él no creía en los dioses.
Me enseñó a leer, y me contaba todo lo que aprendía en la escuela, también me prestaba sus libros y cuadernos, que yo cuidaba con mucho esmero.
—No, quédatelo. Tu madre te va a regañar. —Aquella vez le devolví el cuaderno a Loto, que me había ofrecido uno de sus libros también.
Siempre se nos pegaba a mí y a Aster cuando podía, y Aster parecía bastante complacido, porque no tenía muchos amigos. A mí me daba terror que los padres de ambos los vieran conmigo.
Crecimos y luego decidimos que Loto era muy pequeño para nuestros juegos. Luego, cuando teníamos quince nos escondíamos detrás de los arbustos de las doncellas, pues nadie era tan impertinente como nosotros para acercarse tanto a las estatuas, y nos besábamos.
—Le hice saber a mi padre que quería seguir el camino de la erudición —me contó un día.
—¿Y qué te respondió?
—No le gustó mucho la idea. Ya sabes, quería que me hiciera cargo de los campos de lavandas y esas cosas, pero al menos no se negó. ¿Y tú qué piensas hacer? —me preguntó.
Le respondí con un encogimiento de hombros.
—No lo he pensado —me sinceré—. En realidad sí, solo que no son cosas que estén a mi alcance.
—¿Como cuáles? —insistió.
—Si fuera un noble, me encantaría ir a la escuela y aprender el erudismo contigo —murmuré.
—Erudición.
—Es lo mismo. También quiero viajar a muchos lugares, los que están en tus libros, quiero conocer las montañas y los desiertos, ¡y la nieve!
También me gustaría vivir lejos de la ciudad, donde haya campos inmensos de flores que perfumen el ambiente incluso a kilómetros enteros.
Quisiera joyas —murmuré—. Joyas de verdad, de oro, no caracolas ni dientes de tiburón.
También, sería muy engreído y despampanante —declaré, acomodándome el cabello largo—. Aunque ya soy despampanante.
Debía admitir que a veces se me subía el ego porque era el único varón al que las madres dejaban que le creciera el pelo largo, decían que era hermoso y que sería una lástima que mi cabello de fuego no se luciera.
A veces me daba la impresión de que era una manera de restregarle a mi padre que yo existía.
—Ya eres bastante engreído también.
—¡Oye!
Nos reímos.
Aster apareció en el templo el último día que estuve consciente antes de mi petrificación. Tenía el pelo corto, tanto que podía verle la nuca desnuda. Contemplarlo de esa forma y con las heridas que le había hecho su padre provocó que se me estrujara el corazón.
Le toqué la cara y mis manos buscaron su pelo largo y argénteo, intentado convencerme de que aquello era una broma, que Aster estaba mintiendo.
—¿Qué te pasó? —pregunté, palpando su rostro y su nuca—. Aster, ¿qué…?
—Le dije a mi padre. Le confesé que me casaría contigo.
—¿Que hiciste qué…?
—Vámonos —me pidió—. Vámonos lejos.
—Aster, ¿qué hiciste? —ignoré sus palabras, pues estaba sorprendido—. Tu pelo… ¿Qué te ha dicho tu padre?
No me respondió.