Cecilio #3
—¿Qué te ha dicho? —insistí.
—Me echó de casa. No quiere saber más de mí.
—Ay, Aster… ¿Por qué hiciste eso?
—¡Me dijiste que lo hiciera!
Alzó la voz. Y a mí se me quebró la mía.
—¡No lo decía en serio!
Él apretó las cejas y entreabrió los labios, confundido. Luego, su rostro me mostró una expresión de indignación, casi sentía que su mirada me apuñalaba el corazón.
—No lo decía en serio… —repetí.
No pensé que realmente sería capaz de hacerlo.
Él negó con la cabeza, rehusándose a aceptar lo que estaba a punto de venir. Su corazón se rompía, podía verlo en sus gestos, en la desesperación que mostraba, pero yo ya había tomado mi decisión.
Desde el primer día en el que supe que sería ofrendado en Neem, les agradecí a los dioses por aquella muerte digna y pacífica, pues yo jamás habría tenido el coraje para hacerlo por mi propia cuenta.
—¿Siquiera lo has considerado? —preguntó en un hilo de voz. Yo no le respondí—. Al menos… —se echó a llorar—. ¿Por qué eres tan egoísta? ¿Por qué no te quieres quedar?
Aster pocas veces lloraba, no le gustaba que lo vieran hacerlo dada la invalidación de sus emociones cuando era apenas un niño.
Su padre lo había criado sin amor, y su madre era una mujer que pocas veces hablaba con él, pues lo trataba con una lejanía impropia de una madre hacia su hijo.
Entonces, él había entendido que llorar no servía para nada.
—¿Por qué? —preguntó, desesperado—. Por favor, por favor, por favor…
Aster se arrodilló ante mí y me sujetó del camisón blanco.
—Por favor, quédate. No me dejes solo —suplicó.
—Ya te he dicho que no —respondí.
No quería mirarlo, temía flaquear ante sus súplicas desesperadas, temía que así fuera, y aunque yo amaba a Aster, también sufría existiendo.
—Cecilio…
—¡Dije que no!
Aster se incorporó, las manos le temblaban y sus ojos parecían los de un loco.
—Dijiste que íbamos a envejecer juntos, que íbamos a viajar. ¡Lo dijiste en la costa rocosa!
Me di la vuelta, no deseaba oír más sobre aquellos recuerdos. Tenía miedo de la cobardía, que me invadiera la mente y me hiciera dar marcha atrás.
—¡Egoísta! —gritó.
—¿Egoísta, yo? —inquirí, dándole la cara—. ¡Eres tú quien no respeta mis decisiones!
—¡Porque tus decisiones son estúpidas! —replicó—. Vas a morir a ese bosque maldito, tus dioses no existen. ¡Entiéndelo de una vez, idiota!
No podía creer lo que me estaba diciendo.
Si él deseaba que me quedara, no estaba logrando que cambiara de opinión.
Rompí a llorar, como todas esas veces en que esperé a mi padre en el templo y nunca apareció, como todas esas veces en que su mujer me miraba como basura para luego recriminarme mi procedencia; como todas aquellas veces en que rogué a los dioses por un milagro, por probar un mejor futuro, y ellos me mostraron a Aster.
Incluso cuando deseé morir, salvaron mi nombre del fuego.
Ellos siempre me habían escuchado, siempre habían estado ahí para mí, un niño bastardo al que nadie quería, incluso hasta en el último de mis momentos.
—¡No lo entiendes! —le grité—. ¡Jamás lo vas a entender! ¡Tus libros y tu academia no sirven de nada si no sabes respetar mis creencias!
—¡Pues al menos no soy un ignorante que apenas sabe leer! ¡Por eso tienes ideas estúpidas!
Ambos nos quedamos en silencio.
Él sabía…
Él sabía lo mucho que había deseado ir a la escuela, aprender a leer como todos los niños aprendían; él sabía lo mucho que siempre había deseado tener una vida normal , a sus ojos no ser un “ignorante”.
—Lárgate —exigí—. ¡Lárgate ya! ¡No quiero verte nunca más! ¡No quiero que vayas a mi petrificación!
—¡Ten por seguro que no lo haré! —gritó.
Se fue, con las mejillas coloradas por la furia.
Y al poco rato, después de que el enojo comenzara a disiparse y a transformarse en tristeza, deseé de nuevo su compañía.
No la de ese Aster desesperado y cruel, sino la del que había conocido siempre, ese joven de gesto serio y de pocas palabras hasta que la confianza se infundía en el ambiente.
Por apenas unos segundos, me surcó la idea de ir con él, de irnos a otro lugar, de recorrer el mundo como siempre le había dicho que quería hacer. Pero…
—Cecilio —me llamaron.
Y el olor dulce de la droga llegó hasta mi nariz.
Recuerdo sentirme aletargado, que me sentaron sobre los pequeños jardines en los que los familiares y amigos visitaban, por última vez, a su pariente elegido por los dioses.
Recuerdo la imagen de mi padre, que tenía los ojos húmedos, pero jamás se atrevió a llorar frente a mí.
Entre mis memorias también estaba Loto, que me sujetó la mano, llorando y diciendo lo mucho que me extrañaría, lo mucho que me quería.
“Eres el mejor hermano mayor que he tenido”, y yo me quise reír, porque yo era el único hermano que tenía, pero ni un sonido salió de mis labios.
Deseaba abrazarlo, pero la droga mantenía mis extremidades como si fueran de trapo.
Cuando se retiró, supliqué en silencio que no se fuera, pero yo ya no podía hablar.
Pasaron un par de horas, y la visita que más anhelaba nunca llegó.
“No era en serio”, quise decirle otra vez, “no era en serio … ”. pero en esta ocasión me lo decía a mí mismo también.
Nos llevaron hasta las faldas de Neem al atardecer, cuando la droga comenzaba a disiparse, y recobré un poco el control de mis extremidades, aunque solo podía moverme y pensar si me lo pedían.
Había un cúmulo de personas en los campos.
Lo busqué con desesperación mientras nos llevaban al interior del bosque, pero no se encontraba por ningún lugar.
“ Esperen”, quise decirles, “déjenme quedarme más tiempo”. Debería esperarlo… “Vendrá pronto” .
La Madre Superiora movió mis manos, mis brazos y mis piernas, ordenándome para facilitarle la tarea, y yo, drogado, obedecía sin chistar. Luego, desapareció de mi vista y yo me quedé de pie, observando a los demás elegidos frente a mí.
“Él vendrá pronto” .
De repente, un aliento feroz me recorrió el cuerpo entero, tuve tanto frío que deseé una hoguera bajo mis pies.
Siempre había tenido curiosidad sobre las petrificaciones de Neem.
Me preguntaba qué experimentaban los elegidos en sus últimos momentos.
¿Acaso veían a un dios? ¿Los dioses salían de entre los arbustos y se llevaban sus almas?
Las madres siempre respondían que una inmensa paz te llenaba el cuerpo entero, y luego la nada, el descanso eterno.
Aunque, claro, ninguna de ellas había experimentado nunca una petrificación, y no había nadie que pudiera contar su propia experiencia.
No hubo paz. Solo frío. La rigidez de los huesos, de mi piel… y luego, la oscuridad absoluta.
No pude irme.
Y en medio de esa oscuridad escuché el sollozo de una voz que yo conocía como la palma de mi mano; me pedía perdón. Quise decir su nombre, pero el viento de Neem se había llevado mi voz.
“Aster”.