Hesperia: Balada de flores y dioses Cecilio
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Cecilio

CECILIO

A quel era un lugar en el que el herbaje estaba tan crecido que me llegaba a la cintura, y soplaba viento tan fuerte que la hierba se movía como se mueve el mar.

La estructura de la casa estaba húmeda y cubierta ligeramente por una capa de moho, pues no se le había dado mantenimiento desde hacía mucho tiempo.

La propiedad estaba tan alejada de la ciudad que nadie se molestaba en viajar para atenderla.

Sin embargo, aun con todo el descuido y el deterioro, a mí me pareció un palacio hermoso.

Aquello era mucho más de lo que cualquier bastardo como yo podría aspirar.

—Está un poco descuidada —señaló mi padre—. Pero podemos traer a alguien que la limpie y le haga los tratamientos adecuados. Ya estoy arreglando la documentación y viendo los trámites necesarios para que pueda quedar a tu nombre.

—Sabes que no tengo apellido —le comenté.

No dijo nada.

Aquello era tan tentador como los postres de la cocina cuando el hambre arreciaba en mi estómago durante las noches. En realidad… casi todo me había parecido tentador durante mi vida. Deseaba muchas cosas, pero no podía tener ninguna.

Miré a mi padre con cierto hastío.

Ciertamente le guardaba un poco de rencor, y en parte lo culpaba por la vida que yo llevaba.

Alguna vez ese sentimiento fue confusión, una etapa llena de preguntas inquisitivas que un niño a esa edad no podía comprender o responder.

Aquello rápidamente mutó, la confusión pasó a convertirse en una amalgama de emociones y sentimientos que no me eran agradables, pero que nunca demostraba. ¿Qué sentido tenía?

Me lo habían dicho toda mi vida.

Había nacido como un bastardo. Y los bastardos, bastardos se morían. Aun con todo el esfuerzo que pudiera hacer, siempre tendría menos oportunidades que los hijos de los nobles, que heredaban las fortunas y las tierras de sus padres.

Los envidiaba. A todos ellos. Porque a veces sentía que podía palpar la misma riqueza que ellos poseerían de sus padres algún día, pero otras veces aquello no era más que una fantasía imposible.

—¿Por qué ahora? —le pregunté—. Tengo veinte años, ¿cuántas veces me has dado algo? ¿O te has preocupado siquiera por mí?

—Adelfa dice que en la iglesia estás bien, que no te falta nada —me respondió.

Pero a mí me indignó su ignorancia y su falta de conciencia sobre mí.

—¡Me falta todo! —grité—. ¿Crees que esto va a hacer que me quede? Ya he tomado mi decisión.

—No seas malagradecido. ¿Por qué no puedes aceptarlo? Vivirás bien aquí.

Yo solté un bufido.

—Sí, lejos de tu familia como tu mujer siempre ha querido. Siempre haces lo que ella te dice. ¿Y yo qué?

—Sabes que debido a… a tu condición —balbuceó, como si yo fuera un enfermo, o hubiera elegido nacer debido a su poco compromiso hacia su mujer. Nada de eso era culpa mía—, no le agrada que…

—Ya sé que soy un bastardo —lo interrumpí—.

Lo he sabido desde que tengo uso de razón.

Pero no es mi culpa, es la tuya. Yo no pedí nacer.

¿Por qué no me tiraste al río en cuanto supiste de mi existencia?

¿Por qué me dejaste vivir de una manera tan miserable toda mi vida?

¿Por qué no me trataste alguna vez, aunque fuera un poco, como tratas a Loto?

No quiero esta mierda. —Alcé el brazo hacia la construcción—.

¡Solo no quiero seguir viviendo! No aquí, no contigo, no en esta vida.

Decirlo en voz alta se sentía extraño.

—Por primera vez soy parte de algo importante, ¿por qué quieres quitarme eso?

—¡No quiero que mueras! —gritó, frustrado. Me había tomado tan fuerte de los hombros que me dolió, pero no me quejé.

—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a botarme en la iglesia y me visites cada que te acuerdes?

Por primera vez en toda mi existencia me había sentido elegido. Por primera vez era parte de algo inmensamente descomunal, tanto que él no parecía querer entenderlo.

—No te pido que creas en los dioses, ni que compartas mi fe —le dije—, ni siquiera que me entiendas. Solo quiero que me apoyes en esto.

—¿Cómo voy a apoyar tu muerte?

Di por concluida nuestra conversación y me alejé caminando del lugar.

—Vuelve aquí, llévate el caballo —insistió mi padre.

—Voy a caminar. No quiero nada que venga de ti.

Y aquello era irónico, porque siempre deseé la calidez que propiciaba su cariño, mas nunca la tuve.

No al menos como se suponía que debía ser.

A veces, sin que yo lo quisiera, me inundaban pensamientos negativos y la envidia misma cuando lo miraba con Loto.

Y pensaba: “Ese podría ser yo, ¿por qué no puedes quererme?”.

Y aquello se disipaba tan pronto como mi hermano se me acercaba, ansioso y contento de compartir un poco de lo suyo.

A veces me hablaba sobre sus clases de historia, porque era un sabelotodo y estaba orgulloso de ello.

Como yo no había ido a la escuela formal no tenía mucho que decirle cuando me mostraba sus tareas y sus libros de texto.

Me costaba entenderlos, pues apenas había aprendido a leer junto a Aster, que me había enseñado cuando éramos unos niños.

A Loto no parecía molestarle mi falta de cultura ni que solo hubiera aprendido lo que nos enseñaban burdamente en la iglesia.

Al final siempre tenía que conformarme con escucharlo parlotear durante horas enteras, antes de que su madre lo buscara y lo arrastrara lejos de mí.

Él me miraba con una expresión apesadumbrada, como si se disculpara por el comportamiento de su mamá.

Y yo solo le sonreía: “No te preocupes”, le decía.

Al final, Loto no tenía la culpa. Nunca me lo dijo, pero siempre pensé que deseaba que yo ocupara el lugar de hermano mayor; sin embargo, ese lugar no me pertenecía, no por decisión propia.

Llegué a altas horas de la madrugada al hogar de la familia de Aster, pues las puertas de los dormitorios en la iglesia estaban cerradas. Él me recibió somnoliento desde la ventana de su habitación, y puso un dedo sobre sus labios, indicando que me mantuviera en silencio hasta que llegara a mí.

Me guio hasta sus aposentos en medio de la oscuridad y en silencio.

—Habla bajo —susurró Aster—. ¿Qué haces aquí? Es muy tarde, ¿cómo te dejaron salir de la iglesia?

—Apenas volví —le respondí—. Mi padre me llevó a ver la propiedad que pensaba darme, la que te conté ayer.

—Ah…

Aster me miró con cara de pocos amigos.

—¿Tienes hambre? —me preguntó, levantándose de su cama—. Puedo traerte algo.

—No, no —hablé bajito—. Estoy bien.

Pero el gruñido que escapó del interior de mi estómago protestó.

Ambos nos reímos.

—Shhh —puso un dedo sobre sus labios—. Quédate aquí, te traeré algo.

Aster regresó minutos después, con una bandeja de plata cuyo contenido eran quesos, carne ahumada y pan. Se me hizo agua la boca.

—Es demasiado —murmuré.

—Cállate y come.

Y así lo hice. Devoré el contenido de la charola en pocos minutos, pues tenía tanta hambre que no pude saciar mi estomago hasta que la última miga de pan pasó por mi garganta.

Estaba acostumbrado a comer mucho, de todas formas.

Como era el único varón mayor de edad en la iglesia, las tareas pesadas me las dejaban a mí, y aquello siempre me abría el apetito.

Cuando terminé, Aster me miró de manera insistente.

—¿Y qué has pensado? —preguntó.

—No quiero hablar de eso —respondí.

—Pero…

Tenía la mirada apesadumbrada, la misma que me había mostrado mi padre allá a las afueras de la ciudad.

Me limpié los labios con el dorso de la mano y me acerqué para besarlo; él correspondió y dejó que me subiera a su regazo.

“No quiero hablar de eso”, pensaba, “por favor, cállate” .

Continuamos besándonos, hasta que el calor propio del deseo nos invadió en nuestros vientres bajos.

Sus manos recorrieron mis piernas, mi cintura y mis brazos, y las mías hicieron lo mismo con los suyos.

Nos miramos cómplices y luego buscamos más allá del ombligo del otro.

De repente, estaba sobre él. El peso de mi cuerpo sobre el suyo no hacía más que avivar el fuego en mi interior, la llamarada furiosa de un incendio forestal. En medio del silencio ambos luchábamos por respirar, nuestras manos seguían el ritmo desesperado de nuestros corazones.

Aster se quejó en cuanto dejé de tocarlo, luego abrió mucho los ojos en cuanto mis labios iniciaron un recorrido por su cuello, su pecho y luego por debajo de su ombligo.

Al terminar, nos quedamos como si estuviéramos deshuesados uno al lado del otro, tratando de recobrar la respiración. Aster se acercó para besarme.

—No —protesté, con los labios brillantes—, acabo de…

Pero a él no le importó, y nos besamos hasta que los labios nos hormiguearon.

—¿Qué has pensado? —me preguntó de nuevo.

—Si vas a ser así, mejor me voy… —dije, intentando levantarme. Él puso una mano sobre mi pecho para evitarlo.

—No vas a huir —me advirtió—. Quiero que me respondas.

Él realmente tenía curiosidad, sin embargo, ya lo sabía todo. Muy dentro de su corazón ya lo sabía, pero esperaba recibir otra respuesta de mi parte.

—Dime que aceptaste la propiedad.

—No —respondí.

Me mostró una expresión de horror.

—¿Por qué no?

—¡Porque no!

—¡Baja la voz! —masculló—. Ya te dijo que te dará su apellido, una propiedad, podrás ser un lord —insistió Aster, incorporándose y sentándose a mi lado—. Podremos ser lores juntos, me aseguraré de que entres a la Academia y te gradúes como erudito y…

—Aster, basta —lo interrumpí.

Tanto él como mi padre se esforzaban desesperadamente por hacer que me quedara, por que renunciara a la petrificación, pero, si los dioses habían posado sus ojos sobre mi persona, era por una razón que yo estaba ansioso por descubrir. ¿Por qué yo? De entre todos… ¿por qué yo?

—¿Por qué todos a mi alrededor se empeñan en querer quitarme lo único bueno que me había pasado en la vida? ¿Por qué?

—No queremos que mueras —se sinceró.

—Aster, los dioses me escogieron —le sonreí. También me incorporé y lo tomé de las manos—. A mí, que soy un bastardo…