Hesperia: Balada de flores y dioses Epílogo
96%

Epílogo

EPÍLOGO

A l amanecer, el bosque de Neem había perdido su color, y se había convertido en un páramo de árboles comunes que dejaban entrever las estatuas blancas de los sacrificados.

Filas y filas de cuerpos blanquecinos se encontraban en el lugar, como un ejército.

Tan solo el sonido del riachuelo que seguía corriendo desde el interior del lugar conservaba la misma esencia.

Los pájaros e insectos, que jamás habían poblado Neem, se acercaron al lugar curiosos, como los hesperianos que miraban horrorizados lo que quedaba del bosque.

Las estatuas más longevas se habían desmoronado como si hubieran estado hechas de polvo. Las estatuas de los sacrificados más recientes se agrietaron y a algunas se les cayeron los brazos, que yacían extendidos hacia lo que creíamos era el corazón de lo que fuera en otros tiempos el bosque de Neem.

La tierra se había vuelto negra y fértil para el cultivo, dijeron los agricultores.

Los creyentes acérrimos se habían echado a llorar, otros se habían quedado mirando a la nada, aturdidos e incapaces de moverse.

Muchos se llevaron del bosque las estatuas de sus muertos, alejándolos de la propia muerte del lugar para hacerlas hundir en el mar. Los que podían construyeron santuarios en sus propiedades, donde estaban las figuras de sus familiares sacrificados.

Si Neem fue considerado alguna vez la cúspide de la divinidad y el hogar de los dioses, ya no era más que un páramo desolado y olvidado por ellos.

Y yo me quedé pensando durante varios días en la aparición de aquel dios, en cómo lucía hecho de piedra cuarteada, en su voz inexplicablemente hermosa, en su sonrisa y en su respuesta al preguntarle si era divino.

¿Aquello había sido realmente una respuesta?

¿O una burla a mi inocencia humana? Cientos de interrogantes rondaron por mi mente durante mucho tiempo, todas sin ninguna respuesta.

¿Qué me había querido decir con que todos éramos dioses?

Cuando intentamos ir más allá del camino que yo había trazado en un inicio, descubrimos que podíamos hacerlo, pero ya no había ningún bosque de Neem más allá.

Los árboles poseían hojas verdes, como cualquier otro árbol común, había ciervos, conejos y muchos otros animales rondando el lugar.

Aquel bosque llevaba a las inmediaciones de los límites de Hesperia.

Y si íbamos más allá, podríamos encontrar los prados que pertenecían a la ciudad próxima.

Neem había desaparecido.

La presencia de aquel dios fue tomada como un augurio, un castigo, dijeron algunos, por haber atentado contra la naturaleza incomprensible de Neem. No hubo revueltas ni discusiones, pues todos estaban muy ocupados intentando comprender qué era lo que había sucedido.

Todos vinieron a preguntarme qué era lo que había pasado, ya que aquel dios me había tocado y había conversado conmigo.

Sin embargo, yo tenía las mismas interrogantes que los demás.

Ellos creían que yo había sido elegido por aquella deidad, pues su mirada complaciente y llena de bondad se había postrado en mí.

Sin embargo, yo sabía que no me había mirado con amor ni bondad, y a ellos tampoco.

En la mirada de aquella deidad, si es que lo era, no hubo más que desinterés y preocupación por su hermano perdido.

En su mente, ellos creían que ser tocados por una divinidad era la más grande dicha, pero yo conocía la verdad.

Me había inspeccionado y dirigido una mirada algo curiosa, como se mira a los insectos raros.

Esa era mi verdad, pero no la de los hesperianos.

Lo conversé durante días con Loto y Aster, pero al final terminábamos más confundidos, sintiéndonos estúpidos. ¿Cuál era la verdad?

—Hay cosas que no se pueden explicar con ciencia —murmuró Aster—. A veces las cosas son como son y ya. Milagros, supongo.

—¿El bosque realmente ha muerto? —preguntó un desalentado Loto.

El dios de mármol había mirado anhelante el horizonte, el mar. Buscaban al dios que era capaz de traer vida de nuevo.

—No, Neem no ha muerto —le dije—. El bosque se fue a otro lugar. Al otro lado del mar. A Dravita.

Cuando visité el páramo en el que se había convertido el bosque, vi el lugar en el que habían estado las estatuas de Cecilio y Lirio vacío.

No le di mucha importancia, pues pensé que sus familiares se las habían llevado para resguardarlas en sus propios santuarios, hasta que llegué al hogar de Aster.

Al abrir la puerta, me encontré con la estancia vacía y el golpeteo de lo que parecía ser un mazo que provenía desde los patios traseros de su residencia.

Me quedé horrorizado en cuanto lo vi.

—¿Qué estás haciendo? —inquirí.

Sobre una mesa de piedra se encontraba la estatua de Cecilio siendo reducida a nada más que polvo y esquirlas blancas. Aster me miró con el rostro perlado en sudor.

—¿Qué haces? —le quité con suavidad el mazo de las manos—. ¿Les has avisado a Loto y al general Cardo de esto?

—Lo hice —respondió.

Nos quedamos en silencio, mirando la estatua de Cecilio.

Aster había comenzado golpeando los pies, para luego subir por las rodillas. Una grieta enorme surcaba el pecho de Cecilio, justo donde Aster había estado martilleando antes de que yo llegara.

—No creo en los dioses, Jaspe —murmuró—. Pero, sea como haya sido su elección, espero que algo más allá de nuestra comprensión lo haya escogido. Al menos así no murió en vano.

—Cecilio no murió en vano —repliqué—. Él lo quería, independientemente de los dioses.

—Eso no me hace sentir mejor.

—No tiene por qué hacerlo. Ni siquiera tenemos por qué entenderlo, solo… soportarlo.

Cecilio parecía descansar en paz aun en la destrucción de sus remanentes y yo experimenté muchísima tristeza al darme cuenta de que ya nada quedaría de él sobre la tierra, que no habría estatua que visitar para recordar que había existido, para recordar su rostro que ya empezaba a difuminarse en mi mente, como tinta en el agua.

—¿Por qué estás haciendo esto? —le pregunté.

Me miró, decidido.

—Siempre dijo que quería viajar y conocer el mundo.

Ambos dirigimos la mirada hasta la figura inmortalizada de Cecilio: parecía que una expresión de alivio se había instalado en aquel rostro de piedra. Grabé cada una de sus facciones en mi mente, pues sería la última vez que lo vería.

Acompañé a Aster hasta el amanecer del siguiente día, cuando la estatua quedó reducida a un polvo tan fino que parecía arena blanca. Lo guardó en un saco de tela y me dijo:

—Partiré hoy mismo.

—¿A dónde irás? —inquirí, confundido.

—A donde sea. Esparciré el polvo de su cuerpo a donde vaya, así podrá caminar y andar donde le plazca. ¿Quieres acompañarme?

—Sabes que no puedo.

—Entonces espérame —me pidió.

Y yo asentí.

FIN