Veintitrés #4
—No te ves como los demás —dijo con una voz que me fue difícil comprender.
Era como el sonido de las campanas y los cascabeles, como las vibraciones del metal.
Si cerraba los ojos, no podía saber si aquel timbre de voz le pertenecía a un niño, a una mujer o a un hombre joven.
O todos al mismo tiempo—. ¿De dónde vienes?
—inquirió, tan demandante que el deseo de arrodillarme frente a la criatura, justo como lo hacían los hesperianos, me cruzó por la mente.
—Del otro lado del mar —respondí en voz baja.
—¿El mar? —preguntó, mirando curioso y confundido.
—Más allá del mar —señalé a mis espaldas, a la ciudad y donde el sol se ocultaba.
Alargó el cuello para mirar sobre mi hombro, aunque desde donde estábamos lo único que se podía divisar eran apenas las puntas de las torres del palacio y la Academia.
—Háblame en tu lengua —susurró. Tenía los ojos brillantes de éxtasis.
—Mi nombre es Jaspe —le dije en dravitense, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Hacía tanto tiempo que no hablaba en mi idioma con nadie más que no fuera mi padre que por un momento casi creí que no podría recordarlo con claridad—. ¿Por qué estás aquí? ¿Quién eres?
Sus labios de piedra se entreabrieron ligeramente, sorprendido.
—Conozco esa lengua. Hacía mucho tiempo que no la escuchaba —me respondió también en dravitense.
Su forma de pronunciar sonaba áspera, con las palabras entrecortadas. Se parecía más al dravitense antiguo, que solo los brujos utilizaban para entonar cánticos ceremoniales. Alzó la vista una vez más en dirección al mar y luego se dio media vuelta para regresar a Neem.
—Espera —caminé hacia él—. ¿Quién eres? ¿Por qué aquella criatura me llamó “estrella humeante”?
El hombre de mármol se me acercó nuevamente. Tomó mi rostro con una mano, tan fuerte que sentí que los huesos de la mandíbula casi se me pulverizaban bajo su tacto bruto.
—Está claro que no eres él, aunque tengas su mirada.
—¿Quién es la estrella humeante? —insistí en cuanto me soltó.
—Uno de nuestros hermanos —respondió—. No ha regresado. Lo estamos buscando… ¿Hay más como los tuyos del otro lado del mar? —preguntó, curioso—. ¿Con esos ojos?
—Probablemente —respondí, aunque yo nunca había conocido a otro dravitense con los ojos azules.
Su mano, la que se suspendía sin agarre alguno, se iluminó y de ella brotaron raíces doradas que poco a poco tomaron la forma de una lanza pesada y alargada.
Abrazó a la criatura y luego incrustó su arma en el cuerpo de piedra, partiéndose en mil pedazos.
La luz que albergaba su ojo, donde alguna vez hubo una gema preciosa, se apagó.
Y sus decenas de rostros quedaron desperdigados sobre las flores, como máscaras blancas.
Una profunda pena me invadió en cuanto eché un vistazo al cuerpo resquebrajado de aquel monolito viviente. Todas sus partes se asemejaban a las piezas de un rompecabezas.
—Lo hubieran castigado de peores maneras por habernos traído hasta acá por nada —me explicó—. No encontró a estrella humeante.
—¿Mis ojos tienen que ver con tu hermano? —fruncí las cejas. La curiosidad quemaba cada fibra de mi ser—. ¿Por eso puedo entrar al bosque?
El hombre de mármol movió la cabeza en un gesto de asentimiento.
Recordé las palabras de mi madre. “Mi abuelo siempre quiso conocer a alguien con tus ojos, mi niño… Decía que descendían de un cometa”.
Claro, una estrella que humeaba era un cometa: era así como algunos pueblos de Dravita se referían al astro.
—Este bosque ha causado un genocidio enorme a tu gente —me dijo—. No entiendo por qué siguen intentando entrar. Sus almas serán liberadas al amanecer.
—¿Liberadas al amanecer? Creí que deseaban los sacrificios de piedra.
¿No se suponía que los dioses amaban las almas humanas, los sacrificios…
? ¿Acaso todo lo que sabíamos del bosque y sus dioses era un engaño?
De repente, sentí una curiosidad inmensa que me embriagó como el alcohol.
Si los humanos no eran los sacrificios predilectos de los dioses, ¿qué se suponía que eran?
¿Por qué Neem endurecía sus cuerpos hasta convertirlos en hermosas estatuas?
Se rio, y para mí aquella fue una respuesta clara.
—Por favor, respóndeme. ¿Qué es esa criatura? —pedí, señalando al centinela hecho pedazos—. ¿Qué eran las criaturas extrañas que vi en el bosque? Las que rascaban la tierra y no tenían piel. ¿Qué es el bosque?
El miedo inundó mi ser, pero me mantuve de pie y firme frente a su presencia.
—Ah, así que has visto a los príncipes de las flores… —murmuró—. Fueron dioses alguna vez. Ahora no queda nada de ellos, porque el bosque está muriendo.
La religión era extraña. La fe que había profesado Lirio, sustentada en su propia verdad, resultaba ser nada más y nada menos que… ¿una mentira? ¿Cuál era la verdad? La verdad definitiva, no las creencias que el ser humano había decidido tomar como propias. ¿Qué había más allá de Neem?
—¿El bosque muere? ¿Por qué?
—Porque el sol asesinó a la luna y a las estrellas, y los dioses de las sombras se niegan a acompañarlo a las profundidades de la tierra durante las noches.
Por eso el bosque está pereciendo. Buscamos a nuestro hermano, Ikah, que es capaz de iluminar el cielo.
¿Dices que hay más como tú allende el mar?
Asentí.
El ser extraño se dio media vuelta para retirarse.
—¿Tú también eres un dios? —pregunté.
—Dioses somos todos los que respiramos.
Y me sonrió.