Veintitrés #3
—Claro, Lirio era bastante encantador a su manera. Lo extraño.
—También yo.
Ella me miró avergonzada.
—Lo lamento —repitió.
Salí hacia el pasillo junto a ella para despedirnos, aunque probablemente más tarde nos veríamos en la cena.
De pronto, escuchamos ruido en los jardines contiguos, donde se encontraban mi padre y Jazmín.
Pétalo y yo nos asomamos por encima de las balaustradas de piedra y vimos a los sirvientes yendo de un lado al otro mientras mi padre observaba todo con una expresión confundida.
Pétalo y yo también nos miramos en cuanto las puertas del palacio se abrieron de par en par. Dados los acontecimientos recientes, nos apresuramos a bajar.
Ahí, en los jardines principales, se encontraban algunos soldados sobre sus caballos. Tenían expresiones de horror en el rostro y estaban tan pálidos que parecían cadáveres.
La servidumbre y los nobles se habían arremolinado alrededor de aquellos hombres, curiosos y expectantes de las noticias que anunciarían.
—Una criatura de piedra ha salido del bosque —anunció uno de ellos, con voz temblorosa—. Se detuvo en los campos de lavandas y… habló.
Me acerqué al hombre.
—¿Qué ha dicho? —pregunté.
—“Estrella humeante”.
Subí la ladera sobre mi caballo, tan rápido como el animal lo permitía.
A lo lejos se podía vislumbrar la muchedumbre, rodeando algo que se asemejaba a un monolito de piedra sobresaliente entre el gentío diminuto.
Conforme me acercaba, podía divisar aquella cara cuarteada hecha de piedra, los rostros rodeando una cabeza principal en el centro del cuerpo, asemejándose a la melena de un león.
Vi las patas con garras que quizás habían sido alargadas, pero que ahora estaban pulidas y rotas, a causa del tiempo y la erosión.
En mí surcó una emoción indescriptible que se entremezclaba con el miedo, la adrenalina y la felicidad de confirmar que aquello que había visto esa noche existía y que no había sido producto de mi imaginación.
La criatura se había postrado en medio del campo de lavandas, aplastando las flores bajo su inmensidad. Estaba quieta y bien podría haber sido confundida con una estatua hecha por las más experimentadas manos de los artesanos, un regalo que solo los reyes y príncipes podrían permitirse.
La primera vez que la vi en Neem me había parecido gigantesca, me había estremecido el cuerpo y había sentido tanto terror que su presencia hizo eco en mis pensamientos durante mucho tiempo, cambiando de forma y moldeándose hasta que se convirtió en una fantasía que alguna vez me hizo creer que todo había sido un sueño.
Ahora, estando cerca de aquella cosa, no se veía tan imponente.
Estaba hecha de piedra y eso intimidaba, pero cuanto más la mirabas, podías ver su deterioro, como las estatuas más longevas de Neem.
Tenía el cuerpo tan roto y cuarteado que temía que en algún momento pudiera desmoronarse.
Reconocí el hocico roto y aquella única cabeza que poseía un ojo hecho de piedra preciosa.
Cuando me acerqué al alcance su vista, se movió, lo cual hizo temblar el suelo debajo suyo. El gentío ahogó gritos y dio pasos hacia atrás. Los hombres que la sujetaban con cuerdas gruesas y le apuntaban con sus espadas dieron pasos atrás, temerosos.
La sola presencia de aquella cosa despertaba el interés en algunos, mientras que en otros rostros solo podía vislumbrarse el miedo.
Unos tantos se habían arrodillado, aunque aquella imagen no se asemejaba en nada a lo que contaban las leyendas e historias religiosas hesperianas, por lo que habían decidido creer que se trataba de la visita de un ser divino y desconocido.
—Estoy aquí —dije, alzando la barbilla—. ¿Qué deseas?
De la criatura salió un sonido que solo había escuchado en alta mar y que me remontó al tiempo en el que viajé durante meses en barco antes de llegar a Hesperia. Se trataba del canto de una ballena saliendo de las fisuras de aquella criatura.
Pasaron varios minutos antes de que del interior del bosque se asomaran rostros infantiles, como las doncellas plateadas de los libros hesperianos. La muchedumbre empalideció, rezaron, clamaron y se arrodillaron.
Una figura esbelta fue la única que se atrevió a salir del bosque.
Caminaba y se movía como cualquier hombre, a pesar de que su piel era tan blanca como el mármol.
No se distinguía como una criatura sobrenatural hasta que su figura comenzó a ser más nítida.
Tenía fisuras cubiertas con pasta dorada por todo el cuerpo, que resplandecían como la miel siendo acariciada por los rayos del sol.
Quizás habían sido producto de batallas entre dioses; de lo contrario, ¿quién podría atreverse a dañar a tan divino y bello ser?
Miró alrededor, a cada uno de los hesperianos. Y cuando se detuvo en mí, la sorpresa surcó su rostro, para luego verse menguada por una expresión de decepción.
Tenía la nariz como la mía, los mismos pómulos altos que eran comunes en Dravita y los ojos hechos de esmeraldas.
Su piel era mármol blanco, moteada de dorado y gris.
Una de sus extremidades había sido amputada de un tajo limpio a la altura del antebrazo.
La mano colgaba de la muñeca de una manera casi imposible.
No se podía ver el interior de su carne, si es que tenía, pues una capa dorada cubría los extremos cortados.
Aquella criatura era hermosa, pero lucía dañada, rota.