Veintitrés #2
Quizás aún no podrían ir más allá, así como los hesperianos de hace cien años no alcanzaban a vislumbrar un camino más lejos de los límites del jardín de estatuas.
De todas formas, Neem había quedado en segundo plano después de la quema desmedida de documentos en la Academia.
Hubo muchos enjuiciados por ello también.
Las Flores Amarillas ya no eran un grupo considerado una amenaza para la población hesperiana, no después de que se demostrara su inocencia y se les deslindara de las incursiones a Neem y de las desapariciones.
Ahora que su cometido más grande ya se había cumplido, se dedicaban a salvaguardar y educar a los huérfanos que se habían quedado desamparados tras la destitución de la Madre Superiora, pues a la Iglesia iban a parar todos los niños y las niñas que no tenían padres o un hogar y que no podían ser reclutados por el general Cardo.
Se abolió el sacrificio obligatorio. Ahora todos eran libres de elegirse a sí mismos o elegir a los dioses. Desde entonces solo se aceptaban voluntarios.
Las familias de los desaparecidos habían obtenido una justicia a medias, pues nunca pudieron encontrar siquiera cuerpo alguno que sepultar. Sin embargo, ningún otro estudiante volvió a perderse en Neem.
Hacía tiempo que las pesadillas y los sueños en la costa rocosa no llegaban a mí cuando me iba a dormir, pero una noche me desperté con el cielo estrellado aún sobre Hesperia. El frío era tal que me dolían los huesos. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza y supe quién me había visitado.
Se me esclareció la mente, aparecieron palabras dentro de mi cabeza que poco a poco formaron frases que creía haber olvidado.
Me levanté en medio de la madrugada y salí del palacio.
Corrí hasta llegar al conjunto residencial de los nobles.
Ahí toqué una puerta con desesperación mientras repetía en mi cabeza aquella frase que surcó mi mente como un rayo.
Aster apareció somnoliento bajo el marco de la puerta.
—¡Ya recordé! —grité, emocionado.
Hizo una cara de pocos amigos.
—Baja la voz. ¿De qué estás hablando? —me preguntó—. ¿Qué haces aquí a esta hora? Aún falta mucho para que salga el sol…
—Ya recordé lo que me dijo Cecilio en sueños —insistí.
Aster volvió a mirarme con molestia, como cuando me encontró gritándole a la estatua de Cecilio allá en Neem.
—Jaspe… —comenzó él, hastiado de la situación—. No empieces. Entra si quieres —murmuró, haciéndose a un lado para dejarme pasar—, pero no insistas.
—Me pidió que te dijera que llegaste tarde… pero llegaste.
No sabía si continuar, pues en mi garganta se había instalado un nudo doloroso, como si compartiera emociones con Cecilio o Aster, que estaba como petrificado frente a mí. Su rostro era un poema. Se había puesto más pálido de lo que ya era, su piel era como el color de una vela nueva.
—¿Quién te lo contó? —inquirió en un hilo de voz, interrumpiéndome.
—Cecilio, ya te lo había dicho.
—¿Quién te contó que yo no asistí a su petrificación? ¿Que llegué mucho después? —insistió—. ¿Fue Loto? ¿Él te lo contó?
Aster tenía la mirada brillosa por las lágrimas en sus ojos.
Claro, ahora entendía.
La primera vez que me escabullí en el interior de Neem había notado la presencia de Aster arrodillado frente a la estatua de Cecilio mientras le pedía perdón con tanta desesperación que parecía más el ruego de un creyente hacia su dios.
La culpabilidad lo había estado carcomiendo durante años.
Me pregunté, entonces, ¿cómo fueron los últimos momentos de Cecilio?
¿La droga acaso había mitigado sus emociones?
¿Habría pasado desapercibida la ausencia de Aster?
—Yo… discutí con Cecilio días antes de su petrificación —me confesó—.
Quería que se quedara, me pidió que huyéramos, pero fui cobarde y me negué.
Él tomó su decisión. Le grité que no asistiría, que muriera si quería.
Me arrepentí poco después y lo busqué, pero ya era tarde, ya se había convertido en piedra…
. No me despedí de él, se fue pensando que yo lo odiaba…
¿Qué más te dijo? —preguntó con la voz queda.
Me miró insistente, esperanzado y aferrándose a los remanentes de Cecilio.
—“No hay motivo para pedir perdón. Déjame ir”.
Aster desvió la mirada y apretó los labios, esforzándose por no romper en llanto frente a mí, pero fue en vano, pues de un momento a otro su rostro se vio empapado en lágrimas que le escurrían por el mentón. Su cuerpo entero temblaba.
—Está bien —lo consolé, rodeándolo con mis brazos—. Todo está bien ahora.
El frío de la noche se desvaneció de repente y pude sentir el calor de la costa en mi piel. Supe entonces que Cecilio se había ido para siempre.
Aster y yo pasamos la noche juntos, acurrucados en su cama.
Él se durmió entre lágrimas y yo tardé un poco más en conciliar el sueño, sintiéndome un poco apesadumbrado al extrañar las visitas nocturnas de Cecilio.
Sentía que lo conocía, aunque jamás en mi vida lo había visto.
Entendía el sufrimiento de Aster, entendía de igual forma su enamoramiento y el por qué se había quedado prendado de él de una manera en la que era imposible de explicar.
A él también le habían arrancado una parte de su alma, de forma dolorosa e inesperada.
Pensaba en ese Cecilio de veinte años que se quedaría guardado en la mente de Aster para siempre, sin poder imaginarse siquiera cómo habría sido con el paso de los años.
De la misma manera en la que yo pensaba en mi madre, joven aún y con el cabello negro como la obsidiana.
De la misma manera en la que imaginaba a Lirio cuando lo recordaba, joven de diecisiete años, aunque yo ya estaba por pasar la mayoría de edad en Hesperia muy pronto.
La muerte me parecía algo cruel, pero el olvido lo era más. Así que mientras nosotros los recordáramos en nuestros corazones, ellos seguirían existiendo.
Me desperté a la mañana siguiente con el rumor de una conversación airada.
Somnoliento me acerqué al origen de las voces, solo para encontrarme a Aster y a lord Iris discutiendo sobre lo mismo de siempre: quería que Aster le diera un nieto.
Ahora que su hijo llevaba el cabello crecido, pensó que él se había olvidado de la idea de no tener hijos, que por fin se había olvidado de Cecilio, pues el pelo corto de Aster era un recordatorio para su padre de que él aún seguía instalado en su corazón.
Mi presencia atrajo la atención de lord Iris, que me miró tan estupefacto como enfurecido y angustiado.
—Esto es el colmo —exclamó—. ¿Qué hace el rey aquí contigo? ¿Eres su concubino? —le preguntó a Aster—. ¡Peor aún! Manchas mi apellido… ¿Por qué no eres capaz de conseguirte una mujer de una buena vez por todas?
Parece que nunca se cerraría ese capítulo en la vida de Aster, que no se inmutó cuando su padre le lanzó una mirada asqueada y se retiró dando un portazo.
En mi opinión, sería mucho más fácil que Aster se acostara con una mujer para darle gusto a su padre; no entendía sus razones para no hacerlo, por más que me las hubiera explicado.
—Lo siento —murmuró.
—¿Estás bien?
Asintió apenas y sin ganas, lo cual dejaba al descubierto la contradicción en sus palabras.
—Mi padre ya no puede tener hijos. Está desesperado, pero no creo poder ceder ante sus deseos. No ahora, ni nunca.
Me miró, anhelante.
—Sabes que no me molestaré —intenté reconfortarlo—. No lo haré.
—No —sentenció él—. No me uniré a nadie más de esa forma.
—Perdóname —dije, acariciándole el brazo.
Aster apretó las cejas.
—¿Por qué?
—Si yo fuera una mujer, habría podido darte hijos. En cambio, te he condenado al fin de tu casta.
Me encontraba ordenando pilas enormes de papeles cuando Pétalo se apareció en mi estudio.
—¿Puedo pasar? —preguntó, tímida.
Tardé un momento en responder, pues no la esperaba.
Habíamos pasado tanto tiempo intentando recoger los rastros de una Hesperia rota que no habíamos tenido oportunidad ni ganas de hablar seriamente sobre todo lo ocurrido.
Ella había tomado el trono de Hesperia junto conmigo, así que tuvimos que hacernos cargo de todo el desastre que había dejado su padre.
Pétalo se mostraba en los salones, exhausta y con Jazmín pegado a su pecho, escuchando a los suplicantes; también íbamos a reuniones, y como todo había pasado tan rápido, a veces se nos olvidaba que ostentábamos nuevos cargos.
—¿Cómo estás? —le pregunté, ayudándola a sentarse.
—Ya sabes la respuesta —murmuró con la voz tenue.
—¿Y Jazmín?
—Está con tu padre —asintió.
Desde lo que le había confesado sobre lo que nos había hecho a Lirio y a mí, Pétalo había evitado a toda costa a su padre y no había dejado que se acercara a Jazmín. Era su padre, y estaba seguro de que aún lo amaba, pero también lo repudiaba.
—Jaspe… Lo lamento mucho. Por lo que te hizo mi padre —quise decir algo, pero ella continuó—. Si pudiera disculparme con Lirio… —Los ojos se le humedecieron—. Si tan solo hubiera podido hacer algo…
—No teníamos ni idea —le dije—. No me culpo por ello, porque incluso si lo hubiéramos sabido, no habríamos podido hacer nada.
Pétalo se llevó las manos a la cara y sus hombros se sacudieron por el llanto.
—Yo no pude hacer nada, ni mi padre tampoco, de todas formas.
Ella se mordió el labio y movió la cabeza levemente.
—¿Qué crees que piense Lirio? —le pregunté, cambiando de tema—. Sobre todo esto: Neem, el bosque, la Iglesia…
—Estoy segura de que él buscaría la verdad. Siempre fue bastante…
—Entrometido e impertinente —me adelanté.
Nos reímos, y su risa comulgada con la mía me alegró el alma.
La calidez abordó mi corazón y por un momento pensé que todo volvía a ser como antes.
Me vino a la mente la torre alta del palacio, el viento que corría a aquellas alturas y desordenaba nuestras tareas.
Por apenas unos instantes pude escuchar la voz de Lirio, aunque aquello solo era un deseo inspirado por la nostalgia y la remembranza del pasado. Tanto Pétalo como yo habíamos cambiado.