Hesperia: Balada de flores y dioses Veintitrés
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Veintitrés

VEINTITRÉS

P étalo tenía los ojos húmedos y las manos le temblaban.

Siendo una princesa cuya vida había sido pacífica y prolífera, las recientes situaciones la dejaban al borde de las emociones.

No la culpaba, y mucho menos estaba molesto por su inconsciencia, pues yo había sido así en Dravita.

El deseo de consolarla y llevarla a lavar sus manos, que aún estaban manchadas de sangre, me surcó el cuerpo y la mente, pero no teníamos mucho tiempo.

Yo no tenía mucho tiempo.

—Firma —le ordené nuevamente al rey, ignorando a Pétalo.

Si la ira se cernió sobre el rey, no la demostró. Su silencio solo era la prueba de su propia vergüenza, de sentirse descubierto por su hija.

Ella, frustrada por verse invisible ante nosotros, se adentró a la habitación.

—¿De qué hablas? —me preguntó. Apenas la miré—. ¿Qué está pasando? ¿Firmar qué?

—Ve con Loto, Pétalo —le advertí.

Me dio pena. No quería hacerla sufrir aun más de lo que ya había pasado, pero cuando recordaba a Lirio, cuando recordaba su rostro como el de un muerto, me invadía una rabia inmensa que me estrujaba el corazón y me revolvía el estómago.

La imagen del rey burlándose de su partida y de mis emociones me visitaba cada vez que estábamos en la misma habitación, justo como en esos momentos.

—Anda —le dije, al ver que Pétalo no tenía intención alguna de irse—, dile lo que le hiciste a Lirio. No solo lo mataste, lo tocaste. ¡También me tocaste a mí! ¡Díselo!

Pétalo se llevó las manos ensangrentadas a los labios, que se le entintaron de rojo.

—¿Padre? —inquirió ella en un hilo de voz.

Estaba horrorizada.

Me pregunté muchas veces, después de aquello, si es que ella merecía saberlo. No por Lirio, sino por su padre. Había crecido observando una ilusión de él y yo cruelmente le había quitado el velo, sin aviso ni miramiento alguno…

No, no se lo merecía. Pero era lo correcto.

El rey Crisantemo no dijo nada; sin embargo, su silencio fue su respuesta.

—Tu padre firmará estos documentos o revelaré no solo los abusos que cometió, sino también la naturaleza de su casta —amenacé—. Tu padre es un bastardo, es hijo de la Madre Superiora. Y cuando todos se enteren, nada de esto te pertenecerá. —Alcé los brazos, observando al rey.

Pétalo tenía muchas más dudas, su rostro me lo decía, pero no se animó a decir algo más.

—Estás quitándole su rey al pueblo y un padre a su hija —replicó Crisantemo.

—Con o sin tu firma, te quedarás sin reino. Yo huiré. Sabes que tengo experiencia en eso.

Se rio.

—¿Vas a dejar aquí a tu esposa y a tu hijo? —se burló.

—Me llevaré a mi hijo en cuanto nazca —respondí—. Es decisión de Pétalo si quiere acompañarme.

—No te atreverías…

—Claro que me atrevería —interrumpí—. Este no es mi reino. Perdí mi hogar hace mucho tiempo, lo que pasé aquí no podría importarme menos. Tú, tu pueblo y tus dioses pueden irse a la mierda.

Aun si Hesperia se había convertido en mi nuevo hogar, sería fácil despedirme de él. Ya había sobrevivido al dolor de arrancar mis raíces de un tajo; también podría seguir adelante en otro lugar.

Pétalo se echó a llorar y una punzada de culpabilidad me atravesó el pecho.

—No te lo repetiré otra vez —sentencié.

—Los dioses te castigarán y maldecirán por tus actos viles —advirtió el rey—. La blasfemia es el único pecado que no puede ser perdonado.

—No tengo miedo —respondí—. Yo soy mi propio dios.

Le lancé una pluma y los firmó de mala gana. Salí de la oficina dando grandes zancadas con los documentos en mano, pero Pétalo me detuvo a medio camino.

—Jaspe —me llamó—. ¿Es verdad todo lo que dijiste allá adentro? ¿Que no te importa Hesperia? Lo de Lirio… ¿Mi padre te…? —preguntó con la voz queda.

No se atrevía a decirlo, pero sabía a la perfección a qué se refería.

—Sí —respondí—. Es todo verdad.

Un sonido lastimero salió de su garganta. Se quedó unos momentos sin saber muy bien cómo respirar, pero cuando intenté ayudarla se alejó y me miró como si tuviera la peste. Luego su mirada cambió, observaba a través de mí, o través de las paredes.

Se fue caminando, intentando mantener la compostura a pesar de la conversación que habíamos tenido. Aquello me estrujó el corazón.

No podía pedirle que mirara a su padre como un villano de buenas a primeras. Necesitaba tiempo, y se lo di.

Por fin le entregué los documentos a Aster, que suspiró aliviado en cuanto me vio.

Temía tener que entregar los verdaderos, los que me nombraban a mí y los que había firmado yo.

Me dedicó una sonrisa, me acarició la mejilla y me dio los documentos originales, pidiéndome que los quemara; luego salió del palacio para buscar a Amapola.

Esa noche la ciudad no durmió… y yo tampoco.

Quemé los papeles y mi mente iba y venía entre recuerdos, palabras dichas y emociones que me dejaban confundido. Esa noche Pétalo no durmió en nuestra habitación, así que no tuve más remedio que quedarme recostado, observando la imagen del cielo que se colaba por las grandes ventanas.

—¿Este es un buen destino, madre? —pregunté a la nada.

Habíamos actuado correctamente, y aunque el rey no sería enjuiciado por lo que nos había hecho a Lirio y a mí, podía vislumbrar la justicia en su pronto destino.

Se suponía que esto era una victoria, pero no se sentía como tal.

Era como haber conseguido algo después de que te lo arrebataran injustamente.

Algo que siempre había sido tuyo pero que no habías podido alcanzar.

Sin embargo, el alivio sin duda me arrulló esa noche.

Tiempo después se formó un consejo de manera imperiosa; dada la situación de la ciudad, no se podía esperar mucho.

Dicho consejo estaba formado en su gran mayoría por directivos de la Academia, alguno que otro miembro de la Iglesia y varios miembros de la Corte Real.

El rey y sus allegados fueron destituidos al descubrirse la corrupción de todos ellos.

No solo el rey tenía cola que le pisaran, sino naturalmente también la gente que lo rodeaba.

El rey fue enjuiciado por las muertes de los jóvenes académicos y eruditos que había enviado a Neem, pues los documentos de la Academia que estaban avalados tanto por él como por la Iglesia las confirmaban.

El pueblo hesperiano apoyó a la parte acusatoria al sentir lástima por todos aquellos muchachos que apenas comenzaban a existir sobre este mundo y cuyas vidas habían sido arrebatadas por la avaricia de otro.

Eran como flores tiernas que ni siquiera habían abierto sus capullos cuando fueron arrancadas del jardín.

Las familias exigieron una compensación por las desapariciones de sus hijos, pero tardaron años, como era evidente, en darles una respuesta.

Como era de esperarse, fue Pétalo quien ocupó el trono después de aquello.

Los hesperianos no tuvieron reparo en acostumbrarse a su nueva gobernante, algunos incluso parecían bastante complacidos.

La Madre Superiora también fue enjuiciada y muchos feligreses que la seguían ciegamente se quitaron la venda y vieron la realidad ante sus ojos, pero aquellos que creían que en ella todavía había la suficiente bondad como para redimirse, o que confiaban ciegamente en su palabra, se quedaron, entre ellos Adelfa, la madre de Loto, que también fue acusada de corrupción.

Aquel acontecimiento provocó que la Iglesia terminara desierta durante semanas enteras.

Acudía uno que otro a llorar frente a las estatuas de los dioses, pero la presencia de la Madre Superiora ya no rondaba los pasillos.

Hubo que proteger a la mujer para evitar que fuera ejecutada por la mano del pueblo, al sentirse traicionados por su pastora , envuelta en los asuntos de Neem junto a la Academia, sin ningún tipo de respeto hacia los dioses o a las costumbres hesperianas.

Si la sacerdotisa suprema no respetaba siquiera a los dioses, ¿cómo podría respetar la vida humana?

Finalmente, ella y el director de la Academia fueron colgados en la plaza. El rey apenas se salvó por su posición.

El jardín de estatuas comenzó a ser invadido con más constancia.

Muchos ya no rezaban en la iglesia, sino a las faldas del bosque, en contacto con sus creencias de manera más personal.

Y aunque las ceremonias previas a la petrificación estaban a un año de volver a repetirse, el lugar te hacía sentir todos los días como en una ceremonia de una petrificación al interior de Neem.

Pétalo había evitado salir de su habitación durante semanas enteras, hasta que comenzó la labor de parto un mes después de la redada en la Academia, más pronto de lo previsto, pues el estrés de los recientes acontecimientos le había sentado mal.

Jazmín nació una mañana, luciendo una piel húmeda que no parecía ser mía ni de Pétalo.

Él era un recordatorio de mi Dravita, más allá del mar, pues lucía los mismos ojos negros como la noche que todos allá tenían.

Había nacido con poco cabello sobre la mollera, pero el que tenía se le notaba encaracolado y pegado al cráneo, como el pelo de Pétalo.

Su nacimiento, que sería usado como espectáculo, fue eclipsado por los problemas de la ciudad, lo cual me alegró, pues no quería que él fuera ligado a lo que ocurría en Neem, a las desapariciones, a todas esas muertes.

Jazmín había nacido en una Hesperia distinta, que había cambiado con violencia, pero donde nadie más desaparecía ya.

La Academia se separó de la Iglesia por ese tiempo, convirtiéndose en una institución autónoma y laica.

Aquello, desde luego, provocó que los eruditos y académicos tuvieran más libertad a la hora de realizar sus prácticas dentro del bosque.

Hubo un par de revueltas civiles que se oponían, pero el pueblo hesperiano fue poco a poco acostumbrándose a las incursiones de los eruditos, que esta vez eran más seguras.

Nadie iba por obligación, solo seguían el sendero que yo había trazado en el interior y regresaban sin adentrarse más en el bosque.