Veintidós #3
—El rey le pidió que salvaran el nombre de Jaspe del fuego para las ceremonias de elección —continuó Loto, herido tanto física como emocionalmente—. Ellos mataron a Cecilio. ¡Y lo han hecho con muchas otras personas!
A mi lado, Aster tenía el ceño fruncido y los labios entreabiertos, su rostro había palidecido, y sus ojos estaban húmedos por la impresión. Casi escuché su corazón latir desesperado.
—¡Calumnias! —protestó el rey, ante los ojos de todos los expectantes—. ¡Los dioses escogen! ¡Los dioses eligen!
—Mataron a Cecilio, papá…
Loto se echó a llorar.
El general Cardo apretó los labios, tenía el rostro arrebolado por el enojo y la frustración, y también por la tristeza y la agonía que significaba perder a un hijo de una forma tan injusta y cruel. Se limpió las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano, y luego miró al rey.
—No perderé otro hijo —pronunció lentamente—. Haga lo que tenga que hacer.
Vi un brillo esperanzador en el ojo aún sano de Loto. El general había sido un hombre que nunca tomaba una decisión por sí mismo. Si no era por su mujer, estaba bajo el yugo del monarca.
El rey se puso rojo de la furia, apretó los puños y gritó:
—¡Mátenlos a todos!
Pero ningún guardia se movió. Miraban al general Cardo esperando sus órdenes.
No solo por el hecho de que sus hombres le fueran fieles, pues él mismo había instruido a cada uno de ellos desde niños, rescatados de las calles y orfanatos, sino porque también se encontraban aturdidos por lo que acababa de revelar Loto.
Pétalo por fin se soltó del agarre de mi padre y corrió hasta Loto para sujetarlo y protegerlo.
Su vestido lila se tiñó de un rojo profundo.
Cerré la puerta con un movimiento violento. El oro se magulló ante la fuerza.
De nueva cuenta me encontraba en aquella oficina.
Los ventanales dejaban entrar mucha luz y permitían que el aire corriera por la estancia, llenando el lugar con un frescor agradable.
Aquello me pareció curioso, pues todas las veces que había entrado ahí sentía que me ahogaba entre aquellas paredes repletas de imágenes y estanterías tapizadas de libros y artículos ridículos que solo podrían gustarle a alguien como él.
Me había sentido pequeño en aquel lugar que se asemejaba a un reino con edificios enormes rodeándome.
Ahora me parecía una habitación más del palacio.
—Siéntate —ordené.
El rey se dejó caer pesadamente sobre su silla, detrás de su escritorio.
—Esto es lo que va a pasar. —Le señalé los documentos frente a él—. Firmarás estos papeles, te atendrás a las consecuencias y saldrás a poner orden en la ciudad, porque es lo que un rey debe hacer.
El rey Crisantemo se rio, divertido, pero en sus ojos podía ver la verdadera emoción que le surcaba el cuerpo entero. Tenía ganas de asesinarme. Se arrepentía de no haberlo hecho cuando pudo. Podía vislumbrar la frustración en su expresión y todo el rencor que me dedicaba.
—Viniste a mi reino en calidad de refugiado, y mírate —escupió—. Me ordenas y me amenazas a mí, que soy tu rey. ¿Eso es lo que hace el hambre de poder?
Me sorprendí cuando me di cuenta de que sus palabras ya no hacían mella en mí. Por primera vez no le tuve miedo. En su posición se veía pequeño, desgarbado como un anciano, aunque fuera apenas mayor que mi padre.
—Eso es lo que pasa cuando un rey se esconde dentro de su palacio y deja que su pueblo se mate entre sí —le dije, señalando hacia las ventanas detrás suyo.
—¿Es lo que tu padre hizo? —inquirió—. Ah, ya veo.
Es por eso que tu vida ha sido miserable desde que te echaron de tu propio reino.
¿Por qué tendría que escucharte entonces?
Eres el hijo de un rey inútil e inservible.
—Se acomodó en su silla—. Si me hundo, te hundirás conmigo.
Y ambos sabemos que a ti te irá peor. Pero no te preocupes, muchacho, me encargaré de educar bien a mi nieto cuando nazca para que no se convierta en alguien como tú.
Una enervante furia fluyó por todo mi cuerpo. Pensar en mi hijo cerca de ese hombre vil y asqueroso me revolvía el estómago. Si las cosas no salían como tenían que suceder, ya podía ir despidiéndome de él y de mi vida en Hesperia.
—¡No dejaré que te acerques a él! —grité, golpeando el escritorio—. No tú.
El incendio de la Academia y las revueltas religiosas habían acelerado el golpe que planeaban dar las Flores Amarillas. Tenía poco tiempo para conseguir la firma del rey, antes de que Aster entregara por mí los documentos que se había robado de la Academia.
Crisantemo rio.
—Jamás le haría daño a mi nieto —declaró, sabiendo perfectamente a lo que me refería—. Será sangre de mi sangre. Y lo amaré como a mi propio hijo, aunque herede esa sucia piel tuya.
—No te molestaba mi piel cuando me veía como un niño, ¿no? —Le lancé los papeles a la cara—. Firma ahora, cerdo asqueroso. Te advertí que lo de Lirio no se quedaría así.
La puerta dorada chirrió.
Pétalo entró al lugar, aún tenía su vestido entintado de la sangre de Loto, las mejillas sonrosadas y una expresión de horror le surcaba la cara.
—¿Qué está pasando? —preguntó en un hilo de voz—. ¿A qué te refieres con lo de Lirio…?
El rey se quedó callado. El color abandonó su rostro y aunque al ver a Pétalo la pena me invadió, me llenó de satisfacción presenciar cómo la máscara del rey se caía a pedazos frente a ella.
—¿También mataste a Lirio? —preguntó.