Hesperia: Balada de flores y dioses Veintidós #2
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Veintidós #2

Se movilizaron rápidamente, dirigiéndose al bosque, que era un punto púrpura en la lejanía.

Aster y yo corrimos hasta que los pulmones nos ardieron, mientras detrás nos seguían hesperianos con antorchas y palos en mano.

Los campos, que siempre habían sido tratados con respeto, quedaron pisoteados y las flores magulladas terminaron esparcidas por el pasto como si fueran cadáveres.

Escuchaba a la turba gritando tras nosotros, tan cerca que podía sentir el calor de sus teas a mi espalda.

Desde donde estábamos, Neem quedaba bastante lejos, pero ¿qué más podíamos hacer?

No era posible regresar a la ciudad, nos estarían esperando a las faldas de las colinas, que era la única entrada que poseía Hesperia desde los campos.

Lo único que podíamos hacer era correr y correr hasta que alguien viniera por nosotros.

Neem estaba cada vez más cerca. Mis piernas comenzaban a doler, pero nada de eso importaba mientras siguiéramos avanzando.

Cada vez que miraba por encima de mi hombro podía verlos, como una jauría hambrienta avanzando estrepitosamente.

No sabía si estaríamos a salvo en el bosque, pero prefería tener fe de que así sería.

De repente, el galope de caballos se unió a aquella violenta y atroz melodía. Un pequeño ejército con banderas amarillas y doradas les hizo frente a los religiosos furiosos y los redujeron con violencia, mas no les causaron herida grave alguna.

Mis piernas temblaban, el corazón quería salírseme del pecho y mis pulmones ardían, como si fuera un fuego intenso el que los carcomía.

Sobre los caballos pude distinguir a Amapola, Liatris y a algunos soldados hesperianos, probablemente convencidos por Loto, todos luciendo banderines ondeantes que brillaban tanto como el sol.

Las miradas de Amapola y la mía se encontraron, ella alzó un estandarte amarillo, sobre el cual estaba bordado un puño entre flores y estrellas.

Fresia, Cosmos y Dalia también estaban ahí, triunfantes.

Aster se dejó caer sobre el pasto, aliviado, al igual que los eruditos y académicos, cuyos rostros se iluminaron al ver a sus salvadores. Aplaudieron, gritaron y saltaron de alegría cuando vieron al gentío furioso rendirse ante las Flores Amarillas.

—¡Viva el derecho a elegir! —gritó uno de los estudiantes jóvenes, sacando un pañuelo amarillo de los bolsillos de su vestido para luego ondearlo mientras saltaba.

—Ahora no es el momento —murmuró uno de sus compañeros, arrebatándole el banderín.

Desde las colinas se podía divisar también a los soldados del rey galopando hacia los campos. Vimos la cabellera roja de Loto ondeando como una bandera en la lejanía.

—Estamos a salvo —le dije a Aster entre jadeos, dejándome caer a su lado—. Creí que moriría.

Aster casi se echó a llorar del alivio.

—No te atrevas a morir antes que yo —me advirtió.

Solté una risita.

—Eso es muy egoísta.

—Déjame ser egoísta —murmuró.

Regresamos a la ciudad montando un caballo, escoltados por Loto.

Detrás de nosotros iba una larga fila de académicos cobijados por los guardias reales.

Nos recibió el gentío furioso, amordazados de las manos y de los tobillos como esclavos.

Si las Flores Amarillas no hubieran aparecido en aquel momento, en ese momento los campos estarían teñidos de rojo y nuestros cuerpos desmembrados se encontrarían esparcidos a las faldas del jardín de estatuas, como flores pisoteadas y muertas.

—¿Estás bien? —le pregunté a Aster, que iba tras de mí, sujeto a mi cintura.

—No, no lo estoy —se sinceró.

Puse una mano encima de las suyas, buscando reconfortarlo.

Ya todo había pasado, sin embargo, aún quedaban asuntos que resolver. Una vez que las cosas se habían calmado en los prados, las Flores Amarillas habían preguntado por los documentos que se suponía que yo entregaría… así que nos encaminamos hacia el palacio.

—¿Crees que quiera firmar ahora? —preguntó Aster, hablando cerca de mi oreja.

—Tiene que hacerlo…

Pero yo tampoco estaba seguro de ello. La última vez el rey se había reído de mí y de mis burdos intentos por convencerlo. Tenía que buscar otra manera, o hacerlo que firmara por la fuerza.

—Si no firma, me iré de Hesperia —susurré.

Aster no dijo nada.

Cuando llegamos al palacio, ya nos esperaban varios guardias en los jardines principales. A la cabeza estaba el general Cardo, con su porte imponente.

Nos bajamos de los caballos, dirigiéndonos hacia los jardines principales, pero conforme nos acercábamos, nos dimos cuenta de que los guardias no tenían intención alguna de moverse para dejarnos pasar.

—¡Padre! —gritó Loto—. Ya contuvimos la revuelta, pero la Academia ha sufrido estragos.

Él se acercó triunfante, como esperando una felicitación del general, sin ser consciente de lo que nos esperaba. Loto no escondió el banderín atado en su brazo, pero su sonrisa se desvaneció poco a poco. Se giró para señalar hacia los banderines amarillos.

—Ayudamos a los eruditos a escapar, ninguno ha muerto, padre. Estamos con las Flores Amarillas.

El general Cardo ni se inmutó, solo lo miró fijamente, advirtiéndole que se callara.

Algo andaba mal.

El rey apareció detrás del general Cardo, con sus ropajes ondeando y el rostro imbuido en satisfacción. Sus ojos brillaron al verme.

—Arresten a todo aquel que porte un banderín amarillo —ordenó—. Ejecútenlos. ¡Los dioses son y serán amos y señores de Hesperia!

Los guardias se movilizaron hacia nosotros.

Loto separó los labios, estupefacto ante lo que acababa de oír. Parpadeó un par de veces y se quedó inmóvil, tratando de procesar la situación.

—¡Padre…! —gritó Loto, en una súplica. Ya había desenvainado su espada y no tenía miedo de usarla, pero era evidente que lo superaban en número—. ¿Qué está pasando?

—Lord Quercus —comenzó el rey, mirando fijamente a Loto, y luego me miró a mí, victorioso—, ha traicionado a la Corona al aliarse con los rebeldes. Y veo que también coopera con el príncipe Jaspe, que ha recurrido a amenazas que atentan contra la seguridad de su majestad —anunció, señalándose.

Los guardias se aproximaron a nosotros, pero no se animaban del todo a apresar a Loto y a los guardias que estaban de nuestro lado. También miraban de reojo al general Cardo, como esperando a actuar activamente contra su hijo si él lo hacía también.

—Lord Loto, suelte la espada —ordenó el general Cardo, yendo hacia él.

Pero Loto permaneció en donde estaba, listo para defender a Aster con la espada en alto.

—Las Flores Amarillas nos ayudaron —insistió Loto—. No son rebeldes. Los feligreses iban a ejecutar a los eruditos de la Academia.

—No lo volveré a repetir —amenazó el general—. Muévete.

Estaba claro que las razones del rey eran absurdas para nosotros, que conocíamos ambos lados de la historia, pero para Hesperia las Flores Amarillas eran un montón de rebeldes que pensaban que sus creencias podrían sobreponerse de manera violenta sobre los dioses de Neem, y por eso había que erradicarlos.

Para Hesperia, las Flores Amarillas eran villanos, y aquellos que buscaban ajusticiarlos por cuenta propia se creían, en contraparte, héroes.

Loto se plantó frente a nosotros.

—No.

—Ejecuten ahora a lord Loto y al príncipe Jaspe —ordenó el rey.

—Muévete, hijo, por favor…

—¡No!

Loto no esperaba que su padre lo atacara con tanta frialdad y fiereza, pues trastabilló después de bloquear el golpe con su propia espada.

Se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, estupefacto.

El general Cardo, en cambio, le dirigió una mirada apesadumbrada y lastimera, implorándole que se alejara de Aster.

Loto no obedeció las miradas de advertencia de su padre. Le asestó un golpe con la espada también, que el general Cardo desvió sin dificultad.

Siempre había pensado que Loto era un prodigio en el manejo de la espada, pero contra su padre se quedaba corto.

Parecía un novicio. Pese a su edad, el general Cardo se movía con destreza y velocidad, mostrando los años de práctica y experiencia en aquel combate tan desigual.

Loto no era tan hábil como para hacerle frente a su padre, que llevaba una vida entera cargando y usando una espada como si fuera una extensión de su cuerpo.

Busqué con la mirada una salida, sin despegarme de Aster.

Tenía miedo de que desapareciera si lo perdía de vista, como sucedía con mi madre en mis sueños.

El rey, al igual que con Lirio, lo había visto todo y estaba dispuesto a hacer mi vida miserable alejándome de todo aquel que apreciaba.

No lo permitiría. Tendría que pasar por encima de mí antes que permitir que la vida de un inocente más fuera arrebatada de este mundo.

Loto se hizo hacia atrás en cuanto el general Cardo asestó un golpe desde arriba, cayó al suelo y soltó su espada, que rebotó contra la piedra bajo sus pies en un repiqueteo.

Se llevó una mano a la cara. De entre sus dedos comenzó a chorrear sangre, que se derramaba en el suelo como una lluvia carmesí.

Alguien gritó a lo lejos. Era Pétalo. Intentó correr hacia nosotros, pero mi padre la sujetó con la mano. Él miraba la escena, asustado y con los ojos muy abiertos. Quise gritarle que se fuera de Hesperia, que huyera.

—Terminen de una vez con esta amenaza al reino —le instó el rey a Cardo, ajeno a los sentimientos que surcaban el rostro del general.

Se acercó a su hijo, con espada en mano, y Loto buscó desesperadamente a tientas la suya, que estaba a su izquierda, pero no la pudo ver, pues se había quedado ciego del ojo izquierdo.

El general Cardo empujó la espada de su hijo con el pie y alzó su espada, listo para asestarle el golpe final.

Pétalo chilló y gritó a lo lejos, imposibilitada por mi padre para hacer algo más. Y yo, desarmado, solo podía esperar nuestro final.

—¡Mi madre asesinó a Cecilio! —gritó Loto, con la voz pendiente de un hilo y con la garganta dolorosamente cerrada por un nudo—. ¡La oí la otra noche!

Un tintineo metálico nos regresó de nueva cuenta a observar la terrible escena.

El general había dejado caer su espada.