Hesperia: Balada de flores y dioses Veintidós
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Veintidós

VEINTIDÓS

A mapola me había dado hasta el mediodía para entregarle los documentos, pero aún debía conseguir la firma del rey.

No tenía muchas esperanzas, pero de todas formas quería intentarlo, quería creer que de esta manera al menos podría despertarme de la pesadilla en la que me encontraba.

Pensaba en todos esos estudiantes y la cabeza me dolía, en varias ocasiones tiré mis entrañas por la boca, preso de la ansiedad.

En algún punto, creí que mi corazón iba a salirse de mi pecho de un salto.

Tan solo imaginarme en presencia del rey, desafiándolo, me hacía sentir aterrado. ¿Qué iba a pasar si se negaba?

Pensaba en mi padre y en sus problemas del corazón.

No podía esperar a que se desvaneciera por mi culpa otra vez, y en esta ocasión de manera definitiva.

Pensaba en Jazmín, en Pétalo… No quería abandonarlos si todo salía mal.

Huir de nuevo me provocaba el deseo de querer vomitar.

Era cierto que no había reino alguno que me perteneciera, pero consideraba a Hesperia mi hogar.

Mi madre, antes de morir, me había dicho que buscara un buen destino.

Lo había intentado con todas mis fuerzas, y cuando solté todas las cargas que me hacían pesada la existencia, lo había encontrado.

Entonces, a primera hora de la mañana, me planté delante de la oficina del rey.

El rey habló desde dentro, instándome a pasar.

Tragué saliva, me armé de valor y entré.

Estaba solo y aquello me dio un alivio indescriptible.

—¿Por qué motivo vienes a mí?

No me miró, pero ciertamente estaba sorprendido, pues la mayoría del tiempo intentaba evitarlo a toda costa.

Tomé un poco de aire antes de poder hablar.

—Durante la incursión de la madrugada nos interceptaron.

No sé qué sucedió con los eruditos que me acompañaban.

Aquellas personas están enteradas de las incursiones dentro de Neem —le hice saber—.

Al igual que las Flores Amarillas, ellos poseen documentos, firmas y testigos. Planean hacer todo público al mediodía.

Los religiosos eran extremistas cuando se metían con sus dioses y no eran capaces de sentir remordimiento ni culpa ante la muerte de jóvenes eruditos porque para ellos eso era la justicia.

Recordé a aquel chico que iba a ser sacrificado en Neem.

Habían preferido desmembrarlo antes que dejarlo vivo y libre.

El rey se acomodó en su silla, interesado.

—Es natural que estés preocupado, si fuiste partícipe.

—Sí, lo fui. Y usted también. —Me acerqué para extenderle los documentos—.

Miembros de la Academia están confabulados con ellos.

Han vendido también al director. Están listos para pedir ayuda a la provincia del norte si es que las cosas se ponen peor de lo que ya están.

Así que le ruego, por favor, coopere y firme estos documentos.

El rey tomó los papeles y les echó un vistazo rápido. Soltó una carcajada seca cuando terminó de ojearlos.

—¿Quieres que firme esto para salvarte el pellejo? —Empujó los papeles hacia mí—. Estás loco. Vete ya, que hagan lo que tengan que hacer. ¿Quién les creerá? —se burló.

Las manos me temblaron, no del enojo ni la frustración, sino por el miedo de lo que se avecinaba.

Por primera vez en mucho tiempo, no quise morir.

—Sé que es un bastardo —le dije.

Me miró con los ojos muy abiertos. Se levantó y rodeó el escritorio para acercarse a mí.

—¿Estás amenazándome? Pequeña mierda insolente.

No quería hacerlo, pero agaché la cabeza y mi mirada fue a parar a mis zapatos, al escritorio de madera…

— Debí haberte matado en cuanto pude. Has sido un dolor en el culo desde que llegaste.

Me sentía pequeño, entumecido de los pies a la cabeza. ¿Por qué no podía moverme? Era un hombre adulto, lo suficientemente fuerte como para hacerle frente al rey, sin embargo… no podía mover ni una extremidad, tenía miedo hasta de pestañear y respirar.

—Así que escúchame bien, esto es lo que va a suceder: voy a colgarte y dejar que tu padre mire cómo bajan tu cadáver de la cuerda…

El rey fue interrumpido por un guardia tan desesperado que había olvidado tocar la puerta. Aquello lo enfureció aún más, pero antes de que pudiere reprenderlo, el guardia habló.

—¡Su majestad, los feligreses dicen que han encontrado eruditos explorando Neem y los han ejecutado! ¡Una turba se dirige a la Academia!

Salí de la oficina corriendo y casi trastabillando. Lo único en lo que podía pensar era en Aster, que se encontraba en los edificios de la Academia. Monté un caballo y me dirigí hasta las puertas, que estaban abiertas de par en par y prendidas en llamas.

“No, no, no…”, me repetía mientras cabalgaba, esperanzado de que no fuera demasiado tarde.

Bajé del caballo y entré al lugar dando grandes zancadas.

No veía cuerpos de académicos por ningún lugar, pero sí a la turba incendiando todo lo que se encontrara en el jardín principal, rompiendo las estatuas de eruditos de otras épocas.

Los soldados del rey ya habían llegado y se llevaban a cualquiera que estuviera causando destrozos, pero el lugar era tan caótico que no se podía poner orden.

Más adelante aporreaban los portones metálicos de la segunda entrada, la que llevaba a los complejos, los salones y los dormitorios.

Las puertas se abrieron en un chirrido metálico y la turba enardecida se adentró al lugar cual colonia de hormigas.

Hubo gritos, acompañados del sonido metálico de las armaduras de los guardias, que intentaban contener la mayor cantidad de personas que podían.

Se encontraban por todos lados, buscando académicos en los salones y en los jardines.

El caos y la confusión se me hicieron familiares, al igual que el fuego arrasando con todo el lugar, las llamas alzándose como torres danzarinas, ennegreciendo las paredes pulcras de la Academia y carcomiendo todo a su paso.

Por un instante, vi a Azurito colgado, a Topacio en medio de la noche, a mi madre sujetándome fuerte del brazo mientras huíamos y dejábamos nuestro palacio, que se asemejaba más a una hoguera que a la construcción majestuosa que siempre había sido.

Di un paso tembloroso atrás.

Pegué un salto en cuanto alguien me sujetó del brazo y temeroso intenté alejarme.

—¡Cálmate! ¡Soy yo!

Se trataba de Loto, que había llegado con un pelotón pequeño de guardias que suprimían con fiereza a la turba, mucho más eficaces que los hombres de su padre. No eran más que media docena, pero todos ellos portaban banderines amarillos en sus brazos y colgados de sus cinturones, al igual que Loto.

—¿Aster? —preguntó.

—Estoy buscándolo —dije.

—Ve a los pisos superiores, deben estar ahí apelotonados. Me quedaré aquí.

Se oyeron más gritos. No sabía si provenían de los feligreses siendo reducidos por el pelotón de Loto o de los eruditos cuyo escondite ya había sido revelado.

Subí al segundo piso, donde estaban los complejos y los jardines exteriores.

Todo estaba desierto y algunos miembros de la turba furiosa ya comenzaban a apoderarse de dichos lugares, quemando lo que encontraban a su paso.

—¡Aster! —grité, desesperado al ver la Academia sucumbir al caos.

Las paredes, que siempre habían sido blancas, ya comenzaban a pintarse de negro a causa del fuego dentro de los salones, que estaban plagados de papeles y artilugios inflamables.

Las llamaradas furiosas escapaban de las puertas y las ventanas, amenazando con invadir los jardines.

Los murales yacían también violentados e irreconocibles.

Corrí rápidamente hasta el tercer piso y luego hasta el cuarto, donde se encontraban los jardines que conectaban con los campos próximos a Neem.

Ahí se encontraban los eruditos, cruzando el puente y subiendo la colina que llevaba al campo de entrenamiento de Loto.

Algunos ya se encontraban reunidos bajo el árbol de glicinia, mirándose confundidos y esperando la ayuda de la guardia real.

—¡Aster!

Su figura se abrió paso entre el montón de eruditos y académicos que se habían quedado atrapados en el lugar cuando el asedio comenzó.

—¡Estaba preocupado por ti! —grité, sintiendo que la piel y el vello se me erizaban.

Nuestros cuerpos chocaron dolorosamente cuando nos reunimos y nos abrazamos. Nuestros labios se juntaron en un beso premuroso que él permitió sin objetar.

Nos separamos rápidamente. No había tiempo en esos momentos.

—No tardarán en llegar hasta aquí —le avisé—. Tienen que estar listos para correr hacia Neem cuando eso pase.

Aster se giró y corrió hasta los académicos, temerosos.

Había desde eruditos experimentados y ya graduados, profesores y alumnos de primer año hasta alumnos de ramas informales, como lo habíamos sido Pétalo y yo, con los rostros rojos por el cansancio y la mirada perdida.

Se abrazaban los unos a los otros, mientras que varias de las muchachas nobles lloriqueaban.

Me vi a mí mismo reflejado en un muchacho morocho que sujetaba sus cuadernos contra su pecho con tanta fuerza que el rostro se le había encendido.

Estaba seguro de que ninguno de esos chicos bajo el árbol de glicinia quería ser erudito, pero la turba enojada no hacía distinciones: arremetía contra cualquier persona que hubiera salido de la Academia. No tenían culpa de nada, solo estaban en el lugar equivocado.

El director de la Academia también se encontraba en ese sitio, temeroso.

—Pero… la guardia real…

—La guardia real apenas puede con ellos allá abajo. —Lo tomé de la mano—. Incendiaron la Academia.

La expresión de Aster se entristeció. La quema de los libros y de todo el conocimiento que había ahí era una pérdida irreparable: siglos de conocimiento perdidos.

—Vámonos.

—¡Espera! —Se quedó quieto en donde estaba—. ¿A dónde iremos? ¿Y ellos…?

Una de las muchachas chilló, y fue entonces cuando los murmullos y los rezos a los dioses llegaron hasta mis oídos. La chica tenía los ojos puestos hacia el horizonte, en dirección al mar. Vi que la turba furiosa ya se encontraba subiendo los jardines del cuarto piso.

—¡Hacia Neem! ¡Todos hacia Neem! —ordené.