Hesperia: Balada de flores y dioses Veintiuno #3
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Veintiuno #3

—Salvaste a uno y condenaste a una docena de eruditos. ¡Los colgaron en la plaza por tu culpa!

La mejilla me ardió y cuando me relamí el labio me supo a hierro. Amapola tenía la mano temblorosa y enrojecida.

—Te recuerdo que tú jamás hiciste nada cuando enviaban a mis compañeros a morir a Neem. ¡Jamás hiciste nada! No te atrevas a culparme ahora.

Amapola se echó a llorar. Se dejó caer en la silla frente a su pequeña mesa. El mueble chirrió bajo su peso.

—Sabes que ahora será peor —le dije—. Trataré de darte los documentos lo más pronto posible, pero no salgas por lo pronto. Es peligroso.

—Dijiste que todo está registrado, tu nombre está en esos documentos. ¿De verdad lo harás? —preguntó, incrédula.

Asentí, aunque en mi interior algo vibró. Tenía miedo.

—¿Cuánto tiempo tengo para entregarte los documentos?

—Hasta el mediodía de mañana —advirtió, y cuando estuve a punto de retirarme, ella me tomó del brazo—. Aún sigue en pie lo que te prometí. Te ayudaremos a escapar a ti y a tu padre cuando todo esto explote.

Aster apareció en el palacio aquella tarde. Se veía bastante agotado y con el pecho subiéndole y bajándole desesperado por haber recorrido el palacio entero buscándome. Definitivamente necesitaba entrenar con Loto y conmigo, pues la vida sedentaria de erudito no parecía caerle del todo bien.

—Princesa —Aster la saludó educado, pero apurado.

Ella reposaba sobre una de las jardineras.

Su vientre, ya muy abultado, anunciaba la cercanía del nacimiento de Jazmín.

Aster lo observó por más tiempo del que se consideraba educado.

Pétalo amenazó con levantarse, pero la detuve.

Le dije que le traería algún aperitivo, de esa forma Aster y yo pudimos salir de los jardines para conversar.

—¿Cuándo es que…? —comenzó Aster.

—¿Cuándo nace? —me adelanté—. En unas semanas.

Él respondió con un “Oh…” pensativo.

No habíamos hablado mucho desde aquella vez que discutimos en Neem. Aún nos veíamos en la Academia por el trabajo inhumano que nos unía, pero siempre manteníamos la cordialidad de por medio. Había sido incómodo, pero no teníamos de otra.

—Mi padre estaría orgulloso si yo le diera un nieto —comentó, desalentado.

—Creo que cualquier mujer estaría orgullosa de llevar tu descendencia —le dije.

Las mejillas de Aster enrojecieron, pero se recompuso rápido.

—¿Trajiste lo que te pedí? —le pregunté.

Asintió, sujetando el bolso que llevaba a un lado. Le temblaban las manos. Aster era un erudito que se había pasado la vida con la nariz metida en sus libros y ensayos, alejado de toda problemática que se cernía sobre la ciudad. Él apenas si había ido a los barrios marginales alguna vez en su vida.

—Tranquilo —le dije, sujetándole el brazo—. Todo saldrá bien.

Aunque yo no estaba seguro de eso realmente.

—Me reuní con algunos profesores y compañeros —comenzó—. Les conté lo que el director hacía, sobre Neem, sobre la Madre Superiora y el rey. Apoyarán a las Flores Amarillas en cualquier circunstancia.

—Gracias.

El tiempo se detuvo en cuanto nos miramos a los ojos. Aster ya tenía el cabello crecido por debajo de los hombros, lo llevaba medio sujeto con un broche y algunos mechones dorados y lacios le caían sobre la frente.

Incliné la cabeza, asintiendo, y tomé los documentos para retirarme.

—Espera un momento —pidió—. Pude obtener el sello de la Iglesia y del director, pero no el del rey.

—¿De qué estás hablando?

—Transcribí todos los documentos viejos a unos nuevos, unos donde no está tu nombre. —Aster sonrió apenas cuando arqueé las cejas—. Me ayudaste a hacerlo aquella noche en la Academia cuando bebimos. ¿No te diste cuenta?

—Eres un idiota, me hiciste trabajar hasta entrada la noche. —Me reí y lo abracé—. Gracias.

Aster se tensó en cuanto lo rodeé con mis brazos. Por unos instantes olvidé que ya habíamos terminado y que le incomodaba el contacto no pedido.

—Estos son los documentos viejos —me indicó, abriendo el bolso y señalando una pila envuelta en una carpeta de papel rojo—. Si no puedes conseguir la firma…

—Lo sé —lo interrumpí, desesperanzado—. No sé si el rey… no cooperará conmigo —murmuré.

—Vale la pena intentarlo.

Solté un largo suspiro. El corazón me golpeteaba dolorosamente contra las costillas, dejándome el pecho adolorido y con la respiración entrecortada.

—¿Qué pasará con el rey? —pregunté.

No me interesaba si lo colgaban como a esos académicos o si terminaba partido por la mitad como aquel pobre muchacho que no deseaba pasar su eternidad con los dioses, pero pensaba en Pétalo y en la catástrofe de emociones que la abrumaría. Era su padre.

—Se tiene previsto que se le envíe a juicio —dijo—. A él, a la Madre Superiora y al director. Se decidirá entonces lo que pasará con ellos. Si las cosas escalan, tendremos que recurrir a un golpe de Estado. Pedir ayuda a las ciudades del norte.

—No suenan como buenas noticias.

—No lo son. Sabes que odian Neem y todo lo relacionado a la religión de aquí.

No dudarían ni un segundo en invadir sus propias ciudades si eso significaba el fin de una tradición que les parecía horrenda.

Esa noche una nueva incursión se llevó a cabo, aunque a ojos recelosos, pues los profesores estaban enterados de la misma.

Sin embargo, no debíamos levantar sospechas, no hasta que las Flores Amarillas obtuvieran los documentos, no hasta que yo obtuviera la firma del rey.

Salimos de la ciudad para subir la colina en medio de la madrugada, cuando todos dormían y todo estaba en calma.

Íbamos despacio, sin antorchas que iluminaran nuestro camino, únicamente guiados por el cielo estrellado y la luz plateada de la luna.

No era difícil encontrar Neem de todas formas, porque una vez que subías la colina que estaba encima de Hesperia, podías ver el bosque titilante, brillando en tonos morados, que hacían lucir al bosque con vida propia.

—Dicen que antes brillaba más —comentó uno de los eruditos.

Era un chico joven que me recordaba mucho a Aster, porque se expresaba con propiedad y siempre estaba serio.

—Como si estuviera perdiendo vida con el paso del tiempo.

Entonces, recordé lo que habían dicho Narciso y Lantana durante la primera expedición.

El bosque parecía estar muriendo, porque las flores no crecían más, o crecían débiles y quebradizas.

Tampoco se veía el sol, y pareciera que las leyes del firmamento de Hesperia no se aplicaban al bosque.

¿Qué era? ¿Por qué estaba ahí? ¿Quiénes lo habitaban?

Me había hecho esas preguntas durante tanto tiempo, carcomido por la incertidumbre y la impotencia de no conocer las respuestas.

Estaba seguro de que jamás lo descubriríamos.

El director estaba ansioso por conocer qué había más allá, y la Madre Superiora solo quería encontrar a un dios para someterlo a sus deseos.

Indudablemente, todos nos sentíamos atraídos por la curiosidad, por el enigma que representaba el bosque y la historia que guardaba en su interior.

—Alguien nos está siguiendo —murmuró otro estudiante.

A lo lejos, unas figuras se aproximaban a nosotros andando.

En nuestro grupo solo nos acompañaba un guardia.

—¿Qué hacemos, príncipe Jaspe? —me preguntaron.

Balbuceé un poco. Esos chicos no debían tener más que un par de años menos que yo; también estaba tan aturdido como ellos. Sin embargo, buscaban en mí una autoridad que los protegiera. Las piernas me temblaron.

—¡Se están acercando más!

—Vayamos al bosque —les dije—. Una vez en los límites, crucen y sigan el hilo dorado por al menos unos quince minutos. No se perderán y ellos no se animarán a entrar.

—¡Sí, príncipe Jaspe!

Cuando llegamos al bosque, los muchachos y el guardia se adentraron rápidamente al interior.

Al mirar hacia atrás, el número de personas que nos seguía había aumentado.

Claro, lo más probable es que la información que Aster les había dado a los profesores y compañeros ya había corrido y explotado como pólvora.

—Mierda… —murmuré.

Me adentré al bosque rápidamente, buscando los límites del jardín de estatuas. Detrás de mí, y entre los árboles y arbustos, escuchaba los chapoteos de pasos pesados.

—¡Eran eruditos, los vi!

—¡Tenían razón, están explorando Neem!

Me agaché junto a un árbol, esperando que aquellos hombres continuaran su camino.

—¡Ahí va uno!

Me quedé inmóvil, listo para pelear, pero fue el grito de uno de los muchachos que rompió el mutismo del lugar.

—¡Ayuda, por favor!

Los huesos se me helaron, la piel se me erizó, presa del temor y la ansiedad.

—¡Ayuda!

Me levanté, dispuesto a correr hacia el muchacho, pero alguien me sujetó del brazo con tanta fuerza que me hizo daño, justo en la marca que habían dejado las criaturas raquíticas de Neem. Lancé el puño al aire, golpeando al hombre que sostenía mi brazo. Un lloriqueo sutil me hizo fruncir el ceño.

—¡Soy Cosmos! —se quejó.

Amapola apareció detrás de él, junto a Dalia y Liatris.

—¡Vámonos! —me instó ella.

—¡No! Hay dos estudiantes del otro lado, debemos ir por ellos…

—No hay tiempo —musitó Amapola. Le había costado trabajo pronunciar aquellas palabras, quizás recordando a Narciso y Lantana—. Necesitamos esos documentos —dijo, en un hilo de voz—. Los necesitamos —insistió, ignorando los gritos de los eruditos.

Sopesé por unos momentos sobre si arriesgarme e ir por ellos. El tintineo metálico a lo lejos y el rumor de voces agresivas solo dejaba en claro que el guardia no podía siquiera protegerlos. Y, por tanto, mi ayuda no bastaría. Con el alma y el corazón pesados, seguí a Amapola.

Rodeamos las faldas del bosque hasta encontrarnos en los campos más alejados de Neem. Estos conducían hasta la costa rocosa, por donde entramos a Hesperia sin tener que bajar por la colina. Cuando llegamos a la ciudad, el sol ya se asomaba en el horizonte.

—Hasta el mediodía —me advirtió ella, con los ojos llorosos.