Hesperia: Balada de flores y dioses Veintiuno #2
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Veintiuno #2

Los pies blancos de Lirio ya estaban cubiertos por raíces y flores moradas, propias del bosque, que se extendían hasta sus rodillas.

Era probable que sus familiares, tan religiosos como él lo era en vida, quisieran que pasara a formar parte entera de Neem.

Cada uno hacía lo que quería con sus muertos petrificados.

Algunas estatuas lucían sin ropa alguna, carcomida por completo por el tiempo y la humedad, ya fuera porque ningún familiar acudía a visitarlas o porque ya no quedaba nadie que las recordara y que pudiera seguir con la tradición.

Esto era muy raro, pero solía sucederles a las estatuas que llevaban siglos abandonadas en el bosque.

La familia de Lirio solo acudía para cambiarle el ropaje cada año.

La estatua de Cecilio, en cambio, se encontraba limpia, sin rastro alguno de humedad salvo en los pies, que era inevitable e imposible de quitar.

Aquello era obra del general Cardo y de Aster, me había contado Loto, pues aunque jamás lo habían conversado, tenían un acuerdo mutuo y silencioso de hacerlo.

Quizá porque aún se aferraban a Cecilio como el ser humano que había sido y no lo veían como una estatua inerte que ya era propiedad del bosque y sus dioses.

“Es la culpa”, me había dicho Loto, y yo no había entendido en esos momentos si se había referido a Aster o al general Cardo. Quizás a ambos.

Pétalo se acercó a Lirio con dificultad, la llevaba de la mano y sujeta por la cintura, pues cada vez se le hacía más difícil caminar con libertad. Era muy joven, así que no comprendía ni un poco por qué la Madre Superiora la hacía pasar por eso.

¿Qué nos habría dicho Lirio? ¿Qué hubiera pensado al vernos a ambos de esta manera? Entre más tiempo pasaba, sentía que menos lo conocía. A veces llegaba a pensar que su existencia había sido solo un sueño, producto de mi imaginación.

—Nunca fuimos a la costa rocosa con él —comentó Pétalo.

—No nos dio tiempo.

Y aquello era verdad. Las ceremonias religiosas nos lo habían arrebatado, y aunque Pétalo era fiel creyente de los rituales y los dioses que exigían almas humanas, también lo llegaba a pensar. Era entonces cuando la escuchaba rezando entre susurros para disculparse con los dioses.

Los sacrificios ya habían sido nombrados en la iglesia, así que a las faldas del bosque se había comulgado una gran cantidad de gente que observaba a las sacerdotisas y a los sacrificios con cautela y curiosidad.

Así era todos los años. Luego de que los sacrificios entraran al bosque en compañía de las sacerdotisas, todo mundo esperaba el regreso de estas últimas antes de que el sol cayera.

Entonces todos se retiraban a sus casas para volver a la mañana siguiente y presenciar el nuevo arte en el jardín de estatuas, o se quedaban en los campos toda la noche.

Aquellos que se quedaban decían que, a cierta hora, cuando la luna estaba en su culminación, una brisa intensa y fría salía del bosque, y luego un golpe seco llegaba desde las profundidades de la tierra, como un latido: la señal de que aquellas almas habían sido tomadas.

Sin embargo, esta vez no ocurrió de esa manera, porque cuando el sol comenzó su descenso sobre el cielo, el caos arribó.

Las Flores Amarillas hicieron acto de presencia en el lugar donde los hesperianos se habían congregado. No había muchos guardias en el lugar, porque todo mundo respetaba las costumbres religiosas y nunca en la historia de Hesperia había habido persona alguna que irrumpiera en las celebraciones.

Varios de los guardias optaron por protegernos a mí y a Pétalo antes que adentrarse en el caos al otro lado del campo.

Entre el desorden, la confusión y en medio de gritos, miembros de las Flores Amarillas se adentraron al jardín y tomaron al par de muchachos que no se habían mostrado contentos cuando sus nombres sobrevivieron al fuego de la ceremonia de elección.

Los religiosos, que se habían mantenido al margen de la situación mirando todo con rostros furiosos y esperando a que los guardias actuaran, se abalanzaron hacia los sacrificios, que no podían hacer más que ser arrastrados debido a las drogas en su sistema.

Los guardias nos escoltaron en un tumulto metálico de armaduras de vuelta al palacio, algunos se habían quedado atrás para apaciguar a la multitud.

Pétalo me sujetaba el brazo con fuerza mientras que a unos metros las personas se arremolinaban para evitar que las Flores Amarillas se llevaran a los sacrificios.

En la lejanía pude ver que el cuerpo de uno de los muchachos se partía a la mitad, bañando en sangre a las Flores Amarillas, que sujetaban los brazos, y a la multitud religiosa, que lo tenía aferrado de las piernas.

Pétalo gritó, desesperada.

—¡No mires! —le dije.

El barullo cercano al jardín de estatuas se oía ya como un rumor en cuanto nos subimos al carruaje y nos alejamos a toda prisa.

La ciudad se había convertido en un caos y la presencia de religiosos clamando justicia por la interrupción de sus prácticas no se hizo esperar a la mañana siguiente, pues en las puertas de la iglesia había banderines dorados y amarillos, manchados por un color negruzco, colgados sobre las estatuas que decoraban el lugar.

Se trataba de las prendas que las Flores Amarillas habían usado el día anterior, las mismas que se habían manchado con la sangre de aquel joven que había sido desmembrado con violencia.

Horrorizados, los feligreses los arrancaron de sus estatuas y los quemaron.

El rey no se daba abasto ante las peticiones de los suplicantes, que llegaban estupefactos, tristes o enardecidos por el coraje. Pétalo no había salido de su habitación, había llorado toda la noche.

Ese día estuve yo junto al rey, conversando con los suplicantes.

Muchos de ellos eran creyentes que clamaban desesperadamente la muerte o, en el mejor de los casos, el encarcelamiento y tortura de las Flores Amarillas.

Yo fingía compartir su pena y les decía que el rey se encargaría del asunto.

Aquello no aminoraba sus pesares, pero al menos se iban satisfechos de haber sido escuchados.

Muchos religiosos también habían comenzado a acosar las puertas de la Academia, alegando y responsabilizando a los profesores y académicos por aquellos comportamientos.

No era un secreto que varios miembros de las Flores Amarillas eran estudiantes jóvenes de la Academia.

Si en un principio las protestas eran vistas como berrinches de niños eruditos, ahora eran un grupo extremista que debía ser erradicado cuanto antes.

Las Flores Amarillas siempre habían abogado por el derecho y libertad a elegir si ser petrificado o no, y aunque aquello era un pensamiento razonable, para los creyentes no era más que una amenaza a su religión y una ofensa para sus dioses.

La mayoría pensaba en la petrificación como una bendición antes que un castigo; a nadie le importaban los deseos de aquel muchacho muerto, porque el mayor regalo era ser ofrendado a los dioses del bosque de Neem.

Pero los protestantes, los religiosos más sensatos y empáticos, y los que no profesaban ninguna religión, exigían el derecho a elegir si vivir u ofrendar su vida.

Sus protestas y la interrupción violenta de las ceremonias solo podían significar que ya no estaban dispuestos a suplicar en voz baja.

Al día siguiente, doce académicos fueron enjuiciados y colgados en la plaza debido a sus conexiones con las Flores Amarillas, señalados como los culpables del derramamiento de sangre de un sacrificio, pues las leyes dictaban que quien irrumpiera o cometiera actos en contra de la Iglesia o la Corona sería ejecutado de inmediato.

Les habían encontrado pañuelos amarillos en sus hogares, entre su ropa.

No ayudaba que un día después del derramamiento de sangre hubieran colocado banderines amarillos en el portón de la Academia.

Habían sido retirados rápidamente, pero las personas ya los habían notado.

Nuestra presencia en aquel lugar solo había empeorado las cosas para ellos, pues los acusaron también de intento de asesinato, aunque ninguno de ellos se nos había acercado a mí o a Pétalo.

Pocos académicos asistieron a la ejecución.

El director de la Academia miraba todo con el rostro hecho un poema.

La Academia no tenía jurisdicción sobre nada en Hesperia, se trataba de una extensión de la Iglesia que obedecía órdenes y lineamientos nada más.

De todas formas, no creía que al director le importara siquiera un poco.

En cuanto los cuerpos de aquellos muchachos se sacudieron debido a la falta de aire, el director miró hacia otro lado y se retiró en silencio. No fue capaz de ver cómo la multitud bajaba los cuerpos maltrechos y amoratados para violentarlos y mancillarlos.

Aquello mantuvo a la ciudad en calma y parecía que los días venideros serían tranquilos.

Las muertes de los eruditos y el silencio en las calles habían apaciguado a la población hesperiana.

A mí, sin embargo, me parecía que la paz pendía de un hilo, que solo había que esperar el golpe siguiente.

Y los altos mandos, como el rey y la Madre Superiora, lo sabían perfectamente.

Durante esos días de caos, me escabullí hasta los barrios marginales una noche, donde me encontré a Amapola.

Su rostro ya mostraba los estragos del estrés y los nervios constantes, pues tenía las uñas y los dedos de las manos deshechos de tanto mordérselos.

También tenía los ojos hinchados, por los días en vela y también por un llanto reciente.

Parecía mucho mayor de lo que era en realidad.

—¿Qué mierda fue lo de Neem? —inquirí furioso, entrando a su pequeña casa sin que ella me invitara—. Te dije que nada de actos violentos, ¡y mira lo que hiciste!

—¿Qué otra opción teníamos? —replicó—. Eran miembros de nuestro contingente. No íbamos a quedarnos de brazos cruzados mientras se los llevaban.