Hesperia: Balada de flores y dioses Veintiuno
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Veintiuno

VEINTIUNO

L os días pasaron hasta convertirse en semanas y meses.

Me vi preso del tiempo. Ya no era aquel jovencito enclenque y temeroso que había llegado a la ciudad junto a mi padre y Berilo: habían pasado casi tres años desde entonces.

Mi voz había cambiado, mi rostro se había endurecido y tenía el cuerpo de un hombre, ligeramente similar al de los guerreros hesperianos, que siempre eran un poco más gruesos que los hombres comunes de la ciudad, quienes tenían una apariencia un tanto andrógina cuando no se dejaban la barba.

El vientre de Pétalo había comenzado a abultarse, y aunque nuestro hijo aún no nacía, la Madre Superiora se había encargado de correr el rumor por toda Hesperia.

Entonces, las personas que jamás habían sufrido los estragos de la pequeña guerra en la ciudad se alegraron: esperaban con ansias un niño que no habían visto jamás, olvidándose de todos aquellos hijos de alguien que se habían perdido en Neem para jamás volver.

Amapola había cumplido su promesa: no había más manifestaciones en la ciudad, lo cual reconfortó al rey, creyendo que toda incomodidad había terminado para él y su reino.

Si le había dicho al pueblo que habían sido las Flores Amarillas los responsables de las desapariciones, poco le importó mantener la narrativa.

A veces llegaban suplicantes, preguntando por sus hijos, si ya los habían encontrado o si tenían noticias.

Los más desesperanzados preguntaban si habían encontrado cuerpos, pues deseaban darles sepultura.

El rey, por supuesto, decía lo mismo de siempre: “El asunto está siendo atendido”. Aunque claro que esto era mentira.

Pétalo ya había notado las intenciones de su padre.

—Aunque pasen décadas, esas familias no olvidarán nunca que faltan sus hijos —me señaló un día—. Pues siempre habrá una silla vacía, como un cruel recordatorio de que nadie nunca los encontró.

Ese día nos encontrábamos en la torre más alta del palacio, porque pronto Pétalo no podría subirla más a causa de la gestación. Estábamos recordando a Lirio, hablando sobre el reino, sobre su padre.

Si antes habíamos sido adolescentes conversando de cualquier nimiedad, con el paso del tiempo y la madurez que aquello acarreaba, nuestras conversaciones eran más confusas, más serias y desafiantes.

Extrañé la adolescencia. Estaba seguro de que Pétalo también lo hacía. Añorábamos, de cierta manera, una parte de nuestra vida que ya se había ido, pero abrazábamos el presente y el futuro de buena gana, esperanzados en que todo mejorara.

—No quiero que Jazmín crezca en una Hesperia como esta —comenzó. Era así como habíamos decidido nombrar a nuestro hijo—. No quiero que sea como mi padre, ni tampoco que tenga que arreglar los problemas que él le causó a la ciudad.

Las ceremonias religiosas comenzaban a anunciarse no solo por boca del pueblo, sino también por el clima y el viento que corría por todas direcciones: estábamos acostumbrados a que el cielo llorara en cuanto se acercaban aquellas fechas.

A mí me parecía curioso, pues no sabía si se trataba de una coincidencia o casualidad, si era el llanto de los dioses clamando por almas nuevas o Hesperia misma llorando por la pronta pérdida de algunos de sus hijos.

Habían pasado ya dos años desde la primera vez que había presenciado los rituales hesperianos.

El ambiente ya comenzaba a hacerse presente con el olor del incienso, y a mí me llegaban muchos retazos de recuerdos de aquellos días, como relámpagos surcando el cielo tormentoso: aún recordaba el calor dentro de la iglesia, a la gente arremolinada alrededor de las estatuas de los dioses y el cabello rubio de Lirio.

Me desperté una noche sintiendo el cuerpo pesado y con mucho frío.

Me levanté en silencio, cuidando de no despertar a Pétalo al otro lado de la cama.

Entonces remembré el último sueño en el que había visto a Cecilio: cómo me había despertado el contacto de sus manos congeladas, por la muerte, su espíritu, o la ilusión de su estatua húmeda en Neem.

Tomé una capa y me encaminé al jardín de estatuas lo más rápido que pude.

La estatua de Lirio se irguió frente a mí, cubierta de musgo y con los ropajes moteados de negro por la humedad.

“Pronto te pondrán ropa nueva”, pensé.

A pocos pasos se encontraba la estatua de Cecilio, ya carcomida por los tres años que había pasado en ese estado. Aun si Aster, el general Cardo o Loto limpiaran sus dedos o sus brazos del moho, era inevitable el paso del tiempo.

Me pregunté si dentro suyo aún existían huesos, piel u órganos pudriéndose, si es que no había dejado de ser humano por completo.

—¿Por qué no me has visitado? —le pregunté, anhelante.

Una parte de mí esperaba una respuesta. Esperaba que esa estatua cobrara vida, se moviera, que su pelo hecho piedra se ablandara y se tiñera del color del atardecer, que aquella piel petrificada recobrara su color y se vieran cada una de las pecas que habían desaparecido al endurecerse su cuerpo.

Deseaba ver la sonrisa que me había mostrado en sueños y no esa expresión dolorosa y derrotada con la que había sido inmortalizado.

Una parte de mí no podía entender que él ya se había ido, y que realmente para mí nunca había existido.

Me pregunté, en esos momentos, si es que acaso Aster se habría sentido igual todos estos años, añorando con tanta fuerza que Cecilio volviera a existir.

Que, además de no querer olvidar su rostro, se apareciera en Neem cada noche con la esperanza de encontrarlo hecho de carne, piel y huesos una vez más.

—¿Por qué te me apareciste si luego me abandonarías? —reclamé—. ¿Por qué?

Neem continuó en silencio.

—No recuerdo lo que me dijiste —insistí—. ¡Por favor, háblame!

—¿Qué haces aquí? —la voz indignada de Aster se hizo presente, rompiendo el mutismo del bosque—. ¿Qué estás haciendo?

El pelo rubio ya le caía sobre el pecho.

Me quedé más helado de lo que ya estaba. Por un momento pensé que me había convertido en piedra.

—No deberías estar aquí —dije con voz temblorosa. Había pensado en voz alta.

Se suponía que Aster visitaba a Cecilio cuando caía el sol. Sin embargo, en esta ocasión estábamos los dos ahí antes de que el sol se pusiera sobre el cielo.

—No es asunto tuyo —replicó—. ¿Qué haces aquí? —insistió.

La voz se le había tornado más grave de lo que ya era, pues estaba notablemente molesto. También lucía confundido. No lo culpaba por ello: aun si las costumbres hesperianas eran extrañas, era todavía más raro ver a alguien gritarle a la estatua de un muerto.

—Vine a verlo —respondí.

—¿Tú? —se rio—. No lo conociste. ¿Crees que de esa manera vas a ganarme? Ya me tienes, ¿qué más quieres?

—¿Qué…? —murmuré, completamente aturdido—. ¡No estoy aquí por esas razones!

Entendía su molestia, pero mis intenciones no buscaban empatizar con Aster. No había conocido a Cecilio en vida, pero no podía evitar sentir curiosidad sobre los sueños en los que se me presentaba y me mostraba sus recuerdos. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí, de entre todas las personas?

—Se me aparece en sueños, ya te lo había dicho.

Aster intentó reírse, pero el enojo y la frustración no lo dejaron. Soltó un bufido hastiado, incrédulo.

—Desde que murió, jamás he soñado con él. ¿Por qué lo harías tú? Deja de insistir con esa mierda —masculló. Su voz estaba temblorosa—. No quiero volver a verte cerca de Cecilio ni de mí. No permitiré que te aproveches de mi dolor para intentar…

—¡No estoy intentando nada! —le interrumpí—. Yo también quiero saber por qué. ¿Por qué yo?

Sueños fugaces me surcaron los pensamientos: las rocas, el atardecer, mi reflejo en el mar transformándose en Cecilio.

Aster se acercó y me tomó de los hombros con tanta fuerza que sentí sus dedos traspasar mi piel y llegar hasta mis huesos. Me quejé, intentando quitármelo de encima, pero yo era más bajo que los hesperianos promedio. Forcejeamos un poco, hasta que logré empujarlo hacia atrás.

Aster tenía los ojos vidriosos y su cuerpo entero tiritaba. No sabía si debido al frío, al enojo, la frustración o la tristeza. Quizá todo al mismo tiempo. De repente, el bosque parecía más lúgubre, con los árboles congelándose.

—¿Por qué me mientes? —inquirió con la voz pendiendo de un hilo—. ¿Por qué haces esto?

—No estoy mintiéndote —insistí—. Es la verdad.

—Me di a mí mismo otra oportunidad —murmuró—. ¿Me he equivocado?

Tragó saliva con cierta dificultad y se quedó en silencio por algunos segundos, intentando regular su respiración, tratando de digerir todas sus penas y emociones antes de volver a hablar.

—No quiero volver a verte —declaró por fin.

Echó una última mirada a Cecilio, como pidiéndole perdón por su impertinencia, y luego se dio media vuelta para salir de Neem, dejándome solo.

—¡Aster! —le grité, en un intento desesperado por hacer que se quedara—. Cecilio me pidió que te dijera algo.

Aster se detuvo de golpe y me miró, esperanzado; no obstante, yo no recordaba lo que Cecilio me había dicho.

Se me venía a la mente el sonido del aire salado, el hielo que salía de sus labios escarchándome la oreja, las gaviotas surcando el cielo, su cabello rojo goteando sobre mis hombros, pero su voz… su voz se la había llevado el viento.

—¿Qué es lo que te dijo? —preguntó.

Rebusqué entre mis pensamientos, entre mis recuerdos, ¡De verdad que lo intenté! Pero no lo recordaba. Sus palabras se habían perdido, tal cual la confianza que me tenía Aster.

—No lo sé… —murmuré.

Aster apretó los labios por unos momentos.

—No te me vuelvas a acercar —reiteró, decidido.

Y salió de Neem.

Antes de que las ceremonias se anunciaran oficialmente, Pétalo y yo acudimos a Neem, donde descansaba la estatua de Lirio. Hesperianos y turistas curiosos ya comenzaban a llegar al bosque para apreciar las petrificaciones, visitar a sus familiares sacrificados o simplemente para curiosear.